Selección de poemas

Agua mustia

Como una flor de mármol dentro del agua mustia

en la calle Obrapía está Soleida limpiando los cristales

opacados anoche por la niebla.

Y piensa que ha venido el tiempo declarado el fin del ostracismo

para su cara verde de lunes improbable ante el espejo

de un silencio mayor al padecido por ella reina pobre

que tal vez se arrepiente de ser la misma reina

por algún rey infame perseguida.

Navaja en mano, con ella corta, despeja el patio del infortunio

sobre las hierbas cuidadas por sus manos de frío

con las que escribe cada vez más epístolas a escuálidos fantasmas

de antiguos conductores de tranvías.

Como si hubiera sólo una mañana, un sólo cielo carente de caminos,

ella habla de aquellos milagrosos surrealistas que pintaron sus trajes

veraniegos de seda, con luces y palmeras, recuerdos de una Habana

mortecina, en donde, rara avis, conquistaba príncipes arrogantes

y cetrinos que mordían su boca y después se espantaban

volando, abochornados de haberle mancillado los labios.

Está sentada entretenida, cuida sus manos que endurece el frío,

cuida también su pelo como una tarántula afligida

y cuida el laberinto de su vientre, pero no deja de mirar al perro

que sueña con tristeza una llovizna, y por el rabo de su ojo sabe que ella

también lo mira.

Lo está mirando ahorcado, languidecido.

El perro jamás se lo imagina porque él está muy lejos,

boca arriba, en medio de un crepúsculo, abstraído

en el bestiario enorme de las nubes.

El perro finge formas de estar muerto, Soleida fingirá

que ella respira entre el bullicio de tinieblas

y sus oposiciones de aceptar el olvido, simple aire que vuelve,

después de haberle dado suavidad en sus senos

cuando permanecían abiertos, a la intemperie,

en que nerviosa oyó la misa negra y desde entonces tuvo

fieles visitaciones a la jungla donde brillantes tigres susurraban

amor en sus oídos mientras el sol moría acuchillado

y se iba desangrando repleto de metales imprecisos,

dibujados con toda la opulencia de la música.

Sombras de Casablanca, sombras de la bahía,

donde hace ostentación la muerte, nada peor,

ni el invisible incendio de los días, qué desastre

para ella que ensaya una sonrisa para poner en práctica su drama,

vestida siempre de diamantes.

El perro atroz, con estrépito ladra, como si hubiera alguien

colgado desde el techo, o los espectadores llenaran las ventanas

para ver cómo vive la infeliz reina pobre

coronada de flores y de espinas.

 

A esta hora de la tarde viene

Una masa de aire comienza a transcurrir

de tarde en tarde y de nostalgia muero.

El noble dinosaurio, guardián de los tesoros

de la casa me mira padecer sentado

al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó

Pedro mi hermano dejando atrás desiertos insaciables.

El noble dinosaurio me mira padecer, insustancial

y ambiguo, sin perpetuar yo nada,

solo viendo venir esa masa de aire

sobre el espacio que ocupan las cabezas.

Quién fui pregunto mientras atardece

en la distancia de playas ocultas

donde se fueron domando las bestias

ante mí que nunca yo fui majestuoso

pero siempre inmerso en la más profunda desesperación,

sentado al lado de la puerta abierta donde el dinosaurio

me ve padecer y sufre conmigo cuando no comprende

por qué estamos bajo los efectos de las mismas llamas

que van a extinguir a Pedro mi hermano que ama la nieve.

Caballos. Caballos surgen de la tarde

y el último de ellos, aunque yo me aferre,

me arrastra a morir, traspasa las nubes,

se eriza y realza su nombre en el cielo.

El último de ellos, sin perder su paso, cerrando la fila

me arrastra a mirar cavernas y desarmonías,

arenas con sombras moradas y espinas,

las bárbaras aves, las flamantes plumas.

Los mortales nunca sabemos morir.

Yo impávido aspiro a quedarme a ver la masa de aire,

sus ínfulas claras traspasar la luz que se hace débil en la tarde

encima del techo y en esta pared retratados juntos

con esmero de ser primordial y no lucir ruinas

hasta las comisuras mismas de los labios,

sin ningún recuerdo de cuando la espuma

del agua del mar los hacía ideales y tan deseables,

mojados, y no como ahora, desierto insaciable

que me habita a mí que me paso las horas

junto a quienes no están.

 

Ficha
LUIS LORENTE (Cárdenas, Matanzas, 1948). Obtuvo el Premio Casa de las Américas en 2004 con el poemario Esta tarde llegando la noche, y el Premio de la Crítica en dos ocasiones. Entre sus libros publicados se encuentran Las puertas y los pasos (1975), Café Nocturno (1984), Aquí fue siempre ayer (1997), Más horribles que yo (2006) y la antología poética Fábula lluvia (2008).

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