La razón suprema de toda cinemateca

Héctor García Mesa • La Habana, Cuba

La función de toda cinemateca consiste, en primer lugar, en localizar y conseguir copias de todos los filmes, positivos y de duplicación, que se han producido en su país, y todo el material de referencia que exista sobre dichos filmes y sus realizadores: fotos, programas, carteles o folletos publicitarios, libros, revistas, críticas, ensayos; lo mismo que curiosos equipos utilizados en el pasado: en fin, cuanto material pueda servir de referencia para el estudio y apreciación de la historia del cine nacional y mundial. Todo este material deberá ser revisado y archivado ordenadamente.

Imagen: La Jiribilla

En el caso de las películas, estas deberán ser depositadas en bóvedas de seguridad construidas especialmente para estos fines, de modo que reúnan las condiciones idóneas de temperatura y humedad para su buena conservación. (…) Esta labor de búsqueda de tantos materiales, que generalmente se hallan dispersos en cada país en las condiciones más precarias; su clasificación y archivo adecuado, y más que nada los trabajos de laboratorio que deberán realizarse para corregir los defectos, sacar copias de duplicación cuando estas se hayan perdido, y un mínimo recomendable de copias positivas (una para su exhibición y otra para mantenerse intacta en los depósitos) supone una tarea enorme e incalculablemente costosa que generalmente rebasa las posibilidades de las Cinematecas que no cuentan con el respaldo moral y financiero de los gobiernos de sus respectivos países.

         Una Cinemateca bien equipada, además de contar con colecciones completas de los filmes de producción nacional, debe tratar de conseguir colecciones de los clásicos de cada época de todas las cinematografías extranjeras, a través de las negociaciones e intercambios con sus colegas, y de acuerdo con las facilidades que ofrece la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF). Y es ahora que arribamos en realidad a la razón suprema de toda Cinemateca. Los filmes no deben ser condenados al encierro en las celdas refrigeradas: un filme se hace para que sea visto. Las Cinematecas deben preparar exhibiciones especiales de sus películas, preferiblemente en forma de ciclos, que podrán ser dedicados a la producción en general de un país determinado, o de un período histórico, de una corriente estética, de un director destacado, un actor de talentos particulares, y así se pueden agrupar los filmes en tantas series como se estime que puedan resultar de interés. Como muchas veces se presentan filmes de épocas pasadas, en que las técnicas y los estilos, y aún los asuntos planteados difieren de los actuales, es recomendable que conjuntamente con la exhibición de las películas se facilite al público información suficiente que le sirva de guía para la mejor comprensión de dichos filmes y su significación dentro de la historia del cine.

Las Cinematecas deben preparar exhibiciones especiales de sus películas, preferiblemente en forma de ciclos, que podrán ser dedicados a la producción en general de un país determinado, o de un período histórico, de una corriente estética, de un director destacado, un actor de talentos particulares, y así se pueden agrupar los filmes en tantas series como se estime que puedan resultar de interés. 

Pero los proyectos de la Cinemateca de Cuba son todavía más ambiciosos. Un país como el nuestro en que se realizan profundas transformaciones sociales presenta oportunidades poco comunes para el cine. El Año de la Educación, con su ingente tarea de erradicar para siempre el analfabetismo de nuestros campos y ciudades, y la creciente movilización de nuestros jóvenes en pos de la educación progresiva del pueblo, preparan las condiciones ideales para el funcionamiento más cabal y positivo del cine. (…) El panorama cinematográfico de Cuba se transforma radicalmente. La Cinemateca y la Sección de Cine Clubes se encargarán de traer al país, y de divulgar ampliamente, las obras maestras del cine de todos los tiempos, así como de aquellos materiales informativos y didácticos que hasta ahora nos habían sido vedados. El complemento de estas actividades especializadas será paradójicamente la exhibición comercial, cuyo objetivo principal, por primera vez en Cuba, consiste en tratar de ofrecer al público films de positivos valores artísticos e ideológicos.

 

Llamado

Con el objeto de que este empeño de nuestro Gobierno Revolucionario pueda alcanzar y sobrepasar las metas fijadas, en beneficio del desarrollo cultural del pueblo, se solicita de todas las personas que se interesen por las actividades cinematográficas y culturales en general, que comuniquen a la Cinemateca de Cuba la existencia de cualesquiera materiales fílmicos que se encuentren en el país, tales como películas de corto o largometraje, ya sea de producción nacional o extranjera y de cualquier época, sin reparar en su estado de conservación, así como de la existencia de fotos, carteles publicitarios, libros o revistas de cine y viejos aparatos de filmación o de proyección. Esta colaboración, que se concretará después directamente de mutuo acuerdo con las partes interesadas, resultará de inapreciable valor para la formación de los Archivos y del Museo del Cine de la Cinemateca y se traducirá en el mejor servicio de información que podremos prestar a cuantas personas e instituciones se interesen por estas cuestiones.

 

Fragmentos del artículo Cinemateca de Cuba, revista Cine Cubano, año 1, no. 5, pp. 44-51.
El autor fue director-fundador de la Cinemateca de Cuba (1960-1990).

 

Mi cinefilia antes y después de Héctor

Luciano Castillo

Bastó que en la bóveda de la Cinemateca trocaran una copia del Week End de Godard con destino a un ciclo sobre el color en el cine programado en la ciudad de Camagüey, y llegara otra película de idéntico título, pero otra nacionalidad, ¡y en blanco y negro! para que yo —cocuyo de las funciones de la Cinemateca en el cine Guerrero—, templo de la cinefilia local, escribiera de inmediato una carta a Héctor García Mesa para protestar por tal irregularidad y manifestarle otras preocupaciones. Confieso que nunca esperé respuesta, hasta que cierto día, de repente recibí una carta —que conservo celosamente— de varios pliegos mecanografiados en que el propio director de la Cinemateca de Cuba me explicaba detalladamente no solo el origen del error sino toda una serie de consideraciones.

Imagen: La Jiribilla

Entonces supe que era él quien, además de todas sus responsabilidades, elaboraba la totalidad de los ciclos tanto para la sede capitalina como para todas las ciudades del interior a las que había llegado ese museo del cine. Esa carta, y luego visitar La Habana e ir como en una peregrinación a la oficina de Héctor, siempre sonriente, selló el inicio de una sólida amistad apenas interrumpida por su desaparición física.

A partir de esa fecha, me convertí en el más estrecho colaborador de Héctor en relación con la programación de mi ciudad natal. Con toda la increíble frecuencia posibilitaba por mi avidez “cinefilítica” y la supersónica velocidad mecanográfica, lo bombardeaba con propuestas de ciclos y solicitudes de títulos en la historia del cine exhibidos antes a 572 kilómetros de La Habana. Aquello fue paradisíaco para todos los que asistíamos semanalmente los dos días fijados para la Cinemateca y, a veces, repetíamos la misma película de una a otra tanda. Héctor no se limitó a complacer mis abigarradas peticiones de películas (algunas que, en secreto, nunca había podido ver por no tener la edad requerida en el momento de su estreno), sino que, por si fuera poco, de una lista que conservaba en esa auténtica caja de sorpresas que eran su buró y su pequeña oficina, sacó, como del sombrero de un mago, sugerencias de filmes en calidad de estrenos en Cuba (Vagas estrellas de la Osa, de Visconti, por ejemplo) que, por primera vez, aún en la zona más llana de la isla, distante de las montañas de la Sierra, se proyectaron en Camagüey.

Nuestra amistad se estrechó durante varios años en que siempre que viajaba a La Habana —lo cual hacía con cierta asiduidad para no perderme películas y puestas de teatro que demorarían o nunca llegarían a nuestra provincia, escapando de los encuentros periódicos en la Universidad—, invariablemente pasaba por su oficina para saludarlo e intercambiar criterios. Selma, su muy eficiente secretaria, ya reconocía mi voz al atender alguna de mis innumerables llamadas. Recuerdo como si fuera hoy aquel día de 1979 en que mostré a Héctor, no sin cierta timidez, la primera crítica que había publicado en el diario Adelante, y sus eufóricas palabras de aliento para que se las enviara regularmente. Siempre me manifestó su deseo personal de que si alguna vez se creaba otra plaza en la oficina de la Cinemateca, sería ocupada por mí.

La mayor prueba de confianza y de respeto hacia mi sentido de la responsabilidad, recibida de Héctor, fue cuando me seleccionó para formar parte como asistente de su principal organizadora, la argentina Silvia Oroz, del comité de atención a los invitados especiales del revelador Seminario “El cine latinoamericano de los años ’30, ’40 y ‘50”, programado en el onceno Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Aquello fue la apoteosis pues, conscientemente, Héctor me permitió descubrir o redescubrir algunos clásicos, al tiempo de compartir —como si nos conociéramos de toda la vida— con figuras míticas que veía o leía sus nombres en “Cine del hogar”, como Amelia Bence, Juan Carlos Torry, Ninón Sevilla, Tulio Dermicheli o Alejandro Galindo. A ellos se sumó ese genuino representante de la generación del nuevo argentino de los sesenta que es José Martínez Suárez quien, desde que lo recibí en el aeropuerto me soltó aquella frase final de Bogart y Claude Rains en Casablanca sobre el inicio de una amistad que, hasta la fecha, se mantiene. No olvido la sonrisa cómplice de Héctor las veces que montaba en el microbús que nos asignaron.

Cuando en el Congreso de la FIAF, celebrado años más tarde también en el Palacio de las Convenciones, y al que asistí invitado por el propio Héctor, admiré deslumbrado la proyección del cortometraje Precious Images, de ese artífice de la edición que es Chuck Workman, frente aquel desfile de planos antológicos que uno trata de identificar sin que apenas le alcance el tiempo, fue como si asistiera a una vertiginosa exhibición de la fraterna historia cinéfila vivida con Héctor García Mesa, a quien si bien la salud le impidió estar presente en ese otro acontecimiento del que fue el máximo inspirador, imaginé que lo tenía a mi lado. En su partida, como cada vez que ocurre con alguien que verdaderamente estimo, evoqué aquel verso de un célebre poeta ante el adiós de una persona entrañable: “…fue como si el tronco le dijera a las hojas: Me marcho”. 

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