Orbe: Semanario gráfico informativo
de actualidad mundial

Cira Romero • La Habana, Cuba

Tal fue el título completo de esta publicación iniciada el 13 de marzo de 1931, perteneciente a la misma empresa que editaba el Diario de la Marina,   surgido en 1844 como un desprendimiento del titulado El Noticioso y Lucero. Aunque debe señalarse la importancia de aquel, pues fue el periódico de mayor circulación en la Isla y uno de los más importantes, en su momento, de Hispanoamérica, es de triste recordación a lo largo de nuestra historia colonial por su marcada hispanofilia y por su alianza, durante la República, con  las posiciones más conservadoras. 

El redactor jefe de Orbe fue José Antonio Fernández de Castro (1897-1951) y, a contrapelo del periódico que auspició el semanario, fue hombre de ideas avanzadas y periodista ejemplar —no por casualidad el premio anual que entrega el Ministerio de Cultura de Cuba a los que se desempeñan en la esfera cultural lleva su nombre—, y tuvo activa participación en la famosa Protesta de los Trece liderada por Rubén Martínez Villena. Participó en el Grupo Minorista, que aunó a los elementos más revolucionarios de la intelectualidad del momento.

En 1926 comenzó a trabajar en el Diario de la Marina como jefe de su Suplemento Literario Dominical, desde el cual fue un gran animador de la literatura de vanguardia. Encarcelado durante el gobierno de Machado,  se desempeñó posteriormente como diplomático en países de América y Europa. Publicó  varios libros, entre ellos  Barraca de feria (18 ensayos y 1 estreno) y Tema negro en las letras de Cuba. 1608-1935 (1943).  “La figura de Fernández de Castro, ha dicho Graziella Pogolotti, no merece ser olvidada. Su obra documenta el proyecto vanguardista y su fidelidad al estudio de Saco y Del Monte refleja la disposición de buscar en otra generación la línea de continuidad respecto a quienes por primera vez quisieron fundar un país desde la cultura y, para lograrlo, se entregaron a una obra de servicio”.  

En el número inicial de Orbe se señalaba que informarían “gráfica y detalladamente a los lectores […] de cuanto acontece en los días actuales, en Cuba, en España y el resto del mundo”  e intentarían

recoger en sus páginas informaciones plenas de interés humano, las palpitaciones más intensas de la vida nacional. Ofrecer al Comercio y a la Industria un nuevo medio para el desarrollo de sus actividades. Exponer en sus columnas, —oportunamente—, problemas prácticos de carácter público y sus plausibles soluciones. Mantener a nuestros lectores informados de todas las novedades que ocurren en el mundo, de arte (cine, teatro, música, etc.), de la ciencia (mecánica, navegación, electricidad, radio), de deporte, de literatura, modas y humorismo. Realizar encuestas entre elementos caracterizados y competentes sobre cuestiones de interés general. Crear un lazo de solidaridad entre Orbe  y sus lectores.

Si Orbe tuvo excelentes colaboradores, como se verá más adelante, debe destacarse también su magnífica calidad de impresión: papel satinado en tonalidades del beige al carmelita, ilustraciones artísticas de reconocidos dibujantes como Armando Maribona y foto tomadas de importantes publicaciones norteamericanas, según hacían constar.  Fue, sin duda, un semanario de lujo y bajo estas características se comportó hasta el número correspondiente al 26 de marzo de 1933. En la primera página del Diario de la Marina de ese día apareció una “Explicación al lector” que expresaba:

Con motivo de los cambios y reparaciones que ha sido necesario efectuar en la planta de retrograbado para dar a la publicidad el Diario Gráfico, nos vemos impedidos de repartir con este número, como es costumbre, la revista Orbe. A partir del próximo martes, día 28, daremos comienzo a lo que, sin duda, representa una excepcional innovación en el periodismo cubano, ofreciendo a nuestros lectores cuatro páginas diarias de información gráfica […] Creemos que, de ese modo, quedará ampliamente compensada la supresión de la revista Orbe.

Años después reapareció, el 14 de septiembre de 1941, con numeración independiente, como “Suplemento literario ilustrado”, continuó siendo semanal y era dirigido por José Ignacio Rivero, miembro del clan que regenteaba el Diario de la Marina. En dicho número expresaban que

Orbe aparece como órgano de publicidad continental americana para satisfacer una necesidad urgente. Los periódicos o se gestan en las ansias populares o nacen muertos. Y Orbe germinó en la II Conferencia de Cancilleres celebrada en la capital de Cuba […]. Por tanto, creemos haber hallado la hora en la que todo el continente demanda contactos y entendimientos, y de esa hora nace Orbe     como cita del saber y del espíritu americanos”.

Como puede observarse, no se relaciona este Orbe con el anterior, aunque el formato y las características generales de la revista eran las mismas. Al parecer, se publicó hasta marzo de 1942.

Es necesario volver al Orbe inicial para poder valorar su importancia. Publicó cuentos, poemas, artículos sobre política contemporánea, arte, historia, literatura, notas sobre teatro y cine  y comentarios sobre libros. Publicó trabajos de Pablo de la Torriente Brau, Nicolás Guillén, Gerardo del Valle, Gonzalo de Quesada y Miranda, Emeterio S. Santovenia, Ramón Catalá, Rafael Esténger y Alfonso Hernández Catá, entre otros. Pero  cuando se mencionan las firmas que allí aparecieron es preciso detenerse no en un colaborador, sino en el corresponsal que Orbe nombró en España: Lino Novás Calvo (1903-1980), quien junto con Alejo Carpentier constituye el narrador cubano más importante de nuestro siglo xx, tanto por su obra cuentística —fundamentalmente los recogidos en La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1945) —  y por su única novela Pedro Blanco el negrero (1933).

Novás Calvo, llegado a Cuba hacia comienzos de la década del diez del pasado siglo, con ocho o diez años (nunca ha podido precisarse), procedente de una remota aldea gallega, desempeñó en La Habana y en el interior de la Isla los más variados oficios manuales, desde cortador de caña hasta confeccionar sombreros, pues solo tenía instrucción mínima adquirida con el cura de su tierra de nacimiento. Fue taxista y en tal desempeño trabó conocimiento con algunos de  los editores de la Revista de Avance (1927-1930), que descubrieron en él a un voraz lector y hasta un incierto componedor de versos de corte proletario. Lo cierto es que hizo amistad con Juan Marinello, Jorge Mañach, Félix Ichaso y Francisco  Ichaso, quienes lo invitaron a colaborar en dicha revista y lo ayudaron a encontrar un trabajo más acorde a sus intereses, en este caso  la librería Minerva, donde conoció a otros intelectuales como José María Chacón y Calvo y Fernando Ortiz. De esa etapa proviene también su relación con José Antonio Fernández de Castro, quien al ser nombrado jefe de redacción de Orbe le propuso fuera su corresponsal en Madrid.

Si esta revista tiene gran importancia es, entre otras razones, porque, aún desde antes de ir a cumplir Lino esa responsabilidad, y siendo un desconocido,  comenzó a publicar sus trabajos en el semanario, en este caso dos reportajes: “Quemando gasolina: confesiones de un botero” y ¡Arrea mula!: confesiones de un carrero”, con los cuales inauguraba en Cuba una nueva manera de hacer periodismo gracias, sobre todo, a su fina intuición y a su manera desenfadada de escribir, que aplicaría también a sus cuentos.

Desde el barco que lo condujo a Galicia para iniciar su nueva profesión   envió el primer artículo: “Buceando en la tercera”,  donde da cuenta del trayecto  desde el puerto de La Habana hasta el de Nueva York, viajando, como lo indica su título, en tercera clase, que lo hace recordar, en los primeros párrafos, el mismo olor que sintió cuando vino de niño a Cuba: “Tufo de brea, de lona, de pintura, de carne humana. Todo pasajero de tercera lleva consigo algo en descomposición que huele de un modo especial”. Es el espacio para los pobres y a través de la sucia ventanilla logra ver, en primera clase, “algunos burgueses repantigados en sofás”. Llegado a La Coruña visita a su madre residente en la aldea, envía otros tres trabajos dedicados al lugar donde había nacido, al que ve pobre y siente distante, y, una vez instalado en Madrid y alquilada una cámara fotográfica, comienza a enviar sus restantes trabajos para Orbe, que suman un total de 46. ¿De qué trató Lino en ellos en un momento particularmente especial para España? De todo: de sus políticos pertenecientes a la recién inaugurada República Española, de sus intelectuales, de los desposeídos, de las costureras, de los artistas, de los teatros, de la policía, del jardín zoológico, de los choferes, de la prensa, del río Manzanares, de los cubanos con los que se tropezaba por las calles —Carlos Enríquez, Félix Pita Rodríguez—, de las modistas, del Ateneo de Madrid, donde escribió su citada novela.  En ellos se mezcla la crónica, el reportaje, la entrevista y otros textos afines al periodismo. En ellos palpita el tumultuoso acontecer de la vida española de esos años. Elaborados con pluma ágil y versátil del periodista extraordinario que fue su autor, se perciben además sus dotes narrativas, pues muchos de estos trabajos están concebidos desde la perspectiva del cuentista que fue. Con mano maestra, segura, se mueve en un amplio espectro temático que le brinda un país justamente estremecido por la España Republicana, con la que simpatizó Novás y a cuya defensa se adhirió una vez estallada la Guerra Civil Española. A pesar de cesar el semanario a comienzos de 1933 él continuó en España hasta inicios de 1939 al servicio del gobierno republicano, hasta que, gracias a la ayuda de amigos residentes en París pudo cruzar los Pirineos y llegar a París.

En este conjunto de trabajos Lino transita de la alta política a asuntos al parecer triviales, pero les insufla a todos,  a través de su novedosa prosa, un particular encanto. Es escritura periodística que se prolonga en legítima literatura y que constituye también fiel perfil del terruño ibérico, que vivía los apasionantes días de la recién fundada República. Estos trabajos acaban de ser publicados por la Editorial Capiro, de Santa Clara, bajo el título de Orbe español de Lino Novás Calvo.

Cuando Orbe reaparece en 1941, Lino no se suma a su cuerpo de colaboradores, pues para entonces estaba vinculado, como traductor, a Bohemia, de la que llegaría a ser, desde 1954 y hasta su salida de Cuba en 1961, jefe de información.

Si el semanario gráfico Orbe puede ser visto hoy como una publicación de singular importancia, se debe, en gran medida, a la presencia en sus páginas de ese haz de trabajos de Lino Novás Calvo que hoy pueden ser leídos como si hubieran sido escritos ayer.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato