De formas, espacios y armas tomar

Nelson Herrera Ysla • La Habana, Cuba

De manera lenta pero progresiva, las manifestaciones del arte contemporáneo empiezan a ocupar espacios urbanos como si reviviésemos la Antigüedad helénica y romana o, mejor recordada aún, la baja y alta Edad Media hasta llegar al clamor barroco que modeló algunas de las principales plazas europeas y coloniales de la América hispana, como se puede observar en La Habana Vieja, por ejemplo.

Imagen: La Jiribilla

La cuestión es que el arte está saliendo a la calle pues muchas de sus expresiones no caben ya en los espacios institucionales y en los alternativos ahora tan de moda, por lo general reservados para las obras bidimensionales: pintura, dibujo, grabado, carteles, fotografía, video, aunque estas últimas ya se pueden ver en paredes y muros de cualquier ciudad gracias a ciertos avances en materia de materiales y tecnología. La ciudad no ha quedado atrás en este sentido y prueba de ello fue la última edición de la Bienal de La Habana, en 2012, cuando numerosas paredes y fachadas de viejas edificaciones se cubrieron con gigantografías de personas mayores en el populoso municipio de Centro Habana y el malecón se vio colmado transitoriamente de esculturas, instalaciones, signos, símbolos, objetos, sonoridades, globos, cuerpos humanos… en un intento por participar de la vida ciudadana de una manera más activa.

Esos ejemplos mencionados, sin embargo, no significan una real toma de conciencia acerca de las relaciones entre las manifestaciones artísticas y el espacio urbano pues ellas se materializan únicamente en eventos nacionales e internacionales de gran magnitud, y solo durante semanas o meses. El resto del año nuestras ciudades viven una suerte de letargo, una modorra constructiva y creadora que solo se ve interrumpida con la aparición en ciertos parques y plazas de bustos, estatuas, y algún que otro objeto escultórico para señalar algún acontecimiento histórico: héroes y mártires, gobernantes y poetas, músicos y combatientes, generales y doctores, cubanos o extranjeros, son todavía objetos de culto en el entramado urbano en varias ciudades aunque no alcancen la fastuosidad y el monumentalismo que se obtuvieron a principios del siglo XX y que hoy realzan lugares públicos desde Santiago de Cuba hasta Pinar del Río. Todavía, pues, muchos permanecen atrapados en aquella retórica ambiental de caballos, cadenas, escudos, frases, coronas, plantas, estrellas, pedestales, columnas, banderas, como único modo de recordar o legitimar aspectos importantes de nuestra historia o de nuestra vida actual, y no participan de los cambios operados en las manifestaciones de la cultura visual desde hace más de 50 años, por señalar solo una etapa de la vida contemporánea. Para estos esa es la forma en que se relaciona el arte con las expresiones de la arquitectura y el diseño en el tejido urbano.

Imagen: La Jiribilla

El arte, la arquitectura y el urbanismo (que no es lo mismo pero es igual), sin embargo, han demostrado suficientemente sus cambios desde mediados del siglo pasado hasta hoy como para dar a entender que vivimos una nueva etapa en el campo de las relaciones e integraciones entre las expresiones artísticas. Aun cuando poseen códigos específicos es posible apreciar sus vínculos no solo en los grandes eventos culturales sino también en proyectos modestos que se desarrollan en varias ciudades del mundo cada vez con más persistencia y organicidad. Pero en el caso nuestro persisten prejuicios, incomprensiones, desidia, desinformación, que impiden una actitud diferente frente a uno de los fenómenos más actuales e idóneos para contribuir al enriquecimiento del entorno urbano. Escasos ejemplos en más de 50 años pueden verse hoy en La Habana y otras ciudades de Cuba que, con excesiva cautela y parquedad, toman en cuenta las nuevas realidades que el arte y la arquitectura contemporánea experimentan.

En el caso nuestro persisten prejuicios, incomprensiones, desidia, desinformación, que impiden una actitud diferente frente a uno de los fenómenos más actuales e idóneos para contribuir al enriquecimiento del entorno urbano.

Sin ir muy lejos, debemos recordar el impacto causado por la Torre Eiffel en París a fines del siglo XIX, y en el siglo XX y XXI por el Museo Guggenheim en Nueva York, las defenestradas Torres Gemelas en esa misma ciudad, el actual Guggenheim de Bilbao, el Museo Judío en Berlín, las Torres gemelas de Kuala Lumpur, el Museo de Arte Moderno en Niteroi, los estadios olímpicos de Tokyo, Múnich, Beijing y Londres, y decenas de otros más, complementados ahora por acciones de artistas en zonas periféricas o céntricas de esa y otras ciudades que sienten la necesidad, junto a las autoridades locales, a veces contra ellas, de transformar la monotonía y homogeneidad causada por cientos de años de construcciones anodinas que poco o nada tienen que decir a los habitantes de cada barrio y ciudad. Siendo estas construcciones las que conforman la mayoría de nuestras ciudades es lógico que hoy muchos sientan la necesidad de cualificarlas mejor y propongan una serie de proyectos tomando en cuenta los diferentes niveles y escalas donde actuar con efectividad en medio de los cambios experimentados en el comportamiento individual y social.

Vivimos hoy una dinámica urbana en la que es importante ajustarse, por ejemplo, a la velocidad del transporte, a las nuevas tipologías de vías peatonales y vehiculares, al creciente papel de las áreas verdes, a la gráfica relacionada con la publicidad comercial y política, y a otros factores que hacen de ciertos espacios un entramado de significaciones y sentido lo mismo en áreas históricas que en las nuevas. La ciudad, para arquitectos y artistas de la visualidad, ha devenido, en ciertos países, una especie de laboratorio en el que los más atrevidos o inocentes grafiteros modifican, por ejemplo, zonas yermas, vehículos de transportación pública, viaductos, puentes, o se solicita institucionalmente la acción de otros creadores para resolver importantes nudos de circulación peatonal o vehicular desde un punto de vista estético-ambiental.

Vivimos hoy una dinámica urbana en la que es importante ajustarse, por ejemplo, a la velocidad del transporte, a las nuevas tipologías de vías peatonales y vehiculares, al creciente papel de las áreas verdes, a la gráfica relacionada con la publicidad comercial y política, y a otros factores que hacen de ciertos espacios un entramado de significaciones y sentido lo mismo en áreas históricas que en las nuevas.

La Habana, en ese sentido y otros, es una ciudad extremadamente conservadora: varios intentos por modificar su imagen edilicia, su perfil, se ven maniatados por decisiones locales o gubernamentales que impiden una efectiva, seria y novedosa transformación de su estructura histórica y actual. Los escasos intentos escultóricos observados en los alrededores del puente de hierro en Miramar y en las faldas del Castillo del Príncipe, más alguna que otra estatuaria simple de filiación figurativa realista ubicadas en El Vedado, o en la plaza de San Francisco y Plaza Vieja en el centro histórico, han pretendido modificar o “adornar” tales espacios públicos y sus alrededores pero las soluciones han resultado de escasa trascendencia y, por lo general, repetitivas. Pese a instituciones creadas al efecto (CODEMA, Direcciones de Arquitectura y Urbanismo y del Instituto de Planificación Física en cada provincia), más las celebraciones de eventos nacionales e internacionales no han permitido dejar una huella profunda en el devenir urbano nacional (salvo intentos mayores en Las Tunas, Bayamo, Santiago de Cuba y Varadero, hoy aislados y de escasa influencia). Por otra parte, desde hace tiempo se observa la construcción de “boulevards” como modo de remodelar antiguos centros comerciales en cada ciudad cabecera de provincia a partir de una meta decidida a cumplirse contra viento y marea… y de la misma manera siempre. En ellos pueden verse luminarias, bancos, jardineras, kioscos, pérgolas, gráfica urbana, arreglos de fachadas, más funcionales que estéticos, incapaces de transformaciones profundas, revolucionarias, al parecer guiados por aquella máxima de Tomasso di Lampedusa tantas veces citada: que las cosas cambien para que todo siga igual. Ninguno de tales intentos ha logrado vivificar estéticamente nuestros tejidos urbanos salvo maquillarlos ante su muerte o lenta degradación.

En el caso específico de La Habana, se trata de una ciudad atada en el tiempo y el espacio. El apego febril a su historia la ha convertido en un museo, por un lado, y la ha paralizado en su devenir, por otro. Gracias a un trabajo encomiable de la Oficina del Historiador de la Ciudad se han logrado rescatar edificios y plazas, vías, ambientes, y gracias también a sus habitantes ha sido posible mantener un antiguo espíritu urbano cercano al concepto de identidad local pese a las crisis de todo tipo por las que han atravesado. De viva voz se califica a esta ciudad como una máquina del tiempo aferrada al pasado, en detrimento de un presente en el que no aparecen ideas ingeniosas, útiles, lógicas, funcionales, hermosas, atrayentes, capaces de complementar esa inicial intención y gesto con el mundo contemporáneo a través de un diálogo fructífero, creador, vivificador. Pareciera que los arquitectos y diseñadores actuales nada nuevo tienen que decir o aportar salvo rescatar lo dañado, extraviado o perdido. Pareciera que todo tiempo pasado fue mejor en arquitectura, arte, diseño, artesanías, y que las nuevas generaciones de profesionales de tantas disciplinas técnicas y estéticas deben conformarse con exponer solamente sus ideas y proyectos en concursos, eventos cerrados, simposios y coloquios que se realizan sin resultado práctico alguno. Se trata más bien, pues, de un monólogo que nos llega desde el pasado colonial y republicano, y no de un diálogo como el que merecen los tiempos actuales en que la arquitectura y el urbanismo participativo cobran legitimidad plena. Lo mismo sucede en Matanzas, Camagüey, Cienfuegos, Sancti Spiritus, Nueva Gerona, Holguín

Todo parece indicar que estas nuevas experiencias son las llamadas a dotar a nuestras ciudades de un aire nuevo, fresco, de contemporaneidad acorde con las tendencias estéticas universales.

El tema y el asunto son serios, de armas tomar, como para librar hermosas batallas en cada barrio, municipio y ciudad en pos de la belleza y el ingenio humanos que crece y se multiplica en los institutos superiores de arte y diseño, en las facultades de arquitectura por todo el país y que no encuentra todavía definitivo cauce a nivel masivo, institucional, para todos, a no ser las experiencias aisladas en nacientes negocios privados que se abren paso inexorablemente en rincones alejados, apartados de cada ciudad y en lugares trascendentes de la trama urbana, dispuestos a modificar sensiblemente lo que nuestros cansados ojos ya no ven… de tanto ver durante años y años lo mismo. Todo parece indicar que estas nuevas experiencias son las llamadas a dotar a nuestras ciudades de un aire nuevo, fresco, de contemporaneidad acorde con las tendencias estéticas universales, y son las llamadas a fundir las nuevas expresiones culturales del hombre en los diversos planos de la creación, sin discriminaciones ni jerarquizaciones y respetando el espíritu epocal cuando es necesario.

Imagen: La Jiribilla

Vivimos momentos de cambio en múltiples órdenes de la vida, dispuestos a barrer con ciertos estereotipos y fórmulas gastadas en lo esencial ideológico, económico, tecnológico, cultural pero la mayoría de nuestras ciudades permanecen congeladas, inmóviles, y a la espera sólo de aisladas acciones en lo institucional cuyo fin, por lo general, siguen siendo de raíz conmemorativa, histórica, tradicional. Nuestros valores forjados en cientos de años tienen su bien ganado espacio en la conciencia de nuestros ciudadanos, pero ello no debe impedir lecturas contemporáneas, modernas, adecuadas a los nuevos tiempos de fusión, hibridaciones, mestizaje que se viven aquí y en la mayoría del mundo mundial (como gusta decir a Joaquín Sabina.)

Sin darle muchas vueltas al asunto, las ciudades son organismos vivos, como los seres humanos, y necesitan, pues, buenos alimentos diarios, aire fresco, ejercicios, emociones, estímulos morales y materiales fuertes, saberes, asombro. Desde su modesto lugar, la arquitectura está llamada a contribuir a la conformación de ese marco poético y físico (que Ricardo Porro asumía como el eje de toda obra diseñada) para que el hombre crezca en plenitud de formas y de espíritu. Y junto a ella, las múltiples y nuevas expresiones del arte. Ignorarlas, disociarlas unas de otras, extrañarlas, aislarlas, subvalorarlas, es no tomar en cuenta siquiera lo logrado en aquellas eras antiguas, medievales, cuando la mayoría de las manifestaciones culturales del hombre se fundían en edificios, plazas y vías públicas. Es hora de dejar a un lado tanta solapada segregación, desintegración, compartimentación, cuando hoy más que nunca el mundo se encamina hacia todo lo contrario. Ir en pos del futuro y hacer de este, también, una legítima tradición como refirió en una ocasión Octavio Paz.

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