El viejo

Roberto Viña • La Habana, Cuba

El viejo enciende la luz del baño. Las manos le tiemblan. Busca a tientas donde apoyarse. Arrastra las chancletas como si los pies le pesaran más de la cuenta. Varias veces carraspea la garganta. Intenta escupir, y de su boca sale un sonido hueco, agudo y restos de una saliva que no parece caer al inodoro. Se abre el pijama amarillento. Espera un chorro mínimo que no sale de su entrepierna. Desiste. Se sacude resignado. Hace el camino de regreso. En la puerta se detiene un instante. Baja despacio el escalón que franquea la entrada, y antes de apagar la luz, el bombillo del baño parpadea metálicamente hasta apagarse por completo. El viejo no se mueve. La oscuridad le hiere los sentidos. Se apoya en la pared para no perder el equilibrio, pero poco a poco le asaltan las primeras señales: el escozor del humo en los ojos, el olor del aire, que se enturbia y apesta. La carne quemada. Los dedos aprietan la tela del camisón, encontrándola áspera, húmeda al tacto; las manos pierden el temblor de minutos antes, escucha el compás acelerado de su respiración. El viejo estira los brazos, busca a ciegas cómo guiarse en el terreno. No puede desplazarse con rapidez, los pies le chocan a cada paso con bultos en el suelo. Donde antes estuviesen las losas del piso, ahora encuentra una maleza tupida que se le pega a los pelos de las piernas. En su oído derecho, sordo desde hace años, empieza a escuchar  murmullos que no entiende, cada vez más nítidos, hasta que las voces dejan de ser un rumor alejado y se transforman en un grito colectivo. ¡Patria o muerte, cojones! Un silbido de disparos. Las voces se alargan hasta que parecen esfumarse y las balas siguen entonando una antigua sinfonía. El viejo cae de rodillas al suelo. Se tapa los oídos y con esto no puede dejar de reconocer el silencio de varios segundos que antecede lo inevitable. Un segundo más, cuenta, y la explosión. La tierra cae en su cuerpo como ceniza, se incrusta en la nariz el escozor del polvo. Quiere gritar pero la garganta se le hace un hueco, una abertura sorda. Entonces, se levanta y echa a correr. Da varios pasos como puede y con la creciente sensación de plomo en sus piernas, da un traspié y cae. Se arrastra con dificultad, raspando el pecho escuálido sobre la tierra inclemente. Apoya las manos sobre algo suave, piensa que es un cadáver pero al tratar de reconocer el cuerpo, percibe la tela de la sobrecama en sus dedos. Aprieta la baranda de la cabecera y se incorpora, con lentitud, para luego dejarse caer sobre los muelles del colchón que resuenan como un quejido. Ya está, pasó todo. La dificultad de respirar evidencia el ardor que tiene en el pecho. Recuesta la cabeza en la almohada y se da cuenta de que todo ha terminado una vez más. Llora de rabia, de miedo. El viejo es un sobreviviente de batallas que la historia no conoce. Se agarra el vientre y suspira aliviado. Un hilo de orina se escurre del pijama y resbala por sus piernas hasta formar un charco en el colchón.

 

Ficha: Roberto Viña (La Habana, 1982). Dramaturgo, poeta y narrador. Graduado de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha recibido importantes reconocimientos: segundo premio del Concurso Internacional Casa de Teatro 2011 (Santo Domingo, República Dominicana); Premio de ensayo Enrique Sosa 2010, de la revista cultural Videncia; Premio de teatro Fundación de la Ciudad de Matanzas 2010; primer Premio del Concurso Nacional de cuentos eróticos La Llama Doble 2008; Premio del Instituto Cubano de la Música, en el segundo Concurso Internacional de minicuentos El Dinosaurio 2007, entre otros. Tiene publicado el libro Eros Verbum (Sed de Belleza Ediciones, 2014).

Comentarios

Excelente guiño a la literatura de la violencia (y al Chino Heras, profesor de generaciones y uno de los principales exponentes de esta cuerda literaria) con el reconocimiento que merece. En lo personal, me interesa esa lectura que linda entre lo patético y lo conmovedor, pues en ese empecinamiento del viejo, en esa pesadilla que lo domina, en ese charco de orina que fue una vez silbido de disparos y grito colectivo, hay un todo un sistema de valores que no está dispuesto a fenecer, aunque deba inevitablemente dar paso a un mundo nuevo.

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