Ahora, Eduardo Galeano

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

Esta mañana entró, por los cristales, la noticia de la muerte del indescriptible escritor uruguayo Eduardo Galeano cuya obra ha sido el augurio más sustentable del cambio de época a la que estamos asistiendo los caribeños y los latinoamericanos gracias a sus premoniciones, sus avisos y su conducta —civil e intelectual—  que abrió horizontes y nos sumergió —a través de su intensa mirada azul—  en la comprensión más detallada de un compromiso político concientemente libre, poderoso, fantástico —en todos los sentidos—  instrumentado con un alto sentido de la belleza y de los más puros deberes ciudadanos.

Imagen: La Jiribilla

Sus páginas, llenas de humor —a veces negro— fortalecían las preferencias de los jóvenes a quienes volcaba sobre un mundo que el sabía imperfecto  —por momentos hosco— pero que era posible convertir y multiplicar en espacios mejores mediante el arte y la literatura. Esas páginas, en donde calcó la historia —real y a la vez soñada— de todo un continente, se abrieron al entendimiento de varias generaciones y se volcaron en sus, en nuestras venas abiertas, casi con espíritu bíblico. Su palabra  —viniera de los suburbios, de los mercados o de las bahías— cantaba al sueño americano, es decir, el de Whitman, el de Martí, el de Rodó; todos juntos, sentados a la mesa del sacrificio y del esfuerzo cotidiano. Esa palabra, a pasos agigantados, expresaba el alma de América Latina y el Caribe

Esas páginas, en donde calcó la historia —real y a la vez soñada— de todo un continente, se abrieron al entendimiento de varias generaciones y se volcaron en sus, en nuestras venas abiertas, casi con espíritu bíblico

Cuando había alcanzado su “definición mejor”, como avizoraba el poeta de un Trocadero tan urbano como popular, el autor de Memoria del fuego, ya enfermo, quiso visitar La Habana para congregar en el tercer piso de la Casa de las Américas[1], su casa, a sus lectores —cercanos o distantes—, a sus amigos, a esos cubanos que siempre seguían el séquito de su figura, de su palabra encantada  —oral o escrita—  como si se convirtiera, por derecho propio y de lo real maravilloso, en la flauta de Hamelin.

Con el desprendimiento más audaz, supo regalarnos su última energía; el aire de su cuerpo fosforescente, su sabiduría, su gracia —nunca acabada—  para comprendernos mejor, para saber de dónde venimos y de qué troncos misteriosos nace nuestro ser en sus dos vertientes: física y espiritual.

El ánimo de sus libros —aún sin haber comenzado el siglo XXI que vislumbrara el Che[2] en retratos memorables— es una convocatoria al abrazo, a la espléndida comunicación entre los hijos de todas las Américas:  la de la semilla originaria, la de los africanos manumitidos, la de las inmensas migraciones asiáticas, o europeas, o hindúes, producidas a todo lo largo de nuestro paisaje. Un paisaje, como es natural, tan indefinible como el estilo perdurable de un montevideano sin par que nos dejara, ahora, su infinito amor por nuestras cosas, por nosotros mismos, como una indudable herencia de civilización y patria grande.

Ahora, Eduardo Galeano se ha marchado para escribir las mismas páginas que seguiremos leyendo y añorando en la nueva esperanza de este continente nuestro —y suyo—  como nunca antes.

 

La Habana, 13 de abril, 2015

 

 
[1] En sus palabras de inauguración del Premio Literario, el 16 de enero de 2012, Galeano definía a la Casa de la siguiente manera: «Fe de erratas.  Donde dice: 12 de Octubre de 1492, debe decir: 28 de abril de 1959.  En ese día de abril fue fundada, en Cuba, la Casa que más nos ha ayudado a descubrir América y las muchas Américas que América contiene».  Ver: «Mi casa», en Casa de las Américas, La Habana,      a. LI, n. 266, enero-marzo de 2012, p. 4
[2] A Ernesto Guevara de la Serna lo describió como «un estadista brillante, economista, sombrío profeta; …intelectual refinado que leía antologías de Aguilar en la Sierra Maestra» en el umbral de una entrevista que data de 1964. Ver Eduardo Galeano: «Una entrevista al Che Guevara», en Casa de las Américas, La Habana, a. LI,  n. 266, enero-marzo de 2012,  p. 129

 

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