El otro Eduardo, el impostor, el bueno

Eduardo Heras León • La Habana, Cuba

No podía escribir, la mano no me respondía, y la computadora se había bloqueado. Quise escribir algo, una cuartilla, un par de párrafos, una oración que pudiera evocarlo, una palabra que con su magia rompiera el marasmo de la mente y de la facultad de volcar en un espacio en blanco, el aluvión de sentimientos y emociones que la muerte de Eduardo Galeano, de mi hermano Eduardo Galeano había provocado en mí. Pero les confieso que sencillamente no podía.

Imagen: La Jiribilla

Porque ¿qué iba a decir? ¿Que había muerto uno de los grandes escritores de nuestra lengua? ¿Que había sido el más grande periodista latinoamericano de que tenga noticia? ¿Que ya no veríamos más a este ciudadano del mundo, al uruguayo universal que amó a Cuba visceralmente? “Siento que vuelvo sin haberme ido. Cuba siguió siempre viva dentro de mí”, dijo en su último viaje. ¿Que fue un hombre que vivió siempre fiel a sus principios, un hombre de su tiempo, y que por eso será un hombre de todos los tiempos?

Todas esas cualidades y muchas otras poseía Eduardo Galeano, y eso lo saben quienes de alguna forma lo quisieron, lo conocieron, o leyeron su inmensa obra que irá creciendo con el tiempo. Por eso, hoy, que la Casa de las Américas, que también fue su casa como dijo en más de una ocasión, nos convoca para rendirle homenaje, se me hizo de repente necesario estar aquí, leer unos pocos párrafos que me ayuden a mitigar el intenso dolor de su partida, y compartir con ustedes algunas imágenes y momentos de una hermandad que duró 45 años y que se mantuvo inalterable a través del tiempo y la distancia.

Algo sucedió cuando nos conocimos en 1970, en su primera visita a la Isla como jurado de cuento del Premio Casa, en el que mi libro Los pasos en la hierba obtuvo una mención. Estaba hospedado en el Hotel Nacional, su predilecto, y la noche en que lo despedimos, noche de amistad y experiencias recíprocas, cuando nos quedamos solos él, Germán Piniella y el que les habla, nos enseñó toda su ropa y unos zapatos nuevos, y conociendo ya la crisis que vivíamos en aquellos momentos, nos pidió que la aceptáramos como un regalo en nombre de una amistad que acababa de nacer. Por supuesto que le dijimos que no, de ninguna manera, que le agradecíamos su ofrecimiento, pero que no podíamos aceptarlo, y nos despedimos con un abrazo que selló para siempre nuestra amistad. Años después me diría que aquella noche supo que nos habíamos convertido en sus hermanos.

Tres años después, en 1973, volvió a La Habana, y luego de almorzar juntos, realizamos un largo paseo a lo largo del Malecón, desde el Hotel Riviera hasta el Castillo de la Punta, para de nuevo regresar al hotel, con lo cual inauguramos una costumbre que se repitió en La Habana, en Montevideo, en Ciudad México, en Frankfurt, o en Guadalajara: largos paseos para conversar de todo lo humano y lo divino. Estábamos en el centro del Quinquenio Gris, yo trabajaba en una fábrica de acero, y lo primero que me dijo en aquel paseo fue: “Dime qué pasó”. Y después de escuchar lo sucedido, al despedirse me dijo, y cito textualmente: “hermanito, hay que colgarte una medalla en cada pelota”.

Imagen: La Jiribilla

A partir de entonces nos escribíamos a menudo, cartas que todavía conservo, y nuestra hermandad se fue consolidando con los años. Eran pequeños mensajes donde se reflejaba un sentido del humor muy especial: ambos comenzamos a jugar con esos textos, aprovechando el hecho de que los dos éramos Eduardos, y él los firmaba Eduardo el Impostor, y me llamaba Eduardo el auténtico; y como yo era un mes más viejo que él, yo firmaba Eduardo I y él era Eduardo 2; o yo era Eduardo el mayor (El Chino) y a él lo llamaba Eduardo el menor (El bueno).

Cuando estaba enfrascado en la escritura de Memoria del fuego, esa verdadera obra maestra, en uno de sus viajes me pidió que lo acompañara a comprar libros de historia de Cuba, y durante dos días estuvimos recorriendo cuanta librería de libros viejos existía en La Habana. No exagero: compró más de veinte libros, sobre todo las obras de Fernando Ortiz que para su proyecto resultaron inestimables. Un tiempo después, cuando se disponía a escribir el tercer tomo, me escribió pidiéndome un favor: la columna vertebral de ese tomo serían las sucesivas muertes y resurrecciones de Miguel Mármol, el dirigente comunista salvadoreño, a quien Roque Dalton había dedicado un notable libro de testimonio, publicado por la Casa de las Américas. Pues bien, Eduardo me pidió que localizara al viejito Mármol, que estaba en Cuba en esos momentos, y lo entrevistara: el libro de Roque cubría hasta mediados de los años cuarenta, y él necesitaba saber las otras muertes de este fabuloso personaje hasta nuestros días. Me costó trabajo pero pude entrevistar a Mármol y luego le envié el original de la entrevista a Eduardo, que lo utilizó ampliamente en el tercer tomo de Memoria del fuego. Yo también tuve mi premio con ese libro: guardo como un tesoro la dedicatoria que me escribió: “Este libro, esta memoria es una manera de abrazar a mi hermano el Chino cada vez que se asome” y fui nuevamente premiado cuando me pidió que presentara la edición cubana, aquí en la Casa de las Américas.

Pudiera escribir sobre Eduardo Galeano un libro con todas las peripecias por donde transitó nuestra hermandad de tantos años, pero temo ocuparles demasiado tiempo. Prefiero ahora evocar a este extraordinario ser humano que siempre estuvo al lado de los humillados y ofendidos de la tierra, que siempre estuvo a nuestro lado, siguiendo el consejo de Carlos Fonseca Amador que tanto le gustaba citar: “Los amigos se critican de frente y se elogian por la espalda”. Cuando tuvo que criticar, criticó de frente, asumiendo plena responsabilidad por sus criterios, siempre ajustados a los principios que rigieron su vida. Por eso a veces sufrió incomprensiones, que él resistió y con su obra y ejemplo de coraje intelectual salió incólume con una dignidad y una moral libre de manchas.

Pero a pesar del dolor de su pérdida, no quiero terminar estos humildes párrafos en medio de una atmósfera de tristeza, sobre todo porque Eduardo Galeano fue un hombre que amaba la vida, y la disfrutaba plenamente y compartía esa alegría de vivir con sus amigos. Así nos escribió cuando inauguramos la sede del Centro Onelio: “Qué alegría. Las palabras tienen casa. En esa casa donde se enseña aprendiendo, encontrarán cobijo quienes trabajan con las palabras y en ellas creen y en ellas quieren”. Por eso debemos estar agradecidos de haberlo conocido, de haber compartido algún momento de su vida con nosotros. Y por esas razones quiero terminar estas palabras con una anécdota de nuestra hermandad: fue en 1988 en la Feria del Libro de Frankfurt. Yo no sabía que él asistiría, y casi sorpresivamente nos encontramos en uno de los edificios que ocupa esa Feria, la más grande del mundo. Caminamos un rato viendo algunos libros y salimos a tomar un refrigerio. Cada uno despachó dos butifarras típicas alemanas. ¿Sabes, Chino, qué cosa es esto que estamos comiendo? Butifarras, ¿no?, le respondí. No, me dijo, esto es la poesía del cerdo, y entonces me invitó esa noche a comer en un restaurant bien especial por lo lujoso, según me advirtió. Cuando esa noche llegué a aquel restaurant, recuerdo que estaba el editor alemán de Eduardo, y también estaba Gioconda Belli, la escritora nicaragüense. Deslumbrado por aquel lujo, cuando trajeron el menú, le pedí a Eduardo que me ayudara a descifrar la lista de platos de aquella espléndida carta, y me dijo: Mira, Chino, hay perdiz trufada; tenderloin a la Stroganoff, faisán, y otros platos exóticos que no recuerdo. ¿Qué vas a escoger? Yo, tímidamente le pregunté: ¿Y no hay bistec con papas fritas? Inmediatamente Galeano me reprochó: Parece mentira, Chino, te traigo a un restaurant de siete estrellas, con un menú de gran altura, y te me vienes a aparecer pidiendo un vulgar bistec con papas fritas. En fin, si eso es lo que quieres…yo voy a pedir la perdiz trufada. Minutos después cuando llegaron los carritos con aquellos enormes platos con su campana de metal niquelado, llegó la perdiz trufada de Galeano: resultó ser un muslito que parecía de una paloma, con tres trufitas alrededor. Él se quedó sorprendido con semejante plato, cuando hizo su aparición el carrito que traía mi pedido. El camarero colocó frente a mí una tabla de madera de tamaño considerable, me sirvió un enorme bistec que ocupaba casi toda la tabla y seguidamente lo adornó con una manifestación de papas fritas que prometían un verdadero banquete. Eduardo, que todavía no había probado bocado, miró mi plato con expresión lastimosa y me dijo sonriendo: “Verdad que los chinos son sabios, ¿me das un pedacito?”.

Así era Eduardo Galeano. Y como no quiero repetir juicios sobre el valor de su obra, que durante estos días ha sido abordada por la crítica de todo el mundo, pues nada nuevo voy a aportar, sólo añadiré que para mi vida fue un privilegio haber conocido a ese amigo inolvidable, que su hermandad es uno de mis grandes tesoros, y que quiero evocarlo siempre anotando alguna frase o una palabra en su libretita de apuntes, rodeado en su casa de los chanchitos que le llegaban de todas partes del mundo y que luego nos regalaba en sus hermosas dedicatorias. Prometo que lo evocaré desterrando para siempre la tristeza, conversando conmigo, caminando juntos por esos senderos del mundo o de la eternidad, donde seguramente estará escribiendo un nuevo libro.

Texto leído en el homenaje a Eduardo Galeano, Casa de las Américas, La Habana, 22 de abril de 2015.
Tomado de  La Ventana

Comentarios

desde Puerto Rico Un abrazo Latinoamericano y Caribeño! Gales of será Siempre uno de mis favoritos. Su escrito me ha fascinado. Su recuento nos ha traido la presencia de el defensor de nuestra América Latina!

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