Literatura

Nota a La tarde de los sucesos definitivos

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Existen libros que se leen de una sentada, de un tirón, de una pasada, y hay otros que necesitan varias lecturas, sin que lo uno ni lo otro signifique obligadamente que el tiempo que se requiere para el entendimiento de los textos, esté en relación directa con su calidad. No pretendo decir ninguna originalidad; me ciño al hecho concreto de la agradecible sencillez, o de la dificultad iluminadora que entrañan la mayoría de los libros (cuando son buenos). La tarde de los sucesos definitivos, del joven autor Carlos Manuel Álvarez (1989), con el que obtuvo hace dos años el Premio Calendario en Narrativa de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), pertenece al segundo grupo de lectura: Es un libro que exige volver sobre los pasos varias veces; y en este caso sí se correlaciona el complicado entramado, la delineación psicológica de los personajes, y los múltiples guiños que va haciendo el autor a lo largo de casi 90 páginas, con la necesidad de desentrañamiento que los lectores sentimos.

Siete cuentos, que bien pueden integrarse en un único asunto, arman una suerte de pequeña novela, que además de haber sido juzgada por escritores reconocidos (Alberto Garrandés, Mercedes Melo y Legna Rodríguez), nos llega con elogiosos comentarios en la contracubierta, escritos por dos narradores destacados: Jorge Ángel Pérez y Rafael Grillo. Se comprenderá que con semejantes antecedentes, nos adentramos en el universo de La tarde de los sucesos definitivos (Casa Editora Abril), advertidos a priori. Y, efectivamente, coincidimos con los criterios de quienes fueron encargados de evaluar esta obra, y nos quedamos, como ellos, impactados por la fuerza escritural, la habilidad del autor para crear ambientes donde prima la vacilación, la ambigüedad y el engaño. Básicamente hay dos ejes  argumentales, que se entrelazan: la relación de cinco criaturas (Una muchacha estudiante de Arte, un joven que cursa la carrera de Periodismo, un profesor de Taller Literario, un librero, y un periodista que no vive en Cuba) y el “mundillo” cultural habanero, descrito con un descarne que roza al cinismo.

Además de recrear la vida cubana de fines de la década del 2000 (no en términos pedestres ni económicos, sino referidos al ámbito cultural), las situaciones se desarrollan a manera de espiral, de modo que se cierran las historias con coherencia y naturalidad. El abandono parece ser la premisa que signa estas páginas: del padre al hijo, de las parejas, del maestro a sus alumnos, de vocaciones e ilusiones: hay desdén por todo aquello que constituye (o nos han enseñado que debe constituir) el cúmulo de normas conocido como moral. En estos cuentos, la falta de prejuicios conlleva a un mundo donde todo es posible, y así, toda traición es asumida como consecuencia de la clásica cadena de acción-reacción.

Además de la ya mencionada fuerza narrativa en términos de infelicidades colectivas descritas con la mayor tranquilidad imaginable (nada de desgarraduras ni de lamentaciones), una revisitación a la ciudad despierta  curiosidad. Tal vez para quienes no vivan en La Habana, esta especie de redimensión de la geografía habanera no levante suspicacia (o al menos, interés), pero entre nosotros, el hecho de que una librería se ubique donde existe una funeraria; la casa del profesor del Taller Literario en una conocida beca para universitarios, y que desde Calzada pueda divisarse el estadio de pelota, resulta divertido. Y es que Carlos Manuel Álvarez no deja de jugar con los lectores, a pesar de que no haya nada lúdico en sus historias de fracasados. No hay forma de develar todos los guiños, todos los trucos, todos los referentes que afloran en la medida en que avanzamos en el mundo decadente que nos describe: cada lector los irá descubriendo (o no), y esta suerte de adivinanza laboriosamente armada, forma parte de los atractivos de La tarde…” un libro, que sin duda, anuncia a un narrador que comienza (¿de veras comienza?) con armas suficientes como para quedarse, como para marcarnos.

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