Las vibraciones de una polis danzaria

Mayté Madruga Hernández • La Habana, Cuba
Fotos: Antonio E. González

La danza como lenguaje para avivar la participación política de aquellos que la practican o la observan, constituye un elemento rescatado por algunos creadores en los últimos tiempos. La imbricación de arte y política no es una nueva relación que intenta resurgir como ave fénix, sino más bien imperiosa necesidad movilizadora a partir de códigos universales y sensitivos propios del arte.

Imagen: La Jiribilla

En este sentido no es de extrañar que jóvenes en Egipto o Irán cambien antorchas y banderas por música e intervenciones públicas, guiadas todas por el movimiento. Intentan aprovechar el respeto y reconocimiento que tienen sus contemporáneos por el baile y utilizarlo como herramienta para despertar conciencias; o como nueva forma para denunciar realidades harto depauperadas que han pasado a ser cotidianas.

Entender la danza como medio de lucha, en donde no medien trincheras, ni barricadas es solo enunciar una parte de la relación de la misma con la política, pues en tanto la última esté relacionada hasta cierto punto con la justicia, o pretenda estarlo, la danza puede adquirir entonces un carácter reivindicativo de causas “políticamente justas”.

Entender la danza como medio de lucha, en donde no medien trincheras, ni barricadas es solo enunciar una parte de la relación de la misma con la política,

La agrupación Colectivos elementos en movimiento de Ecuador se mueve en esta relación denuncia-reivindicación de una causa tan justa y natural, como la presencia innegable de la cultura aborigen en la historia latinoamericana, así como su particular situación en la nación ecuatoriana.

En la relación danza-política media lo contextual, a partir de la utilización del lenguaje coreográfico para denunciar un hecho concreto. Por tanto la juventud de Doris Castillo y  Luis Conejo es signo de la justeza y actualidad que presentan sus peticiones: la multiculturalidad y el respeto a la diversidad, no son solo reclamos de una izquierda sesentera, deviene una necesidad cotidiana de los habitantes de esta tierra.

No fue casualidad que la curaduría del Festival de Danza en Paisajes Urbanos, ubicara la presentación de este dúo en el Parque Rumiñahui. Allí, la escultura creada en homenaje al artista ecuatoriano Osvaldo Wayasamín se convirtió en una pieza más de esta creación justo hacia su final. Pero vayamos al inicio…

Con la creación coreográfica Vibraciones se desarma una vez más esa creencia occidentalista de que los indígenas hablan un dialecto y tienen apenas rituales. El texto coreográfico creado por Conejo, basa su apoyatura en la aprensión de la cultura indígena sobre  la cosmogonía natural. Vuelven así ambos bailarines en los momentos iniciales a recursos movimentales  relacionados con la mímesis animal. Sustituyen el pelaje o la piel de cualquier animal de la selva por el pelo humano.

El cabello de ambos bailarines llega a tener una doble funcionalidad en el discurso. Por momentos es utilizado en la construcción de seres “animales”; en otros se trenza devolviendo una ritualidad tan propia y sencilla que provoca admiración.

Asistimos de cierta forma a una danza homenaje tanto a miembros de una etnia que ya no están, como a aquellos que aún habitan el Ecuador.

Imagen: La Jiribilla

La composición coreográfica se basa en la imitación de movimientos de un bailarín hacia el otro, en el intento de mostrar un aprendizaje que está vivo y que, aunque se pretenda negar su huella, conforma un presente a tener en cuenta en las nuevas formas de aprender a convivir en la naturaleza, más que a vivir de su aniquilación.

En la búsqueda de no solo denunciar sino dar a conocer una cultura obliterada, el movimiento de ambos intérpretes se desplaza entre lo lírico y lo performático, para volver a retomar hacia los momentos finales la denuncia, el acoso hacia los pueblos originarios que son despojados de territorios y costumbres, conforme lo que entendemos por desarrollo globalizado, avanza.

En la búsqueda de no solo denunciar sino dar a conocer una cultura obliterada, el movimiento de ambos intérpretes se desplaza entre lo lírico y lo performático,

 

Es esta coreografía un pedido genuino de conciencia, una denuncia para sensibilizar, pero no desde las gastadas tribunas, sino desde el movimiento. Más que apelar a un lenguaje folclorista ambos intérpretes buscan un impacto visual que lleve a lo emotivo.

La re-interpretación del vestuario constituye uno de los recursos iniciales en la búsqueda de esta visualidad. Elementos referenciales que van desde los grandes sayones usados por Marta Graham, hasta colores y cinturones representativos de la cultura indígena, muestran que Vibraciones contiene un discurso que intenta comunicar un suceso muy particular usando resortes universales o digamos más conocidos.

El espacio público en tanto ente cambiante, pero portador de historias y usos pragmáticos, como lo puede tener un parque como el Rumiñahui, deviene escenario que aporta sus propias características a cualquier creación coreográfica.

Mirando dicho parque como espacio que hay que apropiarse, atendiendo a  una visión cambiable de la idea coreográfica, Vibraciones logra un discreto  acercamiento a esta idea.

Si bien es cierto que la disponibilidad espacial del lugar obedece a un escenario más tradicional, aún se sigue desaprovechando lo público, lo arquitectónico y cómo esto puede aportar matices contextualizadores a un mensaje coreográfico que tiene como premisa la denuncia, a la vez que la sensibilización. No obstante esto no es solo una característica exclusiva del colectivo ecuatoriano.

Vibraciones viene a ser entonces un estremecimiento entre la danza y la política, donde la primera llena con sus matices enérgicos y experimentales a la segunda.

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