Los hijos del director no bailan, sienten

Mayté Madruga Hernández • La Habana, Cuba

La tribulación de Anaximandro es una preocupación inherente a nuestra especie. La línea divisoria entre lo que entendemos culturalmente como humano y naturaleza animal es cada vez más difusa, o tal vez, nunca ha existido. Cuánto de individualidad, transformación y excesos tiene el homo sapiens es una interrogante que estaremos perennemente respondiendo, como fieles discípulos de Anaximandro.

Al menos eso opinan George Céspedes y sus bailarines. La ópera prima de la compañía fue repuesta en el Teatro Martí recientemente, para unir, una vez más filosofía y danza; artes o modos de vida que se relacionan de manera tan natural como respirar y vivir.

Imagen: La Jiribilla

Buscar o intentar recrear la relación entre hombre, arché y apéiron, más que una creación coreográfica es el principio de todo sistema de pensamiento occidental, por lo que Céspedes explora el origen de sus mismas creaciones. Lo trascendente, la evolución y lo identitario, individual y socialmente son motivos para coreografiar, pero también son tribulaciones del creador, quien parece haber encontrado, por el momento, una guía en Anaximandro, siendo el filósofo mismo un trasgresor, a quien estudiar o recrear.

Los hijos, perdón, los bailarines de Céspedes fueron "sometidos" a sentir, mientras sus cuerpos bailan no-movimientos. El coreógrafo es conocido por su desfragmentación y deconstrucción de una praxis danzaria que apela al virtuosismo y lo rítmico. En esta ocasión intenta responder a la preocupación de Anaximandro con el sentimiento que sale de las mismas vísceras, consideradas como el punto de equilibrio e inicio, de donde parte toda la energía. Desde ese punto centro interpretan los bailarines, quienes van teniendo la oportunidad de construir sus personajes a partir de su experiencia.

No confundirse, no hablo de una puesta en escena teatral, es sin duda alguna una puesta danzaria. El no-movimiento es el resultado de un proceso de interiorización de una idea, de una concepción, más que de una creación mecánica en donde el coreógrafo dispone del bailarín sin previa explicación.

Ellos buscan su fuerza animal pero la racionalizan devolviendo un impulso en ocasiones esquizoide, pues también la locura es parte del pensamiento.

Imagen: La Jiribilla

Un teatro al descubierto también aumenta el discurso coreográfico. Se obvia por completo lo perfecto de un escenario, sus patas de cortina, las cuales nunca reflejan todo el andamiaje del lugar, y que a estas alturas es muy difícil que algún espectador no conozca, pero que igual espera el pacto de lo perfecto, el ocultamiento de toda una estructura que se conoce pero no la ve en aras de la pretendida perfección, que debe tener un espectáculo.

En la ópera prima el andamiaje también es parte del show: cables, luces, escaleras interiores, forman parte de un discurso en donde los bailarines son expuestos en todo momento, tal vez refrendando la condición de coliseo romano que puede asumir un teatro; o tal vez recordando que asistimos a un pacto, a un filosofar sobre la realidad, que tiene un tiempo limitado y que es al final una puesta.

Dentro de ese espacio temporal cada bailarín es una isla y en tal condición reaccionan ante la interacción con un similar. Los hijos... van interpretando su animalidad/humanidad a su tiempo, a su sentir, impelidos por una música minimal y repetitiva, elemento más que catártico, situacional.

Cada bailarín y bailarina, integrante de Los hijos del director, emprende un viaje íntimo hacia el inicio de sus emociones, la energía desprendida de la travesía se convierte en movimiento, y este en coreografía. Anaximandro habita en el escenario, él es en sí mismo parte del arché que definió.

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