Artes Plásticas

Moisés Finalé, el sentimiento de la pintura

Yamilé Tabío • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Moisés Finalé es un animal de ciudad. Adora el ruido, la gente, la arquitectura y los parques. Ama el traqueteo del motor del agua y el canto de las olas del mar, adora la maldita circunstancia del agua por todas partes, venera la Isla, y los bombillos tenues que se encienden en las casas de los vecinos, mientras suena a lo lejos Bola de Nieve.  

Cada vez que me pide que escriba algo sobre su obra, sobre él, me cuesta arrancar, es que todo va unido, Moisés y la pintura son las formas más naturales y básicas de su expresión humana, posee una capacidad innata de contar historias. Esa capacidad de crear vida frente al lienzo virgen es esencialmente un don.

Los silencios no existen, nació una tarde de lluvia en el vedado habanero donde el artista tiene su estudio. Escoba en mano, bajo la tempestad, fue tendiendo los lienzos en la terraza y regando pintura negra que al instante adquirió tonalidades más claras, más oscuras, más transparentes. “Voy a hacer una serie en blanco y negro”, me dijo, luego las agujas y el hilo grueso para coser las telas, y la lluvia seguía allí, dejando su huella en el trazo; de súbito las máscaras, las mujeres cual sustantivo desnudo conservando su color esencial, después el adjetivo con su carácter matizador, la pausa, la meditación.

No existen en estos silencios, categorías de imágenes, las imágenes no son flores para escoger y recoger con parsimonia, como decía Voltaire, ellas constituyen la sangre misma de estos lienzos.

Las obras sucesivas de un artista son como las ciudades que se levantan sobre las ruinas de las anteriores; aunque nuevas, materializan cierta inmortalidad asegurada por antiguas leyendas, pasiones semejantes, rostros que retornan, máscaras que subyacen. Siempre me he preguntado cómo se las arregla Moisés para revenir sobre esas ciudades ruinosas y levantarlas de manera diferente. Y es que hay en él una magia que le da continuidad a la obra, aun cuando pase un tiempo allende los mares, en otro estudio, con otro clima, con otro idioma, regresa y parte del mismo punto en que la dejó la vez anterior, es quizás “el fondo retador,/ la cavidad arenosa de la Isla,/ preguntando por mí,/ buscando una respuesta mía”[1]. “En ese universo iconográfico, la hibridez de sus múltiples referentes y el empleo del fragmento, es siempre una incitación a pensar en el todo desde la parte, pues la totalidad es —simplemente— inexistente, pertenece al mundo del silencio, y como enuncia el título de una de sus obras en esta colección de piezas de gran formato, Los silencios no existen, Finalé prefiere pintar lo existente en esa otra parte de la realidad que reside en su imaginación creadora” [2].

La semiótica y otras teorías literarias señalan que toda obra es un texto con espacios en blanco que deben ser rellenados por el receptor. El artista siempre se muestra reacio a dar una obra por concluida y cae en la tentación de hacer una nueva “corrección”, aunque, por supuesto, este proceso debe tener un fin. Con Moisés nunca sé cuándo ha llegado el desenlace de la obra. De costumbre se va en las noches a su estudio y destruye lo que hizo durante el día, quizás porque no quería ese remate para la historia, acaso porque encontró la línea que le faltaba, la exquisitez de aquel rostro o la anatomía pulcra para su hembra centauro.

Esta nueva serie del artista es probablemente una búsqueda en pintores que yacían desde hace años en su subconsciente, un Raúl Milián con una obra rica en la mancha y el rastro de las tintas, llena de transparencias con esa luz oculta en la confabulación del dibujo, esa estela como de óxido que da paso a su figuración, el trazo minucioso que trenza la imagen sobre un abstraccionismo de fondo, un fondo quizás invisible que sugiere, inevitablemente, un rostro fugaz.

Moisés asume la mancha, el rastro que produce el agua que empapa sus telas y va hilando la historia y el concepto desde la penumbra, trasplanta la imagen que se va dibujando por sí misma, solo le queda esbozarla con el carboncillo y dejar caer la paillette azul y dorada y plateada para que brille lo oscuro y salga esa luz oculta en los rostros de las criaturas híbridas que rondan sus fantasmas. El peso de la inmediatez del entorno y la respuesta a sus exigencias figura en el espectro de esta obra que se complace en la sublime densidad de los planos compositivos, en la estilización del dibujo, en la sugerencia del impacto de las texturas como caligrafía del sentido de cada pieza.

Entre las cosas que Moisés Finalé guarda con celo en su casa de Francia está un ejemplar de La corbata roja que le regaló Julio Girona. Este libro, me cuenta, lo llenaba de energía cuando desandaba los inviernos del Sena. “Siempre he admirado a Girona y adoro sus mujeres, esas mujeres hieráticas que danzan de una pieza a otra sin apenas transición, sus perfiles, siempre me impresionaba mucho cómo las peinaba, sobre todo cómo las resolvía con los matices de un solo color, el cuerpo desnudo de esas figuras, la gracia con que dibujaba los pezones, las manos, pienso que fue la misma gracia que lo acompañó luego en los cuadros abstractos que hizo”. De joven, Moisés visitaba su estudio y le mostraba sus cuadros, luego, coincidieron en Paris donde fueron invitados a pintar un gran mural, la cita era a la una de la tarde, Julio estuvo antes y cuando Moisés llegó ya tenía la mitad del cuadro pintado, no hubo interacción, cada uno respetó su espacio, Girona, a pesar de la simpatía por el entonces joven artista y su obra, no permitió que tocara un solo trazo de los que ya había hecho. Quizás inspirado en este gran poeta y pintor, Finalé lleva a su quehacer la belleza de la mujer en arrasadora desnudez, el absoluto de la realidad, la entrega de los cuerpos que se olvidan de sí mismos en el otro. Su obra constituye una exaltación de lo lúdico, del deseo, del placer y de la capacidad transformadora de las sensaciones últimas.

Otro pintor que signa el camino de Los silencios no existen es Mark Rothko, uno de los máximos exponentes del expresionismo abstracto de la Escuela de New York, quien a través de su personal lenguaje pictórico realizó obras enigmáticas, hipnotizadoras y seductoras, plasmando siempre su ideal de que la pintura debe ser “la expresión simple de una idea compleja” Rothko fue un artista contemporáneo con una ambición infinita de conocimiento que se expresó en su deseo de lograr un lenguaje poético seminal. La superposición entre el rojo (color al que le confería propiedades curativas) y el naranja, tan frecuentado por este expresionista llegan también al ruido de estos grandes lienzos que basan su composición en la sensualidad del color distribuido, sus capas de tonos que cubren una y otra vez la superficie donde todo se va mezclando y revienen las imágenes otras, la sugestión del sexo, la mirada implacable de un ojo mágico que asoma detrás de esa mano tatuada con un anillo de piedra o de cristal.

“Siempre veo mi obra como un gran teatro, una puesta en escena, hay una primera imagen congelada, visualmente presente y otras que van apareciendo detrás de ese primer dibujo, la manera que tengo de estructurar mi obra es también así, invento mis propios telones; el teatro me fascina, posiblemente es la forma que tengo de identificarme con él”. Y es que esta serie de gran formato es eso, una puesta en escena, tiene los encantos de un espectáculo fastuoso, es partida y regreso, es espacio y tanteo, búsqueda del espectador, es el escenario perfecto donde los telones abren y cierran y la historia se va envolviendo entre los carboncillos que caen desmesuradamente sobre el caos del atelier, cada uno de sus cuadros los va pintando con un propósito dramatúrgico consciente, con esa fanática tenacidad que caracteriza a los auténticos artistas, y que los lleva a buscar encarnizadamente la expresión ajustada de lo que intuyen.

En su búsqueda constante de nuevos materiales para construir arte, descubrió que la flexibilidad de los cubos plásticos le daba una textura exquisita a sus formas. Comenzó, hace más de un año, en su estudio de Francia con una pieza de seis metros, una suerte de bosque con máscaras, sexos, palomas. Luego vino La Virgen de la Fábrica (enclavada en la fachada de la Fábrica de Arte Cubano), el cubo, de uso corriente, adquiere ahora un sentido distinto, de metáfora o invectiva en la urdimbre de tonos, materias y trazos que le sirven al artista para atrapar las sensaciones de la cotidianidad.

Varias veces ha sido catalogado como un ritualista o un indagador de mitos, de vertiente cósmica, diríase mejor. La virgen no responde a ningún canon religioso, es simplemente el esbozo de lo que el artista considera la Patrona de los fabricantes de arte. Moisés pertenece a esa clase de creadores insaciables que no se detienen con una verdad. Así nació “Los silencios no existen”, como parte de de su encanto y de su enigma, una manera de pensar el arte desde los límites. Desde luego, sus divagaciones mágicas están siempre sustentadas por la necesidad de motivarse plásticamente. Así su bestiario tropical y occidental con este despliegue de máscaras, esculturas africanas, enmascarados nocturnos, tótems diversos, fetiches del vodú haitiano, seres fantasmales de toda índole, nos sumergen, por medio de estos cubos, en un peculiar mundo de secretos y acertijos, a la manera de la emblemática efigie. Sin embargo ese universo no aparenta ser onírico, Moisés es demasiado impaciente, está siempre como a la espera de un sobresalto insospechado para afirmarnos que esa es la realidad y no la otra, fuera del cuadro.

“De ahí que la pintura de Moisés Finalé parezca una tenaz reverencia para con la cultura occidental, que simula sin embargo la transparencia y el primitivismo sabio del arte naïf. Cuando en otros artistas esa operación redunda en el cinismo decadente o el exotismo deplorable, en Moisés alcanza una dimensión plástica y una experiencia estética monumentales, no solo por la envergadura de los formatos” [3].

En el discurso de esa obra desde sí misma, más allá de toda suerte de apoyaturas, hay una serie de líneas maestras que funcionan desde su complejidad como catalizadores de otredad. Hay en estas pinturas en que fijeza y arremolinamiento confluyen, un hieratismo singular.

Realiza sus obras con evidente espontaneidad, sus fuertes pinceladas, que muchas veces son grandes planos de color y la abierta composición, desdibujan el terminado exacto. Cuando le pregunto si se refugia en el arte como espacio de realización espiritual, me responde “No suelo refugiarme en nada, simplemente pintar es una de las cosas que sé hacer, lo hago siempre, prácticamente todos los días de mi vida y ya esa vida lleva treinta años de cotidianidad. Los temas no se agotan, siempre son diferentes, me gusta hacerlo y si eso es un refugio para la espiritualidad, que así sea, es cierto que puedo hacer mis sueños, mis desdoblamientos, que seguro son los que los otros andan buscando de mí a través de mis imágenes”.

He aquí estos silencios que no existen y que saben de la lluvia y del viento y de La Habana nuestra. He aquí este susurro que se erige en experiencia memorable, en hallazgo compartido. He aquí estos trazos de un Finalé amante de la magia de lo inmediato, de la libertad, de la búsqueda y del encuentro. He aquí esta ciudad fraguada por el artista con su indomable nostalgia.

 

Notas:
2. Yolanda Wood “Moisés Finalé y los espíritus antillanos”. Especialmente para Uprising Art, agosto de 2013.
3. Rufo Caballero, palabras al catálogo Doble Realidad, Museo del Ron, La Habana, Cuba, 2004.

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