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LITERATURA Y ROCK EN CUBA
 
Más allá de clasificaciones rígidas por generaciones, es preciso aclarar que en esta especie de cartografía temática hemos preferido rastrear la evolución de un subgénero muy específico a través de los diferentes textos narrativos aparecidos en publicaciones, antologías y libros publicados en Cuba y el extranjero. No obstante, como esperar por la perfección total es solo una excusa más para la inacción, aquí va, finalmente, imperfecta o no, esta especie de cartografía-homenaje.


Raúl Aguiar | La Habana

La historia del rock en la literatura cubana comienza bastante tarde, en comparación a otros países de habla hispana. Solo encontramos tímidas referencias (la apropiación del título o verso de una canción para título del relato o ensayo literario, como exergo del cuento o alguna referencia circunstancial al rock and roll) en textos de escritores de la generación de 60 y los 80. Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante (Tres tristes tigres), Norberto Fuentes, Luis Manuel García (Los forasteros), Francisco López Sacha (Análisis de la ternura), Reynaldo Montero (Donjuanes, Fabriles), Abel Prieto (Noche de sábado) y Carlo Calcines, entre otros...

En 1980 Miguel Mejides gana el concurso de la revista Bohemia con su cuento Mi prima Amanda, donde hace referencia a unas adolescentes “frívolas” que a comienzos de los 60 que se reúnen a diario para escuchar discos de Elvis Presley.[1] Pasan los años y una de ellas, precisamente la Amanda del título, obsesionada en negar el paso del tiempo, queda presa de su fanatismo musical hasta llegar a la locura.

De la misma época es también el cuento El hacedor de bajos, de Reinaldo Montero, que ensaya, si bien aún tímidamente, un acercamiento a la picaresca nacional de los aspirantes a rockeros del patio, siempre construyendo instrumentos caseros y vendiéndolos para comprar otros, en un eterno círculo vicioso.

José Ramón Fajardo, en 1985, obtiene el Premio David de cuento con su libro Nosotros vivimos en el submarino amarillo, una clara referencia a los Beatles aunque en el único relato que podría considerarse claramente deudor de este tema, Aquella dura noche, el protagonista, un adolescente enamorado, se esfuerza por aprender a bailar bajo la tutela de dos amigos para conquistar a la muchacha de sus sueños. Sólo al final hay una clara referencia al rock cuando la última imagen es para un afiche de Eric Clapton que empuña furibundo una guitarra. A pesar de que el resto de las historias están muy alejadas del tema rock, y más bien tratan sobre vidas de estudiantes becarios – muy de moda en los escritores de la generación de los 80 - en el relato que da título al libro ya encontramos la semilla de unos adolescentes rebeldes que se atreven a desafiar al director de la escuela por su esquematismo y doble moral.

Luis Manuel García, en el cuento satírico Repeat After me de su libro Los forasteros (Premio UNEAC de Literatura 1986), describe una pareja que trata de escapar de la realidad objetiva rodeándose de objetos electrodomésticos, música, videos, ropas y otros artículos  en un culto casi religioso al consumo. En este cuento el rock es sólo un elemento más para la alienación de los protagonistas. El rock desaloja gradualmente (cada día es más difícil) la realidad exterior, que aprovecha las noches para escurrirse por la más mínima rendija, intentando ocupar la casa. Al principio, Frank la combatió mediante Kiss y Queen, pero la efectividad estaba determinada por el volumen. Geminis, Kansas y Deep Purple establecían bochornosos tratados con la intrusa realidad, Se confabulaban con ella, convivían. Vangelis en cambio, empuja a la realidad de cuarto en cuarto, hasta que la despeña por la puerta del fondo.

En el año 1987 el autor Sergio Cevedo Sosa, cuya obra es una especie de puente temático y estilístico entre la generación de los 80 y los novísimos, obtiene el Premio David en el género de cuento con La noche de un día difícil, y el Premio Caimán Barbudo con la noveleta Rapsodia Bohemia, texto que anuncia con especial tino artístico lo que sería en breve la literatura freakie. En Rapsodia Bohemia ya encontramos los brotes de una conciencia de diferenciación, de marginalidad, con respecto al resto de los jóvenes, los personajes hablan con una jerga particular, discuten sobre rock, hay una visión descarnada del sexo y la frase final del relato, Vivan los anormales, parece toda una declaración de principios.

En el año 1987, con el propósito de hacer un taller literario verdaderamente abierto, se reúnen un grupo de jóvenes: algunos desconocidos entre sí y otros más o menos relacionados desde su iniciación en el nivel más elemental de los talleres literarios de las casas de Cultura. Después de una extensa lectura de cuento y poesía, los autores Raúl Aguiar y Ronaldo Menéndez proponen formar un grupo literario juvenil. De esta idea al vuelo surge un poco más tarde El Establo. El nombre es tomado de la novela Itzam na del guatemalteco Arturo Arias. El Establo fue un grupo abierto e independiente, un lugar ambulante donde jóvenes escritores, trovadores, pintores o simplemente interesados, acudían a voluntad y dejaban correr libremente sus proyecciones personales, sus deseos de escucharse unos a otros y de sentirse parte de algo. Con el tiempo y la estabilidad de algunos de sus fundadores, lecturas comunes y discusiones interminables sobre temas diversos, se va formando el gusto por cierto tipo de escritura, por cierta concepción ideoestética, ligada a lo testimonial, lo marginal y lo sociológico. Ya para entonces los muchachos (así son llamados con ambiguo paternalismo por algunos funcionarios de las Casas de Cultura) se hacen omnipresentes en talleres literarios, lecturas programadas y concursos municipales, conquistando sus primeros premios y provocando el choque de un tipo de literatura hasta entonces inédita en estos medios: aparecen los primeros héroes, más que personajes, de pelo largo. Aparecen consumiendo psicofármacos, escuchando una música estridente y denunciando con su marginalidad e inadaptación, que los jóvenes ya no son tan inocentes, ni componen una masa única e indiferenciable dentro de una sociedad monolítica, ni sus problemáticas se reducen, como parecía emerger en los textos de la generación anterior, a los avatares del sistema educativo y la iniciación erótica.

El Premio David lo ganarían los de El Establo por cuatro años consecutivos: En 1988, abriendo la racha con un doble golpe, con Adolesciendo (cuento), de Verónica Pérez Kónina y Timshel (ciencia ficción), de José Miguel Sánchez ( que ya empezaba a ser más conocido por su “nombre de guerra”; Yoss). En 1989 con La hora fantasma de cada cual (cuentinovela), de Raúl Aguiar Álvarez… que solo sería publicada en 1997, por siniestros avatares editoriales. En 1990, broche de oro para cerrar; Alguien se va lamiendo todo (cuento), obra conjunta de Ricardo Arrieta y Ronaldo Menéndez Plasencia.

Estos premios sucesivos - y otros muchos de menor envergadura - que son obtenidos por los integrantes del grupo, legitiman un tipo de literatura  que comienza a ser definida por la crítica como Cuento - testimonio, cuento freak o violento. Si algo queda claro desde un primer momento es que esta literatura opera en resonancia con su contexto, con su realidad más inmediata. Autores que se erigen en portavoces del grupo minoritario al cual pertenecen. En palabras de Jorge Brioso: El corpus textual conocido como literatura freakie o literatura de los freakies, marca la emergencia de un nuevo sujeto y héroe en el espacio literario. Sujeto colectivo que más que mostrar exhibe desenfadada, casi  provocativamente lo diferente de sus modos de vida. Sus prácticas grupales, ritos neotribales urbanos que constituyen toda una subcultura del límite, del margen. Cultura signada por la no identificación con los principales epistemes que conforman el espacio discursivo reconocido, cultura cuyo principal elemento nucleante es la música rock[2].

Los escritores-rockeros escriben y hablan de la vida de los rockeros, e insisten además en que esta forma parte, y con pleno derecho, de esa realidad cubana que debe reflejar la literatura.

Esta zona de nuestra escritura, insertada como parte significativa del fenómeno que se ha dado en llamar los novísimos narradores cubanos, anuncian a finales de los ochenta la resonancia de un verdadero boom en la narrativa cubana, homologable, evidentemente, a la eclosión en la plástica que le es contemporánea. El derrumbe repentino del campo socialista y sus nefastas consecuencias para la economía cubana, sumergen este boom en un silencio editorial del cual escapan en un último lance los libros ganadores del Premio David de 1988, de Verónica y “Yoss”.

El Establo subsiste como grupo hasta el año 1990. A pesar de su carácter abierto, estuvo integrado, en su parte literaria, fundamentalmente por:

Verónica Pérez Kónina (Adolesciendo, Premio David 1988)

Raúl Aguiar Álvarez (La hora fantasma de cada cual, Premio David 1989; Mata, Premio Pinos Nuevos 1995; Daleth, Premio Luis Rogelio Nogueras 1995; y La estrella bocarriba, 2001)

Ricardo Arrieta Pardo (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990 -libro de cuentos a cuatro manos con Ronaldo Menéndez)

José Miguel Sánchez, “Yoss”, (Timshel, Premio David 1988; W, Premio Pinos Nuevos 1995; I sette pecatti nazionali (cubani)- Italia, 1999-; Los pecios y los náufragos, Premio Luis Rogelio Nogueras 1998; y Se alquila un planeta –España, 2002-)

Ronaldo Menéndez Plasencia, (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990 –con Ricardo Arrieta-; El derecho al pataleo de los ahorcados, Premio Casa de las Américas 1997; La piel de Inesa,–1999, España, Premio Lengua de Trapo compartido con Silencios, de Karla Suárez-)

También lo frecuentaron en distintos períodos:

Daniel Díaz Mantilla (Las palmeras domésticas,1996, en.trance, Premio Abril 1997) Ena Lucía Portela (El pájaro: pincel y tinta china, Premio UNEAC de novela 1997, Una extraña entre las piedras, 1999) Karina Mendoza Quevedo y María Cristina Fernández (Procesión lejos de Bretaña, Premio Pinos Nuevos 1999)

Desacralizados los temas tabúes del rock, la droga y la marginalidad juvenil en la narrativa cubana, estos empiezan a ser tratados en alguna que otra ocasión por otros novísimos como Amir Valle, Atilio Caballero, Alberto Garrido, Juan Ramón de la Portilla (En el techo, cuento aparecido en el Anuario de la UNEAC, 1994, de narrativa y luego en su libro Olvida ese tango, de la colección Pinos Nuevos) o Alberto Guerra, (Giros, en su cuaderno titulado Disparos en el aula, Premio Luis Rogelio Nogueras 1992), y casi de inmediato se produce un efecto de feed back con escritores de promociones anteriores como Eduardo Heras León, Leonardo Padura y Ana Luz García Calzada (Minimal son, Heavy rock), entre otros, que deciden también probar armas en este terreno.

Hacer cuentos de freakies pronto se convierte en una moda más, como las del gay, el balsero y la jinetera, y las nuevas historias que comienzan a aparecer en los encuentros de talleres literarios no aportan más elementos sustanciales a esta temática. Se hace necesario otro enfoque, más allá de la visión puramente anecdótica o representativa de una subcultura.

A mediados de los años 90, emerge “La nueva ola” una interesante subzona dentro del campo literario cubano conformada por jóvenes escritoras, entre las que destacan la prolífica Anna Lidia Vega Serova (Bad painting, Premio David 1997, Catálogo de mascotas, 1999, Limpiando ventanas y espejos, 2000 y Noche de ronda, 2001) y Karla Suárez (Espuma, 1999, Silencios, 2000), con obras puentes en las que poco a poco las circunstancias socio-políticas dejan de tener el rol protagónico y la realidad comienza a ser abordada desde una perspectiva mucho más individual, una especie de ética personal más allá del testimonio de grupo o la subcultura a la que pertenecen  y, por lo mismo, la fusión, la no especificidad de temas, personajes, géneros y estilos, sin poner reparos al uso de los elementos fantásticos. Se generalizan las historias que no toman partido ni proponen moralejas. También se desarrolla un lenguaje desenfadado y cierto cinismo, inclusive escritural, que es difícil encontrar en la narrativa anterior (exceptuando los textos de Ena Lucía Portela), y al escribir sobre la realidad cubana de hoy, de una manera mucho más incisiva, descarnada, en ocasiones recrean diferentes tipos de personajes marginales en situaciones límites, vinculados al tema de las drogas, el erotismo y la perversión, los problemas de la mujer y la alienación mental y social del individuo, que los acerca  a veces en alguna medida al ambiente del rock.

En varios cuentos de Bad Painting, la agua-tibia (término popular para denominar a los hijos del mestizaje ruso-cubano) Anna Lidia Vega Serova describe ambientes rockeros de su Rusia natal o cubanos, pero siempre con una visión muy intensa y personal, sin renegar de algún que otro elemento fantástico. Karla Suárez en Ritual nos brinda una alegoría sobre el tema de la tolerancia. Un caso particular lo constituye María Cristina Fernández, que, tal vez por su cercanía en los últimos tiempos a El Establo, en su libro Procesión lejos de Bretaña (2000), reactualiza algunos de los temas y códigos de este grupo, pero vistos desde una óptica neohippie, más vinculada a la ideología New Age y el pensamiento orientalista.

 Algunos pioneros en esta temática, de la generación de ls 80, vuelven a la carga después del 2000 y así Abel Prieto en su novela El vuelo del gato y Reinaldo Montero en Misiones dedican algún que otro capítulo melancólico al tema de los orígenes del rock en Cuba en la década de los 60 y los 70, y lo mismo logra Francisco López Sacha con su cuento Escuchando a Little Richard, ganador de uno de los premios Juan Rulfo en el 2001.

Entre los más jóvenes cabría citar a Michel Encinosa Fú, Abel de la Milera, Demis Menéndez, Ariadna Rengifo, Raúl Flores y Susana Haug, seis ejemplos paradigmáticos de cómo se enfoca el tema del rock en nuestros días. Los tres primeros,  rockeros de pura sangre, realizan una especie de revitalización temática, basada en sus propias experiencias, casi al modo del realismo sucio, sin idealizaciones, y entre ellos Michel Encinosa también lo utiliza en sus cuentos y novelas de ciencia ficción, en la vertiente ciberpunk. Ariadna Rengifo y Raúl Flores no se proponen expresamente escribir sobre rock, pero muchos de sus cuentos están ambientados en una atmósfera prácticamente grunge, muy a lo Generación X.  Y la jovencísima Susana Haug, que tampoco escribe normalmente sobre este tema, de pronto tiene puntos de contacto con dicha subcultura en alguno de sus cuentos como Hotel California.

Más allá de clasificaciones rígidas por generaciones, grupos o subzonas del campo literario, es preciso aclarar que en esta especie de cartografía temática hemos preferido rastrear la evolución de un subgénero muy específico, en este caso el rock y la subcultura asociada a él, a través de los diferentes textos narrativos aparecidos en publicaciones, antologías y libros publicados en Cuba y el extranjero. No quiere decir, ni mucho menos, que estos autores no escriban sobre otros temas, ni que se encuentren citados todos los que han publicado alguna que otra obra sobre este particular. No obstante, como esperar por la perfección total es solo una excusa más para la inacción, aquí va, finalmente, imperfecta o no, esta especie de cartografía-homenaje. De cualquier modo, es una vieja deuda, que debería haber salido a la luz hace ya una friolera de años...

                                              

Bibliografía  

Brioso, Jorge.: Todo en Cuba pasó en los ochenta. Antología de novísimos poetas y narradores cubanos, tomado de la revista Osamayor No.8, otoño de 1994  

Menéndez Plasencia, Ronaldo.: De la plástica al Cuento: interdefinición para una teoría de los campos. Trabajo de diploma, Universidad de La Habana, 1995 (inédito). 

Satué, Francisco J.: Notas para una lectura del rock, en la revista Leer, No.56, agosto-septiembre 1992. España.  


Notas

[1] Esta historia sería luego retomada por Francisco López Sacha en Mi prima Amanda otra vez.

[2] Brioso, Jorge.: Todo en Cuba pasó en los ochenta. Antología de novísimos poetas y narradores cubanos, tomado de la revista Osamayor No.8, otoño de 1994 

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