Otro aniversario de la Casa de las Américas,
otro año de Revolución

Aurelio Alonso • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Tal vez no sea yo el más indicado para hacer este recuento, pues he compartido la tarea de la institución solo en los últimos diez años. Claro que mantengo vínculos con ella y sus intelectuales desde los años 60. De hecho, me atrevería a decir que, entonces, contribuyeron a mi formación intelectual, sin pretender culparlos de nada por ello.

En esta ocasión, son 56 años; pero cuando se ha vivido medio siglo las cifras de un solo dígito relativizan su sentido. Lo cual no resta motivos para volver a mirar atrás con cada velita añadida al pastel, revivir el recuerdo de los esfuerzos a lo largo del tiempo, momentos de verdadera gloria y otros de contratiempos coyunturales, los retos y las respuestas, los reacomodos para no desgastarse en esfuerzos infructuosos y la resistencia para no empeñar en reacomodos la identidad construida. Ante todo porque la identidad de la Casa es parte orgánica de la identidad de la Revolución misma. Este rincón no ha sido ajeno a nada de lo vivido, de lo sudado, lo festejado y lo sufrido.

Y hasta en aquellos momentos en que podría parecer que las circunstancias obligan a dejaciones, resulta que lo que no puede faltarnos es la lucidez para contribuir a que la identidad salga intacta de los malos momentos, ya que, de no lograrlo, pueden quedar heridas de difícil curación.

Las revoluciones tienen que ser capaces de rectificar, de generar críticas profundas de sus propias experiencias, de descubrir y enfrentar sus propios errores. Reconocerse en sus aciertos y en sus desaciertos, actuar siempre, es un papel tanto del ejercicio de decidir y conducir como del pensamiento y la creación; del político y del intelectual, por acudir a esa falsa dicotomía, que no poca confusión ha creado.

La Casa de las Américas fue fundada el 28 de abril de 1959, menos de cuatro meses después de la toma del poder y el despliegue inmediato de las acciones que iban a revolucionar la realidad de una nación lastrada de coloniaje y desigualdad. Y el primer recuerdo que acompaña a la fundación y la existencia misma de la Casa es el de aquella mujer excepcional, alma salida del alma de la Revolución misma, aquella persona tan llena de convicción y de lealtad, como de sacrificios y de sufrimiento, en cuyas manos fue puesta. Acierto difícil de sospechar la elección de Haydée Santamaría, en apariencia desprovista de instrumentos, pero con una sensibilidad desbordante que le merecía enseguida el respeto y el afecto de quien le trataba. Todo le interesaba, todo era capaz de entenderlo, y durante dos décadas que la dirigió, la Casa y ella se identificaron tanto que ya no podrán pensarse separadas jamás.

Las capas más formadas profesionalmente de nuestra sociedad —la mayor parte tal vez—, asociaban su destino al éxodo temprano del capital, en tanto se abrían los nuevos espacios que proveerían la transformación cultural. Entre esos espacios se destaca la Casa. Su vitalidad revolucionaria se revelaría enseguida con el Concurso Literario Hispanoamericano, llamado con posterioridad Premio Literario Casa de las Américas. Alejo Carpentier propuso los jurados extranjeros de su edición inaugural de 1960, la cual consiguió reunir a intelectuales tan célebres como el ecuatoriano Benjamín Carrión, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, los mexicanos Carlos Fuentes y Fernando Benítez, el venezolano Miguel Otero Silva, y el francés Roger Caillois, junto a algunas de las figuras más prominentes de las letras cubanas. Y sería así año tras año, haciéndose un verdadero ritual de la excelencia de la creación literaria y el pensamiento. En aquel año 1960, tiempo de iniciaciones, hacía su aparición también la revista Casa de las Américas, y revista y premio se convirtieron así en el tronco visible de aquel árbol nuevo, al cual se acercaba lo más notable de la narrativa, la poesía, el teatro y la ensayística latinoamericana.

La revista Casa de las Américas nació, por vocación y contenido, como la institución misma, de la que no quiso distinguirse —órgano al fin— con otro nombre, como una publicación latinoamericana y no solo cubana. Creo que fue así porque la victoria misma acontecida un año atrás proclamaba esta identidad de Cuba y su América, que medio siglo de hegemonía neocolonial había tratado en vano de invisibilizar. Se me antoja que así se eligieron los nombres. La Casa, como su revista, había nacido y crecería incluyente, en efecto de las Américas, sin espacio para celos localistas, portadora de un impacto recíproco de la Isla hacia el continente y del continente a la Isla. Roberto Fernández Retamar, que cumple ahora 50 años al timón de la revista es el responsable indiscutible de su coherencia y de sus calidades, las cuales tanto reconocimiento le han ganado en la América Latina y en el mundo hispano en general.

Sirvió la Casa de hogar a relevantes figuras del pensamiento y las letras latinoamericanas que eran perseguidas por sus ideas y su compromiso popular en sus propios países. La Casa de las Américas tuvo el privilegio de albergar a personalidades como el guatemalteco Manuel Galich, el argentino Ezequiel Martínez Estrada, el uruguayo Mario Benedetti, el salvadoreño Roque Dalton, y a otros que contribuyeron decisivamente al crecimiento y la ramificación de aquel árbol cultural plantado desde el poder revolucionario.

Con Galich cobró forma la actividad teatral y se fundó la revista Conjunto, cuyo prestigio se hizo también continental. Tras el golpe de Estado en Chile hizo Matta su primera visita a Cuba, e impregnó a la Casa con su excepcional mural Cuba es la capital, que recibe desde entonces, en el vestíbulo del inmueble, a quien nos visita. Su pulso de genio de la plástica, se sumó al del cubano Mariano Rodríguez, puntal de la institución, para revertirse en la magnífica pinacoteca latinoamericana con la que hoy cuenta, en certámenes especiales y en una tradición de diseño gráfico reconocida.

La segunda década de transición socialista cubana padeció de rigores que cobraron forma en episodios lamentables: aquellos que merecieron ser caracterizados con acierto como “quinquenio gris” por Ambrosio Fornet, que resaltaba así la creación del Ministerio de Cultura bajo la dirección de Armando Hart en 1976, que significó un freno para la imposición de esquemas burocráticos autoritarios en el mundo de la creación. La Casa, en ese período, centró sus esfuerzos en preservar la identidad y el prestigio logrado en los 60. La presencia de Haydée se hizo sentir aún con mayor intensidad, si eso fuera posible, para evitar desatinos en tiempos confusos. Se distinguió en el período, junto al ICAIC, en patrocinar al movimiento de la Nueva Trova, cuyos más destacados fundadores, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, vieron cerrado el acceso a los medios masivos. Aquí tuvieron un espacio de creación y promoción para su obra. Con este paso consolidaba en su estructura los soplos de Orfeo, que hasta entonces habían sido menos constantes. Surgieron así nuevos premios y el relieve de la Casa en la cultura nacional cada vez se hizo mayor. El árbol sembrado en 1959 crecía frondoso aun en tiempos de tormenta.          

Un revés de primera magnitud tendría lugar con la desintegración del socialismo soviético, que sería reiterativo describir. El daño en la obra de nuestra institución se puede ponderar a partir del sufrido por el país. El hecho es que la década final del siglo XX nos impuso restricciones económicas que se han podido balancear solamente gracias  al  apoyo del Ministerio de Cultura y, en general a las consideraciones de la dirección del Estado cubano, que no es ajeno a su papel para el socialismo cubano, el alcanzado y el que buscamos.

La conducción de la Casa, inspirada en el legado, siempre presente, de Haydée, a través primero de Mariano y, desde 1986, de Roberto, muestra una sólida solución de continuidad identitaria. Esta continuidad se percibe fácilmente en la presencia física de un grupo de los fundadores y viejos colaboradores, entre los más destacados, y por otra parte se beneficia con la incorporación de varias generaciones de intelectuales y profesionales más jóvenes que van marcando con creatividad nuevos estilos.

Fortalecida estructuralmente desde sus primeros años con la creación del Centro de Investigaciones Literarias, el de Estudios del Caribe, la Biblioteca, que acuna hoy uno de los fondos contemporáneos más valiosos del país y posiblemente de la América Latina, y el Fondo Editorial, improvisado para divulgar el premio literario desde sus comienzos y devenido en editorial especializada que ha posibilitado muchas otras iniciativas. En las décadas más recientes enriquecida con los programas especializados, que revisten un marcado acento funcional: me refiero a Memoria de la Casa, Estudios de la Mujer, Latinos en los EE.UU., Culturas Originarias de América, o Estudios sobre Afroamérica. Sus contenidos expresan claramente, desde los mismos títulos, las prioridades a las cuales responden.    

Otras iniciativas más recientes y tal vez menos orgánicas todavía pero de ningún modo secundarias en importancia, apuntan a incentivar la conexión cultural entre generaciones donde predomine el acento juvenil, como son Casa Tomada y La Casa por la Ventana. La Casa de las Américas se resiste a envejecer, sin renunciar a un solo ladrillo del edificio cultural configurado en más de medio siglo. En su identidad reconozco, como ya dije al principio, la identidad cultural de la Revolución.

Admito que dejo de aludir estructuras, importantísimas todas, como la de prensa —que llamamos hoy de manera más complicada en busca de precisión— y la de relaciones internacionales, ambas esenciales para un organismo como este. Tampoco dediqué espacio al servidor digital, ni a las infraestructuras de administración y servicios, economía, red comercial, quizá tan nutridas en sus plantillas como el resto de la institución. Ellos están ahí, con la modestia propia de esas profesiones y oficios que levantan las ciudades que luego se atribuyen a los arquitectos. Diré en su honor, al menos, que si así no fuera, el resto se desplomaría.    

Como dije al principio, es solo un año más. La suma de un simple dígito. Pero cualquier aniversario es bueno para el recuento, si el recuento es capaz de refrescar y difundir. A veces estamos ante las instituciones y no las logramos ver, y de repente nos percatamos de que de tanto mirarlas día a día tiene alguien que venir a descubrírnoslas. Bueno, no creo que este sea el caso, que descubra yo en mis líneas nada no conocido, pero al menos dejo mi visión de conjunto, que si para algo sirve es para recordar que, si no nos encontramos en el comienzo, tampoco estamos en el final, sino más bien en un lugar del camino, con rumbos confirmados, y propuestas a llevar a cabo en el proyecto socialista cubano que nos trajo a la vida.

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