Aldo López-Gavilán

De todos los colores y también verde

Joaquín Borges-Triana • La Habana, Cuba

Dice el refranero popular que nunca es tarde si la dicha es buena. Justo lo expresado puede afirmarse que me ha sucedido con el disco titulado De todos los colores y también verde. Aunque había escuchado hace rato uno que otro tema del fonograma, es en fecha reciente que he podido acceder a la totalidad del álbum, si bien es en una copia en mp3, solo con los títulos de los cortes y sin una mínima información acerca de quiénes integran la banda con la que el pianista y líder del proyecto nos hace esta entrega, que básicamente gira en torno a un cuarteto conformado por piano, bajo, batería y saxofón.

Por lo antes apuntado es que lo comento ahora, cuando han transcurrido tres años desde que su protagonista, Aldo López-Gavilán, grabase el material, para ser sacado al mercado a través de Producciones Colibrí. He ahí una de las tantas dificultades a las que debemos enfrentarnos las contadas personas que en Cuba nos ocupamos de reseñar producciones fonográficas, materiales que por lo general las discográficas (ni tampoco los artistas, que todo hay que decirlo) no nos los proporcionan sino que tenemos que llegar a ellos por nuestras propias vías y en ocasiones, como me ha sucedido esta vez, el camino se torna largo y angosto. Pero en fin, lo importante es que ya poseo una copia y la verdad es que, desde la primera audición, lo he disfrutado hasta la saciedad.

No me oculto para expresar que soy ferviente admirador del quehacer de Aldo López-Gavilán, mucho antes de que se alzara con el Gran Premio Cubadisco por su ópera prima, el disco En el ocaso de la hormiga y el elefante. Sucede que él es de los artistas que no divide la música en compartimentos estancos y por eso, lo mismo se le puede disfrutar al ser parte de la banda acompañante de un cantautor como Carlos Varela, en la función de solista concertante con el respaldo de una orquesta sinfónica o de cámara para ejecutar una obra del repertorio de la hoy denominada música académica, o al frente de un cuarteto de jazz en el que con absoluta libertad se interpretan temas compuestos por el propio Aldo.

Sé que hay quienes no comparten semejante filosofía, pues consideran que por dicho camino nunca se llega a madurar completamente en alguna de las vertientes cultivadas por el creador que apuesta por una visión ecuménica de tal magnitud. Yo, por el contrario de los que así piensan, defiendo tal actitud, aunque admito que para quien opta por esa vía, todo se torna más difícil e implica un mayor esfuerzo en la autosuperación.

La pasión que Aldo López-Gavilán siente por la música académica y por el jazz lo ha llevado a que en su quehacer como compositor, en buena medida logre unir ambos mundos. Así, en sus obras, que en mi opinión son ejemplos de algo que cabría catalogarse de jazz de cámara, la improvisación está por lo general controlada pues en sus temas casi todo está escrito. No se trata de que no haya espacio para que cada instrumentista otorgue rienda suelta a su creatividad, como tiene que ocurrir en el jazz, pero eso sucede en determinados momentos de las piezas, en las que abundan pasajes concebidos al unísono o por voces, hermosas líneas melódicas con saltos a veces sorprendentes, y momentos en los que se emplean elementos repetitivos y en paulatino desarrollo, procedimiento típico del minimalismo.

De alguna forma, los rasgos antes apuntados los volvemos a encontrar en De todos los colores y también verde. No obstante, creo que de las distintas producciones discográficas hechas por Aldo López-Gavilán, esta es la que concede mayor espacio a la improvisación, si bien en ocasiones su pasión por las atmósferas y texturas de lo sinfónico también se hace presente.

Contentivo de nueve cortes, recomiendo prestar especial atención a las piezas “Árboles”, portada sonora del disco y donde interviene con un excelente solo el guitarrista invitado Jorge Luis Valdés (Chicoy»), “Green sky”, con destaque para el saxofonista, el baterista y el propio Aldo, “Danza del dragón violeta”, mi preferida de la grabación y que resulta una auténtica joya por su estructura morfológica y clásico ejemplo del estilo composicional de López-Gavilán, “Caipiríñame”, precioso bossa nova con la intervención de dos invitados, el repitente ‘Chicoy’ a la guitarra y el clarinetista Alejandro Calzadilla, “The forgotten tune”, corte ideal para el lucimiento del bajista, y “La jutía preguntona”, trabajo colectivo de alto vuelo y sobresaliente desempeño tanto de Aldo desde el piano, como del saxofonista al interpretar la línea melódica del tema e improvisar.

Así, cuando arribamos a la última pieza del fonograma, o sea, “Un cubano en Londres”, hemos disfrutado de un disco delicioso en su factura, de esos que deleitan a los amantes de la música de corte propositivo, muestra de una activa escena lamentablemente no promovida entre nosotros como debiera ser y por la que se mueve una parte de los actuales músicos cubanos.

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