Una mirada a la arquitectura cubana

Concepción Otero Naranjo • La Habana, Cuba

Sean estas líneas un modesto homenaje a la ya centenaria Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana.

Si consideramos acertada la afirmación de Bruno Zevi de que “la arquitectura es el espacio visual de la historia”, debemos valorarla como mucho más que muros que definen un espacio útil y conforman por sumatoria un barrio, un pueblo o una ciudad. La arquitectura -como se observa en nuestros días- conforma un sistema de factores portadores de información no solo de carácter arquitectónico, espacial, técnico o estilístico, sino de perspectiva integradora. De aquí su polivalencia: como espacio práctico y como documento para conocer las circunstancias materiales y espirituales de su productor. Es por eso que resultan tan atractivas las historias de la arquitectura, o las historias que tienen a la arquitectura como centro del discurso, sobre todo aquellas que pretenden construir la historia desde la convivencia temporal con el hecho arquitectónico que se comenta. Casi, casi esa es mi situación hoy.

Imagen: La Jiribilla

En estos casos la valoración crítica debe ser cuidadosa pues no siempre los cotos temporales para el estudio de la arquitectura cubana se han dejado seducir por las normas temporales establecidas tradicionalmente para medir el transcurso de la historia. Pero como lo más inmediato apremia y esta fiebre nuestra nos compulsa a tener el conocimiento actualizado e indagar en lo nuevo, las últimas realizaciones artísticas están siendo observadas con detenimiento. Siguiendo esta óptica de pensamiento, e incluso desde la perspectiva que nos permite el fin de siglo, quizás en las décadas de los ochenta y los noventa observemos y valoremos fenómenos que pueden no estar concluidos, aún o ni siquiera maduros, porque el que se acaba es el siglo. No es sólo asunto de nuestra joven cultura, ni de las particulares circunstancias actuales; es un asunto de la arquitectura: “La más comprometida de las empresas culturales”, ha dicho Mario Coyula; “la madre de todas las artes...¡pero también (es) un arte de madre¡”, sentenció el “Arquitecto de América”, el maestro Fernando Salinas.

Debemos reconocer que, aún inmersa en las disyuntivas contemporáneas, la misma es bastante saludable.

Así, a pesar de los detractores y las objeciones, en este difícil, controvertido pero no menos importante asunto de la arquitectura cubana contemporánea, debemos reconocer que, aún inmersa en las disyuntivas contemporáneas, la misma es bastante saludable, sea por la savia que enriquece sus proyectos, por la versatilidad que le imponen la vida y las muchas carencias a las que a veces a duras penas ha sobrevivido, quizás por esa aventura de sortear imposiciones o sencillamente por la “medicina” suministrada por la inteligencia profesional que, sin evadir los nuevos compromisos no olvida otros heredados de la historia pasada.

Este análisis no lleva implícito una valoración numérica, como de “persona mayor” diría el Pequeño Príncipe, sino una perspectiva que porte en la punta de la lanza el catador de calidad y de competencia de las realizaciones arquitectónicas contemporáneas y sus respectivos proyectos. Cantidad no es necesariamente sinónimo inmediato de calidad.

Imagen: La Jiribilla

De cualquier manera no hablemos de arquitectura como de algo hecho, como un ente de inmóvil apariencia, veámosla como un sistema que, en tanto producción material del hombre, es portador de su sabiduría, sus incompetencias, su “vista larga” y de las condiciones materiales del contexto. En fin, un documento ineludible de la historia. De cualquier manera tampoco haremos balances manidos que hagan saltar las diferencias que por lógicas están ya comprometida con la historia, por ejemplo: “antes del cincuenta y nueve” – “después del cincuenta y nueve”; esta operación matemática lejos de constituir hoy un logro novedoso debe asumirse como una responsabilidad saldada ya por la Revolución cubana para con su ejemplo al mundo. Además, las cifras no me agradan, mucho menos cuando la historia ha demostrado que hay escaños de sobra para volver a “contabilizar”, pero de otra manera. Veamos la relación desde otra perspectiva.

La producción arquitectónica de las dos últimas décadas lleva en esencia las experiencias de sus memorias más recientes. Pasados los años sesenta, los “años de fuego” como los calificara Roberto Segre, pasaba con ellos la angustia inicial de dar respuesta a las necesidades materiales y espirituales del hombre por tiempo postergadas, hecho que posibilitó la inauguración de nuevos proyectos que darían espacio más tarde al “mito de lo nuevo”, toda vez que se pretendía establecer a toda costa la nueva imagen que simbolizara el recién inaugurado proyecto social, económico y cultural. La posibilidad vio caminos abiertos.

Imagen: La Jiribilla

Evadidos hoy algunos esquematismos que hiperbolizaban la visión tecnicista del proceso arquitectónico y el “culto a la prefabricación” de los años setenta, que desdeñaban la importancia del diseño y el trabajo interdisciplinario y sobrevalora el tipo sobre la particularidad del modelo, en nuestros días se vuelve al valor del concepto “diseño ambiental” y a una arquitectura integrativa e integrada, tan necesaria entonces y hoy congeniada con los designios del pensamiento arquitectónico contemporáneo. Así mismo, superada la estandarización a que fue sometida la arquitectura en esos años, que terminó engendrando la llamada “sopa de bloques” que hoy todavía sufrimos como consecuencia de la deformación tecnológica, la ausencia de debate teórico, la aceptación irreflexiva de modelos importados del hoy ex-campo socialista y la voluntad hiperdimensionada del trabajo interdisciplinario que casi anuló la autoría en los proyectos, hoy se experimenta un diapasón más amplio y flexible en la voluntad de la actividad constructiva y el respeto al significativo trinomio integridad - creatividad - sensibilidad social. Opuesto a la centralización e institucionalización de los debates y las decisiones, desde los años ochenta, luego de importantes cambios en el sistema orgánico, se tiende al incremento de la participación popular y al surgimiento de instituciones que viabilicen el debate, la investigación profesional y social, así como la publicación y socialización del conocimiento actualizado y las polémicas.

Detonados los esquemas tecnicistas de la formación del arquitecto, en nuestros días del futuro profesional se fragua en la práctica de un sistema de conocimientos y habilidades dialéctico y actualizado que integra el dominio de la técnica, la dinámica del diseño arquitectónico y las medidas para la conservación y rehabilitación del patrimonio construido, al tiempo que se esfuerza por mantener el contacto -lo más estrecho posible- con el curso de las teorías, las técnicas y el pensamiento arquitectónico y urbanístico modernos. La labor a pie de obra en el diseño curricular, imprescindible en los años de fuego por el éxodo de profesionales del ramo, se ejerce hoy integrada al entrenamiento teórico adecuado y gradual.

Imagen: La Jiribilla

Llegadas a su mayoría de edad las llamadas obras mayores, estas son testigos del nacimiento de otras no menos importantes sobre la trama de la ciudad antigua o de la moderna, para continuar este recuento conformado por obras puntuales, insignias de un proceso creativo relevante y de altos valores estéticos. Ahora bien, puestos sobre el tapete y explicadas a grandes rasgos estas comparaciones, después de congeniar preceptos y conceptos, interpretaciones, previsiones y convivencias, detracciones y defensas incondicionales, he podido observar que la producción arquitectónica cubana de las dos últimas décadas oscila entre tres tendencias fundamentales definidas con toda intención de modo muy general. Estas no presuponen, como es lógico, el establecimiento de escaños para el análisis, toda vez que responden a un mismo proceso y a condiciones epocales idénticas o similares, y por lo tanto llevan en sí las problemáticas más importantes de la arquitectura cubana actual, las que al haber sido tratadas suficientemente por la crítica, prefiero esbozarlas solamente, léase: el tratamiento de la identidad nacional, la formación profesional y los destinos de las nuevas promociones, las variantes estilísticas, la cobertura a las necesidades sociales.

La estratificación ha sido intencionalmente metodológica, para poder diseccionar el dinámico proceso constructivo cubano contemporáneo, sus deudas, sus rupturas, sus compromisos, sus “cárceles”, sus “alas” y sus interesantes propuestas en este tan llevado y traído fin de siglo. No hay un orden jerárquico, simplemente una nominación para el análisis. Veamos:

1.- La rehabilitación del patrimonio construido.

2.- Los talleres de rehabilitación integral del barrio

3.- Las construcciones para el turismo e inversiones extranjeras:

Estas son, a mi juicio, las tres fuerzas fundamentales, los tres brazos que ordenan y compulsan las acciones de la arquitectura cubana de las dos últimas décadas del siglo XX.

La rehabilitación del patrimonio construido

(“el síndrome de la memoria histórica” y “el dilema de la salvación”)

La salvaguarda de la producción material del hombre, sea un edificio o un conjunto de ellos, dispuestos en un barrio o una ciudad, sea avalada su importancia por razones históricas, artísticas o arqueológicas, es una de las corrientes de mayor fuerza en la acción intelectual y legal contemporáneas referidas al Patrimonio construido de la humanidad, por ello en nuestros días este tema es objeto fundamental de múltiples reuniones y convenciones nacionales e internacionales. Este siglo ha sido pletórico en acciones encaminadas a crear un cuerpo legal e instituciones encargadas de velar por el cuidado del patrimonio mundial de manera consciente, a favor del desarrollo del individuo que con esta labor se sentirá más dueño de su cultura nacional, regional y por lo tanto universal. Lo primero fue crear la conciencia sobre el problema, luego fomentar los mecanismos para establecer reglas y congeniar intereses comunes.

Imagen: La Jiribilla

Luego de la declaración del Centro Histórico de la Ciudad de La Habana como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO en 1982, el Plan Director de la Ciudad organizó un amplio anteproyecto que alcanzó luego, paulatinamente, otros Centros Históricos de la Isla, programó un grupo ambicioso pero necesario de acciones a corto, mediano y largo plazo entre las que se contemplan algunas estrechamente vinculadas a la recuperación y “puesta en valor” de aquellos monumentos que detentaran valores históricos, arquitectónicos y artísticos, y que a su vez permitieran la concepción de actividades culturales y de amplia proyección social, entre las que luego se intercalaron con fuerza las vinculadas al desarrollo del turismo.

“Restaurar monumentos históricos no es regresar a la arquitectura de otras épocas, sino traer al tiempo actual la vivencia del gozo de un satisfactor de las necesidades espirituales y materiales de los antepasados, y saber estimar el concepto ambiental que lo originó”

En Cuba, la dinámica del desarrollo de la actividad profesional ha ido derivando hacia un concepto de rehabilitación que experimente la inclusión de nuevas tecnologías, siguiendo la premisa de que “Restaurar monumentos históricos no es regresar a la arquitectura de otras épocas, sino traer al tiempo actual la vivencia del gozo de un satisfactor de las necesidades espirituales y materiales de los antepasados, y saber estimar el concepto ambiental que lo originó” ( Jesús Aguirre Cárdenas. Prólogo de La Restauración arquitectónica. Retrospectiva histórica en México de Alejandro ManginoTazzer. Editorial Trillas. México. 1991, p.7). Así, un alto porciento de la fuerza intelectual, técnica y de mano de obra está vinculada a esta vertiente actual del desarrollo arquitectónico en Cuba, no sólo en el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana, sino también en Trinidad, Camagüey, Santiago de Cuba, Matanzas, por sólo mencionar los más relevantes. El usufructo y la necesidad de redimensionar los núcleos urbanos históricos han impuesto la meta de realizar estudios profundos a cerca de la definición urbana y cronológica de estos espacios para lo cual ha sido menester convocar al conocimiento multidisciplinario.

Poner en valor un Centro histórico presupone reanimar sus vías y su trama urbana, pero también, -y esto es indispensable-, realzar la importancia y la utilidad de los edificios, sea recuperando sus funciones tradicionales como el caso del Hotel Florida en la calle Obispo en La Habana Vieja, o refuncionalizándolas, -intervención más común-, como sucede en el antiguo Cuartel de Caballería, actual Museo Ignacio Agramonte en el Centro Histórico de Camagüey; el espléndido Palacio Brunet en Trinidad, hoy convertido en Museo Romántico de esa ciudad o la famosa casa de Maceo Osorio No 111, una de las sobreviviente del incendio de Bayamo y hoy convertida en la Casa de la Trova de esa ciudad. Todas son intervenciones que datan de las últimas dos décadas.

Imagen: La Jiribilla

Este hecho ha sido posible por la creación de instituciones especializadas en la concepción y realización de estos proyectos como: la Comisión Nacional de Monumentos, la Oficina del Historiador de la Ciudad, el Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos, encargados de promover acciones, investigaciones y eventos con el tema de la restauración y la conservación; así como el Grupo de Desarrollo Integral de la Ciudad, cuyo edificio es un ejemplo de los nuevos discursos de la arquitectura cubana, y la labor de los jóvenes arquitectos.. De otra parte, la Escuela de Arquitectura ha hecho hincapié en la formación de un personal profesional debidamente instruido en la necesaria relación dialéctica entre pasado y presente, consciente de que la rehabilitación arquitectónica en cualquier latitud es mucho más que una operación física o material de restitución o saneamiento, constituye una conversación didáctica y productiva con la historia para lograr un ameno diálogo entre el edificio y el profesional rehabilitador, en lugar de un enfrentamiento. Imbuidos al mismo tiempo de una cultura de la intervención, conciben la rehabilitación no como algo añadido, sino como un proceso integrador, congeniado, “tramitado”. Quiere esto decir que el afamado “mito de lo nuevo” que orientó los proyectos y realizaciones de las décadas del sesenta y el setenta, vistió nuevo traje y ha ido perdiendo el hálito mítico para convertirse en realidad, tras una labor encomiable de recuperación, conservación y rehabilitación del patrimonio que dota a las ciudades de una imagen de nuevo lustre sin ser absolutamente nuevas. La vuelta al pasado no fue un refugio ante la imposibilidad de lograr una marca adecuada de lo nuevo, ni un mecanismo de compensación, es un impulso constante y buscado, subvencionado y animado por el interés cultural que despierta nuestro acervo patrimonial.

Los Talleres de rehabilitación integral del Barrio

(“Dándole taller al barrio”)

Esta es en definitivas una variante particular de la conservación y la rehabilitación del patrimonio edificado y una experiencia casi habitual en las labores de la arquitectura en estas últimas dos décadas del siglo. Darle “taller” a algo, en buen cubano, significa procesar, reflexionar sobre una idea, ver sus pro y sus contra; “manosearla”, buscar hasta en las aristas más controvertidas algo de productividad, que en el caso del barrio se traduce en trabajo comunitario, en bienestar social, urbano, arquitectónico y cultural.

Dado que la rehabilitación de monumentos es una disciplina muy cara, selectiva y que se debe afrontar casi siempre como un proyecto a largo plazo, -mucho más en el caso de Cuba-, se ha instrumentado recientemente esta otra vertiente de la rehabilitación y la conservación del patrimonio llamado cotidiano, con la participación más directa de la población que reunida en pequeños espacios urbanos colabora no solamente en el mantenimiento de edificios o zonas del patrimonio menos jerarquizado, sino también de las formas tradicionales de construir, en las normativas constructivas oficiales o espontáneas del barrio o en el uso tradicional de algunas de sus locaciones urbanas como: la esquina o el parque. Entonces, la convivencia en el barrio –que a veces se amplía al Consejo Popular- es el paso preliminar, otra de las acepciones del "taller". “La vuelta al barrio- escribió Eliana Cárdenas- se ha visto como una necesidad social, constituye además una opción positiva para el rescate de tradiciones locales, y el trabajo directo del arquitecto a esta escala rompe con el aislamiento entre éste y sus usuarios”. Quiere decir que con este proyecto también se está cuidando la solución de los problemas en la célula del barrio, desde donde se ven los problemas a menor escala y por lo tanto se hacen más solubles.

Es entonces el taller en el barrio una de las ramificaciones –digámoslo así- de la acción de la arquitectura, toda vez que se conciben construcciones que llevan el signo de lo nuevo –(nuevas estructuras, nuevas tecnologías, atención a necesidades del sitio, recuperación de los inmuebles, remozamiento)- adaptadas a las normativas preestablecidas de la arquitectura del lugar, 

Es entonces el taller en el barrio una de las ramificaciones –digámoslo así- de la acción de la arquitectura, toda vez que se conciben construcciones que llevan el signo de lo nuevo –(nuevas estructuras, nuevas tecnologías, atención a necesidades del sitio, recuperación de los inmuebles, remozamiento)- adaptadas a las normativas preestablecidas de la arquitectura del lugar, que sin tener la nominación de monumento tienen un carácter relevante como signo de la vida cotidiana. Ejemplos claves pueden ser: los barrios de Cayo Hueso, Pueblo Nuevo, el Barrio Chino en Centro Habana; Atarés en El Cerro, Los Sitios o San Isidro en La Habana Vieja.

Sin embargo, no es tampoco algo absolutamente nuevo este trabajo directo con la población en el barrio cerrando un círculo más estrecho sobre los problemas habitacionales y de calidad de vida, y por lo tanto pudiendo penetrar más profunda y adecuadamente en ellos. El recorrido en esta preciada empresa lo puede dar la experiencia de trabajo en el Barrio de Cayo Hueso. En los años setenta se iniciaron estas labores con un estudio de detección de hábitos y costumbres, creencias, inclinaciones culturales, situación habitacional e higiénica del lugar. Fue en Cayo Hueso el ensayo del experimento social más generalizado en el proceso constructivo de estos últimos treinta años: la microbrigada social. Luego del estudio preliminar se conciliaron esfuerzos y recursos materiales para sustituir las viviendas y los recintos insalubres o en mal estado del barrio a través de -y aquí estuvo el principal error- nuevas construcciones de 12 plantas de prefabricado que sustituía la imagen tradicional por aquella que se consideraba erróneamente la adecuada. Lejos de conservar, se impuso “lo nuevo” para señalar la intervención y la nueva obra de la Revolución.

Era importante conocer y solucionar los problemas, pero más importante era señalizar el cambio. Fue una práctica inadecuada. Sin embargo, los golpes enseñan y se intentó remediar el asunto a través del cambio de dirección del proyecto una década después con el Taller de transformación integral de Cayo Hueso, ya con el concepto de Consejo Popular y una proposición de intervención en sus 39 manzanas. La estrategia va encaminada al logro de una amplia proyección social pero su propósito operativo es la conservación. Constituye una labor muy interesante de disección analítica de lo construido y las necesidades de reacomodamiento de las funciones más perentorias de esa población. Determinado el espacio vital urbano, se recorren sectores, cuadras, inmuebles uno por uno y se involucran -algo que toman prestado de la intervención en centros históricos urbanos- a toda Empresa, Ministerio, Organización No gubernamental, sociedad o Institución que esté en el territorio para solicitar su colaboración económica o material. Debe señalarse que en no pocos casos han existido donaciones e inversiones extranjeras en estas labores.

Imagen: La Jiribilla

La finalidad es establecer la integración y el respeto a las leyes que el barrio ha ido conformando de manera casi siempre espontánea y que son reconocibles en el ambiente construido local. La finalidad es integrar, pero en cuanto a la solución de los grandes problemas la política se orienta a focalizar el problema y superar las dificultades impuestas por él, las cuales serán más pequeñas porque se dividen entre más: más brazos, más inteligencia, más recursos. Pero también desde el barrio se cuidan otras prioridades de la arquitectura vinculadas a la atención primaria a la salud, la educación, la cultura, inclinación esta que ha quedado un tanto diluida en el planteamiento de estas líneas discursivas de la arquitectura cubana contemporánea, aunque se reconoce como real. Felizmente entre ellas hay obras que constituyen interesantes exponentes de la buscada convergencia entre solución práctica y solución estética.

Pero desde el barrio también se pueden observar algunas muy nocivas transformaciones que están agrediendo la imagen tradicional de algunas zonas de nuestras ciudades y que han escapado, no con mucho esfuerzo, a la supervisión profesional y se extienden como uno de los males contemporáneos, menores por su localización y apariencia, pero mayores por su incidencia urbana. Me refiero a los portales cerrados, a los crecimientos violentos, a la transformación de la tipicidad de algunos espacios de tradicional reunión social, a la usurpación irreverente del espacio público con garajes, portones ciegos, balcones; a la total autofagia del espacio de relación exterior de la vivienda con el paso peatonal; me refiero a la infracción de las normas establecidas para la “convivencia” de muros, espacios, calles y vida cotidiana. Su observación y sanción será factible desde la propia célula urbana que es el barrio. Las Direcciones Municipales de Arquitectura y Urbanismo y la figura del “arquitecto de la comunidad” deben atender estos asuntos.

Construcciones para el turismo e inversiones extranjeras:

“¿Trabajar pa’linglé?”.

Este otro asunto es otra vuelta de tuerca, un cambio de prisma. La construcción a base de inversiones extranjeras no es un fenómeno nuevo en la historia de nuestra arquitectura, se hizo común desde los años iniciales del siglo, cuando nuestra “Señora República” nacía con su economía permeada del capital foráneo –distinto del español- que mantenía viva las transacciones. Los bancos y los edificios de oficinas que indicaron el cambio del poder económico a inicios de este siglo llevaban también el signo de la nacionalidad del capital, aunque la fuerza profesional fuera del patio: el National City Bank, el Royal Bank of Canada, el Banco de Nova Scotia, la Lonja del Comercio. Tampoco se debe pensar que las inversiones extranjeras están sólo en inmuebles y proyectos arquitectónicos dedicados al turismo o al establecimiento de extranjeros en suelo patrio, también las donaciones y las inversiones extranjeras han estado en otros campos de las necesidades, como hemos visto en el barrio.

Imagen: La Jiribilla

Pero la historia contemporánea de este fenómeno indica quizás un retroceso. El último nuevo impulso dado a los proyectos y realizaciones constructivas en Cuba en los últimos cinco años, tanto de nuevas fábricas como de rehabilitaciones, ha estado en manos de Empresas de capital mixto. Los Consorcios, las firmas (como la Meliá), las Empresas Mixtas Inmobiliarias, fueron creadas con el objetivo de atender la inversión en bienes raíces, la construcción de hoteles y la venta o arrendamiento de apartamentos para viviendas o locales para oficinas a la disposición de extranjeros que declaraban diferentes perspectivas de negocios en Cuba. Aunque la cobertura legal de estas instituciones data de finales de la década del setenta, realmente son empresas que toman auge en los años noventa, cuando se amplía la avidez del inversionista extranjero sobre nuestras propiedades inmuebles o sobre el terreno para una nueva construcción. Al calor de este impulso surgió un número considerable de empresas: Lares, Siboney, Real Inmobiliaria, Monte Barreto, Parque Oeste SA, C + Q (Cimascu), Costa Habana, Edén del Caribe, Sereníssima, algunas de las cuales tienen sucursales en otras provincias de la república como Matanzas y Santiago de Cuba, pero su centro de atracción fundamental es, lógicamente, la Ciudad de La Habana. Sus oficinas centrales estrenaron el muy anunciado Centro de Negocios de Miramar y ejercitan la socorrida “puesta en valor” de esta zona, sobre todo la del conocido Monte Barreto, -“Una de las zonas más elegantes de La Habana”-, como diana de grandes intereses inversionistas en los últimos años. Muchas agencias publicitarias se unieron a esta labor de promoción del producto cubano en diversos sentidos.

Sin indagar en los beneficios económicos y el aseguramiento legal, es más que evidente el impacto ambiental de estas construcciones situadas en la Quinta Avenida o sus alrededores, que se me antojan como “flores de tela en búcaro con agua para engañar la realidad”, -parafraseando el poema de Juan Carlos Valls-, y muchas de las cuales han violentado las normativas constructivas del lugar -¡craso error!- y muestran también un cambio brusco del paisaje del sitio con la asimilación de un postmodernismo aún no digerido y una no aceptable transposición de la estampa de una sociedad desarrollada, como de postal para la venta al turismo internacional y sin correlación, al menos inmediata, con nuestra realidad.

Imagen: La Jiribilla

Pero sucede que como “el cliente siempre tiene la razón” y “el que paga manda”, casi siempre el comitente es quien selecciona y aprueba el proyecto a realizarse, el cual puede ser elegido entre unos cuantos encargos o en el peor de los casos lo trae junto a los documentos que acrediten su entrada al país. Tal es el caso de los Jardines de Quinta Avenida, monumental edificio de 175 aptos, sito en 5ta y 114, conocido por los profesionales -y ya por la población aledaña- como La Colmenita. Estas inadaptaciones las observo aún hasta en los que más respeto, los realizados por la Real Inmobiliaria, cuya divisa es ser “Una inspiración arquitectónica al nivel del lugar”.

Lo peor es que todas estas edificaciones responden a una necesidad quizás pasajera y contextualizada, –hagamos votos para ello- pero recordar que lo que se construya, construido queda. Pueda refuncionalizarse y “nacionalizarse” o no su estilo, la fábrica queda y con ellas este nuevo paisaje, que no es un paisaje adaptado y congeniado sino un paisaje arquitectónico impuesto. Este, es un fenómeno que hay que observar. ¡Que los SOS vayan dando el tono de nuestro tiempo y nuestras preocupaciones!:

“Si el desenvolvimiento de estos códigos arquitectónicos logra prevalecer y hacer eco en varias obras de esta zona, -dice Rebeca Alfonso- pudiera decirse que se ha conformado, satisfactoriamente, un bosquecillo dentro de la llanura de Miramar. Pero si es sólo el preludio de una obra aislada -(y yo añado: o si no pudiera adaptarse finalmente)- entonces habría que infligir cuánto hemos retrocedido y cuánto perdido, respecto del desarrollo de arquetipos y estructuras urbanas, por no estimar lo que nuestra cultura pasada nos ha legado”.

Y esto es solo el codiciado Miramar, usado como pieza de muestra, ¿qué decir de Varadero y el sistema turístico de Los Cayos? Arquitectura de molde, imagen de sociedad desarrollada o de isla para el turismo internacional, ¿se vuelve al cincuenta? Siguiendo la metáfora con la naturaleza, Varadero -salvo contadas experiencias- es una selva de grandes ejemplares vivos que atraen al capital extranjero y arrastran para sí y consigo el signo de las corrientes internacionales, entre las que está también la ya tradicional cita postmoderna al pasado que en no pocos casos es sólo formal y superficial: los techos de teja “criolla” del Hotel Meliá Las Américas, el trasnochado Neoclásico del Hotel Superclubs Varadero, la pretendida fluidez en la conquista del espacio exterior del Hotel Meliá Varadero o el Sol Palmeras. Sería interminable. Aunque sean proyectos nacionales o importados deben –para estar a tono, ¡¿qué remedio?!- llevar al menos algún elemento de relación con el pasado a modo de signo heredado pero que muchos coinciden en calificar de Kitsch, un kitsch “bondadosamente enriquecido con la utilización de las cubanas tejas criollas, los cubanos faroles, y los cubanísimos ranchones indígenas todos ellos empleados con la cubana intención de una identidad nacional, olvidando que también es dialéctica.”(Fermín Galán y Liber Arce. ¡Ole Kitsch!, en Arquitectura y Urbanismo, no. 3, 1992, p. 83)

En contraposición, el Hotel Santiago (1991) fuera de estos focos aislados y aislantes, puede ser un ejemplo de feliz encuentro del lenguaje contemporáneo y esa identidad cultural criolla reclamada, constituye, según Segre: “un nuevo paradigma del sincretismo ambiental caribeño, que es al mismo tiempo ilusión y realidad en la búsqueda de un camino hacia la identidad cultural del entorno cubano del siglo XXI”, aunque todavía en el 2000 gravite en los habitantes del lugar su pretendida integración al entorno y el delirio chocante del postmoderno.

La pregunta es la siguiente: ¿es esta la arquitectura que necesitamos? La respuesta no es unitaria Sí y No. Sí, porque es adecuada y factible según su propósito y su función. Es la adecuada a su destinatario y a los requerimientos económicos del país. No, porque resulta violenta en el proceso de adaptación de nuestra arquitectura a los códigos modernos y al respeto tradicionalísimo a la herencia adaptada y, -esto no es un secreto- a nuestros propios deseos. Por supuesto, también debemos ser flexibles como espectadores y entes cultos expectantes de los más mínimos cambios para evaluar su trayectoria y esperar -yo estoy un poco escéptica- que el producto adecuado salga del crisol.

Los esfuerzos por desvanecer la dictadura del aspecto técnico en la enseñanza de la arquitectura, hizo sobresalir la importancia del diseño y el proyecto como espacios laboriosos en que el preprofesional pudo experimentar.

La experimentación es válida y ha tenido también otros carriles porque también el arquitecto ha soñado, ha soñado con los pies en la nube de las hipotéticas realizaciones alternativas, en una “arquitectura de papel”, definida así no porque sea efímera o se deshaga con facilidad, sino porque nunca se hizo. Los esfuerzos por desvanecer la dictadura del aspecto técnico en la enseñanza de la arquitectura, hizo sobresalir la importancia del diseño y el proyecto como espacios laboriosos en que el preprofesional pudo experimentar y poner a prueba expectativas teóricas. Después, el proyecto y la experimentación fueron, además de un ejercicio, una realización alternativa cuando a principios de los noventa las dificultades económicas entorpecieron el curso de muchas realizaciones e impidieron el desarrollo lógico de muchos planes de nuevas fábricas, y al paso del tiempo los preparó para la apertura estilística. El Postmodernismo y el Minimalismo fueron primero ejercicios de clase, luego proyectos de papel, luego -eso sí en contados casos- Consultorios Médicos, edificios de viviendas, Inmobiliarias, Hoteles. 

En los años ochenta, al enfatizarse la interpretación y el ejercicio cultural de la arquitectura y la inserción del arquitecto en los debates, se tuvo en cuenta su potencial teórico y creció su participación en Eventos expositivos y teóricos como las Bienales de La Habana, e incluso reclamaba su pertenencia al mundo de la plástica y la validez del proyecto como realización artística; por ejemplo la exposición Detrás de la fachada, con diseños arquitectónicos de Emilio Castro y Rafael Fornés, exhibida en 1986 en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño.

Entre col y col: lechuga

Habría, claro está, otra historia de saltos ilustrativos de calidad que podríamos haber hecho y haber tenido una velada feliz, escogiendo entre “col y col”, y observando las bondades de nuestra arquitectura, pero la problematización enriquece el análisis. “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”, dice Borges, y la experiencia termina siendo más particular.

Dice el Maestro Coyula que necesitamos “una arquitectura tranquila que recupere el equilibrio perdido y lo devuelva al hombre de la calle (...) Así parece más adecuado proponerse el rescate del valor cultural y social de la arquitectura, en vez de concentrarse en su valor estético dentro de una visión convencional del arte culto”. De cualquier modo, la significación cultural, la praxis social y la experiencia de recuperación son factores que la arquitectura actual cumple de manera sectorizada según sus prioridades. Aún la fórmula “Más con menos” es indicador en determinados sectores y la función sin forma, o sin la forma adecuada, signa realizaciones importantes. Aún el tiempo apremia y la mala calidad de muchas empresas se paga y se paga caro.

Existen proyectos envidiables, obras insignias, diseños errados, proyectos inconclusos, fábricas recién terminadas que parecen obsoletas porque sus proyectos tuvieron que detenerse por la imposibilidad de construir durante el Período Especial. Hay jóvenes que sueñan en su arquitectura de papel. Falta dinero y sobran dificultades. Alamar ya va a ritmo de crecimiento de la “Siberia III”. La Villa Panamericana no fue más que una experiencia. En fin, millones de retos que esperan, los mismos retos que dije al principio que compulsaban a actuar y hacer sentir viva la arquitectura.

La ruptura que provoca la inserción de lo moderno y el lógico cambio de signo debe ser dialéctico.

El pensamiento arquitectónico, que no siempre va visiblemente paralelo a lo edificado por su esencia genésica en los procesos de cambio, sigue preocupado por la salud de la construcción en Cuba. La ruptura que provoca la inserción de lo moderno y el lógico cambio de signo debe ser dialéctico. Hay que trabajar para el futuro, para que este no se convierta en un peligroso bumerán. Habría que buscar la fórmula para lograr en la nuestra el reclamo de la arquitectura latinoamericana: “La arquitectura que necesitamos -dijo Ramón Gutiérrez- es aquella que supere la contradicción entre lo necesario y lo posible” -aclarando siempre que esa posibilidad debe ser económica, tecnológica y cultural. Tiempo al tiempo; será ya, desgraciadamente, para el próximo milenio. 

Arquitectura cubana. Metamorfosis, pensamiento y crítica. Selección de textos. Arte Cubano Ediciones. Consejo Nacional de las Artes Plásticas pp 102-112.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato