La sociedad civil y el debate (I)

Fernando Ravsberg

Si la gresca protagonizada por la sociedad civil enviada desde La Habana y la sociedad civil fletada desde Miami mostró el pasado, la civilidad del encuentro entre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama nos está indicando el presente y el futuro.

Parece ser que los mandatarios son quienes mejor representaron a las sociedades civiles de sus países, las que quieren terminar con un enfrentamiento que se prolonga por más de medio siglo, como residuo tóxico de la Guerra Fría.

La alegría en las calles de Cuba el 17 de diciembre fue inocultable pero también las encuestas entre los estadounidenses y los cubanoamericanos muestran un amplio apoyo a la normalización de las relaciones y al debate civilizado de las diferencias.

¿Entonces a quien representan esos 2 grupos que aparecieron en Panamá a nombre de la “sociedad civil cubana” y terminaron dando un lamentable espectáculo de provocaciones, insultos y golpes, el cual recorrió el mundo empañando la imagen de la nación?

Por parte de Cuba fueron dirigentes de organizaciones de la Sociedad Civil, los cuales desconozco cómo se escogieron. Lo que sí quedó muy claro es que no representan el espíritu mayoritario de la sociedad, aunque sean representantes institucionales.

Cuando la prensa cubana honró esa actitud, pensé que tal vez yo no los entendía por no ser de aquí. Sin embargo, en los días posteriores no encontré ningún cubano, ni siquiera entre importantes intelectuales comunistas, que apoyara el intercambio de patadas.

La retirada de la delegación de Cuba del debate chocó a muchos. El periodista de Trabajadores, Francisco Rodríguez, sintetizó en las redes sociales un sentir compartido: “Si yo considero que tengo derecho a estar en un lugar, nada ni nadie me haría renunciar a estar allí…”.

Las únicas personas que vi apoyar la gresca fueron las que aparecieron en el noticiero de la TV y el intento fue contraproducente, en mi barrio una vecina me comentó que “por culpa de esa perrera de solar nos dejaron ese día sin telenovela”.

Los presidentes fueron los que mejor representaron el espíritu de la sociedad civil de sus respectivos países.

Han llegado a comparar el altercado de Panamá con la batalla de Playa Girón. Si la prensa necesita héroes debería buscarlos entre los guerrilleros de la salud, los que recorren, mochila al hombro, las montañas de Pakistán, las selvas de Guatemala o se juegan la vida en África.

Del lado de Miami tampoco estuvieron muy pulcros, llevaron como representante de la “sociedad civil” a Félix Rodríguez, un señor que vivió la mayor parte de su vida fuera de la isla, trabajando para los servicios de inteligencia de una potencia extranjera.

Pero el colmo fue aparecerse en Panamá con fotos abrazados a Luis Posada Carriles, quien había sido detenido y condenado en ese mismo país cuando planeaba un atentado dinamitero contra otra Cumbre de presidentes, la Iberoamericana del 2002.

Me cuesta entender cómo los disidentes cubanos, los mismos que proclaman utilizar solo formas de lucha pacífica, pueden aparecer en un encuentro internacional acompañados de personas que han apostado durante toda su vida por la violencia.

Si lo que intentaban era caldear los ánimos de su contraparte tuvieran éxito a pesar de lo evidente de la jugada. De todas formas, ninguno salió muy beneficiado, al final la imagen que recorrió el mundo fue la de una trifulca entre cubanos.

Para mayor contraste, en la misma Cumbre de Panamá, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro se presentaron ante el mundo como personas capaces de intercambiar opiniones, incluso en los temas en que saben de antemano que están en desacuerdo.

Obama sigue creyendo que su democracia es la garantía de las libertades y Raúl Castro continúa considerando que la justicia solo llega con el socialismo. Seguramente, ninguno renunciará a su ideología, pero ambos apuestan por la negociación.

Es más, durante la Cumbre Barack Obama se reunió con los disidentes cubanos y Raúl Castro brindó todo su apoyo a Maduro en rechazo al decreto de Washington contra Venezuela. Y, sin embargo, eso no les impidió reunirse en privado y darse la mano en público.

Los acompañan la mayoría de los estadounidenses, los emigrados y los cubanos que viven en la isla. La gente común, los que no pretenden inculcar sus ideas a nadie, los que son capaces de convivir con quienes piensan diferente, los que no se creen dueños de la verdad.

Esa es la gente que ha construido un continente capaz de negociar conflictos tan antiguos como la guerra civil de Colombia y el diferendo entre Cuba y EEUU. En ese contexto regional es un suicidio político proclamar: “nosotros no dialogamos con nuestros enemigos”.

Y si de dignidad se tratase, nadie mostró más que la viuda de uno de los asesinados por las guarimbas de Venezuela, debatiendo ante las cámaras con la esposa del político que organizó esas asonadas violentas. Supo exponer sus razones con la pasión del dolor pero desde la decencia y el respeto.

Tomado de Cartas desde Cuba

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