Crónica de una pasión infinita

Julio M. Llanes • La Habana, Cuba
Fotos: Mario Díaz.

Siempre he pensado que es difícil intentar apresar en palabras la luz y el estruendo perdurable que nos dejó en la memoria ese paradigma del magisterio, ese relámpago humano llamado Raúl Ferrer. Por tanto, (…) no cometeré el error de teorizar sobre su obra y  vida. Es mejor evocarlo en aquellas aristas humanas suyas que me siguen impresionando.

Imagen: La Jiribilla

Inicio de la campaña nacional por la lectura en la tabaquería La Corona.1985
 

Alguien me preguntó un día si yo había sido alumno de Raúl Ferrer y le dije que no, porque nunca estuve en su aula. Con el paso del tiempo me he convencido que  debí  responder lo contrario, ya que su maestría no estaba limitada por espacios físicos ni horarios y se ha ido asentando dentro de mí, de manera tal que siento me acompaña tanto en mi labor personal, como en mi tarea de escritor.

¿Cuándo y cómo conocí a Raúl Ferrer? Creo que en vez de conocerlo lo descubrí. Recuerdo que yo era un niño de 11 años que había tenido que abandonar la escuela con solo 5to. grado de primaria para dedicarme a vender dulces y limpiar zapatos en un pueblito llamado Yaguajay, donde por obra del azar concurrente todos conocían al maestro que era uno de sus habitantes esenciales. Un día, convertido en Brigadista Conrado Benítez, me fui a la Campaña Nacional de Alfabetización, en la cual mi coterráneo ilustre fungía como Vicecoordinador Nacional. Orgulloso andaba yo con mi Cartilla Venceremos. Nunca lo había visto, pero muchos años después, como un José Arcadio Buendía cubano, descubrí el agua tibia, cuando supe que cada vez, al enseñar las vocales, yo hacía repetir a mis alumnos: OEA, Organización de Estados Americanos.

Cuentan que sin pretender teorías, casi a pura intuición, disfrutó con la creación de esas herramientas pedagógicas que vinculaban la enseñanza con la vida cotidiana y el entorno político y social, en tiempos en que aún no se hablaba mucho en América Latina de la llamada educación popular ni de Freyre.

Con OEA o sin OEA ganaremos la pelea me acompañaba con su vozarrón y su optimismo Raúl Ferrer, pues fue uno de los artífices esenciales de esa batalla de lápices y libretas. Los que lo acompañaron no solo en Cuba, sino también en las cruzadas alfabetizadoras de Nicaragua y Angola, cuentan que sin pretender teorías, casi a pura intuición, disfrutó con la creación de esas herramientas pedagógicas que vinculaban la enseñanza con la vida cotidiana y el entorno político y social, en tiempos en que aún no se hablaba mucho en América Latina de la llamada educación popular ni de Freyre.

Pasó el tiempo, estudié magisterio, tuve maestros buenos, por supuesto; pero vine a comprender que la esencia y el éxito verdadero de esta singular profesión estaba en la dimensión humana del maestro, en su profundo humanismo, en su capacidad de amar, porque como decía Martí “la enseñaza, quien lo duda, es una obra de infinito amor”. Ello se me reveló de golpe, en una noche maravillosa: la UNEAC en Sancti Spíritus había invitado a Raúl Ferrer y Onelio Jorge Cardoso a su sede provincial. Ellos dos, realmente llegaron para festejar el cumpleaños de un viejo amigo en Yaguajay, de cuando ambos tenían la escuela primaria en el central Narcisa.

El local se llenó de quienes fueron a escuchar a dos personalidades de la educación y la cultura hablar de sus obras, y de curiosos  y  “participantes voluntarios llevados por su padres”, como mis hijos. Todos, asombrados, asistimos a la evocación minuciosa de los cuentos de la famosa escuela, algunos de los cuales eran muy conocidos oralmente en toda Cuba. Recuerdo que Onelio confesó que añoraba regresar a ese lugar, albergarse, como antes, en las ruinas del mismo barracón de esclavos, revivir para ambientarse y poder escribir todo aquello que consideraba extrañable; pero el Cuentero Mayor murió a los pocos días de regresar a La Habana. Ya yo había escrito algunos libros y sentí que los relatos escuchados me perseguían. Repetí una de las anécdotas a mis hijos pero ellos me rectificaron detalles. Así supe que debía escribir sobre esa escuela, Raúl y sus niños protagonistas. Tomé una grabadora y me fui al antiguo central Narcisa y reuní algunos de los alumnos. Unos a otros se fueron avisando, respondieron de otras provincias y hasta uno que se encontraba en Canadá quiso rememorar. Los ojos les brillaban de solo recordar las canciones que cantaban para entrar y salir a la escuela, de la gran fiesta que significaba asistir a clases, de recordar cómo Benigno La Fe castigó a su hijo con lo que más podía dolerle: no ir a clases. Evocaron emocionados, con lágrimas en los ojos, las fuerzas telúricas, el piojo ajeno, etc.

Imagen: La Jiribilla

Tan emocionado como ellos, le expliqué a Raúl que quería escribir de todo ese mundo. Se negó enfáticamente, pues no quería convertir algo querido de su vida en pura literatura. Se me ocurrió encender la grabadora para que él escuchara a sus antiguos alumnos y el maestro, como un niño más, se puso a discutir y porfiar con los narradores. No había olvidado ni el más mínimo detalle de lo vivido en aquella escuela entre aquellos niños pobres, piojosos, descalzos, que merendaban azúcar prieta, trocitos de caña o una naranja. Poco a poco se fue convenciendo de que era importante recoger en un libro aquellos relatos orales que ya recorrían la Isla entera. A tal punto se entusiasmó que ya poco le faltaba para quitarme el lápiz y tuve que preguntarle: “¿Maestro, lo escribe Ud., o lo escribo yo?”. Como sabía que no iba a poder ver el libro publicado, inventé una plaquette, como adelanto editorial y cuando, por fin, el texto ganó el Premio Edad de Oro, lo invité a la premiación y el acto se convirtió en un homenaje al maestro-poeta. Lo veía feliz. Después, el mismo texto ganó el Premio La Rosa Blanca de la UNEAC a los mejores libros publicados en el año en Cuba. Hoy, cuenta con cinco ediciones, una por la Universidad de Pelotas en Brasil, y la última a solicitud del Ministerio de Educación por la Editorial Pueblo y Educación para todas las bibliotecas escolares de Cuba, y ahora se proyecta una para la conmemoración del centenario de Raúl. 

No olvido que la crítica señaló como un acierto el usar a la niña mala como narradora. Yo me sonreí al saberlo, ya que esa niña, personaje imaginario inventado por el maestro, síntesis de características de las niñas del aula, tuvo de por sí tanta vitalidad en la vida real, que algunas alumnas se disputaban ser su inspiradora; esa Dorita, niña difícil, pero honesta, solidaria, humana, incomprendida por la mentalidad de falsa moral de la época. Otros estudiosos señalaron la presencia de la intertextualidad por el uso que hice de versos del maestro intercalados entre las narraciones. Quizá ellos no sabían que Raúl discutía esos poemas con sus alumnos y ellos fueron quienes los copiaban intercalados entre lecciones y clases diarias. Otros señalaron que eran textos con cierto lirismo y poesía, volví a sonreír, porque la poesía no la inventé yo, existió siempre, estuvo allí, latente en el humanismo intrínseco de los relatos, en el amor que posibilitó una obra tan hermosa. Pienso que si acaso hay algún mérito en la escritura, es que tuve la misma necesidad de contar lo que él había vivido. No era mi libro, sino nuestro libro.

Hoy, se discute en el mundo sobre los famosos valores humanos y la manera de enseñarlos y aprenderlos. Raúl Ferrer, en su pequeña escuelita sin recursos, donde él mismo confesara en un poema intercalado:

  “Lo que mi aula necesita
  no cabe aquí:
  no tengo pupitres,
  ni libros, ni lápices,
  ni libretas, ni
  una pared decente
  para un retrato de Martí.
  ¿El desayuno escolar,
  y la merienda?
  ¡Jamás los vi!
  Pero de lo imprescindible
  dos cosas hay aquí:
  tengo un puñado de niños
  y ellos me tienen a mí.
  Yo trabajo y ellos crecen.
  El tiempo me dirá si
  esta batalla florece
  o mi escuela sigue así

Resolvía los problemas escolares con su respuesta pedagógica de discurso práctico; educaba con el trabajo colectivo formador de responsabilidad en los alumnos con el huerto escolar; enseñaba solidaridad cuando partían la naranja para compartirla; invocaba el civismo al dividir su aula en dos grupos (Democracia y Victoria), para que también aprendieran a soñar con lo que no tenían; ilustraba el patriotismo cuando se nombraba a la ceiba que los sombreaba como Céspedes, y se hacía acompañar por Martí en todo momento, al punto que los alumnos le preguntaron un día si eran familia.

Un día criticó a sus amigos veteranos de la guerra de independencia porque en las paredes del local de la asociación de Yaguajay no aparecían los retratos de los patriotas blancos junto con los de los negros, como juntos estuvieron en la manigua, y de la misma manera, se empeñó en hacer poemas, como el “Romancillo de las cosas negras” o el “Romance de la niña mala”, verdaderas bofetadas al rostro de la moral y al racismo de la sociedad burguesa y siembra de sentimientos de condena en los niños de su escuela.

Raúl no creía en  la escuela aislada de la comunidad, la concebía como el más importante centro de promoción cultural.

Raúl no creía en  la escuela aislada de la comunidad, la concebía como el más importante centro de promoción cultural.  Los alumnos, a quienes les faltaba casi todo lo material, tuvieron coros, participaban en obras teatrales, pudieron apreciar a personalidades de la cultura como el declamador Severo Bernal, la actriz Raquel Revuelta, el Indio Naborí y el propio maestro Onelio Jorge Cardoso, quienes después fueron Premios Nacionales de Teatro y Literatura. No les faltó su aliento espiritual. Fue un abanderado de la idea de que la educación y la cultura están indisolublemente vinculadas, un convencido de las potencialidades del arte y la literatura para catalizar auténticos saberes y aprendizajes en la vida. Le gustaba decir que era “un pedagogo para su poesía y un poeta para su pedagogía”. No por casualidad, en el momento de crear un reconocimiento nacional para los escritores, artistas, investigadores y pedagogos del país más destacados en el trabajo con los niños, surgió el Premio Romance de la Niña Mala, que ya han recibidos centenares de ellos desde hace más de dos décadas.

Siempre me he preguntado de dónde provenía esa energía contagiosa que lo caracterizaba. Creo que emanaba de su contacto con la vida, que le conformó un carácter rebelde ante la injusticia y un brillo intenso en la mirada, y una amorosa e infinita alegría ante las cosas buenas, o el enojo ante lo mal hecho. Lo cierto es que no permanecía impasible ante los acontecimientos. Raúl se involucraba en todo, para poner cuerpo y alma tanto en las cosas pequeñas como grandes de su vida.

Raúl conocía del valor de la emoción, la fuerza de la palabra entusiasta, de la pasión que acompaña los hechos, detestaba la postura de maestros amargados, incapaces de sembrar la belleza de la palabra y de la lectura en la vida de sus alumnos. Construyó, día a día, una especie de pedagogía de la ternura.

Después de haber escrito varios libros sobre otras personalidades de la cultura, como Dora Alonso, Nicolás Guillen, Plácido, comprendí que el maestro-poeta le insufló a su labor dentro y fuera del aula la pasión que lo caracterizaba. De eso me di cuenta cuando leí nuestro libro a educadores de otros países y se emocionaban de manera similar a los cubanos. Siempre recuerdo que cuando estuve en la escuelita de La Higuera, punto  final de un viaje solitario por la ruta del Che en 1998 para hacer un libro sobre el Guerrillero Heroico, quise hacerle un homenaje en el aniversario y a la misma la hora en que lo asesinaron. Reuní a los niños y al maestro de la escuelita para una lectura; pero me costó trabajo terminar, porque al mirar al suelo descubrí que había leído “Las fuerzas telúricas”, precisamente, en un lugar donde la mayoría de los niños estaban descalzos como los alumnos  de Raúl Ferrer 50 años atrás.

Toda utopía necesita un rostro para encarnar. Raúl Ferrer es solo el nombre del hombre que conocimos, si no hubiese existido lo hubiéramos inventado como imagen del magisterio, la poesía y la pasión que necesitamos hoy más que nunca.

Toda utopía necesita un rostro para encarnar. Raúl Ferrer es solo el nombre del hombre que conocimos, si no hubiese existido lo hubiéramos inventado como imagen del magisterio, la poesía y la pasión que necesitamos hoy más que nunca.

Cuando la Oficina Regional de UNICEF me solicitó un breve texto para incluirlo en una antología de escritores iberoamericanos destinado a los niños titulada Las palabras pueden, no vacilé en seleccionar un relato de nuestro libro que resume vivencias y evoca la personalidad de Raúl, con el cual acostumbraba yo a comenzar las lecturas públicas de textos míos.

La vida tiene sus paradojas. A él le encantaba recitar y cantar unos versos sobre El Mago de Oz. Era un optimista y quizá también un mago que siempre supo que las palabras pueden. Tal vez por eso las suyas eran como él mismo: un torrente emocionado y emocionante, un relámpago apasionado; pero nunca imaginó que uno de sus recuerdos vitales, esos que  inicialmente él mismo se negó a que se convirtieran en literatura, estarían en las bibliotecas escolares de Cuba y, al mismo tiempo, recorrerían España y América Latina en una antología junto con otros relatos de García Márquez, Saramago, Isabel Allende, Retamar. Permítanme terminar estas palabras de evocación con la lectura de ese relato corto, profundamente humano, que he leído ante público cientos de veces, pero que siempre me hace reír y pensar, el mismo que a Raúl y sus alumnos les gustaba llamar “El piojo ajeno”:

El piojo ajeno  [1]

Ayer, después que los del grupo de la Cruz Roja revisamos la higiene, Raúl entregó una carta a cada alumno. Eran para los padres. Nadie sabía qué decían. Estábamos locos por abrirlas, pero ninguno se atrevió a hacerlo.

  —Mamá —le pregunté—, ¿se puede saber qué dice la carta del maestro?...

Pero ella no contestó, sino que pasó la mano por mi cabeza y metió los dedos en cada mechón de pelo, como si se le hubiera perdido algo.

—¡Menos mal que fue otra!... ¡Qué pena hubiera pasado!...

—Pero, en fin, ¿qué dice?...

—Nada, hija, que tú eres muy limpia, pero que otra alumna tenía piojos y te los pegó...

Mamá me lavó durante mucho rato. Me restregó la cabeza con tanta fuerza, que pensé que no me iba a dejar ni un pelo. Después untó lo que mandó el maestro.

Hoy me he levantado pensando en las cartas. ¿Quién será el piojoso?

—¿Qué decía tu carta? —pregunto a Rosita.

—Que debía curarme de los piojos porque alguien me los pegó.

—¿Y la tuya, Mariíta?...

—Lo mismo.

—¿Se puso brava tu mamá?

—¿Por qué, si yo no soy la piojosa? ¡Tremenda pena si hubiera sido yo!...

—¿Y tu carta, Pedrito?

—Lo mismo.

—¿Y a ti, Fernando?

No sigo preguntando. Ni el grupo de la Cruz Roja sabe quién es el piojoso pegador, el que vino con los bichitos en la cabeza. ¿Quién será el dueño del piojo? Para mí que los maestros sí saben. ¡Qué vergüenza, si dijeran quién fue! ¿Y si resultara yo, o alguno de mis amigos?... ¿Será por eso que no tiene dueño y es ajeno este piojo porque no es de nadie?... ¿Por qué todas las cartas dicen lo mismo?...

Dice Fernando que, al parecer, el piojo no tiene dueño...

—¡Vino caminando solito solito!... —dice con su risa maliciosa.

Yo también me río. Se me ocurre que un día de estos, un piojo chirriquitico, que casi no se ve, se para en la puerta y grita molesto:

—¡Señores!... Estoy cansado de caminar y preguntar. Por fin, ¿cuál de ustedes es mi dueño?... ¿Hasta cuándo voy a ser un piojo ajeno?...

Y como nadie le sabe contestar, se pone rojo de rabia, pisotea el suelo, se arranca hasta el último pelo, y por último, da un tirón tan grande a la puerta, que las bisagras se aflojan y se estremece toda la escuela.

 

Intervención en el panel Magisterio, poesía y pasión en Raúl Ferrer. Sala Nicolás Guillén, Fortaleza San Carlos de La Cabaña, Feria Internacional del Libro 2015. La Habana,  15 de febrero de 2015. 
Nota:
1. Relato perteneciente al libro Sueños y cuentos de la niña mala, del escritor Julio M. Llanes, autor de esta intervención en el panel.

Comentarios

Fenomenal, como todo lo que he leído de Julio Llanes, me fascina su estilo, me he emocionado (hasta el llanto) con "El día que me quieras", "Sueños y cuentos de la niña mala"; ahora acabo de leer este artículo sobre el maestro Raúl Ferrer y me maravillo otra vez. Mañana, precisamente en una peña de la Asociación de Pedagogos tuneros en homenaje al centenario de Raúl Ferrer, motivaré a un grupo de maestros experimentados y a otros en formación para que lean la obra de estos grandes maestros.

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