Siglo XXI: La cinemateca en su laberinto

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

Las actuales dinámicas del flujo e intercambio de la información están dando al traste con los paradigmas de la comunicación y por supuesto los de la creación audiovisual, articulados y consolidados en el siglo XX; a la vez que erigen nuevas concepciones y modelos al respecto, más flexibles y menos canónicas, en tanto las revoluciones internas de estos procesos ganan tanta velocidad evolutiva que reducen drásticamente la “vida útil” de muchas de las teorías y enfoques.

Imagen: La Jiribilla

Entre todas las instituciones y entidades de la era broadcasting1, junto a los ortodoxos cine, radio y televisión, se halla la cinemateca, a cuyos primigenios cometidos de recuperar, restaurar, conservar y archivar filmes en sus formatos originales y transferirlos a los soportes más contemporáneos, para devenir importante generadora de contenidos en pos de la divulgación del cine de todos los tiempos, sus autores, estilos, corrientes entre los públicos interesados o a interesar. O sea, brindar el acceso a la ya inmensa cartografía del Séptimo Arte, a partir de una programación meticulosamente concebida bajo el criterio de expertos que a la larga dialogan con un público experto o con nítidas miras de convertirse en sabedores del cine, por encima de los públicos medios, ergo una eterna minoría de interesados.

Ciclos sobre autores, estilos, estéticas, temáticas, géneros, países, movimientos, las siempre variables listas de “las tantas mejores películas de todos los tiempos”, han ayudado a muchos como yo a mitigar las perennes lagunas de conocimiento sobre el audiovisual, dada la imposibilidad de visionar TODO lo que se ha producido y se produce. A la Cinemateca de Cuba agradezco, por ejemplo, mi primer pleno contacto con el Expresionismo Alemán cinematográfico, movimiento de mi preferencia, o con un pleno muestrario de las obras de tantos creadores, desde Andrei Tarkovski hasta Stanley Kubrik —mis dos autores favoritos. Amén de la mística que aún seduce de la sala oscura, de la pantalla de plata, quizás no tan grande como la radio, acorde el criterio de Orson Welles, pero sí lo suficientemente enorme para impresionar y absorber a los espectadores, que al estar juntos comparten la muy única y cómplice energía emanada del ritual de contemplar una película.

Resulta cada vez mayor la capacidad de almacenamiento personal y por ende el monto y la celeridad del intercambio de obras entre los cinéfilos, limitada sólo por la capacidad monetaria de adquirir los soportes electrónicos, discos duros y memorias flash sobre todo —pues ya los DVD de apenas 4.7 Gb huelen a pasado y delatan prematura obsolescencia por más minuciosas que sean las condiciones de conservación y almacenamiento. Ahora, volviendo al siglo XXI, resulta cada vez mayor la capacidad de almacenamiento personal y por ende el monto y la celeridad del intercambio de obras entre los cinéfilos, limitada sólo por la capacidad monetaria de adquirir los soportes electrónicos, discos duros y memorias flash sobre todo —pues ya los DVD de apenas 4.7 Gb huelen a pasado y delatan prematura obsolescencia por más minuciosas que sean las condiciones de conservación y almacenamiento. Y fíjese que no estoy queriendo discursar mucho sobre el internet, donde millones de cintas ubicadas en miles (¿quizás millones también?) de sitios web y redes sociales, son constantemente accesibles para su visionaje. Claro, se requiere una tasa de transferencia a la que casi ningún cubano tiene acceso. Por eso prefiero permanecer en la vocación y perspectiva de cinemateca, o sea de coleccionismo, conservación y taxonomía.

  Un Tb es una medida de capacidad de almacenamiento y compresión de datos inimaginable para los fundadores de las primeras cinematecas, hasta para mí con mis 33 años, pues apenas una década atrás, una flash de 128 Mb se convirtió en mi mayor tesoro y maravilla —suena ridículo, ¿verdad? Es decir, la cinemateca se ha virtualmente descentralizado y, valga la redundancia, se ha “virtualizado” en los archivos personales de críticos, creadores y cinéfilos en general.

Ya podemos recepcionar las obras en ámbitos privados y por ende básicamente más confortables que una sala a donde hay que trasladarse, apegarse a un horario y estar sujetos al criterio de alguien que define qué proyectar. Claro, se pierde la mística del espacio social, de la emoción, la espera por el próximo día y la próxima tanda, por la gran pantalla…y aquí viene el atemorizante y vertiginoso agigantamiento de la pantalla del televisor, el cumplimiento de una de las terribles anticipaciones científicas de Ray Bradbury, quien anunció un futuro con pantallas del tamaño de toda una pared de una vivienda particular; leer si no la novela Farenheit 451.

Ya podemos recepcionar las obras en ámbitos privados y por ende básicamente más confortables que una sala a donde hay que trasladarse, apegarse a un horario y estar sujetos al criterio de alguien que define qué proyectar. Claro, se pierde la mística del espacio social, de la emoción, la espera por el próximo día y la próxima tanda, por la gran pantalla…¿Qué quedaría entonces para una institución como la cinemateca? Esta pregunta se replica para otras entidades con el sufijo –teca: biblioteca, hemeroteca, videoteca (pariente muy cercana), todas concebidas para alojar soportes materiales contentivos de todo tipo de textos. Textos que en el presente transmigran plenamente del papel, el celuloide y la cinta magnética al código binario, creando en muchas personas de preceptiva conservadora el temor al fin de la literatura, el periodismo o las obras audiovisuales.

Creo que a la cinemateca, y específicamente a la cubana, le queda aún la propia mística de la recepción social en sus funciones, ciclos y eventos, la mística de verse como alejandrino templo del cine, pero también le quedan los expertos que aún pueden servir a mucho como orientadores en los disímiles vericuetos del laberinto fílmico, donde siempre me sentiré aprendiz, nunca maestro. Y finalmente, quedarán siempre los de alma clasicista, interesados en tener la experiencia de apreciar el cine como sus abuelos y padres, o ver y oír las cintas justo como las concibieron sus autores en las correspondientes épocas.

Siempre será necesaria una máquina del tiempo, una cápsula que nos resguarde del presente abrumador, pues todo tiempo pasado siempre será mejor y la cinemateca quizás siga ahí cuando despierte…        

 

Nota:
1. Broadcasting: término inglés que designa al servicio de emisión de señales de radio y TV para uso público generalizado o muy amplio, desde emisores estatales o privados, que detentan el control y la regulación de los mensajes.

 

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