A Baracoa volví, aún sin carretera

Dania del Pino • La Habana, Cuba

Andy es un niño de diez años que vive en Mosquitero, una comunidad del municipio de Baracoa hacia el norte de la provincia guantanamera. Su hermano lleva 19 meses en La Habana, es electrónico, y está tratando de levantar cabeza en la capital. Desde entonces, Andy sueña con acompañar a su hermano y llegar hasta el pueblito de Santiago de las Vegas, donde residen sus tíos, y donde podría, según me cuenta, apuntarse en algún curso de pintura. Me dice todo esto y saca dos dibujos para darme de regalo: una rosa bien delineada a lápiz y un Spiderman en posición de ataque con todos los colores del héroe. Inmediatamente Alice, su madre, me avisa que el baño está listo y me pierdo en el agua tibia mientras pienso en los niños de Sabana y de Yumurí que acabo de dejar atrás. Siempre se te cruza algún chiquillo por estos caminos, me digo, y respiro bien hondo para desatascar un poco la garganta, mientras escucho el coro de “A Baracoa” que evidencia mi retraso a la función de la noche.

Ya había andado varios días entre los lomeríos y las playas de Imías, Maisí y Baracoa, paisajes parecidísimos que se repiten una y otra vez y que guardan, sin embargo, alguna revelación particular. Vuelvo al grupo. Andy está sentado entre el público, alcanzo a verlo desde la cabina del camión mientras los actores del colectivo danés Teatro de Norregaard, presentan El Viaje. La obra utiliza las máscaras como principal recurso para contar la historia de una familia que busca el mejor lugar para esparcir las cenizas de la abuela. Nieto, hija y esposo, tres generaciones distintas, dialogan en torno a un conflicto esencial: la necesidad de mantenerse vivos ante la ausencia de un ser querido. La expresión corporal de los actores, la acertada técnica de máscaras, la caracterización de los personajes y la exquisita cadena de acciones que cumplen los intérpretes, facilitan la comprensión de la historia, matizada por los actores con elementos de humor y una reflexión profunda en torno a la vida como un ciclo perpetuo.

Imagen: La Jiribilla

Pienso en los posibles niveles de lectura, en lo que guardará la memoria de cada espectador y me sorprende el interés de Andy por la forma de la máscara como elemento artístico dentro de la puesta en escena. —Me encantó la careta del viejo—, comenta; la más lograda, sin duda, a nivel de diseño, y la mejor habitada en este caso, por un actor con excelente dominio del cuerpo y en un estado especial de conciencia, según demanda un verdadero entrenamiento de máscaras. Andy tiene una vocación marcada por la plástica, que según me explica su madre, le debe algo extrañamente lejano a la Cruzada. —Ustedes han despertado emociones en todos estos montes—, algo así me dice y comenta que a raíz de los cruzados, llegaron los instructores y los promotores culturales. Su hijo, sin embargo, un niño de diez años que vive en Mosquitero, ansía viajar a La Habana para recibir clases de pintura.

Conté cerca de 50 personas sobre el camión cuando salíamos de Yumurí. Esta ha sido una de las Cruzadas más grandes de los 25 años del evento, con más de 20 espectáculos y la presencia de Brasil, México, España, Colombia y una amplia delegación de Dinamarca, lo cual vino a hacer de esta edición un lujoso festival en términos artísticos, y por demás de elevadísima calidad.Y otra vez… por 25 más

Conté cerca de 50 personas sobre el camión cuando salíamos de Yumurí. Esta ha sido una de las Cruzadas más grandes de los 25 años del evento, con más de 20 espectáculos y la presencia de Brasil, México, España, Colombia y una amplia delegación de Dinamarca, lo cual vino a hacer de esta edición un lujoso festival en términos artísticos, y por demás de elevadísima calidad. Las puestas de Colombia, país más cercano al evento guantanamero, estuvieron protagonizadas por los grupos Luz de Luna y Agité Teatro. Luz de Luna, en la celebración también de sus 25 años, ofreció un espectáculo que, con un marcado sentido ritual y con una gran factura, indagaba en elementos de la tradición popular de su país a partir del texto de Villafañe, La calle de los fantasmas. Agité sedujo en las noches por su obra Ni aquí ni allá, erigida a partir de la técnica de clown y en la que los actores lanzan al público interrogantes y reflexiones en torno a la guerra. Bandos en conflicto que de pronto descubren el lado opuesto, ideologías diferentes que comparten, sin embargo, necesidades y aspiraciones comunes.

Soren Valente, director de Batida Teatro, e invitado habitual de la Cruzada, encabezó la tropa de daneses. La nariz, de la Compañía Internacional de Teatro MishMash y La vendedora de fósforos, de un proyecto nacido para la Cruzada, fueron títulos que, tomando el cuerpo del actor como materia esencial, construyeron un rico universo simbólico para despertar sentidos en el espectador. Trabajos que centraban su atención en la acción física, la pantomima y la acrobacia y ofrecían imágenes escénicas al público, como partes de una dramaturgia espectacular que apostaba por el actor como eje directriz.

Imagen: La Jiribilla

Interés especial despertaron los montajes El elefante y El mejor amigo del hombre no solo por sus sólidas estructuras dramáticas, sino por tratarse además, de un ejercicio de colaboración entre grupos de Bayamo y Dinamarca. Ambos reflexionaron en torno a las relaciones de poder, los niveles de dependencia, el machismo y algunas formas de esclavitud devenidas convenciones sociales. El primero, desde la metáfora escénica que constituyen en sí mismos los personajes: víctimas de sus carencias y necesidades que acaban en la autodestrucción y requieren el reestablecimiento de un orden que los lacera; el segundo, desde un discurso poético construido a partir de la fábula no realista, el canto y la música en vivo, la danza y efectos de distanciamiento.

La irreverencia de muchos espectadores a nuestro paso avasalló en más de una ocasión a los cruzados. Las grietas y suturas sociales se hacían evidentes.Sobre el camión, y una vez repasados algunos de los espectáculos, calculaba a qué se debía la agresiva respuesta del público de Barigua a El mejor amigo…. la noche anterior. En realidad hubiera sido la reacción a cualquier espectáculo, pensé, y corroboré luego, en otro punto de la trayectoria, que existía alguna fractura visible en el público de la Cruzada. La irreverencia de muchos espectadores a nuestro paso avasalló en más de una ocasión a los cruzados. Las grietas y suturas sociales se hacían evidentes: elevados niveles de alcoholismo, altos índices de desempleo, falta de transporte, disfuncionalidad familiar, violencia de género, machismo, pobreza, hacían parte de una lista común a la mayoría de las comunidades y cercenaban, algunas veces, el sentido de trueque con el que nació la aventura de los guiñoleros de Guantánamo.

Triste fue contrastar la excelente función que logró el grupo Teatro Etcétera en Yumurí, con la que después tuviera lugar en Cayo Güin en un campamento cargado de mosquitos. Pedro y el lobo era su título, un hermosísimo trabajo que llevó la música clásica a los más insólitos montes de la geografía guantanamera, pero que los pequeños de aquella comunidad no pudieron degustar en su justa medida. Dibujos en movimiento conforman este espectáculo que, utilizando la técnica de la luz negra, combina elementos plásticos del naif con la sonoridad de Prokofiev. Título que además, tenía la particularidad de contar con la presencia de tres titiriteros guantanameros y que devino, sin duda, uno de esos hallazgos que me deparó la aventura de llegar a esos montes. Por suerte, otros públicos encontraron asidero en el bello empeño de Etcétera, esos que de esta Cruzada, se llevaron la mejor parte: la del aprendizaje y el placer de la experiencia estética.

Los grupos cubanos intentaron acercarse en algunos casos a las problemáticas de la comunidad. Así lo hizo Ury Rodríguez con su obra El sembrador, Teatro Ríos con Los tres pichones, el Guiñol de Guantánamo con la versión de Maikel Chávez de la chejoviana Petición de mano, y algunos otros que subieron también a las montañas. El Arca, de La Habana, nos regaló Cuento con caricia en un pequeñísimo formato que propiciaba un ambiente de intimidad y hacía cómplices, cada mañana, a niños y títeres. Todos, desde su hacer, explotaron los recursos aprehendidos durante estos años: la alusión recurrente a elementos identitarios como la décima guajira, los bailes tradicionales, la dicción y normas lingüísticas de la zona, la narración oral escénica, la improvisación, el uso de las máscaras, la recurrencia a la figura del juglar, la música en vivo y el uso de instrumentos musicales, la brevedad de las obras y la presencia del humor; elementos todos que han condicionado la inventiva de la mayoría de los colectivos guantanameros, en el cruce con los públicos de la montaña.

Imagen: La Jiribilla

Notables fueron, según creo, las diversas propuestas del Teatro Guiñol Guantánamo presentadas por los más jóvenes integrantes del colectivo. Un ejercicio que convirtió a la Cruzada también en espacio de crecimiento y promoción para la formación de nuevos directores artísticos. El reencuentro, tal vez efectivo solo por esta vez, de espectáculos fundacionales del evento, como Los buenos vecinos, con su público antaño, hizo también de esta 25 edición un lugar de recordación y homenajes. Y uno de los mejores agasajos fue indudablemente la estrofa que compusieran los colectivos daneses a la canción del evento, entonada cada noche y en la que todos prometimos volver, por otros 25 años.

Especial connotación tuvo la participación de Armando Morales, conocido ya por esos montes como el Titiritero Mayor, durante todas las etapas del evento. Un marcado dominio del oficio titeril se vislumbraba en su hacer. En sus manos y la de los niños que junto a él dieron vida a la historia, los muñecos de Chímpete Chámpata sacaron varias sonrisas a su público y evidenciaron la validez de un teatro participativo en el contexto rural de un suceso como este. Los pequeños devolvieron en forma hermosa el agradecimiento a los años de encuentro con Morales: el montaje de una de sus obras presentadas antaño, en las voces y transiciones de los pequeños que hoy habitan aquella tierra oscura, donde el trueque cobró vida propia.

La Cruzada requiere de la revisión crítica necesaria para todo evento que alcanza esta edad, le dije al director de la Cruzada Emilio Vizcaíno todavía en tierra baracoense. Él asintió, y en un largo discursar, enfiló los retos hacia los caminos más diversos. Pero el público sigue siendo tras un cuarto de siglo de caminos cruzados, pensé, la montaña más empinada.La Cruzada requiere de la revisión crítica necesaria para todo evento que alcanza esta edad, le dije al director de la Cruzada Emilio Vizcaíno todavía en tierra baracoense. Él asintió, y en un largo discursar, enfiló los retos hacia los caminos más diversos. Pero el público sigue siendo tras un cuarto de siglo de caminos cruzados, pensé, la montaña más empinada. Se evidencian todavía zonas de vacío que reclaman una indagación más profunda en los procesos psicológicos, sociales y comunicativos de los pobladores. Una indagación que los implique activamente desde la teoría y la práctica y les ofrezca la posibilidad de producir y construir, en el adiestramiento conjunto, imaginarios colectivos, conceptos e ideologías.

Al llegar a Palma Clara, ese lugar que siempre me conmueve por sus niños y su gente, por sus pequeñas casitas de madera ordenadas casi de forma matemática y su tierra roja, supe que la Cruzada requería de mucho más tiempo de vida. Como lo supe en cada escuela donde niños vivaces bailaron la puntillita o recitaron a Martí, y como supe mientras Andy, un niño de diez años de la comunidad de Mosquitero, me hablaba en un discurso fusiforme, de su deslumbramiento ante la máscara.

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