Entre el ocaso y la esperanza

Una mirada crítica al actual teatro de títeres cubano (II)

Yanisbel Victoria Martínez • La Habana, Cuba

Crear con lo que tenemos

Sería muy fácil buscar excusas, culpar al “otro”, al paternalismo de las instituciones, al bloqueo, al aislamiento, a la globalización y hasta a Masantín el torero. Pero no escurramos el bulto, somos los titiriteros los primeros responsables. Si realmente nos va la vida en este oficio que defendemos a capa y espada, con nuestro corazón, uñas y dientes, nos toca ponernos las pilas, ser proactivos, reaccionar con imaginación y valentía.

Dice un refrán ruso que “más cerca están de ti tus dientes que tus padres”. No esperemos al Mesías, a la luz del más allá, a la donación o a la ley, al lineamiento o a la instrucción de arriba. Nada nos caerá del cielo, solo nuestro esfuerzo, trabajo y exigencia nos permitirán ser y estar. En la Edad Media cuando los titiriteros fuimos expulsados de los templos, supimos buscarnos la vida en otros predios, en China ocurrió lo mismo durante la Revolución Cultural. Nuestros ancestros han sido combativos y supervivientes, y ese talante está de alguna manera en el ADN titiritero que heredamos de quienes nos preceden en este oficio.

Imagen: La Jiribilla
Pedro y el lobo. Foto: Javier del Real

Con frecuencia nos quejamos de lo que no tenemos: “nos falta tal material”, “no nos han dado más cual cosa”, “no hay internet, ni focos, ni tecnología”. Achacamos nuestras limitaciones a la carencia material, y evadimos poner el dedo en la llaga porque duele más: la falta de conocimiento y creatividad, esa pobreza de otro orden que carcome y corrompe mucho más nuestro teatro. ¿Y si en vez de mirar lo que nos falta, analizamos lo que sí tenemos y apostamos por crear con esto? No por mero conformismo, por no soñar con otros horizontes, sino como desafío creativo, como marco para profundizar, buscar otras estéticas y caminos para desarrollar un lenguaje.

Hace poco, durante la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, caminaba con Enrique Lanz  por Boca de Yumurí, y él me hacía ver toda la madera que recalaba a lo largo de la costa. “¡Qué maravilla, cuántos títeres saldrían de aquí, y esto es materia prima buena y gratis! Y mira estos corales: darían juego para una bella escena de sombras, y las semillas y todas las cosas que arroja el mar —exclamaba él. Luego se preguntaba— “¿y por qué no lo aprovecháis, por qué no hacéis títeres con esta madera tan estupenda?”. El propio Lanz impartió en Matanzas en 2006 un taller de realización plástica vinculada a la puesta en escena con títeres, y voluntariamente lo hizo con lo único que había a mano: alambre, papel y cuerda de henequén. Dice el director de este evento que “con esos materiales nobles impartió uno de los mejores y más útiles ejercicios prácticos que se hayan realizado en la fiesta bienal yumurina”.

Entre los espectáculos más hermosos que he visto últimamente están The table, de la compañía inglesa Blind Summit Theatre, y Preludio a la siesta de un fauno, de la francesa Non nova. En ambas, los recursos materiales son mínimos, y la creatividad es la que está al poder. En The table, un escenario con una mesa desnuda es toda la escenografía en juego. Alrededor de esta tres titiriteros y un títere de mesa, con un cuerpo de tela cruda, sin vestuario, y una cabeza muy expresiva, hecha de pedazos de cartón cortados y ensamblados, sin pintura, sin adornos… Durante más de una hora, la destreza de la manipulación y sobre todo el texto que juega con la naturaleza objetual del personaje títere, y su relación con las tres personas que lo animan, convierten a este espectáculo en una obra maestra. En Preludio a la siesta de un fauno, jabitas recortadas y pegadas con cinta adhesiva ante la vista de los espectadores, hacen las delicias de estos cuando las bolsas de plástico cobran vida, emergen como personajes que vuelan, bailan, se relacionan entre ellas y evolucionan al ritmo de la música de Debussy, gracias a la acción del aire que sale de unos ventiladores colocados en el suelo, enmarcando el perímetro del espacio escénico. Un puñado de jabas, ventiladores, música y aire nos dejan boquiabiertos y emocionados ante una belleza y poesía inesperadas.

En Etcétera, nuestro espectáculo más exitoso, Pedro y el lobo, fue creado en 1997 con pequeños retales de gomaespuma y tubos de plástico, lo único que tenía entonces a mano nuestro director. En aquel momento una fuerte crisis económica golpeaba a España, Lanz por no tener no tenía ni electricidad en su casa-taller, mas fue capaz de crear títeres tremendamente bellos y novedosos en sus mecanismos y movilidad. Esta puesta en escena, 18 años después, con 2.500 funciones en nueve países, sigue siendo un referente en las producciones para niños, y la que nos ha permitido acometer otros proyectos más ambiciosos. 

Vi una exposición en Sao Paulo llamada Crear con lo que tenemos. En ella 14 artistas se enfrentaban al reto de crear resaltando la urgencia y pertinencia de producir arte a partir de elementos presentes en el mundo, atribuyendo un nuevo significado a los materiales y reinventando formas de ver y sentir las cosas. Recuerdo algunas obras tremendamente bellas, como un paisaje hecho de vasitos de plástico. Y ahora muchos pensarán: “Sí mijita pero en Cuba, aunque sea conseguir vasitos de plástico, no es fácil”. Desde luego, lo que quiero decir va más allá de si hay o no vasitos, tiene que ver con el concepto, con la idea, con la reflexión detrás de lo hacemos. En Buenos Aires, un amigo titiritero me enseñó dos libros publicados en Francia que recogían los inventos de los cubanos durante el Período Especial, y estos eran analizados por diseñadores industriales. Este amigo estaba proyectando un nuevo espectáculo de títeres inspirado en estos ingenios nuestros. 

Imagen: La Jiribilla
Compañía Non Nova. Francia. Foto cortesía de la autora.

Crear con lo que tenemos, reciclando objetos, recuperando la madera de la costa o las semillas, con retales de tela o fibras naturales, no quiere decir hacer algo sin calidad. Los materiales pobres o escasos no son equivalentes a un resultado pobre a nivel dramatúrgico ni estético. En términos de creación artística la pobreza o la riqueza residen más en la mente del artista, en su fondo intelectual, que en los materiales de los que dispone.

Hallamos buenos ejemplos en países como Malí, considerado entre los cinco más pobres del planeta, y que es una potencia titiritera impresionante. Las tallas en madera de los títeres, la variedad cromática, la potencia de sus danzas, músicas, cantos, son elementos que portan una riqueza sin par. Si nos fijamos en tradiciones como las de sombras en Indonesia o China, donde gente muy humilde, con cuero y pigmentos es capaz de crear siluetas de extrema belleza, vemos que la calidad no está ligada a la escasez.

Otra muestra muy diferente podría ser el Teatro de Objetos, que se practica desde los años 70-80 del siglo pasado. Este teatro busca un acercamiento con el público a través de objetos cotidianos traídos a la escena, orientando de otra forma su uso, significado, sentido poético. Compañías como la francesa Turak Théâtre, recorren el mundo entero con títeres hermosos que emocionan y nos cuentan historias entrañables, hechos de huesos de animales, semillas de aguacate, latas vacías de sardina, bolsos viejos, etcétera; títeres que además de actuar, están presentes con frecuencia en exposiciones en prestigiosos centros de arte contemporáneo. 

Nadie duda de la imaginación de nuestro pueblo, demostrada con creces a lo largo de nuestra historia, y más recientemente durante los años del Período Especial, cuando la necesidad nos llevó a crear artilugios fascinantes con las cosas que teníamos a mano: bandejas de comedor, latas, catres, palitos de tender, y un largo etcétera. Los vehículos americanos que hacen kilómetros y kilómetros cada día por las calles de La Habana y de todo el país, 60-70 años después de su fabricación siguen en pie, gracias a la pericia de mecánicos, cristaleros, chapistas, y esto maravilla al mundo entero. Somos especialistas en buscarnos la vida, en sacarnos las castañas del fuego con inventiva. ¿Por qué los titiriteros no nos amparamos de toda esta creatividad que nos rodea, y nos conformamos con “repetir miméticamente lo aprendido en talleres llenos de fórmulas ajenas?”. [1]

Nuestra dramaturgia actual, por ejemplo, está en un momento de gran renovación, y en contraste nuestros espectáculos de títeres siguen erre que erre volviendo sobre los mismos textos, autores, temáticas, fábulas que desde luego son muy plausibles, pero no deben ser la única opción. Cierto es que la dramaturgia para títeres tiene sus peculiaridades. Creo que la forma de hacerla efectiva es conocer a fondo el lenguaje titiritero, que ofrece a un autor posibilidades poéticas, metamórficas y simbólicas muy especiales, así como limitaciones que se deben tener en cuenta. 

También en esto nos toca ser proactivos, incitar a autores a que piensen y escriban para títeres, y cuestionarnos qué quiere decir escribir para títeres. Por supuesto que no me refiero a escribir un texto teatral en el sentido más obvio. Un espectáculo de títeres puede tener texto o no, este puede ser de naturaleza teatral o no, abordar historias clásicas, modernas, cubanas, extranjeras, componer con poemas, imágenes, óperas, partituras musicales, en fin, el abanico de posibilidades es infinito. Y en esto también nuestros Camejo-Carril nos legaron un ejemplo inmejorable, pues fueron capaces de vertebrar un repertorio variadísimo a todos los niveles; por eso es vital conocer de dónde venimos, de quién somos hijos. 

Más allá de la labor con los autores y dramaturgos, nos urge acometer una misión de fondo con nuestros directores de escena y constructores, para que diversifiquen el trabajo, y generen espectáculos con lenguajes y universos realmente propios, distintivos, originales.

Si tomamos ahora una foto panorámica de nuestros espectáculos (insisto, hablo en términos generales, si me permitiese mencionar nombres habría pues varias excepciones), veríamos que se parecen mucho los espectáculos de las compañías de una punta a otra del país. Se revelaría que a nivel dramatúrgico abusamos de la fórmula del bueno contra el malo, de la estética campesina cubana, de los cuentos clásicos. Nuestras obras en su inmensa mayoría se dirigen al público infantil, tienen texto y el texto tiene un gran peso dentro del conjunto. Utilizamos las técnicas de guante, marotte, varilla y mesa, los títeres son construidos en papel maché, sin apenas mecanismos, con estéticas (figuración, proporciones, materiales, colores) muy similares. Las puestas en escena combinan al actor en vivo con el objeto, e intercalan canciones y coreografías en medio de los sucesos dramáticos. La manipulación está como marcada por un mismo ritmo y no creo esto tenga que ver con una especie de “estilo nacional” acorde a nuestro temperamento isleño en medio del  trópico. Me refiero a una manera de agitar al títere de forma general, dotándole un repertorio de movimientos limitado, que se resumiría en un balanceo repetitivo del objeto. No es una cuestión de energía, sino de delicadeza y precisión en los movimientos.

Me lanzo a imaginar, a imaginar un teatro de títeres en Cuba que aborde otros temas, otros repertorios, que acerquen a nuestra escena autores contemporáneos cubanos y extranjeros; que propongan espectáculos donde las figuras sean más que portadoras de palabras y que su naturaleza metafórica y poética se ponga realmente en valor; que nos dirijamos a los niños sin ñoñerías y a los adultos con la misma honestidad; que construyamos objetos que sean estética, técnica y mecánicamente portentosos; que convoquemos a nuestros coreógrafos, escultores, compositores, orquestas, cineastas, a ingenieros y mecánicos, para que nos sacudan y conlleven a nuevos caminos; y nuestros actores-titiriteros exploren espectros inéditos en su trabajo.

Por aventurarme en un ejercicio de “ensoñación titiritera”, pienso en un autor incontestable de nuestra literatura: Virgilio Piñera. Me imagino su pieza La boda con títeres (el conflicto de pechos de Flora bien se prestaría al juego titeril, ¿no?); o su novela La carne de René, coreografiada para bailarines, maniquíes, prótesis, en fin, teatro de figuras; o La isla en peso, puesta en escena con objetos, sombras, proyecciones, como el majestuoso poema visual que es. 

Debemos apostar por la diversidad si no queremos abocarnos a una muerte segura. En la naturaleza la amenaza de extinción se evita principalmente diferenciándose. Tenemos talento, energía, imaginación, pero esto no basta si no lo canalizamos pertinentemente. “Ser cultos para ser libres” es una martiana frase que nos ha acompañado a todos a lo largo de nuestras vidas, y hoy debería resonarnos con más fuerza, pues justamente hemos de ampliar nuestro horizonte cultural si añoramos libertad y autonomía. Necesitamos conocimiento, voluntad de superación y de colaboración. Y también mucho coraje pues esto demanda salirnos de nuestras zonas de confort, cuestionarnos todo, asumir el riesgo al vacío, al error. 

Otras acciones posibles

Si pretendemos que nuestro teatro se desarrolle y crezca, tenemos que apostar en serio por la formación de los más jóvenes. 

Actualmente los espacios de formación son pocos, y no comprenden la sistematicidad u hondura deseable. Gracias en gran medida al batallar del maestro Freddy Artiles, en 1998 el títere pasó a ser una asignatura obligatoria en los estudios de teatro en el ISA, pero hace años que ya no está. También allí entre 1999 y 2006 un diplomado sobre esta disciplina complementó la formación de un centenar de titiriteros que trabajaban en todo el país. El Taller Internacional de Títeres de Matanzas desde su creación en 1994, ha cubierto un importante espacio formativo, ese que durante largas temporadas ha estado ausente en los marcos académicos. Pero es evidente que 15 o 20 horas de curso cada dos años, no son suficientes. En varios foros titiriteros del país se conjetura sobre la creación de una escuela. Mientras esta llega y no, debemos actuar ante la necesidad de formación de los debutantes. 

Es muy esperanzador para mí constatar la pujanza e interés hacia el títere que brota entre compañías jóvenes en todo el país. Existe una auténtica curiosidad, una necesidad vital de aprender a nivel práctico y teórico este arte milenario. Pero esta transmisión no debe articularse desde la imposición de métodos, dogmas, o maneras obsoletas de hacer teatro, de lo que se quejan muchos noveles; sino desde una sólida cultura del títere, con referentes actualizados de la escena internacional, con documentación exhaustiva y renovada de la tradición y la contemporaneidad; pues solo así el títere cubano podrá salir de su ostracismo, dar el salto de calidad que todos deseamos.

Por eso debemos debatir sobre cómo encauzar esa demanda de formación. Pienso que los tiempos deberían ser más prolongados, proponer tal vez cursos intensivos de tres-cuatro semanas, que además de abordar temas específicos sobre técnica titiritera, permitan teorizar, filosofar, cuestionar,  discutir, propiciar una reflexión y diálogo de fondo, un acercamiento holístico a nuestra profesión. 

Traigo a colación otra frase de José Martí mil veces citada, pero que si la escuchamos ahora con la perspectiva de la formación de los titiriteros cubanos, nos ofrece muchas pistas: "Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido; es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive; es ponerlo al nivel de su tiempo, para que flote sobre él y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida”. Confiemos en los jóvenes, propiciémosles la formación y recorrido que demandan, permitámosles tener más voz y voto en festivales y eventos teóricos. Ellos juegan un rol decisivo, por su fuerza y edad son el grupo con disposición para remangarse y cruzar el río, para arriesgarse con ilusión. 

Tal vez en este empeño entidades como la UNIMA y la AHS puedan ser aliados con los que imaginar ese espacio de formación riguroso del que hoy carece nuestro teatro. 

Nuestros teatrólogos son también grandes cómplices a considerar, a conquistar, a seducir, a ganar en nuestra batalla por sacar al teatro de títeres de su autoconfinamiento. Resulta loable que al ser la Teatrología una de las especialidades que se estudian en el ISA, hay muchos investigadores y críticos de teatro que reflexionan, debaten y escriben sobre retablos y figuras. Y más allá de emitir juicios, los teatrólogos son parte activa del movimiento teatral, de los procesos creativos de las compañías. Esto es una suerte enorme, una riqueza de nuestro teatro, algo excepcional en el panorama internacional. 

Pero nos toca también apostar por la actualización de nuestros críticos, por formarles en el conocimiento profundo del lenguaje titiritero, para que sepan distinguir el tono “ocre medio” del sepia, para que no conviertan en “montes las hormigas”, y se deslumbren (como ha ocurrido) con compañías extranjeras con propuestas trasnochadas, que en nuestra Isla, sin embargo, han recibido grandes elogios y premios. 

En Cuba los titiriteros trabajamos con dinero público, desempeñamos una actividad remunerada, y aunque las cuantías salariales seguramente sean insuficientes para hacer frente al alto coste de la vida cotidiana, mucho o poco, lo cierto es que mensualmente percibimos un sueldo proveniente de las arcas públicas. Por tanto estamos obligados a responder al pueblo. El titiritero cubano tiene un deber público y político ineludible. Recordemos el origen griego de la palabra política: polis, ciudadano, sociedad, y no olvidemos entonces el sentido político de nuestro trabajo. 

Creo que todos los que sentimos un compromiso hacia la escena titiritera cubana debemos apostar por un nuevo teatro de títeres, conscientes de la riquísima herencia de nuestros maestros, conectados con el mundo, y conocedores de nuestras fortalezas y debilidades, de nuestros signos propios. Tomemos iniciativas, reunámonos, discutamos, discrepemos, soñemos, guapeemos, polemicemos, inventemos. Tenemos que ser ambiciosos, pretender lo más alto, ser exigentes, porque nuestro público lo requiere. 

Somos muy afortunados al dedicarnos a un oficio ancestral, conectado con las esencias de la humanidad, en todas las culturas, desde la prehistoria hasta nuestros días. El lenguaje titiritero es de una riqueza insondable. Abramos los ojos y los sentidos, conozcamos todas las enormes posibilidades con las que podamos jugar, obremos y construyamos un entorno teatral de esplendor estético, fuerza intelectual, sabiduría.

 

Nota:
1.  Rubén Darío Salazar: “Teatro de títeres en Cuba: Decir lo que nos toca aquí y ahora”, La Jiribilla No. 722, 2015.

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