Vivir lo que se escribe

Marilyn Bobes • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

La noticia de la muerte de Eduardo Galeano me llegó de sopetón. Me la dio un periodista de la agencia latinoamericana Prensa Latina que me pedía declaraciones sobre este suceso doloroso que parecía desangrar ahora para siempre las venas abiertas de América Latina.

Me quedé sin palabras y creo que balbuceé todas las frases que ahora me parecen lugares comunes porque para hablar de Eduardo Galeano habría que situarse en ese eslabón superior que él, como ningún otro escritor latinoamericano, supo conjugar tan bien: el de la sinceridad, la anti-ortodoxia y la poesía, rompiendo todas las fronteras entre el ensayo, el periodismo, la literatura y la política.

Para hablar de Eduardo Galeano habría que situarse en ese eslabón superior que él, como ningún otro escritor latinoamericano, supo conjugar tan bien.

Incluso cuando conversaba se expresaba con un lenguaje peculiarísimo, lleno de inteligencia y de sorpresas que difícilmente encontrará un sustituto en el ámbito de la lengua española.

Así que hablar de Galeano es un desafío para todo el que se lo proponga. Nunca más tendremos otro escritor tan exquisito para hablar con la voz de los indignados, de los olvidados, y para quien las únicas certezas dignas de fe, y lo cito, “son las que desayunan dudas cada mañana”.

América Latina ha dado grandes escritores. Tal vez muchos más valorizados por la crítica que Eduardo Galeano. Su capacidad para escapar de todo encasillamiento y la alta dosis de politización y reflexión de todos sus ensayos y novelas, lo ubican en una tierra de nadie a la que es difícil acceder por medio de los estereotipos.

Imagen: La Jiribilla

No es por gusto que el Presidente venezolano Hugo Chávez entregara a Barack Obama ese clásico del escritor uruguayo que es Las venas abiertas de América Latina durante la V Cumbre de las Américas celebrada en el año 2009.

Su capacidad para escapar de todo encasillamiento y la alta dosis de politización y reflexión de todos sus ensayos y novelas, lo ubican en una tierra de nadie a la que es difícil acceder por medio de los estereotipos.

Para hacer una lectura inteligente de ese libro se necesita un alto grado de sensibilidad. Sus verdades son tan irrebatibles y están expresadas de manera tan aguda e inteligente que no admiten derecho a réplica. Esa obra es una suerte de Biblia en el devenir del continente latinoamericano.

Las venas abiertas de América Latina fue uno de los textos que decidió mi vocación por la Historia y por el periodismo cuando solo tenía 17 años. Lo publicó la Casa de las Américas, institución que premió dos veces a Eduardo Galeano en los géneros de novela y testimonio. Sin embargo, esta obra maestra se quedó en mención. Ironías de los concursos literarios.

De cualquier manera, Galeano pensaba que cada escritor escribe en realidad un solo libro y lo va cambiando, renovando, reviviendo, al mismo tiempo que la vida vive y el escritor continúa escribiendo.

Nada más cierto que este apotegma en su caso. Mirar hacia Latinoamérica utilizando ese vasto arsenal imaginativo y realista al mismo tiempo fue su logro mayor hasta el punto que creo que no se puede conocer este continente si no se visita la obra de este peculiarísimo escritor.

Penetró en las culturas originarias y en los dolores de los oprimidos y defendió con todas sus fuerzas el derecho de soñar por otro mundo posible cuya alborada pudo presenciar, gracias a Dios, unos años antes de abandonarnos definitivamente.

Imagen: La Jiribilla

Galeano, como García Márquez, nos enseñó además que el periodismo puede convertirse en literatura y viceversa. Desde sus primeros escritos en la legendaria revista Marcha nos mostró cómo pueden combinarse el ensayo, el reportaje y la poesía rebasando los límites de la fría y a veces imprecisa información.

Era también un apasionado del fútbol y quizás pudo penetrar tanto en los vericuetos de nuestra realidad por haber ejercido los más disímiles oficios desde dibujante hasta obrero, recaudador, pintor, mensajero, cajero de banco o mecanógrafo.

Penetró en las culturas originarias y en los dolores de los oprimidos y defendió con todas sus fuerzas el derecho de soñar por otro mundo posible cuya alborada pudo presenciar, gracias a Dios, unos años antes de abandonarnos definitivamente.

Como todo intelectual cuya ética obliga a vivir lo que escribe, este uruguayo grande fue encarcelado por la dictadura que asoló a las naciones de Sudamérica en las décadas de los setenta y los ochenta. Sus libros fueron prohibidos en su país, Chile y Argentina y vivió durante un tiempo en Cataluña donde escribió y publicó otro de sus libros esenciales: la bellísima trilogía Memorias del Fuego.

Compartí con él solo una vez cuando estuvo de visita en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y desde entonces no he podido olvidar aquella mirada tan penetrante y aquella frente amplia que cobijaba todo el ingenio y la magia del mundo incluso cuando permanecía silencioso.

Como bien dijera en alguna ocasión “solo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicar es callando”.

Ahora que releo esta augusta reflexión pienso que quizás la mejor manera de lamentar esta muerte hubiera sido callar. Pero las palabras, que fueron el instrumento que convirtió a Eduardo Galeano en un ser inmortal, acuden traicioneras como un modo de reafirmación, una manera de recordar que, aunque nunca será la mejor, es la única que adquiere sentido en un mundo al que se nos quiere condenar, ese que, para decirlo con una frase del que se fue, es también el de “una cultura que manda a consumir y una realidad que la prohíbe”.

Contra esa cultura estaré para siempre del lado de Galeano.

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