Ury Rodríguez, 24 años en el camino

Carlos Melián • Guantanamo, Cuba

Ury Rodríguez tiene el pelo blanco en canas, con restos de un tinte marrón; la piel tostada, arrugas ligeras en la frente y los ojos. Usa botas ordinarias llenas de polvo y zonas desteñidas; el único rasgo fuera de tono podría ser los pantalones anchos y ligeros típicos de un actor teatral, sin embargo tal asomo desaparece en sus camisas y pulóveres igual de ordinarios. Su figura es un híbrido donde prevalece el campesino, y podría confundirse entre un grupo de ellos mientras no abra la boca: su voz es joven, su dicción clara, y su acento particular.

Al principio percibí esta suma de perfiles contradictorios como una pose, después creí en la posibilidad de una deriva. Una deriva relacionada con la Cruzada, y esa mezcla entrañable de acentos y nacionalidades que van quedando sedimentados durante años y que uno sin darse cuenta intenta conservar, como se intenta conservar un retrato, la casa paterna, la propia identidad.

Imagen: La Jiribilla
Ury Rodríguez

Del mismo modo es otra cosa su mirada despierta y penetrante, en ella notas que no es una persona ingenua aunque su trato jovial y juvenil así lo indique. Y es que Ury ha vivido mucho y ha recorrido una buena parte del mundo, ha amado, ha sido amado y también ha roto corazones.

Lleva 24 años recorriendo la Cruzada, y aun así no logra abarcarla completamente, lo cual es posible, porque son diez funciones simultáneas en una sola jornada diurna distribuida en igual número de comunidades.

Basta observarlo un rato para saber que es resultado de esta particular trashumancia que propone la Cruzada Guantánamo-Baracoa, y hacia ese punto quise dirigir esta entrevista. Hacia la mística del cuentero bohemio, titiritero y actor que va de pueblo en pueblo, fascinando a públicos y acopiando experiencias. Toda una manera de vivir que la Cruzada ayuda a mantener.

Primero preséntate      

Me llamo Ury Rodríguez, soy actor de Teatro La Barca, titiritero, cuentero, dramaturgo. Fui director de la Cruzada en la cuarta y quinta edición. Actualmente organizo el debate teórico.

¿Qué te aporta como guantanamero la Cruzada?

La Cruzada es una reafirmación de lo que soy, y por qué pertenezco a este lugar. Es un compromiso de uno mismo hacia lo que ha vivido y a lo que ha ido aprendiendo del lugar y el entorno donde se mueve.

La Cruzada es una reafirmación de lo que soy, y por qué pertenezco a este lugar. Es un compromiso de uno mismo hacia lo que ha vivido y a lo que ha ido aprendiendo del lugar y el entorno donde se mueve. Yo creo que logra arraigar mucho más ese pensamiento de oriundez, de miembro de esta sociedad ubicada en lo más oriental del país. Evidentemente hay rasgos de identidad muy fuertes que me han penetrado e inundado de alguna manera para hoy poderme sentir orgulloso de donde vivo.

Dices compromiso, sin embargo hace poco me comentaste que no lo asumes como una militancia

Venir a la Cruzada no es asumir un eslogan, no es decir yo debo ir porque firmé tal o más cual documento, donde yo debo responder a unos estatutos. No. Yo creo que la Cruzada viene siendo como un fenómeno orgánico propio de la evolución del ser humano, porque todos los días evolucionamos y crecemos. Venir es parte lógica, orgánica, natural, viva, de mi persona. No es pensar, “oh, los pobres campesinos que están alejados”, nada de eso, ellos son súper ricos en alma, en espiritualidad y en cultura. Esa cultura los marca, compartir y beber de esa savia es también un fenómeno hermoso, de placer. Además en la Cruzada estás bebiendo constantemente de otras fuentes, de dentro y fuera de Cuba, que logran redondear más tu visión de lo que quieres hacer.

Imagen: La Jiribilla

Creo que el arte no debe ser un acto egoísta. El artista no debe hacer solo que le interesa, lo que para él como creador es lo perfecto y no preocuparse por si lo entienden o no. Eso es un acto egoísta que al final no se compromete con una interrelación con el público. Entonces algo que no comunique, que la gente no entienda, no vea, no disfrute de alguna manera pierde su categoría de arte. 

He observado que la Cruzada con el convivir diario, la superación conjunta de dificultades, la diversión que genera hacerlo incluso, crea unos vínculos afectivos fuertes que pueden proporcionar placer o angustia. La angustia de la despedida, por ejemplo.

Uno no debe tener miedo a los vínculos afectivos. Estén donde estén, en los niveles que sean. La Cruzada crea vínculos umbilicales, como la madre que alimenta al feto. Aquí hay muchas conexiones, con los habitantes que sabes vas a encontrar y que se entristecen cuando debes marchar. Pero sé que esa persona está allí y aunque nunca la haya visto me está esperando, porque desea compartir y ver un hecho teatral, y uno ve el brillo en sus ojos. Después hay que volver a este lugar porque aquí hay alguien que me pide venga el año próximo, que no falte, porque me está esperando. Eso es muy bonito, es la cosa más conmovedora y el ser humano no puede estar ajeno a esas emociones.

Así que somos qué se yo, la otra Comedia del Arte, esa que se iba por los caminos a contar sus historias, somos nuevamente los juglares, los trovadores, somos parte de esa continuidad de tantos y tantos otros momentos del arte y su trashumancia.

Están los otros vínculos, que son los afectivos que se crean entre los que vienen a compartir contigo este suceso, hablo de amigos de otras partes de Cuba y del mundo. Compartes tu fenómeno artístico con esa persona, y llegas a reconocer ese sentimiento de: qué bueno estar cerca o abrazar a alguien que piense igual que yo. Y entre esas emociones especiales está la de observar una luna o un amanecer juntos, o levantarnos unos al lado del otro, mirarnos y decirle “arriba, hay comenzar el día, hoy hay que comenzarlo todo de nuevo”, como expresaba riendo siempre Ana Gabriela la muchacha de Brasil: “eh, muchachos, hoy comienza todu de nuevu”.  O sea, son muchos vínculos desde lo afectivo que alimentan esta manera de asumir la Cruzada. Creo además que no puede ser de otra manera, si no se está en disposición de establecer ese vínculo afectivo profundo y vivificador, sino no se puede compartir un sueño tan lindo como este, y en las condiciones que lo hacemos, uno debe estar predispuesto a eso. Así que somos qué se yo, la otra Comedia del Arte, esa que se iba por los caminos a contar sus historias, somos nuevamente los juglares, los trovadores, somos parte de esa continuidad de tantos y tantos otros momentos del arte y su trashumancia.

La Cruzada creo que plantea un tipo de crecimiento hacia adentro, cuando mucha gente en Cuba actualmente proyecta su crecimiento hacia fuera. 

Mirarse por dentro es una buena manera de sentirse pleno. Es imposible que haciéndolo no te mires, y que de tu organismo —que puede ser la nación—  no conozcas esos recónditos lugares que pueden parecer despreciables, pero tienen una función orgánica que sin ella no puedes vivir, y ¿qué es la nación sino eso: un gran organismo? La nación, además, es un cuerpo que necesita que lo atiendan, lo mimen, lo acaricien. Yo creo que mirar hacia adentro es eso, lo cual provoca sentirse mejor ser humano.

Imagen: La Jiribilla

Está bien que la gente quiera explorar fuera de las fronteras de donde vive, puede creerse que eso es lo general, pero no es lo particular, y no es todo el pensamiento. Hay algunos que están mirando hacia adentro del fenómeno, mirando su propio espacio. En mi caso me pregunto mucho ¿cómo puedo hacer que los valores estéticos y filosóficos que poseo, y que voy incorporando pueden ser transmisibles a las personas de comunidades cercanas o lejanas? El fenómeno de la Cruzada consiste precisamente en eso, en irse hasta lo profundo, hasta los sitios más apartados; en muchas ocasiones para poder compartir, no como el triunfo de un héroe colonizador, aquí no hay héroes, ni hay derrotados, es un fenómeno de compartir, tú me das y yo te doy. Todos aprendemos.

La Cruzada, a diferencia de otros proyectos teatrales rescata la tradición del artista trashumante como andador de caminos, por ejemplo como Villafañe.

En mi caso yo creo que soy un titiritero de vocación, pero también un cuentero de pasión. He sido un teatrista que ha podido disfrutar en la montaña y en la trashumancia como “cruzado”, tanto en el universo de los niños como el de los adultos y en general para todos los habitantes que esperan. Para mí es hermoso que hoy me conozcan en un lugar como “el chino”, y en otro como “eliotropo” o “el negrito”. Son tantos y tantos personajes que he podido interpretar en 24 cruzadas que es imposible no advertir que uno ha penetrado de forma especial en sus corazones, y he ahí la prueba, de que irte a otro sitios tiene un valor, es como expandir tu mundo, tu brújula de vida. Porque cada cual tiene su propia brújula, y construye su filosofía de la vida. Cuando uno siente que va más allá, esa gran burbuja en que uno vive se va ensanchando y ahí van entrando más personas que quieren que tú vengas, que necesitan de ti y viceversa, y esa mirada o sentir lo da únicamente este andar diario. Hay un refrán que me gusta mucho,  dice: “no hay nada mejor que un día tras del otro”. Esta mística la da el Camino, al cual me he sumado y ha sido una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida. Así me asumo como ser humano, que lleva 49 años respirando en este mundo. El Camino ha sido decisivo, y leer en él me sirve como me sirve Villafañe y tantos otros pensadores cuya ruta estoy siguiendo con mis compañeros.

¿Crees que esa trashumancia ha influido tu trabajo, tus títeres o tu técnica?

Sí, creo que en 28 años de trabajo artístico profesional, y otros tantos como aficionado, la Cruzada me ha marcado mucho en el hacer. Cuando hago algún espectáculo para la Cruzada estoy pensando siempre en qué quiero hacer. Y eso está basado en lo funcional. Al preparar un espectáculo para títeres estoy pensando en que sean funcionales, para que cuando los niños los vean digan “esto yo lo puedo hacer, también puedo jugar al teatro, a hacer lo que el titiritero” porque me interesa venir desde una sencillez práctica y hermosa. Proponer un espectáculo que funcione desde lo que digo, y que sea también para el público una herramienta a tomar porque es fácil de hacer. Eso me lo ha dado la Cruzada. Siempre, cuando diseño un espectáculo, pienso primeramente que lo voy a poner en la Cruzada, y que la voy a presentar en el Alto de Palmarito, en Yumurí de Baracoa, en las montañas más altas, donde sea posible, frente a cuatro, cinco o cientos de niños y adultos.  Lo más importante es que no limite mi creación por determinadas condiciones de traslado en la Cruzada. Pienso en el títere que les funcione a los niños y que ellos puedan hacerlo y compartir; que vengan a preguntar cómo es y lo manoseen. Eso a mí me gusta y me place.

¿Y en cuanto a los contenidos?

No hago un teatro por placer, por reír o porque tiene colores, sino que también enseñe, que sea pedagógico, que deje una enseñanza.

Siempre he buscado que los contenidos les sean prácticos. Este que estoy presentando, El sembrador, no es más que una exhortación a sembrar la tierra, como una manera de vivir. Hay un momento en que digo: “porque esta tierra grande es nuestra y la moja la lluvia, para que sembremos”. Entonces si ese niño o niña o mujer cree que esa tierra suya es hermosa y un tesoro que puede dar vida, pues nada, démosle vida a la tierra planta