Sucedió en Copperbelt y se escribió en La Habana

Jorge Ángel Pérez • La Habana, Cuba

Montones de dolencias me asaltaron cuando decidí hacer la relectura de Sucedió en Copperbelt. Una detrás de otra fueron apareciendo, y yo para enfrentarlas me puse a rebautizar, siendo fiel a una muy enraizada costumbre nacional. El espolón calcáneo que me llevó a renquear, a caminar en punta, se convirtió en Solwesi e imaginé a mi amiga, “Niño, apoya el calcañal que te vas a chivar el metatarso”, pero no hice otra cosa que cojear de idéntica manera y seguí poniendo nombres nuevos a mis males. Kasama fue la gripe que llegó acompañada de fiebre, tos y una espantosa sinusitis. Para la presión arterial tan elevada escogí el apelativo de Mufulira, la misma que después de medicarme, y en su descenso, se convertía en las cataratas Victoria. Hasta me justifiqué pensando en cierta creencia de un amigo muy querido quien asegura que me interesa más el crono que el topo, y quizá tenga cierta razón porque en medio de tantos malestares me estuve imaginando en lejana geografía mientras procuraba las atenciones de mi médico de cabecera. No hay nada peor que estar enfermo, acurrucado y tembloroso, sin conseguir que Laidi me responda con tono displicente: “A ver, niño, qué te pasa ahora”. Era horrible que no levantara el maldito aparato y me curara, o al menos que hiciera alguna sugerencia, que me recomendara vencer el espacio que separa a su casa de la mía para percutir un poco y auscultar. ¡Es tan reconfortante ponerse en manos de un galeno cuando la temperatura se levanta! Tan dependiente era mi salud de sus cuidados que no tuve otra manera de acercarla. Debe ser por eso, o por el delirio de la fiebre, que advertí un sinfín de semejanzas entre las palabras que definían cosas y accidentes geográficos en su libro con los síntomas de mi enfermedad. Invocaba a Laidi usando sus palabras, algunos vocablos de su libro. Es que desde hace un tiempo la Fernández de Juan se convirtió en mi médico; por cualquier cosita meto el dedo en el teléfono esperando que responda veloz y que haga recomendaciones para espantar los males. En ocasiones la cosa pinta más serio, y ella recomienda una visita. “Ven por acá, te veo y conversamos.” Y eso hago; corro a sus brazos y ella me ausculta, indaga en la presión arterial, recomienda unos análisis y asegura que no voy a morirme todavía, que primero debo presentar su libro. Así que en estos días, leyendo Sucedió en Copperbelt, la procuré unas cuantas veces, pero no estaba. No escuché el entusiasmo de cada vez: “¡Niñito, cómo andas! Así me recibe entusiasmada, y le muestro un ensarte de lamentos. Acostado, muy febril imaginé otros intentos. Otra vez el índice sobre las teclas de mi teléfono y del otro lado una voz, algunas veces de Adelaida, otras de Roberto y también de Valladares, pero ella no respondió jamás. Aterrado no me atreví a preguntar. Dios mío, a esta se le ocurriría la peregrina idea de volver a África. Y ya imaginaba a su madre. “Jorge Ángel, si quieres que te consulte tendrás que llegarte a Zambia”. ¡Coñó! Así dije siempre en mis imaginadas respuestas, y hasta creció la fiebre. Eso imaginé, y como creo tanto a mi imaginación, la posibilidad real del hecho me golpeó muy fuerte, y mucho más cuando me supuse esperando, muy paciente, en la consulta de algún médico de ¿la familia? Fue así que se elevó mi tensión, y otra vez pensé en el viaje, en un desplazamiento largo y devastador que protagonizaba Laidi, un viaje que no tenía como destino final algún paseo por el Palacio de Invierno que le permitiera imaginar el contoneo de Catalina, entre miriñaques y encajes, mientras guiaba a Diderot por enormes galerías, el mismo Diderot que hurgaba más tarde en la biblioteca de la emperatriz polaca de los rusos, para escribir luego a Mademoiselle Volland, al conde de Munich o a M.M en París, para contar las maravillas de aquel viaje en coche, y de las atenciones que le prodigara Catalina. La pobrecita de mi amiga, creía yo, después de mi lectura, sintió nostalgia y partió otra vez, y lo peor es que ella no hacía un viaje deslumbrante a Roma, como aquel que llevó a Goethe a escribir sus elegías. En esas páginas de Laidi no se leían reclamos a la Roma de los césares. Ella no escribió: “Decidme, piedras, algo/ Hablad, altos palacios/ Calles, una palabra”, y tampoco sería cercana a un Dickens deslumbrado con Venecia, ni a Sthendal con toda Italia. Ninguno de estos viajes se acerca al que emprenderá este personaje que trazó Laidi Fernández de Juan. Ni siquiera debe imaginar el futuro lector que el desplazamiento tiene como fin la persecución de lo pintoresco, ese que para algunos es el más indolente e ingenuo de todos los viajes posibles. En estas páginas la autora traza un viaje al África, pero ni siquiera a esa África de pirámides, y mucho menos semejante al de las Memorias de Isak Dinesen, que fue danesa y baronesa, aunque suene cacofónico. El viaje de mi amiga fue distinto y mucho menos elegante, es que ella no es, ni tampoco fue, dueña de una exuberante plantación de café, y mucho menos parece interesarse en los safaris ni en el contrabando de diamantes. Debe ser por eso que aclara, y sospecho que también para diferenciarse de Hegel, que Zambia, es decir, que África, no es el culo del mundo, aunque la habanera del Vedado estuviera destinada a un kimbo. Esta mujer hace un viaje más que largo, larguísimo, kilométrico, pero a diferencia de Hegel ella tiene la certeza de que al fin llegó a donde debía, aunque esté tan lejos que no consiga decir que se ha alejado. La protagonista de estas historias, que quiere tener dos hijos varones, viaja a Zambia como médico, y justo allí, en medio de tanta lejanía se da cuenta que no hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa. Eso es algo que descubre muy lejos de su casa, separada de los suyos y de la Isla; es allí durante el viaje y en su estancia, quizá muy prolongada, cuando le es revelado que viajar, que pensar viajando, nos avisa. Ella no hace el viaje en busca de lo pintoresco. No viajó a Amsterdam ni a la Ópera de Viena. No está en París soñando con ser vestida por Chanel, ni pasmada por la grandiosidad y elegancia de la fachada del Louvre. Ella está en África, pero la expresión de su rostro ante el desamparo que le producen las primeras impresiones puede hacer recordar a la extasiada Santa Teresa de Bernini, ¿Qué otra cara podría poner la médico cubana recién llegada a Zambia cuando mira la fugacidad de las flores, casi todas malvas? Ella contempla, con mirada de huérfana, la furtiva belleza de las flores en el suelo, y lo cuenta a los suyos, a los que quedaron en la Isla, y les promete contar cosas pedestres, aunque no lo consiga, porque se verá obligada, aunque no lo quiera, a contar una y otra vez de la muerte, y escribiendo a los suyos descubre que son 33 los fallecidos en una sola noche, 33 como los años de Cristo. Y para soportar esos decesos y la lejanía, se refugia en la escritura. Solo escribir la salva para que luego pueda hacer lo mismo con los otros, los desprotegidos enfermos del continente negro. Escribir, escribir, escribir, lo mismo en los listados de los fallecidos que en el cartón de las cajas de huevos. Escribir en la bandera de la Cruz Roja y en la de Japón, que tienen muchísimo espacio en blanco. Ella siempre pensando en la sonrisa, porque es esa la que tiene la capacidad liberadora que precisa, y su mirada no es ni parecida a la del migrante. Ella no soñó en la Habana con el Dorado cuando vivía en el Vedado. ¡Eso también suena cacofónico! No creo que la mujer que abandonó la casa para curar enfermos en continente tan lejano, ¿Lejano de quién? ¿Lejos de dónde?, crea que su lugar es estéril. Ella no hizo el viaje de Marco Polo, ni siquiera el de Fefita, que se graduó más tarde en la misma escuela en la que estudiara ella, ni el de Clara y Yusimí, que estudiaron una en Santa Clara y la otra en…, ay no recuerdo ahora, pero no importa, porque lo más destacable es que esas también fueron misioneras, aunque más cerquita, en el mismo continente donde está el Vedado, a tres o cuatro horas de vuelo, pero fueron misioneras, solo que unos años después, y hasta consiguieron hacerse un baño nuevo tras la primera misión, y con la segunda la cocina, y en la tercera una terraza para que los niños jueguen con el perro, lo único malo es que no pudieron comprarse el auto que habían prometido a los niños para pasear los domingos con el perro, a pesar de que tuvieran la dichosa carta a tiempo, y aunque hubieran ahorrado cada centavo para el maldito carro, porque según ellas no es lo mismo ir a la playa en la cuatrocientos que en un Hunday. Esas misioneras se habrían conformado con un polaquito con tal de no dejarse manosear en un camello, porque ellas no fueron protegidas por Hermes ni hicieron el trayecto por frivolidad, ellas no fueron ni peregrinas ni excursionistas, ellas fueron internacionalistas, y no importa mucho que tuvieran mejor suerte que aquellos que fueron misioneros en el África, porque enfermedades contagiosas hay en cualquier parte, incluso aquí mismo, en el Vedado, en Centro Habana y en el Cerro.

La verdad es que me gusta este libro que no hace ninguna apología, en estas páginas el ditirambo no es razón. Ya verá cuando lo lea. Ya verá como comulga con esta mujer que cuenta, y hasta supongo que usted despreciará a cierto jefe de misioneros que supone que su yo es absoluto, el muy tarado no cuenta con la voluntad de esta mujer que discurre por todo el libro y que abandonó su casa a pesar de que estuvieron advirtiéndola, a pesar de que le dijeron que podría enfermarse y volver muy rígida y apestando, a pesar del muchísimo formol, como le sucedió a unos cuantos, como le pasó a un compañero misionero de ella misma, a un montón de misioneros que no estuvieron cerca de ella, como le sucedió al médico a quien estuvo cobijando, al que intentó curar, aunque para ello tuviera que desestimar las normas, y asumió cada uno de los riesgos que se corren si se llega al África. Ella fue allí como los verdaderos misioneros, como algunos misioneros de Hipócrates, como algunos misioneros de Jesús. Y todavía recuerda, cuando revisa cada carta, a Kaoma que murió tan joven, y a Patrick, llamado Mwafe, dejando a la muchacha que cabalgara sobre él en la bañadera de la casa, mientras escuchaban un son cubano. Y ya en La Habana, otra vez en el Vedado, vendrán a su memoria una y otra vez aquellos días, porque están ahí en su cabeza, aunque también guardé en los cajones cada uno de sus apuntes y un montón de cartas que envolvió con cintas coloreadas; allí también estarán, y para siempre, los recortes de periódicos y los estuches de bombones ya vacíos. Han pasado los años y ella no renuncia a sus recuerdos africanos, cada cierto tiempo recurre a sus tesoros de Copperbelt, al menos una vez al año, y a eso lo llama, como advirtiera a su hijo y a su madre, fungenicofa, que significa abre y cierra la mano; es por eso que cada vez que su hijo cumple años le regala una palabra, una de aquellas que aprendiera en un lugar tan lejano. Por culpa de sus recuerdos muy bien sabe su hijo que ladrón es kabualala, y si a ese ladrón se le relajan los esfínteres anales y sale en estampida un liquido verdoso y pestilente, el hijo chilla: “Mamá, eso es tutuma”. El niño participa de los recuerdos de su madre, y por eso va a decirle que quiere meter los ojos en sus recuerdos, para hurgar, pero lo que no le dirá jamás es que quiere romperlos, sacarlos de la casa, hacer que ella olvide. ¿Por qué será? ¿Acaso a los hijos no le importan más las cosas que hicieron sus padres hace veinte o treinta años? ¿Qué le interesará al muchacho hijo de la misionera? ¿Qué andará buscando él? ¿Qué andarán buscando otros? ¿Qué viajes tendrán en la cabeza? Si alguna vez esos muchachos juegan a hacer un viaje obligando a la bolita del mundo a hacer un montón de giros, en qué lugar preferirán que su dedo índice detenga a la esfera. ¿Con cuál lugar estarán soñando? ¿Y cómo harán el viaje? ¿Acaso este muchacho aplaudirá esas páginas de lenguaje tan fluido y tan cercano a la poesía? ¿Se acercará a ellas sabiendo que son cuentos, pero también muy colindantes a la novela? Ojalá lo haga alguna vez, ojalá que no queme los recuerdos de su madre, que no los ponga en la basura pestilente, ojala que aplauda estos cuentos, está cuasi novela que convoca a la conservación, al cuidado de las sensaciones, a la reminiscencia. Estás páginas están llenas de añoranzas, y se ocupa de la escritura para hacer que las huellas sean persistentes, para hurgar en los rastros que dejaron montones de cubanos en el África y en otros tantísimos sitios del planeta. No es la inmediatez y el relato simple lo que importa a Laidi, es la memoria como recuerdo, lo activo de la reflexión, de la elección. Gracias niña, por estos cuentos, que insisto, pueden ser leídos también como novela. Gracias niña, y por favor, si alguna vez se te ocurre volver a hacer un viaje a África, no dejes de avisarme.           

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