Hacia el aula inmensa de la Patria

Fernando Rodríguez Sosa • La Habana, Cuba
Fotos: Marquetti
 
Este libro es como la hermosa crónica de momentos centelleantes de la vida de este poeta”. Con tan certeras palabras, presentaba otro poeta, Félix Pita Rodríguez, la colección de versos de Raúl Ferrer que, bajo el título El retorno del maestro, aparecía, en 1990, por la Editorial Gente Nueva
Imagen: La Jiribilla
La lectura de El retorno del maestro ahora, a un cuarto de siglo de su publicación original, es un acto revelador. No se trata de un título más en la exigua bibliografía de quien, por décadas, desarrolló una activa y enriquecedora labor como maestro, tanto en zonas rurales como urbanas de la Isla.  
En esta selección, que agrupa en tres secciones casi un centenar de poemas, fechados entre los años 1938 y 1978, es posible comprobar esos sólidos vasos comunicantes que entrelazaron la vida y la obra, la acción y el pensamiento, de quien, con toda justicia, ha sido calificado como “el maestro-poeta”.
En estas páginas se descubre cómo, a través de un cuidado discurso lírico, que hábilmente maneja diversas formas estróficas —en especial, la décima y el soneto—, Raúl Ferrer logró —como afirmaba— recoger el “testimonio diario, registrando acontecimientos e impresiones mayores y menores, sociales y familiares”. 
En estas páginas se descubre cómo, a través de un cuidado discurso lírico, que hábilmente maneja diversas formas estróficas —en especial, la décima y el soneto—, Raúl Ferrer logró —como afirmaba— recoger el “testimonio diario, registrando acontecimientos e impresiones mayores y menores, sociales y familiares”. 
“El aula”, sección que abre El retorno del maestro, indudablemente el conjunto más logrado del volumen, incluye 36 textos, casi en su totalidad nacidos del propio magisterio del autor en la escuela rural del central Narcisa, donde “el maestro-poeta” ejerció por años tan noble profesión.
Aparecen en esta entrega inicial, poemas tan sugerentes como “Estudio del cocotero”, “Para aprender el acento”, “Tiempos del verbo”, “Las cuentas” y “La protesta de Baraguá”, concebidos por el autor con el propósito de contribuir a enseñar a sus alumnos ortografía, historia, geografía...
Se reúne, igualmente, la décima “La clase”, escrita en 1978, en que se sintetiza “la vergüenza y el honor / del maestro verdadero”:
 
La clase es una paloma
en la escuela de cristal.
En el mar sería la sal
y en la flor sería el aroma.
Por la clase, limpio asoma
de los niños el lucero.
Darla bien es lo primero,
que ella resume el amor,
la vergüenza y el honor
del maestro verdadero.
 
Enriquece esta sección, el conocido poema “Romance de la niña mala”, de 1941, todo un canto a la justicia y la igualdad, a la exaltación de los más auténticos y puros valores humanos, considerado como un texto referencial dentro del panorama de la lírica insular del siglo XX.  
Treinta y tres poemas se reproducen en “Arco iris”, segunda parte del libro. Se encuentran aquí algunos de los textos de Viajero sin retorno, cuaderno que Raúl Ferrer dedicó al lector adulto, en que vuelve sobre la escuela, la Patria, los héroes, la identidad, temas todos recurrentes en su obra.
Sobresalen “Canto al maestro rural”, conmovedor testimonio dirigido, en 1940, “al maestro de la ciudad”; “Guayabera”, sencillo y sentido homenaje, escrito en 1955, a todo un símbolo de cubanía, y “Ronda del 28 de Enero”, fechado en 1939 para recordar el nacimiento del más trascendente revolucionario e intelectual del siglo XIX cubano.
Imagen: La Jiribilla
Condecoración ¨Por la cultura nacional¨ en el despacho del ministro. 1982
 
Al Héroe Nacional dedicó el autor, por cierto, varios textos, que se reúnen en El retorno del maestro. Uno de ellos es el soneto “Martí”, de 1953, creado en el año del centenario del natalicio del Apóstol:  
 
Tiene que haber, con su dolor entero,
un corazón de rosa navegante...
Y ha de vivir allí, para que cante
el ufano milagro del jilguero.
 
Para marcar tus rutas, un lucero.
Para cargar tus libros, un gigante.
Y para que el amor siga adelante,
la sonrisa de luz de un tabaquero!...
 
Allí el pasado ardiendo en una hoguera.
La paloma y la estrella. Y la bandera,
florecida con todos los cariños...
 
Allí, para hacer tuyo el monumento,
dulce el futuro, con la miel de un cuento
de los que diste al mundo de los niños!... 
 
“El maestro ha vuelto: la alfabetización, Nicaragua, el Internacionalismo, la Unión Soviética. Aquí está con su voz alta y limpia, campesina y proletaria”, escribe, al presentar la última sección del libro, la poeta y narradora Excilia Saldaña —quien, por cierto, tuvo a su cargo la edición y las notas de la obra, que llega acompañada de las ilustraciones de Miriam Gonzalez Giménez.
Solo 19 poemas pueden leerse en “El retorno”, en los que Ferrer regresa, ya desde la experiencia vivida y los sueños realizados, a comentar, indagar, reflexionar, mediante su personal discurso lírico, sobre esos temas que le preocuparon, y ocuparon, durante varios lustros de fértil ejercicio lírico.  
“Canción-Paz”, de 1959, poema final del volumen, es, quizá, como una reafirmación de esos principios que guiaron la existencia de Raúl Ferrer:
 
Lo que el mundo necesita
es la ciencia con amor.
Ni la muerte ni el dolor
en el átomo palpita.
La tierra al trabajo invita
y debemos responder.
Entonces vamos a ver
que muerto el odio y el llanto,
que la Paz que es un canto
para vivir y crecer!
 
Los pueblos hermanos son
en la vida y en la muerte.
Nadie se juegue su suerte
con la bomba por razón.
Canten todos la canción 
que con palomas difundo.
Es el mensaje profundo
que en la paz de su alborada,
echa Cuba liberada
sobre los pueblos del mundo!
 
No solo se dedicó Raúl Ferrer (Yaguajay, 1915-La Habana, 1993), desde la razón y la pasión, a impartir clases. Fue también, antes de la alborada de enero de 1959, un combativo defensor de los derechos ultrajados de los maestros y, luego de la victoria de la Sierra y el llano, no cejó en su empeño de contribuir a edificar la nueva sociedad cubana.
Mas, en su biografía, junto a medallas, condecoraciones y títulos honoríficos, es imposible dejar de mencionar el respeto, la admiración y el cariño que le profesaron quienes fueron alguna vez sus alumnos o, simplemente, quienes lo conocieron en sus infatigables cruzadas a favor de la educación y la cultura.
No se equivocaba, por ello, su amigo, el periodista y narrador Enrique Núñez Rodríguez, cuando aseguraba que “de su escuelita del central Narcisa salió hacia el aula inmensa de la Patria”. Y quien lo dude, que encuentre la respuesta en las páginas, conmovedoras, estremecedoras, hermosas, de El retorno del maestro.
 

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