Una emboscada a los desnudos y los muertos...

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del ICAIC
 

La emboscada (Alejandro Gil, 2015) no es una película bélica, aunque la guerra sea contexto y pretexto para desarrollar la historia del tercer largometraje del director de La Pared (2006) y Extravíos (2011). Versa sobre la entelequia absurda y siempre innecesaria que es la guerra: vórtice que deforma la existencia hasta el término de la vida natural de quienes se sumergen en ella (por ideales unos, por pragmatismo otros), siempre.

La cinta, estrenada recientemente, es afortunada y abiertamente antibélica; articulada en una nítida clave humanista/crítica que se adentra en las consecuencias e inconsecuencias de las terribles encrucijadas donde las circunstancias colocan las vidas humanas. Allende quedan los motivos macrohistóricos, bajo cuyos designios las personas se ven reducidas a meros recursos prescindibles, a puras estadísticas. Cuando más, a “sacrificios” glorificados a posteriori.

Así, La emboscada quiebra la cadena de extemporáneas desdichas establecida por las más recientes incursiones del ICAIC en el género propiamente bélico —Kangamba (Rogelio París, 2008), Sumbe (Eduardo Moya, 2011), donde se buscó persistir en las intenciones patriótico-propagandistas (con el correspondiente tono épico) determinadas por audiovisuales precedentes  como el tercer segmento de Historias de la Revolución (Tomás Gutiérrez Alea, 1959), El joven rebelde (Julio García Espinosa, 1961), el seriado Algo más que soñar (Eduardo Moya, 1985), Caravana (Rogelio París,1990). Eso sí, estas fueron producciones mucho más acertadas y sinceramente acordes con las épocas en que se realizaron.

La historia de los cuatro soldados cubanos que se ven asediados e incomunicados en “tierra de nadie” bajo una amenaza ignota y terrible, engendrada por una nación igualmente extraña y agresiva, concomita en esencias y estructura con uno de los grandes pilares del antibelicismo mundial: la novela Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer; donde el agónico periplo de un pelotón de marines en una isla del Pacífico durante la II Guerra Mundial igualmente alterna con flashbacks remitentes a las historias personales de los protagonistas. Engarzadas son todas las líneas argumentales y arcos temporales en una urdimbre dramatúrgica que remite a las más puras leyes del montaje cinematográfico paralelo de Griffith (Intolerancia, 1916) y a obras más contemporáneas como el seriado Lost (2004-2012).  

El calvario que en el presente diegético sufren Rigo (Tomás Cao), Javier (Caleb Casas), Calixto (Patricio Wood [1]) y Tony (Armando Gómez), no es más que condena, coyuntura y metáfora de unas vidas victimizadas por un mundo sin opciones, sin alternativas para la mínima realización personal, donde la honestidad cuesta caro —Camilo (Alejandro Cuervo), hijo de Calixto, es expulsado de la universidad por oponerse a la pena de muerte, y de su hogar por confesar su homosexualidad—, y un apartamento decente requiere dos años de enrolamiento en una guerra distante. Un mundo donde un heroico veterano como Rigo no halla consuelo, y en su escapista terapia de alcohol arrastra consigo a la esposa y al hijo.

El enemigo, apostado en una ventajosa y casi omnisciente posición, es tan intangible y dañino como la misma vida sufrida a priori y a posteriori por los protagonistas. Es una ubicuidad que martiriza in crescendo a los soldados, pone a prueba su integridad, sus principios. Y finalmente, cuando nada tienen que perder, cuando el agotamiento ha derrumbado todas las máscaras, destila las verdaderas esencias, purga todos los pecados, establece lazos muy profundos entre los involucrados. También provoca heridas eternas.              

La participación de Ernesto Daranas en el guion (junto a Ania Molina), implica, una vez más, el marcusiano planteamiento de las interacciones conflictuales entre generaciones, que el también realizador desarrolló en su exitosa cinta Conducta (2014), con énfasis en la polémica sobre sus verdaderos roles en la historia de la nación, o sea: Predestinación parental vs. Escogencia dialéctica. Calixto, intransigentemente comprometido con los valores de su época (consolidada como stablishment, al cual se pliega un tanto oportunistamente), pretende inculcar el “síndrome del agradecimiento” a un bisoño y escéptico Javier, tan legítimo hijo de su tiempo como cualquiera. Incapaz de identificarse con experiencias que no le afectaron directamente, declara que no le ha pedido nada a nadie y por ende no debe nada. Por duro que sea, a los hijos no se les otorga una vida no solicitada para luego cobrársela…    

Entre estos dos extremos, Rigo establece, como tercer vértice de este tenso triángulo de relaciones, un raro balance. Además, es la más balanceada (valga la redundancia) de las interpretaciones: entre un Wood de hierática oralidad que acusa por momentos un sobre-encartonamiento con equívocas intenciones de ¿neutralidad lingüística?, y un Casas a veces más inclinado hacia lo ladino y malicioso que a lo reluctante y díscolo de la naturaleza del personaje.

El Rigo que interpreta Cao con su seguridad acostumbrada, detenta una valentía intrínseca, un sentido de la justicia auténtico y un heroísmo orgánico a resguardo de cualquier estereotipación y caricatura. Acendrada es esta intrepidez por el puro instinto de supervivencia al que se reduce toda la existencia de un soldado en plena guerra. La victoria es regresar vivo a la casa, le sentencia su hijo Ernesto (Leonardo Benítez), también veterano, pero de la guerra de Iraq; pues como emigrante, acudió al enrolamiento profesional para garantizarse un futuro.

El intercambio de condecoraciones —por dos guerras tan políticamente divergentes como la ocupación estadounidense de Iraq y la participación cubana en Angola; pero tan semejantes en el impacto sobre las vidas de sus soldados— que hace con su padre hacia el final de la cinta, refuerza conmovedoramente (¿por qué no?) el referido espíritu humanista de La emboscada, donde lo prístino es el individuo, su dolor, el trauma que la guerra tatúa en su alma. Este gesto es tan significativo e impresionante como la colocación de la estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre en el mural del aula de los niños de Conducta, aunque habla más desde el conflicto íntimo.

La fotografía de Rafael Solís acentúa estas intenciones, concentrándose en planos cerrados y primeros planos a los rostros, que no son correspondidos por la iluminación demasiado plana, la cual conspira con la excesiva nitidez de la óptica digital con que fue filmada la cinta. Tampoco fue resuelto esto con una posproducción hábil que vadeara la final sensación “televisiva” a la vieja usanza, que no deja de incordiar un tanto la recepción. Súmese el tono aleccionador, descriptivo y casi didáctico, que le resta fuerza a no pocos parlamentos, sacrificándose las sutilezas polisémicas del drama humano a la explicitación de evidentes intenciones de articular una cartografía de la intolerancia y a la vez deconstruir críticamente una época.

Entran tales posturas en contradicción con la sustracción un tanto ingenua de acontecimientos tan evidentes como los sucedido alrededor del caso Ochoa y la guerra de Angola ¿quizá con propósitos de lograr cierta indefinición histórica, en pos de un discurso más universal, más íntimo y humano? ¿A pesar de la recreación epocal de los años 80 cubanos, la aparición de la bandera, la referencia directa a la crisis de los balseros…? Creo que el axial humanismo antibélico de La emboscada no requería de este innecesario (¿cauteloso?) subrayado por obliteración de tales sucesos y nombres, para prefigurar este significativo recuento generacional.

 

Nota
1.   Wood encarnó al joven combatiente Carlos Manuel en el utópico Algo más que soñar, pero en este nuevo personaje duerme la mayoría del tiempo en una agonía sin sueños…

Comentarios

Muy buen artículo acerca de la película, aunque si se hubiesen buscado palabras mas "accesibles" y no tan rebuscadas fuese mas potable para la mayoría de los mortales que lo leen.

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