Raúl Ferrer vivo bajo su flor

Ramón Luis Herrera • La Habana, Cuba
Fotos: Juan Gutierrez

Raúl Ferrer (1915-1993), hombre volcado a la consecución de la justicia y la belleza, encauzó esa anhelante búsqueda hacia la acción creadora como activista político y pedagogo. Pero el suyo era un genuino talento poético inseparablemente unido a esa vocación de permanente servicio: de tales conjunciones nace su obra lírica, singular en   múltiples sentidos.

Imagen: La Jiribilla

Influido muy de cerca por los clásicos estudiados en sus años escolares y por la poesía de orientación social que en Cuba fundaran Regino Pedroso (1896-1983), Nicolás Guillén (1902-1989) y Manuel Navarro Luna (1894-1966), el poeta-maestro de Yaguajay resulta quizá más próximo a un conjunto de escritores un tanto más jóvenes que funden esa sensibilidad ante las causas populares con la fidelidad a la tradición métrica del idioma, a lo identitario nacional y a la herencia romántica. Entre ellos puede citarse a Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí (1922-2005) y a Adolfo Martí Fuentes (1922-2002), unidos, además, por estrecha amistad a Raúl.

Sin embargo, algo lo hace diferente, y es el peso de la vivencia, de lo hondamente personal de su expresión al cantar asuntos de trascendencia colectiva. Se dirá que la poesía puede nutrirse de lo vivido tanto como de la tradición cultural o, autofágicamente, del lenguaje mismo y todo ello es válido; pero puestos a respetar legítimas otredades, es innegable que el bullente magma autobiográfico de Raúl Ferrer dota a sus poemas de un perfil inconfundible y ese es tal vez el núcleo duro de su escritura, que le asegura un lugar propio en la lírica insular.

¿Acaso el “Romance de la niña mala” —por ejemplo— junto con la huella lorquiana de tan grande presencia entonces en Cuba, junto con la denuncia de hirientes desigualdades, no debe su condición antológica a la intensa carga de vida vivida, en la voz de un hablante lírico que es, sin distancias, la del hombre testigo de su peleador ser en el mundo?

La espontaneidad de este poeta tiene poco que ver con la obsesión del artífice que pule hasta el agotamiento su texto.

La espontaneidad de este poeta tiene poco que ver con la obsesión del artífice que pule hasta el agotamiento su texto. En sus poemas más circunstanciales, resultado probablemente de perentorios encargos y conmemoraciones diversas, la retórica se torna con frecuencia protagónica y esa es la zona más prescindible de su obra, como ocurre casi siempre con otros poetas. Mas Raúl Ferrer muestra un seguro dominio métrico, una intuición rítmica sin caídas, un decoro expresivo que no es mera corrección sino generosa capacidad natural, enriquecida por su condición de lector infatigable.

“Parada en Guaracabulla” ilustra, quizá como ningún otro texto, algunas de las más esenciales virtudes de la poesía de Raúl. Fechado en 1945, el texto se aparta por su tono entre lo irónico, lo humorístico y lo exaltadamente político, de aquellos en que el sentimiento se expresa con grave emotividad. La inusual rima consonante en —ulla (o —uya, que para el oído cubano es lo mismo) acentúa esas oscilaciones del tono, que va ganando en tensión hasta el contundente verso final (“saldré amarrado de Guaracabulla!”), convincente por venir de quien viene y enunciador de la imposibilidad de los idilios bucólicos en un país dominado por “los horrores del mundo moral”, percibidos por José María Heredia (1803-1839) al comienzo de la tradición lírica nacional. La sabia elección de adjetivos y verbos, el sinuoso ritmo conseguido mediante versos que van desde el endecasílabo hasta el pentasílabo, demuestran cómo el sólido oficio acompaña a la palpitante frescura de una voz tan cercana a la improvisación popular.

Imagen: La Jiribilla

Raúl Ferrer en la Jornada Nacional Cucalambeana. Las Tunas
 

Incluso en textos marcadamente ancilares, surgidos en y para la labor pedagógica, como “Para aprender el acento” y “Tiempos del verbo”, es visible una factura que trasciende con creces la versificación didáctica al uso:

   Ayer es el pasado en que luché.
   Hoy, el duro presente en que lucho.
   Mañana, mi futuro: lucharé!

   Esta lección hay que cantarla mucho,
   haciendo en el presente el hincapié:
   ¡Luché!... ¡Lucharé!... ¡Lucho!
   Yo la puedo enseñar porque la sé! [1]

Lo autobiográfico se transparenta una y otra vez en el abundante uso de las formas del pronombre o de las desinencias verbales que designan la primera persona; pero el suyo no es un “yo” egocéntrico, sino de compromiso solidario con los otros; parte de una dialéctica de individualidad-colectivo que, además de corresponderse con su ideología comunista, saca a la luz pública una sincera verdad interior:

   A lo mejor bajo mi flor no muero...
   A lo mejor me quedo en el paisaje…
   A lo mejor ya estoy en el sendero...

   En flor o esencia, yo daré mi viaje:
   todas las noches pongo mi lucero
   en el sitio mejor del equipaje! [2]

Este hombre de plena entrega a intereses sociales —inclaudicable antes de 1959, trabajador sin descanso en complejas responsabilidades en la época de la Revolución triunfante— vivió ese darse perenne y público como una mística de tensa resonancia espiritual:

Quiero:
del mar, las olas y la espuma;
de la tarde, la luz y el aire claro;
del bosque, el gran silencio de la savia;
del hogar, la tranquila paz del libro;
del viaje, la sorpresa;
y de la lucha, la razón y el arma.

No me tentéis con lo que turba y frena
—ni la sal, ni la angustia,
ni el insecto, ni el golpe del hastío,
ni la nube, ni el hilo del desvelo:
trampas del pozo oscuro de la muerte. [3]

Esos textos de examen interior se encuentran entre los de más concentrada potencia lírica de su ejecutoria: “Conmigo”, “Dorada espuela”, “Eco”, “El mármol de la rosa”, “Euforia”, “Fósforo”, “Ansiedad”, “Noche de guardia”, ”Soneto”, “Viajero”... Una idea atraviesa como un hilo rojo esos poemas de lúcida meditación: la vida es un viaje sin retorno, un recorrido que solo el sacrificio y la creación vuelven trascendente; se anda muerto-vivo si la existencia no está consagrada a servir —eco entrañable de un Martí hecho suyo de corazón.

Nací con estas manos para hacer
y no las quiero más tener ociosas.

Vine con mis dos ojos para ver
y voy a ver el fondo de las cosas.

Me dieron esta boca para hablar
y abriré con mi voz el infinito,

hacia donde —con piernas para andar—
voy porque lo merezco y necesito. [4]

Otros textos de muy cálida vivencialidad hablan de la historia como acontecer íntimo y ese sentimiento personalísimo les otorga una especial vibración emotiva, resaltada por el sabor coloquial de la expresión. Quizá el ejemplo más alto lo constituya “Elegía de percal”:

¡Murió Tía Pía!

La dura enfermedad de su trabajo
la asedió con los años y las penas
hasta el minuto en que por fin partía.

¡Pobre Tía Pía!

Me pareció que nunca moriría.

[…]

Tuvo un honor, quizás el único
que cupo a la humildad de mi Tía Pía:
Lavó y planchó las filipinas blancas
con que Máximo Gómez se vestía
cuando vino a acampar en el Narcisa
su trajinada y noble rebeldía.

[…]

Por eso la presento, en su sencilla
indumentaria de mujer bravía.
Y la beso. Y la dejo reclinada
en esta leve hamaca de poesía.
Y desde el beso digo a su recuerdo:

¡Adiós, Tía Pía! [5]

En esa misma cuerda de profunda simpatía hacia lo popular cubano Raúl Ferrer conquista un decir airoso de fina estilización de los códigos de la poesía improvisada, con la décima como estrofa señera. Precisamente, cuatro textos en forma de espinela se encuentran entre lo más feliz de su escritura: “Alfabetización”, “Guayabera”, “Guajira fiel” y “Décimas del tiempo tiempo”.

Poseedor de una notable fluidez sintáctica y rítmica, de una adjetivación y una sucesión de símiles y metáforas magistrales; muestra rediviva de la atmósfera entre humorística y graciosamente lírica de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el Cucalambé (1829-1861), “Guajira fiel” es uno de sus mejores textos:

Ver la guajirita aquella
y prendarme, todo fue
como tomarme un café
en la taza de una estrella.
Quise enamorarla y ella,
fresca como un alelí
dijo: salga por ahí,
yo sólo guardo esta miel
para mi guajiro fiel
que es el Indio Naborí. [6]

Por su parte “Décimas del tiempo tiempo”, es, junto con un ejemplo de reiteración léxica de jugosa expresividad, una honda reflexión acerca del sentido de la vida:

Cuando abandono el recuerdo
de la sonrisa de un niño
para dar vida y cariño
a la grasa de mi cerdo,
no podré saber que pierdo
ese tiempo en que me canso,
rico y gordo, falso y manso,
en el pantano mullido;
como otro cerdo, vendido
a la muerte y al descanso. [7]

De aquel centro irradiador nutrido de directa experiencia vital, mencionado al principio de las presentes notas, se derivan otros rasgos de esta poesía: su predominante tono enfático, muy funcional para la recitación —de la que Raúl Ferrer fue un cultivador dotado y asiduo—que no excluye el discurso íntimo, de serena reflexión o delicada efusión lírica; la preferencia por ciertos símbolos que, en ocasiones, muestran cierto desgaste expresivo: la rosa, la luz (en sus variantes de estrella, lumbre, antorcha…), el viaje, el corazón; la frecuencia de la gradación y el contraste como procedimientos compositivos. La gradación ascendente, idónea para la comunicación del poema frente al aula o la multitud enardecida y el contraste en forma de series paralelas, portadoras de ese crescendo emotivo, sostienen la arquitectura de textos paradigmáticos como “El romancillo de las cosas negras” y “Romance de la niña mala”.

El gusto por determinados símbolos se complementa con otra vertiente de más palpitante entraña comunicativa: la aparición de objetos cotidianos, como los juguetes para acompañar al artesano de “Despedida” en el viaje final, el viejo pupitre tatuado de “Elegía de los pañuelos en la brisa”, la mano de la tía:

En el pozo y la ubre,
blanca de espuma o negra de carbón,
desgranando el maíz para la cría.
Golpeando en el pilón,
pura para el adiós, pañuelo en la caricia
y generosa en el café del mediodía. [8]

Raúl Ferrer es un caso insólito en la poesía cubana porque escribió durante más de medio siglo y no es posible distinguir etapas creativas de un devenir jalonado por sucesivos libros. Su tenaz fidelidad a una línea estética configurada desde los textos iniciales es una singularidad suya, que determinó un hecho editorial tan raro como el ordenamiento de su antología Viajero sin retorno, aparecida a sus 63 años, sobre una base puramente alfabética. Es difícil, por tanto, que una trayectoria tan extensa e indiferenciada no incurra en reiteraciones de lenguaje, tono y semántica.

Raúl Ferrer es un caso insólito en la poesía cubana porque escribió durante más de medio siglo y no es posible distinguir etapas creativas de un devenir jalonado por sucesivos libros.

No obstante, como tendrá ocasión de constatar el nuevo lector de estos poemas o de reafirmar quien los admira desde hace tiempo, la poesía cubana no estaría completa si olvida los textos humildes, sinceros, dialogantes con la tradición, raigalmente vitales y sensualmente rítmicos de Raúl Ferrer. No se incurrirá en la provinciana desmesura de sobrevalorar a un poeta que no deslumbró con experimentos formales, que no fundó ni remotamente quiso fundar escuela. Pero tampoco se cometerá la injusticia de relegar a quien entregó un conjunto de textos no muy numeroso pero sí muy resistente a la erosión del tiempo, digno de cualquier antología seria; de ignorar a quien conformó, en general, una escritura artísticamente digna, de ostensible lozanía expresiva, pese a los bruscos cambios estéticos del pasado siglo.

Habían transcurrido cinco décadas y era hermoso escuchar con qué devoción sus alumnos del central Narcisa llamaban maestro a Raúl Ferrer. Suerte la de aquellos muchachos y muchachas de haber tenido en tiempos tan duros un maestro comunista todo humor, sabiduría, creatividad y sentido de lo bueno y de lo justo, hondo poeta en actos y no solo en versos, como quería Martí.

Bajo su flor, el poeta-maestro nacido hace un siglo, pese a lo poco que se le ha publicado, permanece vivo entre lo mejor del imaginario de su pueblo, porque fue un ser de excepción del magisterio, las luchas políticas revolucionarias, la cultura de su archipiélago rebelde.

 

Bibliografía:
1.   “Tiempos del verbo”, en Viajero sin retorno, Ediciones Unión, La Habana, 1979, p. 252. Raúl Ferrer empleaba los signos de admiración de forma profusa y muy libre, omitiendo a menudo el signo al comienzo de la oración.
2.    “Viajero”, op. cit., p. 262.
3.   “El mármol de la rosa”, op. cit., p. 98.
4.   “Eco”, op. cit., p. 82.
5.   Op. cit., pp. 105-107.
6.   Op. cit., p. 121.
7.   Op. cit., p. 67.
8. “Elegía de percal”, op. cit., p. 106.

Comentarios

quiero el texto del poema la niña mala y no lo encuentro quiero leerselo a mi hija

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