Apuntes sobre el contenido axiológico de su obra poético-pedagógica

Daniel Águila Ayala • Sancti Spiritus, Cuba
Fotos: Cortesía del Archivo Fotográfico del MINCULT
 

La pedagogía cubana cuenta en su acervo con los aportes de la tradición pedagógica de avanzada y revolucionaria que acumula un rico caudal de experiencias, reflejadas en abundante teoría y modos de actuación que constituyen a la vez excelentes modelos actualizados de obligada referencia en las diversas áreas del desempeño profesional pedagógico.

Siguiendo esta línea de análisis, es pertinente resaltar que la provincia Sancti Spíritus cuenta entre sus educadores destacados con Raúl Ferrer Pérez, una figura emblemática de la educación que logró una unidad entre pensamiento y acción al comprender los problemas de su época y como tal actuar por el mejoramiento social de la educación.

Imagen: La Jiribilla
Lanzamiento del libro Viajero sin retorno. Foto: Antonio López
 

Precisamente, en la obra poética de este ejemplar maestro puede encontrarse un valiosísimo potencial axiológico, que aprovechado en toda su dimensión, contribuye a la educación en una cultura general integral del maestro primario en formación, enriquece el proceso formativo con lo autóctono de la pedagogía cubana y contribuye a la comprensión de que, para entender mejor el presente y proyectar más eficientemente el futuro, es necesaria la mirada crítica, reflexiva e inteligente al pasado.

En la escuela rural No. 273 del Central “Narcisa”, en Yaguajay, comienza el desempeño pedagógico del maestro Raúl Ferrer (1915-1993), donde se trazaron pautas importantes de su acción educativa y una cabal interpretación del ideario pedagógico martiano, que otorgan un sello peculiar a su desempeño magisterial en la enseñanza primaria rural.

Un ejemplo de ello fue su lucha tenaz en el plano político y práctico contra los prejuicios raciales que lastraban la sociedad cubana de entonces. El maestro logra  influir en la mente y la formación de conciencias, no sólo en la escuela, sino también, en su radio de acción. Por ello, hace que negros, blancos y mulatos compartan el mismo asiento. En este sentido, inspirado en sus alumnos, escribe en 1939 el poema “Romancillo de las cosas negras”, con el propósito de apoyar la lucha por el artículo 20 de la Constitución de 1940. Basta la siguiente estrofa para darse cuenta de su relevancia. “...y mi amigo Antonio, / mi amiguito negro, / que se sienta junto / conmigo lo quiero / porque van tres años / de estudios y juegos. / Venimos juntitos /del grado primero, / como en la manigua / juntos anduvieron / luchando por Cuba / su abuelo y mi abuelo, / para hacer la patria / de Martí y Maceo...”

Ante los problemas de asistencia por la falta de zapatos, el maestro Raúl Ferrer ideó lo de las “fuerzas telúricas” para convencer a sus alumnos de que estando todos descalzos, las mismas penetraban por los pies y ayudaban a aprender. El maestro fue el primero en quitarse los zapatos. Aunque algunos han cuestionado si debió mentir o no a sus alumnos, lo cierto es que con ello evitó la vergüenza que sentían los niños pobres que no tenían calzado y ello es ejemplo de su actitud hacia la desigualdad social.

Dentro de la acción educativa del maestro en esta escuela rural aflora con peculiar significado la cuestión referente al papel del colectivo en la educación de la personalidad de los estudiantes.  Esto se corrobora, entre otros aspectos, con el papel asumido por el conjunto de alumnos en la imposición y levantamiento de sanciones a sus miembros, el debate de las asignaciones de gastos, en forma democrática, de las recaudaciones efectuadas por la escuela a través de diferentes vías, el análisis y discusión de los principales problemas que afrontaba la escuela y la comunidad y sus soluciones, el cultivo de la responsabilidad individual ante los demás, etc. Contribuyó en este sentido la actividad desplegada por el Club Don Pepe (en honor al maestro José de la Luz y Caballero) que recepcionaba las recaudaciones obtenidas por las ventas del huerto y las destinaba a la compra de juguetes y diversos artículos necesarios para la escuela.

Imagen: La Jiribilla
 

Otra de las aristas importantes de la labor educativa del maestro Raúl Ferrer en la escuela de Narcisa, lo constituye el enfoque que dio a la vinculación de la escuela con la comunidad y al trabajo comunitario. Este es uno de los aspectos más importantes de su labor magisterial en esta enseñanza. Sobre la base de este precepto, el maestro logró conocer la realidad en que vivía cada uno de sus alumnos a través de las visitas constantes a sus hogares, cuestión esta que debe considerarse de gran valor, en un momento en que no era común que la escuela desbordara su marco institucional.

Así fue de gran significación el trabajo comunitario realizado en la zona, a través de la extensión que logró hacer de la escuela hacia la comunidad. Un ejemplo elocuente se aprecia en lo que se llamó “la semana del trabajo limpio” que comenzó con la limpieza de las libretas y el pupitre, después se llevó al plano del aseo personal y por último a la limpieza del batey y el arreglo de sus calles. En este marco los estudiantes entonaban todos los días un canto compuesto por el maestro, que en una de sus partes decía: “Esta es la semana del trabajo limpio, / nadie más que yo limpio trabajará. / Esta es la semana del trabajo limpio; / ni una sola mancha mi libreta tendrá”.

Es significativo el mensaje estético que logra transmitir al niño y la fuerza del carácter formativo que lleva implícito. No obstante, debe observarse cómo logra llevar la acción desde el plano individual al influir en la formación de la conciencia individual del alumno hasta el plano social, materializando en las diferentes tareas que los mismos acometen en beneficio del embellecimiento del entorno de la comunidad.

Enriqueció su labor con la siembra masiva de árboles maderables y frutales que aún son testimonio de aquella acción, a la cual imprimió una dinámica tal que traspasó el marco de la escuela y trascendió al ámbito de la comunidad.

Este educador contribuyó a la práctica del criterio martiano sobre la vinculación del estudio con el trabajo, al que logró imprimirle siempre su connotación social. Los estudiantes laboraban en el huerto, lo administraban y hacían las ventas, rindiendo con posterioridad cuenta ante el colectivo.

Un elemento, considerado también distintivo de la escuela de este maestro es la profusión de cantos que ejecutaban los niños en las diferentes actividades que realizaban. Así para entrar a la escuela, se estimula la motivación para aprender en la canción “Llegamos”. “Llegamos a la escuela, / pongámonos a trabajar. / La escuela está / contenta al ver / los niños saludar. / (…) Cumplimos todos con nuestro deber / de venir a la escuela / que es hora de aprender”.

De igual modo la fuerte motivación psicológica se aprecia en el canto de despedida “Hasta mañana”: “Hasta mañana escuela mía / Hasta mañana que vendré / con las lecciones aprendidas / y que muy bien me portaré. / Adiós queridos compañeros / vamos a casa a descansar. / Adiós maestros, que felices. / Vamos a ser al regresar”.

Sucede igual en “Para salir al recreo”: “Al recreo, al recreo / la hora llegó ya. / Vamos a reír, vamos a cantar / que bien ganado está”.

Precisamente en esta escuela logra una simbiosis pedagógica, estética y políticamente importante entre su poesía y su magisterio. Hay aquí un punto de contacto evidente con las características esenciales de la educación martiana en su carácter integral. Una de las etapas más ricas en la producción con fines didácticos de su poesía es esta, sobre todo por el desbordante fervor patriótico, utilizada fundamentalmente en la enseñanza de la Ortografía, Historia, Geografía, Matemática, entre otras, así como en los actos o conmemoraciones, que se realizaban en la escuela.

El joven maestro de entonces comprendió lo útil que significaba colocar su capacidad de creador artístico en función de su desempeño pedagógico, haciendo que sus clases fueran vivas y de gran actividad y explotando educativamente la fortaleza, que por naturaleza, la poesía imprime al mensaje.

La materia prima para su poesía y su principal destinatario fue el alumno.  De esta etapa sobresale en 1938 la composición "Sonetillo de la honra".

En este poema, de fuerte contenido patriótico, aflora la denuncia cuando en una de sus estrofas escribe: “Y aunque lleve el alma rota / por lo que me duele ver, / cuando yo pongo a leer / mis niños, no se me nota”.

En "Banderas"  trasciende el amor con que se desempeña en la escuela y los objetivos que persigue. “No importa que apenas pueda / mis lecciones bosquejar. / Todos aprenden lo mismo: / leer, escribir, amar. Igual sucede con "Romancillo martiano"  y otros.

El joven maestro de entonces comprendió lo útil que significaba colocar su capacidad de creador artístico en función de su desempeño pedagógico, haciendo que sus clases fueran vivas y de gran actividad y explotando educativamente la fortaleza, que por naturaleza, la poesía imprime al mensaje.

Sobresalen dentro de los que tratan contenidos de las materias de estudios "Estudio del cocotero" del año 1939, donde se aprecia el multipropósito de este poema. En él se trata contenidos de la lengua materna, matemática y ciencias “Cinco cocos / y otros cinco. / Cinco y cinco que son diez”.

Una situación parecida se observa en "Para aprender el acento", "Tiempos del verbo" y "La letra M"  durante los primeros años de labor.

Pero lo que más resume la idea de la profundidad que en su pensamiento pedagógico había alcanzado en tan pocos años de labor magisterial es el poema "Romance de la niña mala" del año 1941. En dicha composición muestra un dominio profundo de la psicología pedagógica y de la dirección del proceso docente–educativo. “Si hubieras visto lo íntimo / de su vida y de su alma / como lo ha visto el maestro, / ¡Qué diferente pensaras!”, y vuelve con la denuncia: “Cuando la justicia rompa / entre mi pueblo su marcha / y el tierno botón de un niño / sea una flor en la esperanza”.

En toda la producción poética al servicio de la educación entre 1938 y 1959 se aprecia como regularidad un firme patriotismo encaminado a la formación de valores morales y de alto contenido estético. Esta característica se mantiene después del Triunfo de la Revolución a pesar de que para este entonces no ejerce como maestro frente al aula.

Como refirió Félix Pita Rodríguez, su mensaje es una alerta y a la vez despeja el camino. “...Cantemos en voz alta para ser escuchados, nos dice el maestro y el poeta, una y otra vez, proclamando la necesidad primera de la comunicación con todos los hombres. Y luego, sutilmente, pero con igual firmeza, nos enseña por detrás de cada verso cuál ha de ser la materia del canto, su almendra germinadora...”

Durante los 78 años de vida del maestro y poeta Raúl Ferrer se puede apreciar la correspondencia entre su forma de ser y actuar, y la influencia que ejerció en los demás a lo largo de toda su vida. Los rasgos distintivos de su personalidad evolucionan invariablemente en una misma línea desde la edad temprana y pautan una trayectoria con marcado acento social.

En la personalidad del maestro Raúl Ferrer se evidencia una ética que, como resultado de su actuación educativa revela una estrecha correspondencia con los principios fundamentales de la moral pedagógica. La cubanía que le caracterizó entronca de una manera clara en sus esfuerzos políticos por afianzar y desarrollar una genuina identidad cultural y nacional, lo que se manifiesta en el orgullo que por ser cubano sentía.

 

Notas
El autor es profesor de la Universidad “José Martí Pérez” de Sancti Spíritus. Doctor en Ciencias Pedagógicas. Investigador de la obra y el pensamiento pedagógico de Raúl Ferrer Pérez.
El texto tiene como fuente su tesis en Opción al Grado Científico de Doctor en Ciencias Pedagógicas. 2000
       

        

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