Cartagena y la emocionada evocación de lo que fuimos

Joel del Río • La Habana, Cuba

En realidad hay pocas suertes mayores que la de poder regresar a los lugares y personas que alguna vez nos hicieron felices. Tuve la dicha de regresar a la caribeña Cartagena de Indias por tercera vez, en esta ocasión como jurado de su tradicional, y al mismo tiempo emergente, Festival Internacional de Cine.  Para mí, fueron siete días repletos de calidez y momentos memorables, y no solo por la presencia de grandes filmes, los amigos viejos y los deslumbrantemente nuevos, sino también porque Cartagena ha terminado por instalarse entre mis grandes afectos en tanto el Festival solicitaba mi participación en dos temas que me apasionan: García Márquez y el destino de la crítica cinematográfica en un mundo que parece desdeñar su sentido y capacidades.

“Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”, dice el autor de Cien años de soledad en Vivir para contarla, y si bien sería exagerado afirmar que para mí significó también un renacimiento, puedo garantizar un estado de singular entusiasmo durante la brevísima e intensa semana que viví bajo el signo de “Somos lo que fuimos”, emblema regidor de la edición quincuagésimo quinta del Festival, inaugurada por el presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien catalogó este evento como “una nueva oportunidad para disfrutar el cine, para recordar las ideas del pasado, y para seguir afirmando la nueva realidad de la cinematografía colombiana, latinoamericana y mundial”.

Y la reafirmación de la cinematografía nacional tiene que ver, entre otros muchos gestos, con el sostenimiento de una competencia oficial de cine colombiano paralela a la de cine latinoamericano, que le da sentido y proyección internacional al evento. En el concurso nacional ganaron, en primer, segundo y tercer lugar, El silencio del río (Carlos Tribiño), Carta a una sombra (Daniela Abad y Miguel Salazar) y Ruido Rosa (Roberto Flores), y la competencia de cortometrajes, el soporte regularmente elegido por los jóvenes realizadores para iniciarse en el audiovisual, evidenció las ingentes posibilidades del cine nacional con el premio para Se venden conejos, de Esteban Giraldo, y la mención para Completo, de Iván Gaona.

La contundente participación latinoamericana (compitieron títulos tan prestigiosos como la  mexicana 600 millas, la dominicana Dólares de arena, y la argentina Jauja) estuvo regida por el sorpresivo y merecido triunfo de Guatemala, con Ixcanul, del joven Jayro Bustamante, en tanto el Premio Especial del Jurado, y el de la crítica internacional acreditada fue para Branco Sai, Preto Fica, del brasileño Adirley Queirós. Los jurados de documental prefirieron el chileno La Once, de Maité Alberdi, y el dominicano Tú y yo, de la pareja integrada por Natalia Cabral y Oriol Estrada, quienes encontraron en Cartagena un justo espacio consagratorio para esta aguda reflexión sobre clase social, raza y género, aplicada a las relaciones entre patronas y empleadas domésticas.

Pero si Cartagena se proyectó al mundo en el pasado, a través, sobre todo, de las obras de García Márquez (el  cerro de San Felipe está en Del amor y otros demonios y el portal de los dulces, o de los escribanos, forma parte esencial del argumento de El amor en los tiempos del cólera, por solo mencionar los ejemplos más evidentes) la ciudad recibe, durante el Festival, parte importante de lo más notable que se hace en el mundo en términos de cine. Existe una competencia paralela, titulada Gemas, cuyos premios contribuyen con la exhibición más amplia de películas excepcionales muchas veces preteridas por los distribuidores. Este año fueron privilegiadas la española Hermosa juventud, de Jaime Rosales, seguida de cerca por la brasileña El hombre de las multitudes, de Marcelo Gomes y Cao Guimaraes, y por la mauritana Timbuktú, de Abderrahmane Sissako.

Sin embargo, todo ello tiene que ver con la creciente voluntad de modernizar y dinamizar un Festival antiguo, cuya dirección y apoyos actuales están conscientes de la necesidad de insertarse naturalmente en el circuito integrado por La Habana-Mar del Plata-Guadalajara, sin renunciar a las sagradas tradiciones que le dieron prestigio y trascendencia. En varios segmentos de esta edición se verificó gozosamente, sin imposiciones absurdas, aquello de “Somos lo que fuimos”, porque 55 años no se cumplen todos los días y, como aseguró Diana Bustamante, la directora artística del FICCI, la celebración nos hizo pensar en un tema central que es la memoria. Pensarnos, repensarnos, revisarnos, mirarnos hacia adentro: eso significa recordar”.

Hubo, por ejemplo, una triada de ciclos en tributos bastante completos, consagradas a Kim Ki-duk, uno de los más prestigiosos directores de Corea del Sur; Pablo Trapero, nombre imprescindible del nuevo-nuevo cine argentino, y Darren Aronofsky, importante realizador de la llamada generación autodidacta del cine norteamericano. De este modo, las pantallas de Cartagena alternaban entre clásicos recientes como Réquiem por un sueño, Mundo grúa e Hierro 3, y la copia restaurada, en alta definición de El chico, uno de los clásicos reciclados en ocasión del aniversario 125 del nacimiento de Charles Chaplin, o la muestra italiana sobre el western spaghetti y las retrospectivas del documentalista francés Raymond Depardon y del productor norteamericano Michael Fitzgerald.

Entre las miradas al pasado cartagenero, colombiano y mundial, destacó la Retrospectiva titulada Gabo: las películas de mi vida. A pesar de que su vida transcurrió en un largo peregrinar entre Colombia, México, España y Cuba, García Márquez regresó muchas veces a Cartagena, luego de su primera llegada a la ciudad, cuando tenía 21 años y había publicado sólo dos cuentos en El Espectador. En 1966, el guionista de Tiempo de morir, formó parte de la delegación mexicana que asistió al Festival de Cine; y a comienzos de los años 80, convertido ya en el escritor más célebre del habla hispana, parecía dispuesto a quedarse a vivir en la ciudad caribeña. El regreso de Gabo a la Cartagena de 2015 tuvo que ver, sobre todo, con un coloquio sobre su obra y aportes al cine latinoamericano, y con la retrospectiva mencionada que incluyó clásicos elogiados públicamente por el escritor en crónicas y comentarios: El general de la Rovere, El retrato de Jennie, Jules et Jim, 2001: odisea espacial, Ladrón de bicicletas

Además de aclamar en retrospectivas muchos de los filmes que reformularon la memoria afectiva del cinéfilo en el siglo XX, el Festival Internacional de Cartagena celebró el encuentro de las artes y el derrumbe de las fronteras entre ellas a través de una serie de trabajos entre los cuales destacó sobremanera el documental de largometraje Sady González, una luz en la memoria, dirigido por Margarita Carrillo Díazgranados y Guillermo González. Vencido el reto de presentar con amenidad y racionalista cronología, el descomunal testimonio fotográfico de Salvador Isidro González Moreno, más conocido como Sady, y pionero del reporterismo gráfico en Colombia, el documental sorprende, conmueve, alerta y persuade sobre los valores de un arte (en este caso la fotografía y por extensión el cine, el documental) cuando se compromete con el retrato exacto de realidad, y su potencialidad en tanto denuncia de la violencia política, ese flagelo de la historia colombiana y latinoamericana. 

Un montaje preciso y una fotografía preciosista a la hora de “encajar” pasado y presente, también distinguen a Sady González, una luz en la memoria, cuyo estreno mundial ocurrió en Cartagena, en tres sesiones con salas llenas, mientras el Festival proponía también la exposición fotográfica Foto Sady: recuerdos de la realidad, en el Centro de Formación de la Cooperación Española en la Plaza de Santo Domingo, con una selección de algunas de las excelentes instantáneas que informaron al mundo sobre algunos de los acontecimientos más impactantes de la historia nacional, entre ellos el Bogotazo y la cambiante realidad  colombiana de los años 50 y posteriores a través de los medios de comunicación más influyentes como las revistas Cromos y Semana, y los periódicos El Siglo, El Espectador y El Tiempo.

Y sobre el futuro posible del Festival de Cartagena, una vez convencidos de que Somos lo que fuimos, puede mencionarse rápidamente que esta edición contó con 39 estrenos mundiales y 21 latinoamericanos, alrededor de 1750 proyecciones que incluyen las 1200 de la sección Cine en los Barrios, cerca de 50 mil espectadores en salas y 300 invitados. La mayor fiesta del cine en Colombia no pudo tener mejor cierre que la premier latinoamericana de la más reciente película de Rodrigo García Barcha, Last Days in the Desert, protagonizada por Ewan McGregor, y con el relato de los días que transcurrió Jesús en el desierto, mientras se crecen las incertidumbres sobre la vocación, el sacrificio y las ataduras que muchas veces heredamos solo por ser hijos de nuestros padres. El filme representa un cambio de registro tipológico (el protagonista es un hombre) del sutil observador de la vulnerabilidad humana, devenida tragedia, en obras tan elogiadas como Cosas que diría con solo mirarla (2000), Nueve vidas (2005), Madres e hijas (2009) y Albert Nobbs (2011). Su reflexión sobre las complejas relaciones entre el hijo y el padre-dios nunca tendrá mejor escenario que Cartagena.

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