Renacimiento

Cira Romero • La Habana, Cuba

Cuatro publicaciones con ese título recoge la historia de nuestras revistas literarias: la habanera de 1915, otra, de Santa Clara, aparecida entre 1916 y 1917; de nuevo otra capitalina, de 1927, y por último una camagüeyana, de 1933. De todas, la más importante fue, sin duda, la primera, cuyo número inaugural apareció en abril. Fue “Revista de artes y letras” y apareció dos veces al mes dirigida por Marco Antonio Dolz (1884-1940), destacado periodista oriundo de Santiago de Cuba, pero radicado en La Habana desde muy joven. En todos los números se expresaba: “Renacimiento es una tribuna abierta a la exposición de todas las ideas, aún las más avanzadas” y se indicaba siempre que “Todos los originales que publica son escritos expresamente para la Revista, salvo las excepciones que se indiquen en los textos”. Su programa se redujo, según se señalaba en el primer número, a “… establecer, entre todos los escritores cubanos, del resto de América y los de España un lazo de estrecha unión. En estas páginas, llenas de juventud y de independencia y de sinceridad, se confundirán las firmas de los prosistas y poetas americanos y españoles”.  

Aunque tuvo algunas irregularidades en su aparición, su salida se estabilizó hasta hacerse mensual. Sus páginas dieron cabida a poesías, cuentos, pequeñas obras teatrales, artículos de crítica y de historia literaria, trabajos sobre música, teatro y arte y notas bibliográficas, cartas y otros apuntes de actualidad cultural y literaria, nacional y extranjera. Además, dio a conocer prólogos y fragmentos de libros próximos a salir o recién editados.

Colaboraron en sus páginas numerosos escritores extranjeros como Max Henríquez Ureña, Rufino Blanco Fombona, Luis G. Urbina, Antonio Gómez Restrepo, Salvador Rueda y Américo Lugo, entre los más notables. Entre los cubanos se destacan las firmas de Bonifacio Byrne, Agustín Acosta, Medardo Vitier, Fernando Llés, Joaquín N. Aramburu, Félix Callejas, Armando Leyva, Luis Felipe Rodríguez y Emilio Bobadilla.

Renacimiento nos permite descubrir la labor lírica, hoy casi ignorada, del dominicano, de larga residencia en Cuba, Max Henríquez Ureña, donde desempeñó una extensa labor intelectual en revistas como Cuba Contemporánea (1913-1927), mientras que años más tarde, en 1963,  dio a conocer su siempre útil Panorama histórico de las letras cubanas. Quizá no fue, propiamente, un temperamento poético, pero su producción, de la que se da amplia fe en esta revista, revela al poeta cultivado, dueño del idioma y de una amplia cultura moderna. En esta publicación dio a conocer algunos poemas recogidos en su libro Ánforas, de 1914, como “Idilio de provincia”, del cual adelanto su primera estrofa:

Viejo amor de provincia, ¿por qué acudes

a mi memoria, enferma y fatigada?

¿Por qué mis cuerdas íntimas sacudes

Y finges en mi ocaso una alborada?

Mis pretéritas ansias reverdecenɍ

mas, consumidas por vehemente fuego,

se dispersan ingrávidas, y luego

en el éter azul se desvanecen.

Entre los poetas cubanos que escribieron en sus páginas está quien, al igual que el anterior, no se destacaría por su obra lírica: José Manuel Carbonell, más inclinado con los años a la historia y a redactar, de modo personal, una monumental obra en 18 tomos, Evolución de la cultura cubana. 1608-1927 (1928), una especie de antología de la prosa y la poesía, de mayor valor cuantitativo que cualitativo. Pero lo cierto es que su lírica ha pasado a un plano secundario en su quehacer, y solo la han comentado José Antonio Fernández de Castro y Félix Lizazo al incluirla en su Antología de la poesía moderna en Cuba (1882-1925) (1926). Ambos reconocen, sin ambages, que la inclusión de Carbonell en ella fue debido a la cierta relevancia que alcanzó en algún momento su poesía, debido “a la sonoridad hueca de sus versos, manera apropiada para obtener el aplauso de las multitudes, sobre todo en una época de indudable mal gusto”. 

De Agustín Acosta publicó Renacimiento algunos poemas incluidos en Alas (1915), libro que, junto con Arabescos mentales (1913), de Regino E. Boti, y Versos precursores (1917), ayudó a despojar a la poesía cubana de las sonoridades nefastas del modernismo epigonal. En esta revista Acosta publicó poemas como “¡Quizás”!...

¡Aquel piano, aquel órgano, aquella orquesta mía

De mis días de mocedad…!

Todavía me llegan sus sones apagados,

Dispersos por la inmensidad.

Me lapidaron, me incensaron

Y me dijeron cosas de menos y de más…

Y me dije: “¿Es que soy un imbécil?”

                    ¡Quizás!...

En octubre del propio año 1915 desapareció Renacimiento. En octubre cerró sus puertas la que había nacido siete meses atrás como un esfuerzo, entre muchos, por plasmar inquietudes literarias de las entonces más jóvenes generaciones de escritores cubanos y de algunos latinoamericanos. 

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