XXV Cruzada Teatral Baracoa

A Baracoa me voy (V y Final)

Carlos Melián • La Habana, Cuba

Lo último que supe de la Serie del Caribe de béisbol fue que Cuba perdía contra Venezuela. El señor de la casa cenaba un plato de frijoles, tomates rebanados y huevo frito frente al televisor. Cuba estaba al bate. La señora —que nos ofreció el baño a todos—, comía sin acompañante, después de rezar, en la mesa de la sala. Miré la fotografía en blanco y negro de su boda: sonreían, él firmaba el libro y ella no estaba obesa como ahora: sus ojos brillaban y eran grandes. Entre el balance de la sala donde se mecía el viejo con el plato en la mano y la mesa donde masticaba la vieja había una distancia de cuarenta años. La mesa había sido arrinconada, tenía trastos encima, ya no era un punto de reunión familiar. Las posiciones de cada uno en aquel momento: él frente al TV, y ella en la mesa, eran por demás, metáfora y caricatura de la deriva de un hogar: el hombre perdido en parajes virtuales, la mujer conteniendo la promesa “familia”. El cubano al bate se ponchó, cerró el inning en cero, y desanimado recogí la toalla, el jabón y regresé a seguir espiando a los brasileros que hablaban con vehemencia de “pueblos originarios”, “lucha de clases”, “capitalismo”. Dos días después, por teléfono, escuché a mi madre entre sollozos decirme que Cuba había ganado la Serie.

Imagen: La Jiribilla

En el campamento de Puriales —la Casa de Cultura hacia donde me trasladaba después de ducharme— no entraba uno más, los cuatro colombianos de Agité que llegaron junto conmigo tuvieron que moverse hacia un cuarto adosado a la cocina del secadero de café, a tres casas de allí. Yo preferí hacerme un espacio entre la multitud y abrir bien los ojos: quería leer entre líneas en aquella batalla de trapos húmedos, colchones y cajas de tramoya donde hacían mayoría los brasileros liando sus últimos cigarros rubios. Una niña, con cuya mirada me identifiqué, no paró de observarnos entre los visillos de una ventana: escapaba, encontraba entre nosotros la prueba de que existen nuevos horizontes. Así que nos miraba desde esa otra orilla que entreví en la casa de aquel matrimonio rural —no muy diferente a uno de la ciudad—.

Ury Rodríguez el actor, dramaturgo y director de Teatro La barca, quien además lleva casi 25 años recorriéndola, define la Cruzada con una palabra: trueque. Un trueque en el que se deriva, es decir, no es una educación o sistema deliberado, diseñado por un gabinete académico de las artes escénicas cubanas, la Cruzada parece ser un organismo nómada que ha aprendido por sí solo a identificar lo realmente necesario en el terreno, un reptil que ha desechado sus aletas anfibias y se ha erguido sobre sus dos piernas.

Su staff lo componen en su mayoría los propios artistas nacionales y extranjeros, y si en plan de desnudarla, los apartáramos a un lado, quedarían, de pie, en medio de un camino polvoriento cuatro solitarios sujetos: Emilio, Jose, Dennis y el Menor. El primero, (titiritero también) es el director; el segundo, el productor y quién cocina cuando no hay personal asignado por la dirección de cultura de las localidades; el tercero, es el técnico de sonido y de luces, y el cuarto, el chofer. Desde Guantánamo otro productor, Freddy, organizaba las partidas de provisiones que enviaba cuando era necesario algún ingreso o salida de personal. Freddy, con varios años en la faena, conoce con sosiego todo lo que puede suceder en una Cruzada cuyo itinerario dominaría con los ojos vendados, como si fuera el patio de su casa. 

Imagen: La Jiribilla

Otros actores, como el fornido y tostado Pindy, que lleva años en el trajín, se han especializado en labores para iniciados, como el arte de cargar el camión: qué bártulos van primero o después, encima o debajo. Pindy además —ronda los 50 años—, era el más guarnecido, pues no solo parece haber construido él mismo su casa de campaña con sacos de arroz vietnamita, también portaba “garrapata” propia para pegar los zapatos de los cruzados y envases plásticos para los que, como yo, iban desprovistos.

En general esta adaptabilidad a las rutinas del terreno, parecen haber penetrado a los grupos guantanameros que año tras año participan en la Cruzada, nada llevan o conciben que pueda convertirse en un problema, o que no se adapte a cualquier situación o reto que imponga el terreno de estas comunidades apartadas.

Con Ury Rodríguez hacia “el corazón del nengón”

Después de un cruce de río de pozas cristalinas —con puente colgante incluido—, el Kamaz comenzó, literalmente, a negociar cada metro que ganaba. Y aunque subíamos por un empinado e imposible pasaje de tierra cascajo, el vehículo lo hacía con clase, con arrogancia, como si sus diseñadores hubiesen previsto todo, tanto los 10 Rallys Dakar a su haber como una trepada al Alto de Palmarito. Fue por ahí, mirando los árboles, las casitas encaramadas en lomas silenciosas entre colonias de coco y plátanos, cuando le pregunté a Ury si esta era la tierra del changüí, madre del son, y él me respondió que no, que era la tierra del nengón, madre del changüí. Un par de hombres sombríos calzados con botas de agua, y machetes en la cintura salieron de entre la maleza cargando unos sacos sucios y no nos saludaron; yo continuaba tratando de sacar un primitivo nengón de los árboles, helechos arborescentes y palmas reales, pero no estaba completamente seguro de cómo sonaba, aunque sí podía evocar el sonido de la marímbula, distintivo del nengón.

Una media hora después nuestra perspectiva daría un punto de giro. A unos seis o cinco kilómetros de allí, Ury comenzó a darse en la cabeza: había olvidado que estábamos justo en la ruta que tomaron José Martí y Máximo Gómez después de su desembarco en la mítica Playita de Cajobabo. Así que el nengón comenzó a empalidecer, los árboles, la tierra color siena, el lodo, que comenzamos a ver a partir de ahora, ya no referían a la música cubana más auténtica, sino al patriota más difundido de nuestra historia política, al prohombre de discursos brillantes y frases abarcadoras, al principal coagulante de la nacionalidad cubana. Cómo no evocarlo: eran los bosques inhóspitos y “musicales”, habitados de pequeños ruidos y silbidos cuyo misterio habían ensanchado el espíritu voluble del poeta. Todo, subiendo esa montaña, por demás, estaba ya escrito en el diario telegráfico en el que reseñó noche, espíritu y cielo, incluyendo mis emociones y las de Ury. Los patriotas que acompañaban al Delegado se maravillaban de su resistencia y buen talante, qué ingenuos, Martí lo disfrutaba mucho más, el diario destila esa emoción parnasiana que disfruta la adversidad como la disfruta un alpinista o un desterrado, goce del que carece el lugareño habituado, sordo a las voluptuosidades de espíritu en que educa y entrena la literatura. Así que, camino al Alto, todo se inclinaba ante el mártir de Dos Ríos, al escritor torrencial de veinte volúmenes, al hombre cuyo apellido los brasileros notaban, sorprendidos, en todos los versos que los niños recitaban en las escuelas que los recibían.

Las funciones de Ury y Guiñol Guantámo

Una serie de pequeñas figuras de mármol, todas diseñadas por la escultora Rita Longa señalizan las paradas que hizo el líder cubano en su ruta por las montañas guantanameras. A unos doscientos metros de la tarja correspondiente a la de Palmarito, inscrita con otra de sus potentes frases: “El honor es la dicha y la fuerza”, está enclavada la escuelita primaria en la que Ury Rodríguez ofreció su espectáculo El sembrador. Cuando llegamos, nos recibieron la promotora cultural de la zona, la maestra y cinco niños. Unos técnicos de telecomunicaciones sustituían la antena parabólica dañada. La escuela del Alto de Palmarito es una casita de madera desteñida con piso de cemento, asta de bambú, escusado, un caneycito de guano para el recreo de los estudiantes y otro para clases al aire libre. La rústica apariencia exterior es balanceada por los medios pedagógicos que encuentras dentro: reproductor de video, televisor, antena, panel solar con baterías, computadora (en taller), figuras didácticas, crayolas, sillas pequeñas y hombres de plastilinas multicolores amoldados por los niños.

Este tipo de público, y la experiencia como cruzado por más de 25 años han marcado tanto el trabajo de Ury con Teatro La Barca, como el del Guiñol Guantánamo. Ambas ofrecen espectáculos participativos, todoterrenos, menos sutiles que los traídos por los cruzados de México, España y Brasil. La primera regla de un cruzado guantanamero parece ser: tu equipo debe entrar en un maletín. La segunda: elabora títeres fuertes. La tercera: plantea tú puesta de forma tal que puedas actuar para cientos de niños a la vez sin emplear micrófonos o cualquier otro accesorio. Los resultados son puestas “menos sutiles”, aunque conectadas, como ninguno, con los públicos de estas localidades rurales. Ury  —al igual que Armando Morales— gusta de hacer participar al público en un preámbulo, hacerlos entrar en calor, e incluso ofrecer sus muñecos para que los niños los manipulen. Quince o veinte minutos después comienza la obra.

Según Ury Rodríguez, con 28 años de experiencia como actor profesional y largos periodos en zonas campesinas haciendo teatro comunitario, esta fusión de forma y contenido con el entorno del campesinado obedece a un principio pedagógico. El sembrador narra una conversación entre un niño y su abuelo campesino. Y el abuelo, a la vez, narra la historia de un majá que se come a los niños para que no vayan a la escuela. El objetivo de la obra es sencillo: demostrar que la finalidad de la escuela es instruir, pero instrucción no es sinónimo de abandonar el entorno, sino de preparar al futuro campesino en el amor a su hábitat y raíces, en el arte —que no en la obligatoriedad—de explotar la tierra y recoger mejores cosechas: “la lluvia moja a la tierra para que la sembremos” dice el narrador en un pasaje de la puesta. Al final de la función Ury les plantea a los niños ponerle un correctivo a la serpiente bribona, la mayoría indica matarla o enviarla a la cárcel. Ury les sugiere llevarla a la escuela, los niños asienten.

El teatro de Ury y el Guiñol Guantánamo es de preguntas y respuestas. Mientras los chicos no respondan y participen, la obra no avanza. Este planteamiento contradice las puestas foráneas donde es importante el empaque hermoso y unitario de cada espectáculo. Planteémoslo así: tanto los Yheppa, Pipuppets, Agité (en contra de la guerra) e incluso Parlendas, parecían hombres carrozas, heraldos foráneos que traían un mensaje atractivo, hermoso y emancipador que ofrecer. Ese hombre carroza era lo suficientemente extraño y ataviado como para atraer, y hacer que el público los siguiera fascinado, como aquella niña que en Puriales nos expiaba todo el tiempo a través de la persiana de la Casa de Cultura. Teatro La Barca y Guiñol Guantánamo plantean, quizá involuntariamente, algo en lo que se distinguen a sí mismos: el artista se inserta en la comunidad sin violentarla. Hurgan las respuestas que sus pobladores necesitan para re-encontrar la belleza no fuera sino dentro de sus colectividades. La escena inicial de los dos ancianos que han dejado de comer juntos tiene que ver con el reto que observa Ury al incentivar la permanencia del campesino en la comunidad: ¿cómo hacer que ambos, ella y él, reactiven su amor y vuelvan a sentarse en la mesa familiar, sin que ninguno piense que ya terminó todo? Este principio de “no violentar” es difícil de comprender en un universo simbólico como el nuestro, donde somos bombardeados por imágenes desgarradoras y atrayentes, que prometen el cambio constante, arrojar y no conservar.

En uno de los debates sobre el reggaetón asociado a la Cruzada que Armando Morales provocaba diariamente en contra de su contenido machista, consumista y procaz ,—lo ponían a todo bafle en los lugares a donde llegábamos para atraer público— Emilio Vizcaíno respondió respetuosamente que la Cruzada no podía violentar el gusto local. Ese principio de no violencia, de horizontalidad personalizada, que quizá yo magnifico demasiado, fue la principal virtud que encontré entre los guantanameros desde que llegué al Guiñol. Nada se impone o parece vertical en el universo de reglas que esos artistas recrearon en la Cruzada.

Después de concluir la función en el Alto de Palmarito Ury y yo bajamos al pequeño monumento a José Martí de Rita Longa y nos tomamos fotos. Mientras esperábamos a la promotora cultural —nos pidió bajar en el Kamaz hasta su casa—, comencé a rumiar la diferencia entre guantanameros y extranjeros: había disfrutado más las funciones foráneas. Posteriormente, en una entrevista, le comenté a Ury que a ellos parecía influirles más el terreno, el imaginario campesino, que las puestas extranjeras de calidad que venían asiduamente a la Cruzada. Ury me lo confirmó agregando algo lapidario: los espectáculos de otros países son muy buenos, pero nos afincan más en nuestra diferencia.

Todo el viacrucis martiano, por demás tuvo que ver con esa gesta que repite la Cruzada: lograr al menos un relativo consenso, una horizontalidad. Como líder, Martí persuadió, con su oratoria encendida, a una buena porción de cubanos a que pusieran a un lado sus individualidades en pos de apuntar hacia un solo sentido, probablemente este sea el ABC de construir y mantener una obra colectiva estable como la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, que cada año comienza un 28 de enero, día del natalicio del Héroe Nacional, y termina el 3 de marzo. Una experiencia extrema y grata, cuya verdad insoslayable genera asiduos, purifica, lava faltas y rescata eso que queremos ser y que a menudo posponemos o yace enredado entre nuestras miserias.

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