Caminantes… se hace camino al andar

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Fotos: Julio César García

Una vez, hace unos cuatro o cinco años, cuando empezamos los del equipo de desarrollo artístico del Consejo Nacional de las Artes Escénicas a hacer las cuentas de los espectáculos vistos, en lo que  sabiamente se comenzó a enfocar como un taller de creación (aunque los “visitados” le sigan llamando visita metodológica, o peor aún, “la nacional”), descubrimos que, sin contar los espectáculos capitalinos, habíamos estado en menos de 21 días frente a 169 representaciones, por supuesto, de las más diversas índoles, formatos y calidades. No hay que ser un genio para descubrir la inefectividad evidente de un ejercicio tan maratónico.  Pero de la misma
manera en que cada quien quería sucumbir como Sita en el Ramayana, o ser tragada por la madre tierra a las diez de la mañana, te asombrabas cuando un montaje vital era capaz de provocarte  y mantenerte activo a la una de la madrugada, incluso con la certeza de que al regresar al hospedaje correspondiente ni siquiera contabas con agua para bañarte. Las antípodas de una misma idea: el maratón afecta el sentido de percepción, pero el espectáculo de excelencia sobresale a pesar del cansancio, te despierta y anima porque tiene la fuerza para no dejarte agotar.

El transitar por este ejercicio hace crear estrategias para liberar de prejuicios apriorísticos  la recepción, equívocas quizá, pero con un
sustento que pretende “la justicia ante el acto escénico”, e intenta  —a pesar de la consabida información que posees— mantener la fe frente a lo desconocido de la puesta en escena ofrecida. No quiero ser deshonesta: hay lugares a los que voy por disciplina, porque tras una década —lo que en mi vida de mortal irremediable ya representa un tercio de ella y por tanto es una fracción que en verdad me importa— en algunos grupos jamás he visto un trabajo en términos básicos de recepción: atractivo, y  en términos más primarios: interesante. El crítico, más allá de los estereotipos facilistas y las supuestas frustraciones que se le achacan para menospreciar su criterio, es como todos un “espectador”, y cada espectador merece en respeto a su tiempo, a su gestión de asistencia, también un espectáculo de calidad.

Imagen: La Jiribilla

Mis estrategias personales en términos de purgar los prejuicios que la obra previa sedimenta en mí están en este entrenamiento: me siento ante cada obra de teatro con un “optimismo naif” que he ido adiestrando, una fe que mi catolicismo libérrimo supo engendrar desde la propiedad que tiene todo evento de convertirse en  “milagro”, y me siento tranquila. Ante 15 años de “conocer” las maneras de hacer de los grupos, vuelvo y me digo: voy a aprender, voy  a reír, voy a llevarme un lindo mensaje a mi casa y voy  a recordar hermosas imágenes que se van  a quedar en mí como recuerdo placentero, voy, al final de la puesta a decirle a mi hija, esto es un
regalo para ti. 

Recientemente  descubrí que más allá de mis técnicas racionales de sobrevivencia receptiva, tengo un comportamiento visceral totalmente opuesto con los grupos que sí me hacen pensar, me hacen disfrutar de su arte y me regalan siempre en la constancia de su quehacer una emoción de fe teatral. Cuando me siento a ver un espectáculo de estos grupos sufro.

Me siento tensa, cuestiono con crueldad de madre exigente los defectos y deslices. Veo al público con pesadumbre  si no ríe, si no se conmociona, si no se concentra. Soy paranoicamente vulnerable a sus reacciones. Ante estos grupos me siento desconfiada y pienso: esta obra va ser peor que la otra, se van a repetir, van a decepcionar a sus fans, va  a ser un fracaso…, y no lo hago porque me lo propongo como en el ejercicio anterior, lo hago desde un compromiso en no bajar el rasero, desde la negación de presenciar síntomas de decadencia en personas o colectivos  en quienes confío como entes teatrales. Esos espectáculos los observo con escepticismo. Cuando termina la puesta  me siento agobiada por mi zozobra de 45 minutos o una hora, implacable y cruel ante lo que descubro, acertado o no, de esa primera impresión. Y es que, al comprometerme con esos procesos previos, siempre desde mi recepción, no puedo dejar de verlos como un acto de riesgo, de peligrosa exposición, parece ser que tanta angustia tiene que ver con el temor a que junto a ese “fracaso” también caiga un pedazo de mi egocéntrica esperanza de no perder lo que en mi cabeza se establece como “la vanguardia”.

Imagen: La Jiribilla

El sábado 18 de abril, maleta e hija en mano, llegué a Matanzas persiguiendo Caminantes, el más reciente estreno de Teatro Tuyo. Parque de sueños, La estación, Narices, Gris… han establecido en la mirada del receptor promedio una afinidad y una predisposición al proceso ascendente que el grupo de teatreros-clowns han pautado desde su repertorio. Por tanto y finalmente —como diría Gesin: “se llama memoria a la facultad de acordarse de aquello que quisiéramos olvidar”—  uno se sienta en la obscura platea —ejercicios personales de neutralización aparte— predispuesto ante un espectáculo en relación con sus precedentes. Caminantes —en una comparación totalmente desacertada, pero consciente— recorre un camino distinto a las obras mencionadas en variados aspectos. 

Dos actores en escena implican un formato más pequeño de intervención espacial y representacional, los elementos escenográficos no van apareciendo y sorprendiendo consecutivamente, sino que se presentan desde un inicio en escena, revelándose cotidianos y casi nunca metafóricos. Sus protagonistas son los integrantes más “nuevos” del grupo, o sea, el reparto cuenta con el estreno actoral de Aixa Prowl —artista circense de experiencia— y  Adrián Bello, egresado hace un par de años de la enseñanza media teatral.

Caminantes aprovecha —sin hybris ni pompa— las aptitudes circenses de Aixa y la compromete  a actuar con códigos de  clown, un trabajo que ve y vive desde los propios procesos de Teatro Tuyo hace más de cinco años. Mientras su partenaire Adrián, regresa a tener la responsabilidad del coprotagonismo en escena, después de un largo período inactivo y tras haber estado en el reparto inicial del espectáculo Gris. Esta  historia es también de amor, sobre todo, de predisposición y rebeldía y ese igualmente es un nuevo componente explorado por el dramaturgo. Elementos todos confabulados para torcer el camino recorrido en cuanto a fórmulas ya probadas  y presentar exposiciones nuevas  que acentuaban más mi acto paranoico de desconfianza.

Dos gitanos se establecen en un lugar claramente prohibido, pero están cansados de viajar e instalan su campamento ignorando el veto. Así, entre un compendio de  acciones cotidianas, van estableciendo una relación dinámica con los “pobladores” del lugar, es decir, con  el auditorio, dotando de intervenciones más activas la interacción  con el público. La policía asedia por momentos, siendo solo una amenaza latente hasta que se hace efectiva y destruyen el campamento.

En medio de esta fábula, sin olvidar el componente clown y el desarrollo de arquetipos en diferentes situaciones, Ella siempre es excesivamente fuerte con relación a Él, además de torpe y bonachona; de ahí provienen la mayoría de las situaciones jocosas, más en el momento de crisis se debilita en sus posturas  y se resigna a volver a buscar un nuevo lugar. Entonces Él, siempre jovial y amoroso,  decide,  pese a las consecuencias, permanecer en el lugar.

La relación entre los dos actores está muy bien nivelada desde la presentación de sus arquetipos. El sustento de una historia en la que
ambos se aman y luchan por encontrar un lugar donde asentarse, le confiere a la  fábula una lectura otra, en la que se abordan las migraciones y  también se convoca a la tolerancia ante las diferencias.

Presiento que la obra, joven aún en su función número 18, tiene todavía el derecho y la necesidad de crecer. Sin embargo, desde el “crudo” que ya es, desde la “cosa en sí”, como en el cuento de Freddy Artiles, se puede reconocer el camino del trabajo profesional, que apuesta por el sentido de riesgo, la humildad, la valentía, al dejar el seguro puerto, pleno de recursos exitosos, por un trillito que siempre se irá ensanchando a base de puro garabato y machete.

Existe una gran sabiduría en la intuición de quien reconoce que repetirse es el camino más corto para perecer. Por tanto, en huida tempestuosa ante las prescripciones de caducidad, Ernesto Parra labra ese trillo, que desde sus aciertos ya constatables, se hará camino al andar.

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