Cinemateca de Cuba: Una deuda de gratitud

Manuel Herrera • La Habana, Cuba

Confieso que cuando me ofrecieron la posibilidad de dirigir la Cinemateca de Cuba, dudé. No obedecía la duda a cuestionarme mi capacidad para dirigir. Creo que la experiencia de 48 años como cineasta en un país donde de década en década cambió la forma de enfrentar un rodaje —presionados por los múltiples condicionamientos económicos que sortear— lo capacita a uno para enfrentar la dirección de cualquier entidad por muy difícil que esta sea. La duda provenía del lugar que ocupa en mí la Cinemateca de Cuba, elemento fundamental en mi formación como cineasta.

Para la tercera generación de cineastas del ICAIC —en la cual figuro— las proyecciones de los ciclos de la Cinemateca, sabiamente organizados y programados personalmente por su director, constituyeron una sólida base en la cual se asentaron los conocimientos técnicos que día a día nos iba dotando la práctica. Nunca he podido saber si todo aquel entramado era previsto de esa manera para la formación de los directores de cine cubano, o si era algo espontáneo. Lo cierto es que al mismo tiempo que recibíamos talleres, en forma de encuentros magistrales, de figuras tan prestigiosas como Joris Ivens, Theodor Christensen, Chris Marker, Agnés Varda, etc. sus enseñanzas se complementaban con la visión o revisión de los clásicos del cine, sobre todo el primer contacto con el genio de David W. Griffinh, Charles Chaplin, Von Stroheim y su Avaricia y los clásicos franceses René Clair, Jean Renoir, Abel Gance, Jean Grémillon, y otros antecedentes tempranos de la Nueva Ola.

Imagen: La Jiribilla

En mi caso, como joven de provincia era la primera vez que podía tener acceso a estos materiales salvo el caso de El acorazado Potemkim, exhibida en los cines comerciales de Santa Clara por no sé qué distribuidora que aprovechaba de esa manera la ola revolucionaria de los años 59 y 60. Ni aún en nuestro Cine Club en esa ciudad podíamos darnos el lujo de acceder a esos materiales.

Paralelamente otra cinemateca no anunciada como tal se presentaba en el Cine Capri cerca del Capitolio donde a las doce de la noche gustaba de exhibir filmes europeos. Tres filmes por $0.20 de peso (1 peso equivalente a 1 dólar entonces) casi siempre de la COFRAM, siglas del “Consorcio franco-americano de distribución”, que nos permitía ver reprisadas obras clásicas como Ladrón de bicicletas, Umberto D o Bajo los techos de París, aunque de vez en cuando para competir con los show de medianoche del teatro Campoamor situado enfrente, nos disparaba un programa compuesto por filmes como Con rabia en el cuerpo, Con fuego en la piel y La torre de los placeres.

Y es que La Habana de aquellos momentos era una ciudad de cines, con un gran público capaz de gustar todas las ofertas y que hoy nos haría morir de envidia. Cerca de 500 cines alimentaban la imaginación del espectador y aunque casi todos, salvo honrosas excepciones ofrecían el peor cine comercial, al menos mantenían el hábito en el ciudadano común de ahorrar la peseta para irse al cine del barrio, amable entidad hoy casi desaparecida y que en algún momento habría que retomar, que nunca estrenaban un filme pero donde  podíamos volver a disfrutar o descubrir viejas obras de indudable valor estrenadas antes de que uno pensara adentrarse en estos vericuetos cinematográficos. A los cines de la barriada de la Víbora, mi primer asiento de “palestino azorado”, debo la visión de filmes como Vive como quieras, Las viñas de la ira o los musicales de la Metro que bebía con fruición y muchas otras.

Todo este mosaico disperso, pero sustancioso vino a encontrar su camino y coherencia en las proyecciones de la Cinemateca

Todo este mosaico disperso, pero sustancioso vino a encontrar su camino y coherencia en las proyecciones de la Cinemateca. Con el tiempo el Capri desapareció devenido en cine Mégano y los cines de barrio se inundaron de obras del campo socialista que vaciaron sus bóvedas en ellos como “ayuda” emergente que poco mas y ahuyenta los espectadores del cine. Un viento de abulia envolvió las proyecciones cinematográficas habaneras y abandonados por su público muchos cines desaparecieron. El Cine de Arte ICAIC, se erigió como baluarte de las proyecciones cinematográficas de calidad y en centro de atracción para los jóvenes artistas de todas las ramas que acudían a ella, no solo por la calidad de sus programas, sino como Centro Cultural de encuentro e intercambio de opiniones que casi siempre terminaban en animadas tertulias en un cercano café llamado “La pelota” costumbre que continuó durante los años 60,70 y bien entrado los 80 en que dejamos de ser “jóvenes” y las responsabilidades no nos daban tiempo para “cinematequear”. Gracias a la Cinemateca y su sabia programación los jóvenes de entonces adquirieron una solida cultura cinematográfica.

Los materiales que atesoraban las bóvedas de las distribuidoras, dañados ya por el uso y el abuso, pasaron a formar parte del archivo de la Cinemateca. La horrible costumbre de quemar las copias una vez vencido su ciclo de distribución o el tiempo de su contrato, si bien no pudo ser erradicada, al menos permitió la obligación de consultar a la Cinemateca su interés en conservarla o no, aspecto que más adelante se violaría o tal vez olvidaría. Por esta vía la Cinemateca se nutrió de una buena cantidad de títulos producto de las copias de filmes con valor artístico, compradas por el ICAIC. Empeñado en la formación de un público, la gran mayoría de los filmes exhibidos comercialmente cumplían con esta condición. Las bóvedas de la cinemateca llegaron a almacenar cerca de 5 000 títulos sin contar los filmes de factura nacional.

Gracias a la Cinemateca y su sabia programación los jóvenes de entonces adquirieron una solida cultura cinematográfica.

Comenzaron a aparecer donaciones de obras, documentos, fotos encontradas por aquí y por allá… Descubrí en un desventurado bohío de Oriente, mientras trabajaba de asistente de Tomás Gutiérrez Alea en Cumbite, una copia de Los diez mandamientos de Cecil B. de Mille, abandonada y sometida a los rigores de la intemperie. Una copia en material de nitrato, altamente inflamable. En un principio los dueños se negaban a hacer cualquier tipo de negociación con aquel “tareco” que apilado en forma de columnas y con una madera sobre ellas servía de una especie de coffee table sobre el cual descansaba un recipiente de cristal con un ramo de bugambilia y un rústico portarretratos con la imagen desteñida de una niña. Cansado de convencer, vacié mis bolsillos, saqué un billete de diez pesos y se los ofrecí en pago. Era todo el dinero que podía gastar en una semana un pobre aprendiz de cineasta, pero tal vez era lo que ellos podían gastar en un mes. Con aquella valiosa carga de latas mohosas tomé el único transporte disponible en aquellos años —un atestado tren— que debía cubrir la distancia entre Bayamo y La Habana en 12 horas pero que le tomó 27. Periodo de tiempo en el que no dormí espantando a los cansados viajeros para que no fumaran al lado de la bomba atómica que llevaba encerrada en esas latas. Dos días después de arrastrar aquella carga por media Isla entraba triunfante con ella en la Cinemateca. Los diez pesos nunca los recobré, ahora pienso que era poco comparado con lo que le debo a la Cinemateca.

Comenzaron a aparecer obras cubanas del período anterior a la revolución abandonadas por sus productores en veloz fuga, ante lo que se avecinaba, y olfateaban, para abril del 61. El principal deber de una Cinemateca, conservar su patrimonio fílmico, comenzaba a cumplirse. En esto fueron importantes también las donaciones del Departamento de Cinematografía de la Universidad de La Habana donde el profesor José Manuel Valdés Rodríguez había conservado algunas de las obras que hoy son patrimoniales. Muchas de estas cintas llegaban por primera vez al conocimiento de los cineastas más jóvenes que entroncábamos de este modo con nuestro pasado aunque aún miráramos de soslayo todo el cine producido en Cuba antes de la Revolución y procuráramos alejarnos de su influencia, pero comenzamos a aceptarlo. Artículos y ensayos provenientes de la Cinemateca fueron revelando la existencia de hombres como Enrique Díaz de Quesada, que intentaba echar las bases de un cine culturalmente cubano abundando en nuestra historia. La pantalla nos reveló El parque de Palatino, una obra realmente interesante que hace presagiar otras de gran valor cinematográfico desgraciadamente perdidas todas.

Imagen: La Jiribilla

De la etapa muda nos llegó la última obra La Virgen de la Caridad (1930), de Ramón Peón, clasificada por Georges Sadoul como una obra neorrealista, pero el cine sonoro comienza con La serpiente roja (1937), de Ernesto Caparrós, que, pese a los valores que pretendiéramos encontrarle, responde a un criterio comercial, como presagio de lo que vendría después; un cine nacional, costumbrista y folklorista, convertido en un remedo del cine mexicano que paulatinamente había absorbido nuestro mercado,  polarizado entre comedias banales y melodramas lacrimógenos, cuyos argumentos casi siempre eran extraídos de las novelas radiales.

Hoy por hoy, dos cosas nos aparecen claras: existió un cine cubano antes de la creación del ICAIC pero, a despecho de obras aisladas, el cine cubano como creación artística destinado a la superación cultural del espectador, nació con el decreto que creó el ICAIC en marzo de 1959 y su archiconocido por cuanto: “El cine es un arte…”

Para cualquier Cinemateca, patrimonio fílmico es todo lo producido en el país independientemente de su calidad artística. Logradas o no, estas cintas nos devuelven hoy la imagen de notables figuras, actores, músicos, cantantes,  que de otro modo no conoceríamos. Apegadas al costumbrismo vernáculo se asoman a la vida de entonces, a los conflictos cotidianos, a la filosofía de un sector social, callejero y vividor, parte de nuestra identidad en formación apresada en imágenes.

Para cualquier Cinemateca, patrimonio fílmico es todo lo producido en el país independientemente de su calidad artística. Logradas o no, estas cintas nos devuelven hoy la imagen de notables figuras, actores, músicos, cantantes,  que de otro modo no conoceríamos.

Durante más de cuarenta años la cinemateca fue una de las instituciones culturales más sólidas del país y dentro del sistema ICAIC de las más prestigiosas, su trabajo la convirtió en una de los miembros más influentes en la FIAF donde Héctor García Mesa ocupó la vicepresidencia por Latinoamérica. En 1990 murió su director-fundador y comenzó la mayor crisis económica a la que se ha enfrentado nuestro país y que necesariamente repercutió en las actividades de la Cinemateca y, sobre todo, en su archivo fílmico que como medida de emergencia, es transferido a la productora propietaria de los derechos de los negativos. Es a esta enorme deuda de gratitud con la Cinemateca a la que obedecían mis dudas. ¿Estaría yo a la altura de este pasado?

 

El autor fue director de la Cinemateca de Cuba del 2007 al 2013.

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