Festival de Cine Francés

Línea directa París-Habana y escala en Timbuktú

Joel del Río • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Las cotidianidades audiovisuales cubanas se guardan para la domesticidad del invasivo y cada vez más variado paquete, los intentos de la televisión por atraer al espectador ansioso de entretenimiento, y los estremecimientos ocasionales que todavía puede causar la aparición de un largometraje nacional en la línea de Conducta, Vestido de novia, La pared de las palabras o La emboscada, pero en mayo aparece el Festival de Cine Francés, y el espectador cubano se viste de largo. Desde 1997, cuando se trataba de una semana de cine, parecida a la germana, la argentina o la rusa, hasta 2015 (cuando desembarcan en nuestras pantallas 25 filmes acompañados por una prestigiosa delegación), el Festival ha crecido desde el afecto mutuo, la cinefilia, la amistad, la empatía y la estética.

En los años noventa del siglo XX, cuando Hollywood terminó por imponer la política de blockbusters y superproducciones de mundial divulgación, el guionista Jean-Claude Carrière aseguraba que el cine francés es, además de una de las pocas cinematografías nacionales sólidas y dueñas de su mercado, un gesto, una esperanza, una inclinación al cine de autor, profundo y reflexivo. Porque si el cine francés desapareciera, barrido también por el impacto global anglosajón, volarían en pedazos ciertas empresas multinacionales que impulsan ese tipo de cine en Rusia, Japón, Argentina, Europa occidental, y sobre todo África del norte.

Imagen: La Jiribilla

Una de estas producciones levantadas de común acuerdo entre franceses y africanos es Timbuktú, que sirve de pórtico al Festival de cine francés, y ganó nada menos que siete premios César, el Oscar galo, incluyendo los galardones por mejor película del año y mejor director, además del premio del Jurado Ecuménico en el festival de Cannes. Denuncia del fanatismo religioso y la violencia e intolerancia que suele originar, el filme es coproducción franco-mauritana inspirada en un hecho real: la primera ejecución que llevaron a cabo los independentistas tuaregs en Mali, cuando lapidaron a una pareja por convivir sin estar casados. No obstante, el director y guionista, Abderrahmane Sissako, que se cuenta entre los más reconocidos en el contexto de las cinematografías africanas actuales, discursa sobre  la pérdida del patrimonio cultural y los valores humanos en Timbuktú, donde incluso la risa o el fútbol pueden ser una provocación para los fanáticos.

Y si Timbuktú presenta a los productores y otros profesionales franceses interesados en colaborar y sustentar otras cinematografías precisadas de apoyo, Regreso a Ítaca nos presenta a uno de sus muy importantes realizadores, Laurent Cantet (La clase) interesado en abordar la realidad sicosocial de un grupo de cubanos, reunidos en una azotea, en prolongada conversación, motivada por el regreso de uno de ellos de larga estadía en España. Con guion de Leonardo Padura y el director, ambos inspirados en fragmentos de La novela de mi vida, el filme disfruta de altísimo nivel histriónico, principalmente de Isabel Santos (cuyo poderoso regreso al plano estelar del cine cubano nos la devuelve como la gran actriz de carácter, y muy versátil, que siempre fue), Fernando Hechevarría, Jorge Perugorría y Néstor Jiménez. Regreso a Ítaca tendrá admiradores y detractores; es de esas propuestas que exige el máximo de los actores a través de larguísimas parrafadas, nostalgias compartidas por una generación, y frecuentes transiciones entre la euforia, la culpa y la frustración.

Imagen: La Jiribilla

Desde coordenadas estéticas completamente dispares, llegan realizadores del más diverso fuste intelectual y cinematográfico con algunas de sus más recientes filmes: un especialista en cine fantástico y de terror como Christopher Gans nos trae una nueva versión de La bella y la bestia, en un registro mucho  más lírico que el de Jean Cocteau y bastante más noir que el Disney; el célebre guionista de cómic y animador que es Sylvain Chomet (Bienvenidos a Belleville) trae una comedia agridulce con actores reales, Attila Marcel; mientras que el muy reconocido Cedric Klapisch vuelve a entregarnos sus naturalistas reflexiones sobre la vida cotidiana en Mi vida es un rompecabezas, que protagonizan el siempre acertado Romain Duris y la recordada Amelie Poulain, es decir, Audrey Tatou.

Y como entre autores va el juego, pues más vale promover este Festival, que se anuncia como uno de los más sugestivos en fechas recientes, en función de cuanto cineasta prestigioso se incluye en su nómina, sin dejar de hablar, porque no sería justo cuando se trate del ecosistema audiovisual francés, de las películas de géneros, las estrellas y el entretenimiento menos problemático, o dialógico.

 Actor, director y guionista con grandes dotes para la comedia, Albert Dupontel actúa, dirige y escribe 9 meses, que por supuesto relata la historia de un embarazo extrañamente concebido; los hermanos oriundos de Bélgica Jean-Pierre y Luc Dardenne realizaron la verista, conmovedora y denunciante Dos días, una noche, suerte de bofetada en pleno rostro del capitalismo más rapaz e inhumano, sin una sola escena de predicamento ni altisonancias sectarias, y una Marion Cotillard dispuesta a recordarnos que puede tratar de tú a tú a las mejores actrices del mundo.

Imagen: La Jiribilla

En esta órbita comprometida con la crítica a la sociedad del confort europea, y su alta política o sus finanzas, reaparecen los veteranos Bertrand Tavernier (Crónicas diplomáticas) y Costa-Gavras (El capital) a pesar de que ambos maestros parecen confundir lo útil con lo elemental, y lo necesario con lo evidente, y si bien se trata de películas inteligentes, armadas con destreza y absoluta profesionalidad, encontrarán solaz y esparcimiento en ellas solo los espíritus con finas esencias cartesianas y jacobinas. Mis respetos a ambos maestros, pero ese cine unidireccional y de moralejas irrebatibles suele adormecerme en lugar de provocar la justa indignación que, tal vez, intentan promover.

De Alain Resnais, el Magister militum de la tropas que integraron la nueva ola francesa, el movimiento que cambió el lenguaje del cine en una época cuando todavía los autores se permitían el lujo de ser originales, nos llega su filme póstumo, una comedia coral y teatralizada sobre los celos y las dudas al interior de tres parejas. Resnais conduce con pulso increíblemente firme Amar, comer y beber, película coral, resumen de una línea de trabajo en la que destacaron títulos recientes como On connaît la chanson (1997), Asuntos privados en lugares públicos o Coeurs (2007) y Les herbes folles (2009), en las cuales el octogenario autor demostraba un dominio del medio y una coherencia estilística propias de un debutante genial.

En órbitas más comprometidas con la taquilla, los géneros convencionales y las estrellas, aparece la sátira al conservadurismo desde lo multicultural, es decir, la quintaesencia de lo francés, en Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, que fue el  mayor éxito de público en el cine nacional en el año 2014; la comedia gay, con algunos matices de sonriente y sutil homofobia, Chicos y Guillermo, a comer; el apuesto Tahar Rahim se une a la muy sexy Lea Seydoux en Grand Central; en tanto se reeditan las historias de amor interraciales en Rengaine, premiada como una de las mejores óperas primas de los últimos años. 

Imagen: La Jiribilla

Y como anualmente se reciclan algunos clásicos para la ocasión, esta vez reaparecen cuatro clásicos restaurados: Cero en conducta (1933, Jean Vigo), La gran ilusión (1937, Jean Renoir), Los niños del paraíso (1945, Marcel Carné) y Casco de oro (1952, Jacques Becker), en los cuales desaparece la distinción entre cine y arte para darle paso a imágenes y sonidos de una resonancia cultural que replica leyendas, sueños y visiones memorables. Porque sus creadores, los directores, actores, guionistas, productores, directores de fotografía y de arte, tuvieron ensoñaciones que lograron precisar mediante la cuidadosa adecuación de cada código cinematográfico.

Hay también cuatro documentales de primera, entre los cuales merece destaque El patio de Babel, de Julie Bertucelli, que evidencia algunas concomitancias con La clase, el filme mencionado antes que dirigió Laurent Cantet desde el cuestionamiento de la Francia paradisiaca para los emigrantes del Tercer Mundo. Y además, se presentan 16 cortos de animación y un largometraje dentro de este mismo soporte. El largo se titula Aya de Yopougon, y se ambienta en Costa de Marfil. El Festival de Cine Francés ocupará la cotidianidad audiovisual cubana durante el mes de mayo. Hay arte, entretenimiento, calidad, variedad, autores, artesanos, profesionalidad, preocupaciones existenciales, crítica y valores humanos. ¿A qué más?

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