Arqueólogos de la imagen en movimiento

Luciano Castillo • La Habana, Cuba

Cuánto material fílmico producido en Cuba en la primera mitad del siglo xx desapareció para siempre es imposible de determinar. Como en aquella memorable secuencia de Un hombre de éxito en que el oportunista por antonomasia, acompañado por su esposa saluda a los personeros de cada régimen al compás de la melodía de moda en cada época, unos tras otros, los gobernantes de turno expresaron sus promesas de fomentar la industria fílmica criolla como fuente de trabajo a las representaciones de los cineastas cubanos que recibían en el Palacio Presidencial. Eran generalmente encabezadas por Max Tosquella (1890-1975), otro de los pioneros incansables, tesonero luchador por una cinematografía auténticamente nacional, a quien no se ha hecho aún la merecida justicia.

La aprobación en 1950 del Patronato para el Fomento de la Industria Cinematográfica —entidad de carácter privado, constituida según sus estatutos con el objeto de impulsar el cine y presidida por Manuel Alonso— fue solo un medio para destinar exiguos presupuestos a algunas películas del patio. Contribuyó también al financiamiento de varias de las numerosas coproducciones mexicano-cubanas que aprovechaban las atractivas locaciones de la Isla y la competitividad del personal técnico criollo, amén del profesionalismo de los intérpretes y el imprescindible aderezo de nuestra entonces muy difundida música. Cada noticiero, película amateur o documental perdido —aunque como se percibe en la escasa cantidad sobreviviente de estos últimos, muchas veces se limitaran a registrar las atracciones turísticas y las inauguraciones de edificios y obras como parte de las campañas gubernamentales—, es una fuente de investigación que fue a parar al basurero.

Imagen: La Jiribilla

Es cierto que el cine de ficción no alcanzó nunca la reputación de otras manifestaciones artísticas, sobre todo el delirio provocado por la música cubana en todo el mundo y las artes plásticas con todo el quehacer pictórico de importantes creadores, es de lamentar también la desaparición de tantas películas producidas por toda una generación de soñadores. De una considerable cantidad de estas apenas sobreviven unas pocas fotografías de sus rodajes, algunos lobby cards, carteles y press books rudimentarios para promover sus efímeros estrenos, si las compañías productoras asignaban una cifra destinada a la necesaria publicidad. Competían en el mercado con una avalancha de películas norteamericanas, seguidas por las exhibiciones en bloque de las cintas mexicanas, argentinas y algunas europeas (españolas, francesas, italianas e inglesas) que lograban hallar un espacio en la programación.

Por muy ínfima calidad que se les atribuya, incluso por integrantes de sus equipos de realización, hasta la más deplorable cinta reviste una significación histórica hoy.

Las películas que no llegaron a nuestros días impiden la completa reconstrucción en todos sus detalles del período transcurrido desde la primera filmación por el francés Gabriel Veyre (1871-1936) de Simulacro de incendio (1898) o por el villareño José Esteban Casasús (1871-1948) de Un brujo desapareciendo (1898), que marcan el inicio de la historia del cine en Cuba, hasta La vida comienza ahora (1959), dirigida por Antonio Vázquez Gallo (1918-2007), la última producción rodada al margen del balbuciente ICAIC el mismo año de su constitución. Por muy ínfima calidad que se les atribuya, incluso por integrantes de sus equipos de realización, hasta la más deplorable cinta reviste una significación histórica hoy. Corresponde a los historiadores el hurgar en bibliotecas, archivos públicos y privados, cinematecas de todo el mundo,  para hallar las piezas dispersas de esta suerte de rompecabezas que deviene la historia del cine cubano. Suscribo la declaración certera del cineasta húngaro Péter Forgács, autor de más de 30 filmes elaborados a partir del cine doméstico y amateur:

Tenemos hipótesis. Hacemos cálculos. Estamos poniendo juntos estos mosaicos. Podemos tener muy buenas observaciones, pero siempre habrá alguna pieza que falte, así que es una especie de arqueología del tiempo. [...] Por eso, cuando afirmo que soy un arqueólogo, quiero decir que no estoy escribiendo la Historia, sino que estoy excavando algo de la época pasada. Y aunque los documentos que recupero sean muy importantes, nunca seré capaz de describir la totalidad de aquella época.1

El cabildo de Ña Romualda (1908), La hija del policía o En poder de los ñáñigos (1917) o La brujería en acción (1919-1920), podrían haber sido puntos de obligada referencia en las pesquisas sobre el folclore afrocubano. Para los estudiosos de las manifestaciones religiosas en la Isla mucho habría significado disponer del corto Los festejos de la Caridad en la ciudad de Camagüey (1908), rodado por Enrique Díaz Quesada, autor también de El Genio del Mal (1920), la única serie en diez episodios generada en Cuba. Su reportaje La pelea de Johnson y Willard (1915) sería hoy un inestimable documento para los cronistas del deporte. Los interesados en las traducciones al lenguaje del cine de la dramaturgia nacional estarían felices con una copia aún en imágenes borrosas de Alma guajira (1929), versión de Mario Orts Ramos de la pieza concebida por Marcelo Salinas (1889-1978).

Los investigadores de la música y los ritmos criollos valorarían mucho poder recurrir para su trabajo, en lugar de contar con grabaciones defectuosas, a las interpretaciones por Rita Montaner del “Son caliente” compuesto para ella por Gonzalo Roig y de otra debutante, María de los Ángeles Santana de “Si me pudieras querer” concebida por Bola de Nieve e interpretada en un jardín interior del Hotel Nacional de Cuba con el trovador santiaguero Vicente González-Rubiera Cortina (Guyún), incluidas por Ramón Peón en el muy nutrido repertorio de Sucedió en La Habana (1938). Fue el título inaugural de la producción de la compañía Películas Cubanas, S.A. (PECUSA), de la que se desconoce el paradero de una copia siquiera, como tampoco de su sexta y última producción, Cancionero cubano (1939), dirigida por el catalán Jaime Salvador, una auténtica revista musical con Zoraida Marrero, Margot Tarraza, Aurora Lincheta y las actuaciones especiales de Ernesto Lecuona y José Sánchez Arcilla.

Qué material de estudio habría significado para quienes indagan sobre la literatura disponer de una copia de Cecilia Valdés (1949), primera versión fílmica del clásico de Cirilo Villaverde, realizada por el mallorquín Jaime Sant Andrews (1905-1955) o del largometraje Golpe de suerte (1954) —nunca estrenado en Cuba—, incursión habanera detrás de las cámaras del escritor malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959) antes de su aventura buñueliana en México (Subida al cielo).



Notas:

1. Entrevista a Péter Forgács: La casa abierta. El cine doméstico y sus reciclajes contemporáneos, Edición a cargo de Efrén Cuevas Álvarez, Ocho y medio, libros de cine, Madrid, 2010, pp. 359-360.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato