A por otros 25

Enrique Lanz • Granada, España

La Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa llegó a nosotros a través de la relatoría y las experiencias de tres personas que se han convertido, con toda justicia, en los grandes embajadores del evento: Armando Morales, Omar Valiño y Maité Hernández-Lorenzo. Gracias a sus artículos y comentarios supimos de este singular evento que se celebra desde hace 25 años en la provincia de Guantánamo, entre el 28 de enero y el 3 de marzo. Poco a poco en nuestro mapa mental la Cruzada Teatral fue modelándose, con cierta mezcla de ensoñación y conocimiento, pasión y compromiso artístico. Nos fascinaba lo que nos contaban de ella, también porque nos recordaba en sus propósitos a las Misiones Pedagógicas que tuvieron lugar en España durante la Segunda República, entre 1931 y 1936, y que constituyen un hito mayor en la cultura y la educación de este país.

En el año 2011 decidimos ir a Guantánamo para vivir de cerca la Cruzada, para ser parte activa de ella. En aquel momento las características técnicas de nuestros espectáculos no nos permitieron participar con una obra teatral. Buscando información sobre la Cruzada, constatamos la carencia de documentos audiovisuales de calidad y actualidad, por lo que decidimos filmar el evento con el objetivo de producir un largometraje documental que mostrase, más allá de las fronteras cubanas, nuestro punto de vista sobre lo que la Cruzada Teatral es.1

Imagen: La Jiribilla

Lo que vivimos en 2011 fue para nosotros algo portentoso a todos los niveles, un estímulo vital y teatral que ha perdurado en nuestra memoria. Entonces estuvimos en la primera etapa, recorriendo pueblos de los municipios Manuel Tames, Yateras y San Antonio del Sur. Nos sorprendió encontrarnos inmersos en paisajes que sobrecogían por tanta belleza, campos de café, cacao, montes de árboles frutales, junto a otros llenos de flores (no en balde llamados búcaros), en medio de una orografía caprichosa, entre ríos como el Toa, Yateras o Arroyo del Medio… Pero más sorprendente aún fue la parte humana, el contacto con los teatristas, y por supuesto con los pobladores de aquellos apacibles enclaves. Sentir que el teatro era un bien necesario, un acto de auténtico servicio público, que los espectadores lo esperaban con entusiasmo y vivían la Cruzada —no solo las representaciones sino el paso de los artistas por aquellos pueblos— con una pureza con la que no solemos acercarnos al teatro en otros lugares, y sobre todo respirar gratitud y respeto hacia el evento y las personas que lo hacían posible; fue para nosotros una experiencia ejemplar e inspiradora. Desde entonces adquirimos un compromiso tácito con la Cruzada Teatral y nos convertimos también en portavoces de ella. En todos los foros en que nos hemos movido a nivel internacional, hemos hablado y compartido imágenes del evento, y continuamos trabajando de forma ingente en la producción del filme documental.

Con todas estas motivaciones regresamos en 2015, pues queríamos participar en la vigésimo quinta edición, que al tratarse de un aniversario cerrado se organizó de forma especial. Esta vez los avances tecnológicos nos permitieron aligerar las necesidades de iluminación e ir con Pedro y el lobo, de Serguei Prokofiev. Se trata de nuestro espectáculo más popular, lo venimos representando desde hace 18 años, rondando ya las 2.500 funciones en nueve países y varios idiomas. En España ha estado presente en los más importantes teatros y es toda una referencia en las producciones para niños. Por eso nos hacía especial ilusión poderlo compartir con ese público de Guantánamo que nos había enamorado años atrás.

Nos acompañaron en esta aventura animando los títeres, Ailyn Zamora y Yosmel López, del Guiñol de Guantánamo, y Ury Rodríguez, de La Barca. El desafío consistía en hacer un espectáculo con luz ultravioleta en medio del campo, mostrando una técnica y estética muy distintas a las de los espectáculos que suelen verse en la Cruzada, apostando por una música clásica, con un espectáculo que aunque tiene narración, no es eminentemente textual, y los personajes se expresan sobre todo a través de la connivencia del gesto y la música. Fue muy hermoso ver salir a nuestro lobo rojo de entre un palmar o platanar, y disfrutar de las caras de fascinación de los niños y adultos, a pesar de que en plena función nos picaran las hormigas, o el aire y el rugir del mar atentarán contra nuestras voces no amplificadas. Muy edificante también fue constatar el poder de los signos y arquetipos teatrales, percibir que los niños guantanameros reaccionaban igual que los de cualquier otro lugar del mundo al ver la figura envejecida del abuelo, o que chillaban con el mismo pavor cuando el lobo hacía de las suyas.

Tan revelador como este encuentro con el público, fue para nosotros el debate que suscitó el espectáculo entre los ‘cruzados’. Algunos nos decían que había sido un acto revolucionario porque llevaba a hacerse preguntas sobre el repertorio, la estética, y otras formas de comunicarse con el público. Justamente este debate venía a sintetizar una problemática del evento, y ponía en relieve algunos de los puntos flacos de la Cruzada actualmente.

A juzgar por nuestras experiencias, lo vivido en 2011 y 2015 fue muy diferente, no solo porque esta vez participamos en la segunda etapa, recorriendo otras zonas de la provincia, por Maisí y Baracoa, sino por otras múltiples condicionantes. El aire puro, los árboles cargados de cocos, pomarrosas y mameyes, los bohíos rodeados de flores, los helechos arborescentes y los ríos majestuosos —ahora el Yumurí, el Quibiján o el Miel—, en fin la naturaleza exultante volvió a emocionarnos. Pero dice el refrán que “cada uno cuenta la feria según le va”, y para nosotros esta edición, a pesar de lo satisfactorio que fue el paso de nuestro espectáculo, nos dejó un regusto agridulce pues sentimos que el evento estuvo un tanto desnaturalizado de sus propósitos originales.

Nos daba la sensación de que el hecho de haber pasado ya veinticinco veces por el mismo circuito, ha sistematizado un funcionamiento y un discurso que se tornan oficiales y se permean también de una pizca de desidia, como si a algunos les “diese igual” la presencia de la Cruzada y no se esforzaran en asegurar los mínimos solicitados.

Los vínculos entre la Cruzada y las autoridades de los municipios no se establecieron de forma efectiva en todas las localidades, llevando a desfases en las comunicaciones, retrasos, esperas y otros momentos poco gratos. Nos daba la sensación de que el hecho de haber pasado ya veinticinco veces por el mismo circuito, ha sistematizado un funcionamiento y un discurso que se tornan oficiales y se permean también de una pizca de desidia, como si a algunos les “diese igual” la presencia de la Cruzada y no se esforzaran en asegurar los mínimos solicitados.

Pero el mayor contraste lo percibimos entre el público de antaño y hogaño. Si bien hace tan solo cuatro años nos cautivaron aquellos espectadores espontáneos, agradecidos y respetuosos, esta vez percibimos un mayor desinterés e indisciplina. Como si a una parte de estos espectadores también “les diese igual” el hecho teatral único que estaba produciéndose ante ellos, y se dispersaban para hablar, beber ron y sobre todo escuchar reggaetón a un alto volumen atentando contra los artistas y el conjunto de la representación.

Desde nuestro punto de vista, una gran diferencia entre los paisajes humanos de entonces y ahora, la marca la presencia de los teléfonos móviles. Este cambio tecnológico es una pieza clave dentro del contexto digital, que nos ofrece la posibilidad y habilidad de interpretar la realidad como nunca hasta ahora, pero también nos obliga a gestionar la cultura de otra forma. En nuestros bolsillos llevamos mucho más que un teléfono, y esos reproductores de sonido portátiles difundiendo reggaetón, estando en manos de personas poco respetuosas, en alguna ocasión fueron un pulso, una confrontación  para la Cruzada Teatral.

Los más veteranos del evento contaban con orgullo que antiguamente cuando la Cruzada llegaba a un poblado, no importaba lo que hubiese en la televisión ese día, pues todo el mundo corría a ver los espectáculos. En cambio este año, en más de una ocasión, vimos a los campesinos (y hasta algunos ‘cruzados’) preferir quedarse delante de la tele porque estaba terminando la telenovela brasileña del momento.

Las transformaciones económicas y sociales que han operado en Cuba en este principio del siglo XXI, también se hacen sentir en la Cruzada Teatral, sobre todo cuando nos acercamos a zonas dependientes del turismo internacional. La Cruzada desde hace años entona, como una especie de himno diario o leitmotiv, una versión del tema de Antonio Machín A Baracoa me voy. Tal vez por eso imaginábamos que la llegada a la villa primada de Cuba sería algo significativo. Y a pesar de que nosotros hicimos allí una bonita función con nuestro espectáculo, nos quedó la sensación de que en Baracoa la actividad de la Cruzada se desdibujaba en medio de una ciudad que solo corre tras el dinero de los turistas.

Es evidente que una desconexión entre el evento y una parte del público se ha producido. A pesar de que afortunadamente existan comunidades ejemplares como Palma Clara, donde la Cruzada es esperada con entusiasmo y esmero cada año. Pero ¿por qué el teatro ha dejado de fascinar? ¿Cómo podemos re-enamorar a los espectadores? ¿A qué nuevos retos se enfrenta hoy la Cruzada Teatral?

Es evidente que una desconexión entre el evento y una parte del público se ha producido. A pesar de que afortunadamente existan comunidades ejemplares como Palma Clara, donde la Cruzada es esperada con entusiasmo y esmero cada año. Pero ¿por qué el teatro ha dejado de fascinar? ¿Cómo podemos re-enamorar a los espectadores? ¿A qué nuevos retos se enfrenta hoy la Cruzada Teatral?

La sociedad cubana ha cambiado, y el lastre negativo a nivel cultural que acarrea la globalización también se hace sentir en la Isla. La industria del entretenimiento hace de las suyas en Cuba, ahora es más fácil escuchar por la calles reggaetón que música tradicional; y los cánones estéticos impuestos por las series y concursos televisivos extranjeros, y vídeos musicales, laceran de un plumazo la riqueza y variedad de la cultura nacional. Se imponen la vulgaridad, el mal gusto y la vacuidad intelectual. Los cubanos del Período Especial, cuando comenzó la Cruzada, tanto en las ciudades como en los pueblecitos más remotos, ya no son los mismos, y nuevas generaciones emergen con otros principios. Los cambios económicos han tambaleado la escala de valores morales y cívicos; y las familias, que son los núcleos básicos donde todo esto se fragua, también en un buen número, se han debido reconfigurar ante los movimientos migratorios.

Aunque todas estas evidencias se pueden analizar desde múltiples aspectos de la cultura y la sociedad cubanas, es interesante percibirlas rápidamente a través de este singular evento teatral. Esto significa, sin duda, que el teatro sigue siendo ese detonante que expone sin tapujos los contornos y esencias de las sociedades que lo producen, que las revela como a golpe de luz. Esta certeza contiene un aspecto positivo para la Cruzada y es que, al cumplir sus primeros 25 años, debe reinventarse para asegurar su futuro.

En 1991 aquellos teatristas que salieron con mulos a recorrer con sus espectáculos el territorio guantanamero, también tuvieron que conquistar al público, echar un pulso creativo y humano con los pobladores que los recibían con reserva, y lidiar además con otros problemas como el alcoholismo o ciertos lugares de culto religioso que preferían que sus feligreses no fuesen a ver el teatro. La Cruzada entonces ganó la batalla con constancia, respeto y profesionalidad y lo mismo debería ocurrir ahora.

Este evento no tiene sentido sin la complicidad de los campesinos de Guantánamo y por eso hay que volverse hacia ellos, escucharlos, entender su lenguaje, sus expectativas, sus sueños. Sus ideas y conocimientos del teatro también han variado en estos años tras el paso de la Cruzada. Conocer qué quieren, qué les preocupa, y saber cómo llegar a ellos. Se impone desarrollar un nuevo trabajo de construcción  y fidelización de públicos que debe contemplar los momentos previos y posteriores a las funciones para que la apreciación y la formación teatral sean más efectivas.

Durante estos años las condiciones de exhibición de la Cruzada han ido imponiendo una cierta sencillez técnica que tal vez habría que cuestionar, pues esto coarta a nivel creativo algunas de las obras.

Esto debería acompañarse de otras apuestas desde el interior del propio evento. Cuando las cosas no van bien del todo hay que esforzarse más. No son solo los cambios sociales los que atentan contra la Cruzada, también los contenidos y la actitud de los participantes. Las propuestas escénicas deben despertar la curiosidad de los espectadores, y para lograrlo hay que concebir espectáculos menos conformistas, más intensos y mejor elaborados. Por eso se ha de velar al máximo por la calidad de lo que se presenta: no todo vale en la selección nacional ni en la internacional. Durante estos años las condiciones de exhibición de la Cruzada han ido imponiendo una cierta sencillez técnica que tal vez habría que cuestionar, pues esto coarta a nivel creativo algunas de las obras. Hoy la tecnología permite, con medios ligeros y económicos, diversificar el equipamiento técnico del evento, y esto propiciaría la variedad, pues es sano que haya cabida para otras propuestas dramatúrgicas, estéticas, espectaculares.

Decidir los lugares de las representaciones, eligiendo espacios donde la visibilidad y la escucha del público sean óptimas, cuidar los momentos de montaje para que se reserve algún efecto de sorpresa para la función; colocar micrófonos para ayudar que las voces de los actores no se destrocen cada día y lleguen con brío a los espectadores de las últimas filas, más en esos espacios tan abiertos; poner focos que permitan iluminar más que alumbrar; son pequeños gestos que no suponen a nivel económico una inversión prohibitiva y con los que los espectáculos ganarían exponencialmente. Se trata de compartir el lenguaje teatral sin cortapisas, sino con todos sus elementos, sin privar de sus dosis de magia, sorpresa, ilusión.

En todas las aventuras humanas cuando soplan tiempos de cambios, los jóvenes suelen tener un rol decisivo, suelen ser el grupo con más fuerza y disposición para remangarse y cruzar el río. En el equipo guantanamero de la Cruzada coinciden ‘cruzados’ de primera, segunda y tercera generación. Tal vez los jóvenes deben dejar de ir a remolque y asumir mayores responsabilidades, abrirse a las comunidades, relacionarse con los nativos, implicarse más en la gestación y realización del evento, amoldarlo a sus perfiles y a los nuevos tiempos.

Imagen: La Jiribilla

La Cruzada Teatral es un acontecimiento único en Cuba y en el mundo, por eso todos los que sentimos un compromiso hacia ello debemos preservarla, adaptarnos a los nuevos contextos, asumir nuevos retos, aprovechar las nuevas oportunidades que se perfilan, construir ciudadanía con nuestra obra teatral, conseguir el compromiso de todos los que participan. Tenemos muchas razones para ser optimistas, es solo una cuestión de conocimiento, voluntad y coraje.

Dicen los expertos que la novedad y la sorpresa son factores que mantienen viva “la llama del amor”. Y Amor justamente es la palabra con la que muchos sintetizan lo que es la Cruzada Teatral. Tal vez entonces un poco de esa nueva chispa sea necesaria para magnetizar otra vez al público, y a las autoridades, para enamorarlos, seducirlos, sorprenderlos, fascinarlos, para volver a colocar al teatro en el centro de la comunidad, y que esta lo valore, lo respete, y lo aguarde con ilusión cada invierno, porque lo necesita.



Notas:
1. Somos una compañía de teatro de títeres que desde hace varios años, además de crear espectáculos, dedicamos buena parte de nuestros recursos y esfuerzos a la investigación y documentación, a través de soportes audiovisuales, de tradiciones titiriteras en diversos lugares del mundo, o experiencias teatrales singulares, como es el caso de esta en Cuba. Más información en http://titeresetcetera.com/

 

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