Galeano y algunos elogios que le dijeron
cuando no estaba

Xenia Reloba • La Habana, Cuba

El ritmo cotidiano de la Casa de las Américas se detuvo una vez más a las 3 de la tarde de este miércoles 22. Eduardo Galeano, muerto —según dicen— el 13 de abril, llenó la sala Che Guevara de evocaciones. Se le oyó decir otra vez su bienvenida a los jurados y participantes del Premio Literario del año 2012; reivindicar como quien puede —y debe— el derecho de hablar bien de los amigos “por la espalda”, y mal “de frente”.

Sus palabras, leídas por él con mucha pausa, bajito, tomando todo el aire del mundo entre frases, nos llevaron a recordar aquel otro texto ácido que disgustó a tantos, donde presentaba a Cuba tal como la sentía: nunca creyó que fuera el Paraíso.

Imagen: La Jiribilla

En el escenario junto al Árbol de la Vida, el presidente de la Casa, Roberto Fernández Retamar, hace de anfitrión. Lo acompañan Eduardo Heras León, el Chino; Fernando Ravsberg, el periodista uruguayo asentado hace largos años en Cuba, y el cantautor Silvio Rodríguez.

Ya se ocupará este último de decir, en su turno —el último—, que no sabe por qué semejante homenaje de la América Latina y el Caribe cierra con él. No le queda otra que desgranar unas pocas y nerviosas ideas sobre “las cosas de Galeano”, y esa manía del escritor de llamarlo de vez en cuando para saber ¿qué es lo nuevo que hay por ahí (por aquí)?

Entre testimonios de Galeano en la Casa, entre su gente común (las fotos donde estamos todos, incluso los que ya no están), algunos trabajadores de la institución leen mensajes enviados desde nuestra América: Luis Britto García, Fernando Butazzoni, Daniel Viglietti, Villoro. Me consta que son más, pero la ceremonia es breve y el paso relativamente rápido.

En su turno (el segundo), Ravsberg elogió al “periodista que más admiro en las Américas”, contó del impacto de Las venas abiertas de América Latina y otros textos en su juventud, “la herejía de criticar lo sagrado”, el adjunto que le llega una y otra vez al buzón el día de la muerte de Galeano: “Cuba duele”, y al que responde con otra “galeanada”: “¿Por qué voy a confundirla ahora con el Infierno si yo nunca creí que fuera el Paraíso?”.

En la pantalla, Galeano se presenta al natural. Está en la Casa y en la calle, con la gente y acariciando a los perros, entre la élite y el folclor.

Imagen: La Jiribilla

Heras no ha querido hablar de nada triste, y definir —recontradefinir— a Galeano a estas alturas no tiene ningún sentido. No hay mucho que agregar. Así que recuerda junto a otras anécdotas el intercambio epistolar entre Eduardo el impostor (dice de sí mismo Galeano) y Eduardo el auténtico (le dice al Chino); Eduardo el mayor, el Chino, y Eduardo el menor, el Bueno (dice Heras).

Y Heras nos lleva a un restaurante en algún lugar del mundo donde han cenado juntos. Entre muchos platos exquisitos el cubano eligió un “vulgar” bistec con papas. Decepción de Galeano, que se apunta a la perdiz trufada, pero esta resulta un escuálido muslito con tres pasas. ¡Verdad que los chinos son sabios! —dirá entonces el uruguayo y reclamará—: ¿Me das un pedacito?

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