Insólita experiencia de trashumancia

Armando Morales • Guantanamo, Cuba

Celebrar la sostenida continuidad de una acción socio-cultural que exige de sus participantes no solo el sentido profesional —profesar fe en lo que se hace—, sino en el muy importante sentido de la eticidad ha sido uno de los logros de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, que, entre el 28 de enero y hasta el 3 de marzo, ha realizado su 25 edición.

Esperada oportunidad por parte de los teatreros, principalmente los artistas miembros del Guiñol Guantánamo, los cuales desde 1991 portando sus sensibles y artísticas armas, cual Quijotes de la contemporaneidad, se han enfrentado en combate a cielo abierto contra la bochornosa distancia de la apreciación del arte teatral o de la marginalidad excluyente. Esta 25 ediciónde la Cruzada Teatral brindó, entre otras alegrías el privilegio del reencuentro del creador con un público avisado; creadores que, sin abandonar los recintos teatrales donde habitualmente se presentan en las ciudades, hacen de la Cruzada un inusitado escenario teatral.

Imagen: La Jiribilla

Es obvio que construir un imaginario tablado en lo que en realidad es una plaza o un descampado es tarea de osados pues se trasgreden ubicaciones; se reorganizan planos; se levantan retablos y, de nuevo, se oficia el ritual escénico ante la fascinada mirada de los espectadores de todas las edades. Las comunidades se concentran en ese altar sacro donde el arte teatral alimenta hambres  insatisfechas.

La Cruzada es una acción cultural única en el mundo. Respalda, a través del arte, el sueño de fantasías reales; redescubre la belleza inatrapable de los títeres; fija en los espectadores la poesía del reflejo, vivificado por el actor y sus personajes al asumirlos como algo propio. Compartir los “trabajos y los días” en plazas abiertas iluminadas por la luz solar; o en patios y aulas escolares convertidas en magnos escenarios a fin de favorecer el diálogo con la obra de José Martí o Nicolás Guillén;  de Dora Alonso o de Abelardo Estorino; de Javier Villafañe o Roberto Espina; de Federico García Lorca o de Antón Chejov es tarea histórica de los “cruzados”. Es obvio que construir un imaginario tablado en lo que en realidad es una plaza o un descampado es tarea de osados pues se trasgreden ubicaciones; se reorganizan planos; se levantan retablos y, de nuevo, se oficia el ritual escénico ante la fascinada mirada de los espectadores de todas las edades. Las comunidades se concentran en ese altar sacro donde el arte teatral alimenta hambres  insatisfechas.

La Cruzada Teatral es el único evento en el que sus hombres y mujeres no se limitan a presentarse en los núcleos urbanos caracterizados por las rutinas de una programación amodorrada. Sus espectáculos se insertan en olvidadas comunidades situadas en la más profunda geografía guantanamera. Arribar a esos lugares a través de senderos iniciados por las corrientes de ríos trasparentes o por las sendas de las arrias de mulos transportando el café, el cacao o la caña de azúcar, entre otras riquezas de la región, solo es posible por la pericia de los conductores que hacen de los gigantes y poderosos camiones rusos, dóciles bestias de carga.

La 25 edición de la Cruzada contó con compañías teatrales imantadas por la insólita experiencia de la trashumancia, generada por aquel “viaje a la semilla”, a la búsqueda del diálogo entre el actor y el espectador. Los jóvenes titiriteros de la agrupación Pipuppets, de México, mostraron Cuento pirata a partir del guión y dirección de Moisés Cabrera. La excelente actriz Annia López como la niña Julia y Claudia Vélez y Aldo Ulrico excelentes animadores de los personajes la Bruja y el Pirata, nos revelan una fantástica aventura en la que Julia descubrirá el valor contenido en la lectura de los libros contraria a la idiotización generalizada por los programas televisivos.

Imagen: La Jiribilla

Dos ciudades distantes en la geografía colombiana estuvieron como cruzados. Agité Teatro trajo dos espectáculos. Para niños presentaron Andando y cantando, trabajo de mayor aproximación a la narración que a la teatralización. Para todos los públicos —en la Cruzada es imposible parcelar las edades del público pues toda la comunidad se vuelca en los espacios—, presentaron la alegoría escénica sobre los conflictos bélicos, tratados desde la sátira y el sarcasmo propios de la poética del clown. Ni de aquí ni de allá, interpretado por Alejandro Puerta y secundado por actrices de amplio registro interpretativo como Beatriz Prada, Karina Ramírez y Paulina Ruíz se caracterizó por el constante reajuste en cada presentación pues el principal tema y tratamiento consigue fuerte significado social.

Pero nada tan fecundo, como experiencia totalizadora de los recursos de la dramaturgia espectacular y de los lenguajes escénicos, tanto para la población como para los propios “cruzados”, que la presencia  del grupo Parlendas de Brasil. Marrúa, dirigida por Luciano Carvalho, coloca en justas proporciones los recursos creativos que los pueblos se ofrecen a sí mismos como respuestas a sus acuciantes y no resueltos problemas existenciales. Teatro comprometido con el hombre de a pié, con los sin tierras en la que sus cantos y danzas se incorporan a una espectacularidad de tal correspondencia con los más avanzados lenguajes teatrales que hace de Parlendas y su elenco un momento de esplendor. Igualmente la continua presencia de Batida Teatro, de Dinamarca, dirigido por el maestro Soren Valente, al frente de una numerosa delegación de artistas daneses, ofrecieron espectáculos a partir de cuentos de Hans Christian Andersen o Nicolás Gogol. Teatro que resulta necesario para los teatristas cubanos y, más aun, para los teatristas guantanameros quienes no siempre disfrutan de oportunidades de esta naturaleza.

El grupo español Yheppa, integrado por Yolanda Diana y Carlos Diez, desde sus encantadores títeres reclaman el derecho de niñas y niños a decidir el cauce por donde transitarán sus intereses de realización como seres humanos. La ternura; el fino lirismo y la sensible denuncia a las levantadas barreras a la imprescindible libertad hacen del título As, Os, @s, un suceso escénico de relevante importancia y más cuando la dramaturgia nacional apenas conoce o trata estos temas. También de España, las noches de varios asentamientos comunales de Baracoa, como el mágico Yumurí, permitieron que otras luces compitieran con la cósmica belleza de las estrellas. Serguei Prokofiev nunca imaginó que su cuento orquestal Pedro y el lobo, resonara dentro del ámbito de cocoteros y exuberantes plantaciones de plátanos. La aplaudida compañía titiritera Etcétera, Premio Nacional de Teatro 2015 en su país, mostraba la magia fantasmagórica del llamado teatro de luz negra, por primera vez en las Cruzadas, el silencio de la multitud expectante ante el sinfonismo prokofiano  pulsaba  la enfrentada nocturnidad reveladora de la acción de los muñecos diseñados y construidos a partir de las sabichosos garabatos de infantes y apropiados por el maestro Enrique Lanz, unido a la pautada precisión de la narración de Yanisbel Martínez y la apoyatura de titiriteros del Teatro Guiñol Guantánamo.

Imagen: La Jiribilla

La presencia de las agrupaciones anfitrionas históricas de la Cruzada como el Guiñol Guantánamo; Teatro Ríos y La Barca Teatro, mostraron trabajos reconocidos anteriormente. El gato y los ratones de Roberto Espina y defendido por Emilio Vizcaíno, director de la Cruzada acompañado de Gertrudis (Tula) Campos o el aplaudido unipersonal La cucarachita Cuca, interpretado por Aliexa Argote. Entre las nuevas propuestas del colectivo la pieza Petición de mano, de Antón Chejov, dirigida por Aliexa, resultó una refrescante y gozosa teatralización concedida a los más jóvenes intérpretes que, bajo la tutela de la directora Maribel López, presentaron trabajos titiriteros de variada factura. El Teatro Ríos, bajo la dirección de Rafael Rodríguez, presentó varios títulos. Se destacó la versión del propio Rafael del cuento de Onelio