Haydée

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

¿Qué otro nombre podría tener cualquier niña cubana sino el de Haydée, así a secas?  Heroína de la Isla, de la Patria, de la Humanidad entera.  Su rostro adolorido y firme, en una foto archiconocida, expresa no sólo el desgarramiento que, de modo natural, está recordando ante el lente sino la esencia de la hazaña con que acudiera para asaltar el firmamento azul del mar Caribe, con su hermano Abel, a la izquierda; y su novio, Boris, a la derecha.  

Haydée fue mucha Haydée. 

Durante los primeros años del triunfo su nombre estaba asociado a una cifra, repetida y repetida hasta la saciedad: veinte mil muertos.  Fueron, por lo menos en las estadísticas oficiales, veinte mil muertes resultado de la traición y la tortura.  Era su emblema: «perdimos a veinte mil patriotas».  En primera fila, entre ellos, su hermano Abel Santamaría y su novio Boris Luis Santa Coloma, ambos entregados a la noble causa para erradicar una de las tiranías más sangrientas de su época, la de Batista, precursora—junto a la de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana—  de las venideras dictaduras de todo el Cono Sur. Nuestros veinte mil muertos fueron los primeros que abonaron el camino de una Cuba que se abrió a todo el continente para encarnar en el siglo XXI, un irreversible cambio de época. 

Bien lo sabía Haydée cuando, mientras se apagaba la bulla del carnaval santiaguero, terminado el Asalto al Cuartel Moncada, junto a Melba Hernández, tras los barrotes de un calabozo, le pusieron delante los ojos de Abel… 

Y no hubo palabra posible para manifestar aquel dolor que nunca se borró de su piel, de su mente, de sus propios ojos.  «Los ojos de Abel Santamaría están en el jardín» fue un verso que me regaló ese dolor indescifrable.  Y aquellos ojos, transformados en flamante rosa, continuaban irradiando belleza y esa moral que todavía hoy nos conmueve y nos pone a diario con la energía del deber cumplido. Siempre lo sentí así. Porque algo muy sagrado, muy nuestro, había renacido de aquel terrible acto de crueldad contra su hermano.  La noche del Moncada, en su eterno fulgor, palpita aún en nuestras vidas porque Haydée nos ponía los pelos de punta cuando volvía sobre aquellas horas en la Granjita Siboney: «La noche era más linda, era como algo que merecía verse toda la vida, y a lo mejor que no veríamos más».

Haydée siempre fue Haydée y con su espíritu imbatible fundó una casa, la Casa de las Américas, en donde se abrieron horizontes, desde su creación, para los escritores y artistas e intelectuales de todo el hemisferio.  Era la energía de aquella muchacha transparente que reclamaba a su hermano, a su familia, a sus coterráneos, a los bateyes de Amancio Rodríguez.  Con esa luz, enarbolada como bandera al viento, Haydée nos enseñó el camino, nos indicó con su mirada el más seguro camino hacia la liberación, hacia un porvenir que es hoy una verdad cotidiana.  Haydée, en el centro de nuestro pasado; entre los aires de esta ciudad dormida, continuará surcando mares,  aunando voluntades sobre la plata de los Andes. 

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