Una soprano de la Danza

Pedro Ángel • La Habana, Cuba

El título se lo he robado al  gran Arnold Haskell, quien en los años 60 al observar gozoso la fluidez de su baile, su solidez técnica y el lirismo de su interpretación, no pudo contener tal elogio. Ahora, varias décadas más tarde, aquella muchacha formada en las filas de la Academia Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, acaba de ser designada como el Premio Nacional de la Danza correspondiente al presente año, el más alto galardón que se otorga en Cuba a un bailarín o coreógrafo por la obra de toda una vida.

Imagen: La Jiribilla

Al revisar mis apuntes del ayer, la encuentro muy distinguida, una y otra vez,  en una obra de la que hizo una esmerada realización, La fille mal gardée, como la traviesa Lisette junto al muy brioso Lázaro Carreño, su solícito y enamorado Colin. Es una imagen que me persigue en el tiempo, del mismo modo que otras grandes bailarinas se han apropiado del rostro y la imagen de distintos personajes; para este cronista, la joven campesina que nos entrega el añejo ballet de Dauberval, aquella rubita inocente, juguetona y simpática, tendrá para siempre las facciones de María Elena Llorente.  Es la muestra de su exitoso desempeño como la heroína de una de las obras más establecidas de la historia del ballet, sobre la que ella logró forjar un verdadero encaje de virtudes.

Pero sus éxitos habían llegado desde antes. La primera gran impresión sobre el público y la crítica cubanos llegó en fecha temprana con una creación de Alberto Méndez realizada  especialmente para ella y Lázaro Carreño, El río y el bosque (1973).  Pieza de fuertes requerimiento técnicos, es, a la vez, una  obra para interpretaciones profundas. Ella es Ochún, la apasionada, seductora y voraz diosa de las aguas, deseada y deseante, enzarzada en fieros amores con Oggún,  dios guerrero, loco en amor por su miel.

Entre uno y otro personaje hay un abismo de caracterizaciones. Hay que ser muy sabio intérprete y poseer un amplio espectro interpretativo para desempeñarse en uno y otro tan exitosamente. Pero ella será también Esperanza en Tarde en la siesta, igualmente de Méndez (1973); es Odette y Odile, en el Lago de los cisnes; es la Swanilda de Coppelia; Isabel Ilincheta, en Cecilia Valdés, Julieta, en distintas versiones de la tragedia de Verona; Aurora, en Bella durmiente; Quiteria, en Don Quijote y, por supuesto, Giselle, el más alto paradigma del ballet cubano.

Imagen: La Jiribilla

Bailarina muy segura, de técnica depurada, hecha para afrontar los ballets más diversos, brillante, sensual, lírica, intérprete de excelencia, rigurosa en su labor, bella, versátil, son algunos de los calificativos que encuentro en mis documentos personales y en los de otros críticos, periodistas y personalidades de la danza, al hablar sobre su desempeño.

Su capacidad para adaptarse o, mejor dicho, compartir los modos de hacer de coreógrafos de estilos muy diferentes, la condujo a trabajar sobre creaciones de Hilda Riveros, Renato Magallanes y Patricio Bunster. Asociarla sólo con los clásicos sería un error. Fue una intérprete abierta a cualquier estilo. [2]

Cuando se despidió de las tablas, se entregó por entero a la preparación de las nuevas hornadas de bailarines que llegaban a las filas del Ballet Nacional de Cuba.

Pero en ella, que fue de las primeras maestras de la Escuela Nacional de Arte, en los tiempos que Fernando Alonso era su director, se inclinó desde entonces por la enseñanza del repertorio. Esa labor, continuada hasta nuestro días; constituye una responsabilidad no declarada en ningún documento oficial de conservadora del patrimonio coreográfico del Ballet Nacional, es uno de sus grandes méritos, quizá un tanto inadvertido para muchos observadores.

Muy merecido el Premio para María Elena Llorente.

¡Enhorabuena!

 

Nota

  1. Tomado de El Ballet en Cuba. Apuntes históricos, de Miguel Cabrera García. p. 149.

Las palabras son de Alberto Méndez. N. del A.

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