Entrevista con Fernando Rojas, presidente de la Asociación Hermanos Saíz (1992-2000)

“La Asociación Hermanos Saíz
se nos ha adelantado”

Leslie Salgado • Cuba

Mi entrevistado es un intelectual que parece saborear las palabras, responde cada pregunta como si le alcanzaran las 24 horas del día. Fernando Rojas fue presidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en tiempos del Período Especial y habla con pasión de aquellos días difíciles. Tiene fe en el poder del pensamiento crítico, la creación artística y el diálogo para la construcción de la nación a la que aspiramos. Tras la celebración de los 26 años de la AHS, y a propósito del movimiento que ya comienza a generar el anuncio del Segundo Congreso, el hoy Viceministro de cultura reflexiona sobre los tiempos fundacionales de la organización que reúne a los jóvenes escritores y artistas de Cuba.

En el año 1992 se convirtió en presidente de la Asociación Hermanos Saíz, hasta entonces —según ha confesado— su relación con la organización “había sido de respeto y de una consideración esenciales y comunes”. ¿Cuáles eran las angustias, debates y conflictos que urgían a la Asociación a comienzos de la década de los 90?

La organización se reconocía a sí misma. Habían pasado los momentos iniciales de la euforia del nuevo alumbramiento y del desconcierto de ser una unidad de tres organizaciones diferentes, concebida no desde las bases sino  “desde arriba”. La crisis que afectó la dirección de la organización, más que una expresión de posiciones diferentes pujando por el liderazgo —combinada con errores de apreciación en la UJC— demostraba que la organización debatía procesos y tareas propias de su época, demandas reales de los creadores del momento, ya diferentes de las que encararon la Brigada Hermanos Saiz, el Movimiento de la Nueva Trova y la Brigada Raúl Gómez García. Las carencias materiales y el impacto de la desaparición del “socialismo real” dejaban sentir su influencia. La autorreflexión de la Revolución, también.

Ha sido una constante el asumir la Asociación, no solo como un  espacio natural para discutir sobre el papel de los escritores y artistas en nuestra política cultural, sino sobre los destinos del país, para el diálogo entre generaciones. En este sentido, ¿qué papel jugó la AHS en un contexto particularmente complejo como el de los años 90?

En el primer lustro se discutió mucho sobre la Asociación misma. Qué debía ser, como debía definirse jurídicamente, qué relación debía tener con la UJC y el Partido, cómo debía presionar, criticar y contribuir a las instituciones culturales. Se discutía mucho si debía solamente ser un foro de encuentro, de discusión y de demostración de la obra de los miembros o si era necesario dar el paso siguiente y promoverlos a ellos en el panorama de la cultura cubana y sus instituciones, ayudarlos a insertarse en estas o a enfrentar sus deformaciones burocráticas, canalizar su promoción hacia los medios de difusión y hacia el exterior. Esos temas generaban lógicamente otros, como el de la supervivencia material misma de la Asociación y de sus proyectos artísticos, el debate entre autofinanciamiento y subvención, la relación con el presupuesto, el surgimiento de las casas del joven creador —por lo necesarias— en todo el país.

De aquellas discusiones emergió el sistema de promoción, esencialmente aún vigente, aunque mucho más enriquecido, orgánico y desarrollado. Se conformó de manera muy elemental en sus primeros contornos la juridicidad de la organización, alcanzada bastante más tarde y aún en discusión, y se comenzó apenas a articular la labor de la Asociación con el sector institucional, sin perder la mirada crítica hacia este.

En la segunda mitad de la década, una organización más clara en sus propósitos, estructuras, estatutos, dotada de presupuestos materiales, integrada a la vida cultural de todo el país, conformada por un significativo sector de los más brillantes creadores de varias manifestaciones, algunos de los que fueron incluso sus principales dirigentes y hoy se destacan en la vida cultural del país, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y en instituciones fundamentales de la cultura, pudo promover discusiones más trascendentales acerca del impacto del mercado en la cultura, del valor de los mejor de nuestra tradición y su relación compleja, pero fecunda, con la creación contemporánea (algo bien visible en la trova y menos visible, pero formidable, en el teatro), de la banalización de la oferta cultural, de la guerra cultural contemporánea y de la agresión de las industrias culturales monopólicas, de las carencias en la promoción de géneros, tendencias, movimientos y la consecuente entronización de estos (el rock y el rap, por ejemplo), entre otros temas.

Ese hermoso edificio donde hoy se ubica el Museo del Ron, en la Habana Vieja, fue una especie de cuartel general del Período Especial para la AHS, y un modelo para la creación del resto de las Casas del Joven Creador, que hoy suman más de una veintena en todo el país. ¿Cómo eran las dinámicas de aquella Casa del Joven Creador?  ¿De qué modo considera que esos espacios son o pueden ser útiles hoy a la cultura cubana?

Tomé la decisión de entregar ese edificio a la Oficina del Historiador de la Ciudad, a cuyo entorno pertenecía y quien único podía reparar ese bien patrimonial, que se deterioraba día a día. Respondo por ello.

En rigor, ese modelo se gestó en el primer lustro de existencia de la Asociación Hermanos Saíz, cuando la organización compartía la Casa con el Departamento de Cultura del Comité Nacional de la UJC, artífice por igual de la fundación de la organización y su ordenamiento inicial, primero,  y de la programación y la vida cotidiana de la Casa, incluso antes del encuentro fundador de 1986. Varios años después, en tiempos de las grandes movilizaciones de la UJoTaCé, no pocos compañeros me decían que la labor de la Asociación Hermanos Saíz debía consistir en juntar el rigor de la discusión y el debate cultural con la presencia de los artistas jóvenes más destacados en esas movilizaciones, una especie de remake vanguardista de masas del modelo que mencionas. Hasta ahí no llegamos en aquellos años 90, aunque lo intentamos. Hoy, cuando aprecio la popularidad de X Alfonso y Raúl Paz, creo que andamos algo más cerca y de manera más natural.

Lo cierto es que aquel modelo se extendió, sobre todo, porque era una necesidad de los mismos creadores. La voluntad de la Asociación Hermanos Saíz, más que cualquier otro factor, impulsó esa tendencia. Cosas que hoy pudieran parecer más comunes, como sostener una programación nocturna casi todos los días y otras que ya no lo son tanto en espacios nocturnos, como que los precios sean asequibles, se reprodujeron por lo menos en cada cabecera provincial. Y resultaba manejable porque las presentaciones artísticas y literarias eran de excelencia o experimentales. Ello constituía un principio. También lo era el hecho de que, efectivamente, se trataba del cuartel general de la Asociación, en la provincia o el municipio. La originalidad de la programación en el contexto del conjunto de las instituciones culturales constituía también una distinción y un mérito o una deshonra, según el punto de vista. Francamente, no sé si esto hoy sigue siendo así.

Cuando se habla de la fundación de la Asociación Hermanos Saíz, ha sido una constante en el discurso de sus actuales directivos aludir a las organizaciones que le dieron origen: la Brigada Hermanos Saíz, el Movimiento de la Nueva Trova  y la Brigada Raúl Gómez García. ¿A qué necesidades respondió esta unión?, ¿cómo ocurrió la articulación de aquellas organizaciones?, ¿qué heredó de ellas la AHS?

Debo decir que nosotros no lo hicimos tanto. No aludíamos tanto a aquella unión. Quizá porque no pocos de nuestros compañeros habían sido miembros de aquellas organizaciones y veían naturalmente su fusión; o porque había mucho que hacer y la misma lógica de funcionamiento de la organización se había replanteado; o al revés, porque sentíamos que seguíamos cumpliendo los mandatos de aquellas organizaciones; o porque la UJC fue artífice de la fusión y el conflicto con esta en los primeros 90 se volvió contra aquel recuerdo; o porque mediaba poco tiempo entre la fusión y el presente y no estábamos para el recuerdo… En fin, razones puede haber muchas, solo eso implica la necesidad de rastrear mucho más en el hecho de que no era algo que se mencionara mucho. Hay un dato importante: el Movimiento de la Nueva Trova, porque así lo quisieron sus integrantes, siguió existiendo un tiempo después de la fusión. Y aquí regreso a algo que ya mencioné: la unión se decidió “desde arriba”, desde el aparato del Partido y la dirección de la UJC.  Existían una visión crítica del hecho mismo de la existencia de tres organizaciones y visiones críticas del trabajo de estas. Pero no hubo un verdadero proceso de base, aunque el encuentro nacional de 1986, que decidió la unión fue particularmente representativo de promociones, géneros y tendencias, más que algunas de las reuniones de la Asociación Hermanos Saiz de momentos posteriores.

Creo que la labor de la Brigada Hermanos Saíz y del Movimiento de la Nueva Trova ha sido continuada, ininterrumpidamente, por la Asociación Hermanos Saiz. Por supuesto, las condiciones no son las mismas. En lo material, el país se ha sostenido con muchos sacrificios, pero no está mejor que en 1986. Culturalmente, es más diverso y superó definitivamente las limitaciones a la libertad de creación. Tiene hoy otro problema: los vestigios del pensamiento dogmático comienzan a parecer menos inquietantes que la entronización de modelos anticulturales, lo cual es peligrosísimo. Pero hasta hace unos años, el enfrentamiento de la Asociación Hermanos Saíz —y, por supuesto, de la UNEAC y en buena medida de las instituciones culturales—  a aquellos vestigios dominaba lo más avanzado de los planteamientos sobre la política cultural. En 1986 no teníamos el teatro contemporáneo que hoy tenemos; no teníamos esa extraordinaria fusión de la trova con la música popular que disfrutamos hoy como un bien sonoro probablemente aún sin aquilatar de manera suficiente; no teníamos las artes plásticas de hoy; no teníamos el rap ni habíamos “nacionalizado” el rock. El disco era monopolio de las disqueras y hoy se hace también en la casa; el audiovisual era monopolio del ICAIC y de la Televisión, pero surgió la Muestra de cine joven y hoy tenemos con el ICAIC la de jóvenes realizadores y se ha desarrollado el videoclip y florecido el cine independiente. Y en todo ello hay un aporte indiscutible de la AHS.

En definitiva, los presupuestos de la Brigada Hermanos Saíz y de la Nueva Trova de promover lo más auténtico, lo de vanguardia en el mejor sentido del término —desestalinizado—, lo experimental e innovador, ha sido preservado y desarrollado en otras condiciones. No puede ser de otra manera.

Otro asunto es la herencia de la Brigada Raúl Gómez García. Se recuerda poco que, coincidiendo con la fundación de la Asociación Hermanos Saíz, la figura del instructor de arte —sostén de  aquella brigada— fue cuestionada en esencia por el Ministerio de Cultura. Se canceló la formación de ese tipo de profesional. La BRG perdió un asidero esencial. Y en rigor, en el encuentro de 1986, fue la organización menos tenida en cuenta, tanto para la decisión misma sobre la unión, para el ejecutivo de la Asociación Hermanos Saíz que se eligió, como para la inclusión de temas de análisis y proyección.

Mucho antes de que surgiera en 2004 una heredera legítima de aquella Brigada: la Brigada de Instructores de Arte José Martí, que nació de la mano de la vindicación del instructor de arte y de la recuperación por Fidel del programa de formación de estos especialistas; la Asociación Hermanos Saíz, después de mucho discutir, asumió la figura del “promotor cultural” —que en cierta medida la institución ha contrapuesto al instructor— como cantera de su membresía. Lo ha hecho dudando de la legitimidad de ese paso, porque este promotor no es necesariamente un creador, pero deudora de la idea que fundamentó la labor de la Brigada Raúl Gómez García: los técnicos de la cultura también tienen algo creador que aportar.

En los últimos meses, y motivados por las actividades del aniversario 26 de la Asociación Hermanos Saíz, algunos reconocidos integrantes de la desaparecida Brigada Hermanos Saíz han manifestado que la Asociación debería reconocer sus orígenes en el nacimiento de la Brigada homónima y por tanto celebrar casi cinco décadas de existencia. ¿Cuál es su consideración al respecto?

La Asociación Hermanos Saíz ha estimulado el diálogo entre distintas generaciones de creadores: son memorables los encuentros que se organizan en el Pabellón Cuba con destacados intelectuales de nuestro país y el mundo. La Asociación ha desarrollado importantes vínculos con la UNEAC. La organización de los jóvenes escritores y artistas cubanos entrega el premio Maestro de Juventudes a personalidades que han influido de manera esencial en la formación de los jóvenes.

Es legítimo que la Asociación se reconozca en la Brigada del mismo nombre, pero no solo en ella. Creo que ya expliqué bastante ese asunto y no se trata solo de que se unieron tres organizaciones sino de que todas ellas —y después la Asociación Hermanos Saíz más aún, por razones del tiempo de su existencia y del contenido de sus tareas— trabajaron en circunstancias distintas y en distintos contextos y aquellas no llegaron de igual manera a 1986. Celebrar cinco décadas de existencia y no 26 años no tiene sentido pues se trata de organizaciones distintas. En el planteamiento que mencionas hay algo muy justo y es el insuficiente reconocimiento a aquellas tres organizaciones fundadoras. De hecho, hay que establecer que la Nueva Trova, que fue y es más un movimiento que una organización, sigue existiendo de muchas maneras y, aunque se le reconozca “desde fuera”, se reconoce día a día sobre todo a sí misma.

He leído sobre este tema en textos de Norberto Codina, Guillermo Rodríguez Rivera y Argelio Santiesteban. Comparto con ellos la necesidad de recuperar la memoria de la Brigada Hermanos Saíz y no solo de ella. Pero no hay que asociar ese justo reclamo con un planteamiento artificial sobre aniversarios. Es mejor recuperar los aniversarios mismos, si se prefiere esa manera más bien ceremonial de recordar, de la que personalmente no soy muy partidario. Mejor sería recordar los procesos, sus enseñanzas y a sus protagonistas. Quien mejor puede hacerlo es el que participó de aquellas experiencias, mucho más que el joven que aún no había nacido cuando las Brigadas y el MNT consagraban su obra fundadora. Tenemos más experiencia y ya hemos visto a dónde conduce reiterar un llamado de atención sin realizar una indagación a fondo. Evitemos que ello suceda con un reclamo tan justo como el que mencionas. No se puede llegar al absurdo, como sucede en la entrevista de Santiesteban, de suponer una mala intención en los dirigentes de la Asociación Hermanos Saíz.

No tiene sentido reclamar a la Asociación Hermanos Saíz de hoy la responsabilidad por ese homenaje y esta reflexión. Por eso es tan hermoso que sus directivos se hayan tomado el asunto tan a pecho, como no lo hicimos nosotros en su momento. Si de responsabilidades se trata, habría que reclamarlas a las instancias que tomaron la decisión de la fusión,  sin revanchismos innecesarios, en lo que respecta al esclarecimiento de las circunstancias y motivaciones de entonces. Y si hablamos de homenaje, la tarea nos toca a los que respondemos por la política cultural y su aplicación y por la preservación de la memoria. En rigor, la Asociación Hermanos Saíz se nos ha adelantado.

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