Lo que el siglo se llevó

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

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Una de las peculiaridades que advierte tanto un cienfueguero como cualquier turista incidental, acodado en el malecón de la también conocida como Perla del Sur, al otear por primera vez los márgenes de su curiosa bahía “de bolsa”, es un leve bulbo que rompe el grisáceo horizonte: el domo inconcluso de la Central Electro Nuclear de Juraguá, o la CEN, como se le conoció (y conoce) más popularmente. En sus cercanías, apenas a cuatro kilómetros, se erigió la Ciudad Nuclear, epígono entusiasta de la soviética y grandilocuente Ciudad Estelar o Leninsk1, aneja al cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán.

Imagen: La Jiribilla

Mientras Leninsk alojaba al personal del cosmódromo junto a todos sus familiares, su versión cienfueguera dio alojamiento a todos los trabajadores especializados que laborarían en la CEN, una vez terminada esta descomunal “obra de choque”, según el argot de esos tiempos, o la “obra del siglo”, iniciada en los albores de la década de 1980, muy significativa para los cubanos. A su construcción se entregaron decenas de miles de almas, puestas su fe, junto a la del país todo en este máximo símbolo del progreso de la Sociedad Industrial y del entonces polo izquierdo del mundo. La Energía Nuclear era máximo rasero —tanto en su versión bélica como pacífica. La cesación del “campo socialista” y su nación-líder soviética, sellaron la suerte de la eternamente inconclusa central.

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En esta llaga pasada, pero aún supurante de frustración, fracaso e infortunio, donde todavía se anegan los trabajadores nucleares que nunca fueron y sus descendientes que siguen pagando los pecados ajenos, vino a profundizar el joven realizador cubano Carlos M. Quintela (La piscina, Buey), tomándola como eje y esencia de su segunda película de largo metraje: La obra del siglo (2015). La premier nacional de esta cinta tuvo lugar en el cine Chaplin como vespertina apertura fílmica de la 14ta. Muestra Joven del ICAIC.

Hibridación sardónica y provocadora entre secuencias de ficción y abundantes materiales de archivo, provenientes sobre todo de las arcas de la nonata Tele Nuclear, La obra del siglo implica, primeramente, un detour muy significativo en el obrar previo de Quintela, donde primaba el silencio y la misantropía, con toda una compleja red de torrentes subtextuales bramando tras las apacibles superficies. El de marras vendría a ser uno de los docudramas más peculiares visionados por mí —si me atrevo a clasificarlo de alguna manera—, más aun incluso que el American Splendor (2003) de Shari Springer Bermanen y Robert Pulcini. A fuer del montaje muchas veces incordiante, y desde el redimensionamiento sutil de unas imágenes de archivo que dejan poco a la imaginación, el autor establece un diálogo confrontativo-contrastante entre pasado y presente de la CEN y su apéndice urbano.

Las divergencias entre el ayer ochentero, promisorio, aún latente en las dropadas imágenes de los viejos casetes, y el presente estático, con silencio de pura ciudad abandonada, son tan abismales como los propios modos de recrearlos que escogió Quintela.

Los 80 son representados con la colorida máscara televisual, el hierático reporterismo signado por la inmediatez y el fragor de las tareas, por el frenesí de utópica propulsión. Son años “objetivos”, más bien objetivistas, adustos, donde no resta tiempo para dudar, menos ante la imponente estructura de este castillo de naipes de hormigón. Eso sí, ningún cienfueguero (como yo) quedará incólume ante el descubrimiento de un entonces juvenil Primitivo González —aún en funciones en el canal provincial Perlavisión, creo— entrevistando a los implicados en la secular obra para Tele Nuclear.

Los 80 son puro kitsch informativo, ni siquiera noticioso, tanto como el nostálgico pero nada ingenuo tema “Me quedé con ganas”, de Vicente Rojas, que musicaliza las imágenes igualmente reporteriles de las desesperadas alternativas, que a mediados de la década del 90, buscaron calmar la sed de esperanza con el agua de los cocoteros sembrados en la zona.  

El Presente de esta era post-(pseudo)nuclear, siempre en blanco y negro, se prefigura desde las tantas individualidades en que se desmigajó la obra del siglo, cuando su vacuidad interior explotó, con efectos muy devastadores pero incapaces de mesurarse en unidades roentgen. Irradió directamente el sentido de la vida, los sueños de miles, el destino de una nación. El director, coguionista junto al ya acostumbrado Abel Arcos, escogió desarrollar las complejidades de un triángulo rencoroso, una trinidad generacional integrada por los personajes representados por el Padre (Mario Balmaseda), el Hijo (Mario Guerra) y el Desespirituado (Leonardo Gazcón), AMÉN.

2.

Durante todo el metraje, los tres protagonistas intentan vivir, más aún: encontrar sentido a sus vidas, en medio del agobiante tedio del Paraíso Perdido que es la Central (¿también es un central a la larga?) y su batey nuclear. Aún imponente, racionalmente arquitectónico, como un esqueleto que se blanquea al Sol. Nada gratuitas resultan entonces las semejanzas con los fenómenos que recrean documentales como deMoler (Alejandro Ramírez, 2004) y Model Town (Laimír Fano, 2006), sobre otras tantas ruinas y vidas arruinadas.  

El personaje de Balmaseda es recio y tozudo, impositivo y proactivo, al borde de un deceso esperado que amaga pero no llega, aunque por un momento parece morir…nada, se levanta y sigue andando con sus chancletas de goma infinita.

Su vástago, asumido por Guerra, es el ente recesivo, el eslabón más débil de la cadena. Es el Hombre Nuevo que ya no tiene nada de novedoso, víctima de su tiempo, de su consecuencia, de la inconsecuencia de otros, y de su fe. Nunca se ha deslindado de su padre, con quien mantiene tensa convivencia de trincheras; resignado ante la imposibilidad de buscar otro hogar, otra vida lejos del dominante progenitor, independiente de él. Eso sí, pinta las paredes del apartamento “prefabricado”, oculta las grietas bajo finas capas de aceite o lechada, o lo que sea. Se queda en la casa, bajo padre y marea. De vez en cuando arguye que es el real propietario, que hay que respetarlo. Tímidamente, busca rehacer su vida con una buena mujer que se cruza en su camino…

El nieto, más ignoto, interpretado por Leonardo Gascón, se fue, regresó, convive momentáneamente pero no se pliega por completo a sus mayores. Hasta se revela contra su padre, golpeándolo —nunca contra el abuelo, Dios Padre, sacro y egregio, que respeta más a este “nieto pródigo” que a su propio Hijo, quien es hechura directa pero atrofiada. El nieto sólo está de paso, esperando por una nueva y liberadora partida. No está atado a la Ruina Nuclear como Abuelo y Padre. Su reluctancia va un tin más allá, hasta los profusos tatuajes que subrayan las diferencias, las insalvables bardas alzadas ante él y sus dos predecesores.

Imagen: La Jiribilla

 

3.

En otro orden, Balmaseda ofrece en La obra del siglo una de las resurrecciones histriónicas más memorables de los últimos tiempos, tras una irregular presencia en el contexto audiovisual cubano. Quintela confirma su habilidad en el trabajo con los actores, y extrae jugosos resultados del veterano galán proletario; no era sino eso quien protagonizó De cierta manera (Sara Gómez, 1974). Sara y Guillén Landrián supieron ver más allá, con los acres efluvios anti-épicos que desprenden sus respectivas películas. Herencia que el joven director sabe honrar con su filme, y homenajear.

Mario Guerra, apuesta segura, otra constante en las obras de Quintela, equilibra la balanza en su rol de digno fracasado, en perenne antagonismo con el Padre absoluto. Con esperanzada resignación, persigue la felicidad.

Gascón es el más “quinteliano” del trío, como misantrópico émulo del profesor que en La Pisicina encarna Raúl Capote. Aunque por momentos, la contención resulta vacuidad ¿o ese es el propósito: prefigurar un ser vacío?

 

4…

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…135.

La CEN/símbolo/curiosidad/anacronismo (all-in-one) aparece casi siempre en lontananza, como un ente misterioso pero omnipotente que rige los destinos, que vela las pesadillas huecas de sus vecinos, aherrojados aún a profesiones y oficios —ilusiones conjugadas en primera persona del pretérito “infinito”— tan fantasmas como la CEN y el mundo que la engendró. Es un péndulo que no deja de batir sobre las cabezas de los personajes. ¿Hay algún pozo a mano?

 

Notas: 
1. Desde 1995, rebautizada Baikonur

 

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