Agujeros

Raúl Flores Iriarte • La Habana, Cuba

Estoy listo.

Listo para cualquier cosa.

Listo para la guerra, listo para los gases tóxicos.

Listo para las delicias de la carne.

Para tremolar como las cuerdas de una guitarra.

Para delirar y saltar como un títere.

Estoy listo.

Hasta para hablar de Proust estoy listo.

Dice Adriana que todos los que hablan de Proust son esnobistas.

(Mejor dicho, dice Adriana que quienes encuentran a Proust entretenido y así lo comentan en voz alta, son snobs.)

Yo estoy haciendo eso ahora mismo. Ser snob. En alta voz.

Pero Adriana, sólo quiero que sepas que busco impresionar a esta chica.

Eso no me convierte en snob. Eso sólo me convierte en un oportunista.

Pero eso no me importa mucho.

No me importa demasiado.

Estoy listo para que me llamen snob.

También estoy listo para que me llamen oportunista.

Estoy listo para cualquier cosa que quieran decirme.

Pero lo único que quieren decirme ahora es que Proust es taaan arrebatador.

Proust es devastante.

Es la mejor solución para el aburrimiento, la pastilla perfecta para una noche aburrida de sábado.

Según Adriana, esta chica es una snob.

La chica se llama Carly. Como Carly Simon, la famosa cantante de pop.

Esa que canta You´re so vain, you probably think this song is about you.

Así que, según Adriana, Carly (no la Simon, sino esta de aquí) es una snob.

Y si a Carly Simon le gustara Proust y así lo dijera en voz alta (Dios no lo quiera) también sería una snob.

De todas formas, me da igual.

Estoy listo para llamar snob a Carly.

Estoy listo para llamar snob a Steven Spielberg, si Spielberg llegara a aparecerse por aquí.

Por eso asiento y digo con cara de intelectual acérrimo que Marcel Proust es lo mejor de este mundo y del siguiente.

Proust es lo máximo.

Ella sonríe y dice que sí.

Yo, la verdad, nunca me he leído ningún libro de Proust, pero ella tiene ojos hermosos, pechos de maravilla y cara de muñequita rusa.

Yo, la verdad, solamente conozco a Proust de oídas, pero ante un par de ojos así soy capaz de hacer cualquier cosa.

Podría decir: los Beatles son formidablemente aburridos.

Podría decir: Proust es el mejor escritor del mundo.

Así estoy yo esta noche.

Así de snob.

Así de oportunista.

Así de listo.

Hemos venido a un concierto de Polito Ibáñez. Un concierto acústico, privado, gratis.

Polito va a presentar las canciones de su disco nuevo para un público selecto.

Polito se va a enfrentar a ese público selecto con la fuerza de su guitarra acústica, su voz acústica, su aroma de jazmín acústico.

A ella la han invitado. Ella es selecta. Ella es privada. Ella es acústica.

Yo no. Yo he entrado sin ser advertido. Sé como hacer las cosas, pero eso no me convierte en selecto.

No debería ser parte de este público escogido.

Aunque ella no tiene por qué saberlo. Ella no tiene por qué saber que no soy selecto.

Si lo supiera se horrorizaría.

Abriría los ojos bien grandes y quizás dejaría escapar un gritito de sorpresa. Dejaría de ser muñequita rusa y se transformaría en estatua de hielo.

Ella no tiene que saberlo.

Llevamos media hora esperando por Polito y ella dice, Todos los artistas se hacen esperar.

Lleva dos cámaras colgadas en el cuello.

Eres periodista ¿no?, le pregunto.

Ella dice que no. Señala las cámaras: ¿Lo dices por esto?

Yo asiento. Ella explica. Polito en persona le pidió que le hiciera unas fotografías promocionales. Por eso está ella aquí.

Porque Polito se lo pidió.

En persona.

Han estado poniendo música incidental desde que llegamos. Música para elevadores. Foreigner con I want to know what love is, Queen con The show must go on, Beatles con In my life. Todo muy dulce, interpretado con violines y coros angelicales.

En el momento que Polito llega está Phil Collins con Take a look at me now. Entra sonriendo y yo pienso que a lo mejor va y a él le gusta Phil Collins.

A lo mejor no, pero yo creo que sí.

Llega por la puerta trasera, guitarra al hombro y se dedica a saludar conocidos.

La saluda a ella. A mí me dedica una mirada confundida. ¿Te conoceré de alguna parte?, parecen decir sus ojos y yo le estrecho la mano con efusividad.

Polito, mi hermano del alma, dicen mis ojos, también con efusividad y tierna alegría, claro que me conoces, amigo.

Así de listos son mis ojos esta noche.

Después él toma la guitarra y se lanza a tocar sus canciones.

Gente común o a la moda.

Recuento.

Odettemanía.

Somos números.

Canciones, muchas canciones.

Ella va hasta el escenario y toma fotos con una cámara. Después se aleja y toma fotos con la otra.

Polito toca dos horas y después hace como si se fuera, pero no se va. Vuelve y toca Aroma de jazmín. Todos aplauden y gritan que toque otra. Él se hace de rogar, toca Doble juego y ese es el fin.

Vuelven a poner música grabada. Pero esta vez nada dulce. La música de elevador se ha terminado, o quizás el dueño ha tenido que llevarse el cd.

Ahora ponen Nirvana, con Smells like teen spirit.

Ella mueve la cabeza al compás de la música.

Es una de las mejores canciones que jamás se han hecho, ¿sabes cómo se llamaba originalmente?, I hate myself and I wanna die, dice y después traduce, Me odio a mí mismo y quisiera morir. ¿No te parece profético? Kurt Cobain escribió eso y tres años más tarde se suicidó.

No me parece extraño. Me parece irónico. Cobain no estaba listo.

Esa noche, cuando tomó el revólver entre sus manos febriles, no estaba listo.

O quizás sí.

Quizás estaba demasiado listo, por eso respiró una, dos, tres veces, y se metió un pedazo de plomo entre los ojos.

Todo lo que hallaron fue una nota de suicidio, un par de canciones a medio terminar y el suelo lleno de sangre. A la mañana siguiente salieron las fotos en los periódicos, pero creo que nada de eso es importante ahora.

Sólo hay una cosa importante y esa es la idea de irnos.

No somos los únicos. Todos los demás han estado pensando en lo mismo.

Todos los demás se han levantado de sus asientos.

Nosotros también nos levantamos, nos insertamos en la corriente general de cuerpos que abandonan el local y salimos a la calle.

La luna afuera es accesorio de tocador para el cielo oscuro.

Las estrellas parecen llover.

Las nubes son espuma de mar.

Mar embravecido.

Tengo que revelar las fotos, dice ella, así que tengo que llamar a esta amiga mía que tiene laboratorio en la casa.

Yo le sonrío.

Estoy listo para sonreír.

Listo para cualquier cosa.

Listo para todo.

Llegamos a un teléfono público. Ella marca los números y habla bajito. Después cuelga.

¿Quieres ir conmigo a revelar las fotografías?, me pregunta.

Yo le digo que sí, de forma convincente y sincera. Esta noche soy convincente, estoy listo para ser convincente y sincero.

Un tipo convincente. El más sincero del mundo. Ese soy yo.

Su amiga vive en un apartamento en una esquina lejana de la ciudad. Un apartamento bonito.

Tiene unos cuantos posters en la pared. John Lennon con las gafas oscuras y el pulóver de New York City, los Guns n Roses. Nickelback. Pearl Jam. Lleva aún sueño en los párpados cuando nos abre la puerta. ¿Cómo puedes estar durmiendo a estas horas?, pregunta extrañada Carly. No estaba durmiendo, dice la otra chica. No mientas, te va a crecer tres centímetros la nariz, dice Carly y la besa en la nariz, quizás para evitar que le crezca tres centímetros.

La chica se deja besar en la nariz y después besa a Carly una vez. En la boca.

Carly se pierde en las profundidades de la casa. Detrás de la puerta con Lennon sonriente y el t-shirt de New York City (¿Qué pasa, New York? ¿Qué pasa, New York? hey, hey).

La otra se queda en la sala. Lleva sueño en sus ojos de geisha sin maquillaje y una bata de seda azul pálido sobre su pequeño cuerpo. No sé por qué, recuerdo a Bukowski (¿Has besado alguna vez a una pantera?).

Me sonríe y dice que su nombre es Mónica. Yo también le sonrío. Esta noche estoy listo para sonreír.

Se sienta en un sofá y me dice Siéntate a mi lado, La mente es el ojo de la noche.

¿Qué has dicho?, le pregunto y sé que va a decir que es de Lennon o de Dylan, o quizás me diga que es suyo.

Mónica, pienso, estás llena de sorpresas.

Ginsberg, me dice. ¿Has leído a Ginsberg?

Le digo que no y me siento a su lado. Ella propone algo sobre ajedrez y yo le acaricio las manos.

Podríamos tener una conversación interesante, dice ella.

Yo asiento y digo, Claro que sí. Interesante, interesantísima. Como campanas tocando a rebato en algún convento escocés.

Continúo acariciando sus manos. Los dedos de Mónica son suaves y tibios como pompas de jabón, como redobles de batería, como el estribillo pegajoso de una canción de pop. Lleva las uñas cuidadas, pintadas de rojo oscuro. Son bonitas, las manos de Mónica.

Lo siento, me dice, Hoy no tengo agujeros.

¿Cómo que no tienes agujeros?, me asombro.

¿Quieres abrirme los agujeros?, pregunta ella.

 

II

Me explica que cuando sus agujeros están abiertos, un gran vacío le corroe el cerebro. Un vacío que nada ni nadie puede llenar.

Así que, de vez en cuando, cierra sus agujeros.

Hoy están cerrados. Hoy sólo puede jugar ajedrez y sostener conversaciones interesantes. Nada más.

Así está ella esta noche.

Así de cerrada.

¿Por qué me dices eso?, le pregunto pero ella no responde.

¿Quieres abrir mis agujeros?, repite Mónica y yo le digo que sí.

Hoy estoy listo para cualquier cosa.

Listo para abrir agujeros.

Listo para salvar la capa de ozono.

Para cualquier cosa estoy listo yo esta noche.

Ella desabrocha los botones de la bata, uno por uno. Los botones son plástico negro en la pared difuminada y mis ojos también son plástico negro y mi mente no es plástico pero lo sería si se lo pidiese (mi mente también está lista) y comienza a dibujar maravillas sobre el cuerpo (imaginariamente desnudo) de Mónica (objetivamente vestida).

Mi mente representa los agujeros: el ano y la vagina, húmeda, rosada.

Ella termina de quitarse la bata y se queda en ropa interior. Tela negra, seda oscura. Me pregunta si los veo.

¿Si veo qué?, le digo.

Mis agujeros, ¿ves mis agujeros?

Todavía no, le digo.

Ella suspira.

No los ves porque están cerrados, dice entonces, Mira, te voy a enseñar el más reciente.

Se vira de espaldas y a la altura de los omóplatos tiene una herida. Está cubierta con una postilla de sangre seca.

¿Lo ves?, me pregunta y le digo que sí. Lo veo.

Ella se levanta y va hasta la cocina. Regresa con un cuchillo. Me pide que le abra los agujeros.

Yo le digo que no.

¿No puedes?

No quiero.

No estás listo para eso, dice ella y yo le digo que estoy listo para cualquier cosa, pero que no quiero abrirle huecos a su piel de pantera enternecida. No quiero ver sangre. Quizás esté listo para muchas cosas, pero descubro que no lo estoy para la sangre de Mónica.

Por lo menos, no esta noche.

Ella vuelve a suspirar.

Carly es la única que puede abrirme los agujeros, dice. Ella es doctora, y por eso sabe los lugares que puede tocar.

La blusa queda sobre el suelo de la sala (botones negros, botones negros, plástico, plástico) y ella se queda mirándome.

Carly sale en ese momento, manos húmedas y expresión de sorpresa en el rostro.

¿Qué coño te crees que estás haciendo?, dice. Mónica tiene aún el cuchillo en las manos. Me voy a cortar las venas, dice bajito, muy bajito, Porque ya tú no me quieres más.

Carly se adelanta, toma el cuchillo y le da a la otra chica una, dos, tres bofetadas.

Claro que te quiero, murmura y después la besa.

Una, dos, tres veces. En las mejillas, en la nariz.

En la boca.

Mónica repite, llorosa, Me voy a cortar las venas, pero no puede hablar con claridad porque Carly la está besando otra vez.

Ábreme los agujeros, susurra Mónica.

Carly se quita la blusa y tiende a la chica sobre una mesa de cristal nevado en el medio de la sala, empuñando todo el tiempo el cuchillo de cocina.

Te amo, dice Mónica, No digas eso, murmura Carly.

Con el cuchillo le desgarra el blúmer a Mónica. La hoja hace un pequeño corte a la altura de la pelvis, una delgada raya de sangre que se convierte en manchón isla continente rojo sobre el cristal nevado. Mónica gime.

Su sexo ha quedado al descubierto, rosado montículo cubierto de vellos rubios, tan rubios como la luz de las estrellas más lejanas, me digo yo, pero no puedo pensar más nada, porque Carly me dice que traiga las cámaras.

Coge la Nikon, dice ella, y fotografíanos.

Con el cuchillo hace otra raya a lo largo del estómago de Mónica, que grita de placer como si la estuvieran penetrando y a lo mejor quiere realmente que la penetren y Carly lo sabe, después de todo son amigas, amigas íntimas y cada una sabe lo que la otra quiere sin tener que hablar, agujeros, agujeros, la mente es el ojo abierto de la noche, amor, amor, amor, qué pena que no exista, término recluido en las tenebrosas profundidades de algún diccionario de bolsillo y Lennon qué bonito con tu pulover de New York City allá en ese póster que siempre he querido tener para mí y All you need is love, pero es mentira, todo es mentira, dice Carly, Lennon mentía. El amor no existe, sólo existe la sangre que va cayendo en lentos arroyos sobre el cristal que ya no es tráslucido, ni nevado, sino oscuro y opaco como una pesadilla ambulante agujeros agujeros y Mónica gimiendo de dolor de placer y Carly que encaja su lengua en las húmedas carnosidades del sexo de Mónica, juntando labios menores con labios mayores besando amorosamente vellos rubios rubios tan rubios como la luz de las estrellas más lejanas en caso de que las estrellas más lejanas sean rubias en caso de que en las estrellas más lejanas aún exista el amor.

(¡Flash!), aprieto el disparador y allá va para la posteridad la imagen de dos chicas rubias, (¡flash!), Carly con las uñas clavadas en las nalgas de Mónica, uñas sangrantes, nalgas sangrantes y (¡flash!) lengua con sexo en la boca, después vendrán los dedos y el cuchillo, (¡flash!) tejiendo dibujos sobre la piel del estómago y allí, finalmente, el primer agujero: Carly clava la hoja y Mónica suspira orgásmicamente y murmura que no pare, que se viene, que está a punto de venirse, que se vendrá, pero no lo hace porque Carly se detiene y me mira fijo.

Te amo, dice Mónica, No te detengas, No me dejes.

¡Coño!, grita Carly y clava el arma con fuerza entre los omóplatos, en el sitio donde estaba la postilla de sangre seca. Mónica cierra los ojos y ahoga un grito con la palma de la mano.

Carly remueve el cuchillo arriba y abajo. Lo saca con brutalidad y lo clava en un sitio distinto. Otro de los viejos agujeros, adivino.

Carly cuando grita es de rabia. Mónica cuando grita, es de placer.

Carly se sienta sobre la cara de Mónica y la lengua de ésta se enrosca desenrosca como un escorpión y ahora es Carly la que gime, o Mónica, ya no sé muy bien, porque doy vueltas y vueltas y flash, flash, flash, y Mónica gime gime llena de placer llena de agujeros llena de sangre y su lengua es fantasma húmedo recorriendo una y otra vez el sexo oscuro y latente de Carly. Séptima costilla para novena puerta, chica dulce almidón, azul baño público número cinco para gritos de Carly de Mónica y flash, flash, flash, dedos sobre pezones y pezones hinchados erectos para rozar con uñas cuidadas pintadas de rojo oscuro ay, las manos de Mónica trazando surcos sangrientos sobre la espalda de Carly y orgasmo orgasmo que ya viene ahora dentro de poco, dentro de poco.

Carly clava entonces el cuchillo entre las costillas, justo debajo del corazón. Mónica grita una vez más y se desmaya.

Último flash. Habitación en silencio. Chica rubia desnuda sobre mesa cubierta de sangre, mesa oscura, tan oscura como la luz de un agujero negro, como una mirada de odio en un día lluvioso. Cuchillo de cocina sobresaliendo de las costillas ensangrentadas de chica rubia desnuda indefensa.

Otra chica (pechos de maravilla, cara de muñequita rusa) galopa en blúmers sobre mesa de cristal y queda mirando la sangre gotear sobre el cristal nevado.

El amor no existe, ¿lo oyes? No existe ¿puedes entenderlo? Alguien tenía que decirlo, y creo que ese alguien soy yo.

¿Qué harás con Mónica?, le pregunto. No te importa, dice ella y me pide que me marche. Tenía pensado pedirle una cita para hablar de Proust alguna otra noche, pero decido dejarlo para otro momento. Creo que hemos dejado a Proust muy atrás.

Adiós, le digo, o quizás no le digo nada, pero voy a ser amable y pensar que sí.

Después me voy.

Afuera la noche yace cadáver en brazos de la madrugada, maquillaje barato para alquiler de estrellas.

Noche cadáver, noche sin nubes.

Sin aroma de jazmín.

Afuera la luna crece y crece, como una supernova de cristal, y quizás sea demasiado tarde para la madrugada, pero creo que no. Aún es demasiado temprano. El sol todavía se demorará un buen rato en salir y las estrellas se demorarán aún más en ser borradas del cielo.

La luna es amiga, la noche usa chaquetas de cuero y yo creo que, cuando venga el amanecer, ya estaré demasiado lejos para sentirlo, y también creo que, de todas formas, no le tendré miedo a la mucha luz.

Estoy listo para muchas cosas.

Para las piscinas vacías y para los zapatos rotos.

Para los malos sueños y para los golpes contra el concreto.

Para los suicidios organizados.

También estoy listo para el sol.

 

 

Ficha: Raúl Flores Iriarte. La Habana, 1977. Narrador cubano Ha publicado, entre otros, los libros El lado oscuro de la luna (Editorial Extramuros, 2000); El hombre que vendió el mundo (Letras Cubanas, 2001); Bronceado de luna (Extramuros, 2003); Días de lluvia (Editorial Unicornio, 2004); Rayo de luz (Casa Editora Abril, 2005) y Balada de Jeanette (Ediciones Loynaz, 2007), La carne luminosa de los gigantes (2008). Ha obtenido, entre otros, el Premio Pinos Nuevos, el Luis Rogelio Nogueras, el Félix Pita Rodríguez, el Calendario de Ciencia Ficción y de Narrativa, y el Cirilo Villaverde de Novela. Ha colaborado con diferentes publicaciones culturales como El Caimán Barbudo. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Asociación Hermanos Saíz.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato