Eduardo nos viene acompañando desde nosotros mismos

Reynaldo González • La Habana, Cuba

No se puede pensar en una vida trunca cuando llega el fin raudo e injusto del amigo Eduardo Galeano. Pocos escritores de nuestro conjunto de países tienen en su haber la satisfacción de entregar un clásico a sus lectores.

Él siempre será recordado por Las venas abiertas de América Latina, en uno de los períodos más cruentos para nuestro hemisferio, cuando abundaban incomprensiones, políticas erradas, dictaduras sangrientas que sacrificaban libros y quemaban vidas, persecuciones que deshacían hogares, la dispersión de generaciones alejadas de sus territorios sin la esperanza de labrarse un destino a la medida de sus sueños.

En las páginas de ese libro, y de otros, escritas con un lenguaje de diáfano lirismo y búsqueda de justicia, nos vimos retratados, en la intimidad y “a vuelo de pájaro”, como los pintores antiguos calificaban tímidas distancias aéreas.

Nos asomábamos a nuestra circunstancia con una madurez de nuevo tipo, sin retórica, como se habla al amigo poniéndole la mano en el hombro, los ojos fijos en los ojos, conociéndonos, reconociéndonos en el pesar y en el ánimo.

Esas palabras y ese tono, de intimidad y de tribuna, fueron suyas y nuestras, aprendizaje del mundo y de nosotros mismos. Así se daba y lo teníamos. Lo recuerdo en el énfasis de los razonamientos, a mi lado, en una asamblea de cineastas, o de escritores, en un mismo impulso, estremecido por el eco de los pasos a que accedíamos.

Descubríamos la fiebre de una palpitación nueva, lucidez que llegaba de muy cerca, del paisaje y de una razón compartida. Hablábamos de poesía, que era hablar de una política peculiar, con palabras recién nacidas.

Venían de sus páginas y a ellas regresaban, enriquecidas por la ironía y la inteligencia, para apuntar a rincones recién iluminados. Eduardo Galeano nos viene acompañando desde nosotros mismos. Su presencia no cesa.

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