Maestro y poeta de la escuela y la vida

Juan Nicolás Padrón • La Habana, Cuba
Fotos: Antonio López y Mario Díaz.

El primer texto que edité en la Editorial Letras Cubanas, en 1980, fue Décima y romance de Raúl Ferrer. Como es costumbre, el editor debe prepararse para ese encuentro con el autor, pues no se trata de discutir la falta de alguna coma necesaria, o de hacer vida social, sino que el especialista debe haber hecho, al menos, dos lecturas de la obra ―una informativa y otra evaluativa―, llevar una propuesta de modificaciones, que puede ir desde las gramaticales, sintácticas y estilísticas, hasta la estructura del libro, el orden de sus partes, los títulos de las portadillas, y la sugerencia de incluir prólogos, cronologías, notas al pie, bibliografías, apéndices, anexos, que complementen y enriquezcan la lectura del texto, además de revisar un proyecto de nota de contracubierta o una estrategia de publicidad o promoción para cuando el libro se publique, entre otras cuestiones. Es necesario tener en cuenta, asimismo, rima, métrica y estrofas, en el caso de poemas que siguieran la tradición del idioma, como los del referido libro de Ferrer. En tales reuniones, debe mantenerse una relación de autoridad y respeto basada en el conocimiento de la obra del autor y algunos aspectos de su vida que contribuyan a comprender el trabajo con su escritura, lo cual exige informarse sobre qué ha publicado con anterioridad, cuál es su “estilo”, qué proyección “ideológica” tiene, cómo es su “carácter”…

Imagen: La JiribillaLanzamiento del libro de Raúl Ferrer Viajero sin retorno.

 

Tuve la suerte de que mi primer autor fuera Raúl Ferrer, pero solo después pude conocer por mí mismo que se trataba de un ser afable y entrañable.

Cuando mi madre se enteró de que había iniciado un trabajo nuevo como editor y que debía encontrarme con Raúl Ferrer, me aseguró que era un gran hombre, recordado por ella con mucho respeto, pues como había sido maestra, sabía de sus luchas y desvelos por mejorar el salario a los maestros rurales, lograr el reconocimiento de los derechos del magisterio y que se aprobara el desayuno escolar para las escuelas más humildes, donde asistían niños hambrientos que apenas podían asimilar los conocimientos impartidos, porque no habían comido nada después de levantarse. Tuve la suerte de que mi primer autor fuera Raúl Ferrer, pero solo después pude conocer por mí mismo que se trataba de un ser afable y entrañable; en mi primera conversación con él no me hizo sentir ninguna diferencia entre el editor primerizo e inseguro y el viceministro de larga trayectoria y experiencia, una de las primeras señales de que estaba frente a un hombre excepcional. Como joven e inexperto, cuando estaba frente a Ferrer en su oficina del Ministerio de Educación, me percaté, por el salto en la foliación, de que se me había perdido una página, pero él, con su proverbial buen humor, me insinuó con risa socarrona que quizá el papel tuvo mejor uso, y me aseguró que no había ningún problema; me dio papel y lápiz, y para mi sorpresa, me dictó las décimas que faltaban con la precisión ortográfica que solamente se tiene en cuenta para el lenguaje escrito. Sabía que podía ser amigo de un hombre así, que no se molestaba por el error ajeno aunque lo afectara y proponía de inmediato una solución, a pesar de la diferencia de edades. Estaba delante de quien se había afiliado a los comunistas desde los años 40, antes de yo nacer, y de quien en 1953, cuando yo tenía tres años de edad, ya estaba defendiendo en Austria la causa del magisterio cubano en la Conferencia Mundial de la Federación Internacional de Sindicatos de Educadores. Con su labor continuada en defensa de la educación, participó activamente en la Campaña de Alfabetización como vicecoordinador nacional, acompañando a Armando Hart en esa hermosa gesta. En aquella ocasión en que se estaba abriendo un camino inédito para enseñar a leer en Cuba, había propuesto una fórmula para que la campaña cumpliera su objetivo: QTATA, es decir, “Que Todo Alfabetizador Tenga su Analfabeto”, y también, “Que Todo Analfabeto Tenga su Alfabetizador”, una síntesis que cualquier delegado podía entender con rapidez. Había continuado después en la dirección de los Programas de Seguimiento Escolar para alcanzar el 6to. grado, y después, el 9no. Era asombrosa su vitalidad, y visible su condición hiperactiva.

Seguidor de esa formación cultural y cívica, Raúl era un hombre con auténtica voluntad de servicio, siempre luchando desde su puesto para que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

En el momento en que por la Colección Mínima de Letras Cubanas salió de la imprenta Décima y romance, me di cuenta de que una confusa indicación mía había provocado un error. “El romancillo de las cosas negras”, publicado en 1947 junto con otros poemas, e incluido también en Viajero sin retorno por Ediciones Unión, había salido como “El romancillo de las cosas”, pues el linotipista había interpretado que la palabra “negras”, que yo había añadido en el original, en vez de formar parte del título, indicaba que este debía ir en negritas, y así salió el título, incompleto pero en negritas. Indudablemente, no había realizado bien la marcación, y para colmo, no lo había advertido ni en las pruebas de galeras ni en las planas. Dispuesto a reconocer mi error, se lo dije a Ferrer pensando que podía molestarse, pero recibió la noticia con una explosión de risa que me devolvió la calma, y enseguida me argumentó que el énfasis de lo negro en las letras era suficiente para transmitir que se trataba de “las cosas negras”. Comprobé así que Raúl Ferrer era más excepcional de lo que me imaginaba, y fue como una invitación a acercarme más a su personalidad; desde entonces tuve mayor comunicación con él, aunque desafortunadamente espaciada por las tareas que ambos teníamos. Estuve alguna vez en su hogar de la calle Luis Estévez, donde conocí a su inseparable Raquel y observé el ajetreo de su diario acontecer familiar; aquel “entra y sale” de amigos y conocidos, y las continuas llamadas telefónicas, me recordaban la casa donde crecí con mis padres, y aunque me encontraba en el centro de Santos Suárez, identificaba la casa “guajira” de un criollo genuino. Seguidor de esa formación cultural y cívica, Raúl era un hombre con auténtica voluntad de servicio, siempre luchando desde su puesto para que todos tuviéramos las mismas oportunidades. Sin perder su condición de maestro rural, no dudó en aceptar la dirección de la Campaña por la Lectura en Cuba, un trabajo en que nos acercamos más cuando me encontraba en la entonces Dirección de Literatura; él se empeñó en aquella cruzada para continuar conquistando espacios para la emancipación del ser humano. Fue, además, un ingenioso periodista cultural y un apasionado conferencista sobre temas educativos de gran proyección cultural, pues estaba convencido, como Hart, de que la labor educativa no era más que una vía para llegar a la cultura, una rareza entre algunos funcionarios del Ministerio de Educación, atiborrados de metodologías y didácticas, con demasiados prejuicios sobre el conocimiento artístico y literario.

Imagen: La Jiribilla

Inicio de la campaña nacional por la lectura en la tabaquería La Corona
 

Raúl fue un creador permanente, activo de pensamiento y palabra, en la acción cotidiana y en su quehacer docente: para él, la educación era ciencia y arte.

Si queremos hoy que Raúl Ferrer viva entre nosotros, debemos recordarlo en su empeño cotidiano para que la escuela se parezca cada día más a la vida; su proyección como intelectual y poeta se dirigía a las relaciones que unen el aula a la existencia, y la cultura a la sociedad. Su breve obra poética, eminente y directamente autobiográfica, se nutría de las vivencias durante las luchas sindicales, sociales y políticas en su deambular por territorios de las provincias centrales de la Isla, y su legado como maestro se parecía mucho a su creación literaria, en la que ética y estética resultan inseparables; su pedagogía nunca se desvinculó de la encomienda sociocultural ni del sentido de justicia social, solidaridad y unidad de los cubanos en torno a la honestidad y la honradez, ni del amor al trabajo y a la nación con que se había forjado su sueño patriótico, mas todo ello desde el arte y la poesía. Raúl fue un creador permanente, activo de pensamiento y palabra, en la acción cotidiana y en su quehacer docente: para él, la educación era ciencia y arte, aspiración y reto de la escuela actual, que aún no logra transmitir la sensibilidad humanística, la utilidad presente y futura de la enseñanza de la Historia, ni el rigor imprescindible al cultivo del pensamiento científico, y en especial, los procesos indispensables de la abstracción, utilísimos para complementar cualquier reflexión que tenga en cuenta procesos a mediano y largo plazos. Quienes comenzamos como pedagogos, y posteriormente huimos hacia el sector artístico, sabemos que durante demasiado tiempo las densas metodologías, las exigentes didácticas de moda que después fueron criticadas, y los modelos esquemáticos con su férreo control de instrucciones y directivas, castraron la iniciativa de los maestros, no solo para los contenidos, sino sobre la manera de impartirlos. A la escuela cubana, con una práctica inflexible de otra época ya superada, le ha costado mucho trabajo dejar atrás esa rigidez y permitir al profesor el desarrollo de su experiencia y de su manera personal de transmitir los conocimientos, la singular forma de inculcarlos; incluso, hace unos años se intentó acabar con la especialización, lo cual provocó un nuevo éxodo, y aún hoy hay reticencia para que el educador se labre su propio camino pedagógico ―al final, “cada maestro tiene su librito”―, atento al sitio donde enseña y a las características y circunstancias en que imparte sus clases.

Martiano esencial, y como todo criollo, esquivo al dogma y descreído ante lo doctrinario, mantuvo una dirección creativa en su peculiar manera de educar y dirigir.

Raúl Ferrer, quien comenzó como maestro primario en el batey de un ingenio azucarero, lidió también con todos los casos para alfabetizar adultos en Cuba, y en el extranjero, pues fue asesor internacional de la Unesco para la cruzada de la alfabetización, con una práctica exitosa en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista; él sabía perfectamente que la formación integral del maestro y su comunicación con el entorno, junto con su desarrollo profesional alrededor de disciplinas de su interés, constituían los pilares para mantener la calidad de la enseñanza. La personalidad artística del maestro-poeta Ferrer lo privilegiaba en los derroteros de comunicación para llegar al ser humano, desde la emoción y la sensibilidad; su prodigiosa memoria se complementó con el don de la improvisación, y en su inteligencia se distinguía la agudeza para hacer más eficaz su maestría; su carácter alegre y vital, afectuoso y pícaro, lo habían convertido en un gran comunicador, siempre cercano a los jóvenes. Martiano esencial, y como todo criollo, esquivo al dogma y descreído ante lo doctrinario, mantuvo una dirección creativa en su peculiar manera de educar y dirigir, con todo el contenido que implica el significado de esos conceptos, que bien sabemos no se reducen ni a la información ni al mandato. Operó con formas pedagógicas indirectas para transferir e inculcar valores, relacionar anécdotas con moraleja implícita, lanzar al aire una décima o un romance que hacía más agradable la vida, cantar a la guayabera o a una “niña mala” ―romance que su sobrino Pedro Luis versionó magistralmente ―, aprovechar cualquier ocasión para infiltrar el aprendizaje fuera de lo establecido o esperado, y utilizar de manera eficaz el humor y la travesura campesina que estimulaban no pocas veces las mejores razones del ser humano, acompañándose de su singular ternura. Fue maestro y poeta, de la escuela y de la vida.

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