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Natalia Bolívar • La Habana, Cuba

Lázaro, fue un rey. Hombre venerable, sencillo, muy alto, delgado, de amplia sonrisa blanca y garganta de acero. Para los cubanos, es y será siempre, la voz por excelencia, salida del corazón de la selva africana, el mejor akpwón del rico y ancestral folclore cubano, quien nos entonó sus melodías con sonoridad inigualable, por su calidad y fortaleza. Cuando se habla de la voz más fiel de los orishas, sólo hay un nombre: Lázaro Ross.

Imagen: La Jiribilla

Nacido el 11 de mayo de 1925, en la barriada habanera de Santos Suárez, lugar donde transcurre su niñez, entre los deberes, las travesuras infantiles y el amor de una familia numerosa. A los 13 años, abandonó sus estudios por la precaria situación económica en que vivía sumida la familia, y comienza a trabajar en todo lo que apareciera: barrendero, lechero, vendedor de pollos y repartidor de cantinas. Nunca pudo estudiar música, ni canto y mucho menos, asistir a una escuela de arte pero, como todo hombre con interés y vocación, comenzó a frecuentar fiestas religiosas y a entrar en contacto con el maravilloso mundo de los orishas y desde entonces se dedicó, con paciencia, a aprender los cantos y bailes religiosos originarios de África, transmitidos de generación en generación por los esclavos, hasta convertirse en una enciclopedia viva del folclore afrocubano.

En 1959, comienza a colaborar como informante en el Instituto de Etnología y Folclor de la Academia de Ciencias de Cuba, con renombrados investigadores como Isaac Barreal, Rogelio Martínez Furé, Alberto Pedro, Miguel Barnet y el prestigioso antropólogo y uno de los fundadores de la musicología cubana Argeliers León, quien lo presenta por primera vez ante el público cubano, en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional, en el estreno de las obras Cantos y Leyendas y Nangaré.

Lázaro, fue un rey. Hombre venerable, sencillo, muy alto, delgado, de amplia sonrisa blanca y garganta de acero. Para los cubanos, es y será siempre, la voz por excelencia, salida del corazón de la selva africana, el mejor akpwón del rico y ancestral folclore cubano, quien nos entonó sus melodías con sonoridad inigualable, por su calidad y fortaleza.

Es a partir del triunfo de la Revolución cuando se comienza a forjar en nuestro país un nuevo carácter cultural para satisfacer las necesidades del pueblo, y con ello crece el interés por agrupar a todas las manifestaciones danzarias y musicales de carácter nacional; con este objetivo se funda en 1962, el Conjunto Folclórico Nacional de Cuba. Lázaro es de los primeros en ser llamados, pues nadie mejor que él, conoce los cantos y los bailes yorubas. Desde sus inicios en esta institución, ocupó el cargo de Responsable de informantes y cantantes, además de ser bailarín y akpwón. Como siempre fue un hombre curioso y estudioso, escribe los libretos de las obras: Alafin de Oyó, donde se mezclan el teatro dramático, las danzas y los cantos; y la obra en coautoría con Juan García, llamada Arará, donde ambos toman como fuente inspiradora las viejas leyendas, representando con cantos y bailes, el reflejo de cómo el trabajo creador y la medicina tradicional se oponen al hambre y las enfermedades.

Lázaro, fue un rey. Hombre venerable, sencillo, muy alto, delgado, de amplia sonrisa blanca y garganta de acero. Para los cubanos, es y será siempre, la voz por excelencia, salida del corazón de la selva africana, el mejor akpwón del rico y ancestral folclore cubano, quien nos entonó sus melodías con sonoridad inigualable, por su calidad y fortaleza.

 

Ya para 1963, Lázaro Ross aparece reflejado entre los más famosos informantes, como lo fueron Nieves Fresneda, Trinidad Torregrosa, Jesús Pérez, José Oriol Bustamante, Manuela Alonso, Emilio O’farril y su fiel amiga Zenayda Armenteros; interviene en programas del Teatro Nacional y en conferencias sobre el folclore cubano; además de haber grabado discos para la colección Chant Du Monde, de París; para la BBC de Londres; la Radio Nacional de España y en las cadenas radiales cubanas Cadena Azul, Radio Suaritos y 1010.

En la década del 60 debutó en el cine con la filmación de Historia de un ballet obra del coreógrafo Ramiro Guerra; participó también en los filmes Maluala, Cecilia, María Antonia y Guantanamera, así como en otros cortos y documentales: El mensajero de los Dioses, Iroko y la telenovela El eco de las piedras, todos ellos abordan el tema de los antecedentes africanos y la santería cubana. En 1990 se convirtió en el protagonista del documental Oggún, de la realizadora Gloria Rolando.

Su potente y hermosa voz, de tan amplio registro, le permitía cantar como bajo o llegar a los más estridentes agudos, le hizo actuar junto a importantes figuras como la soprano María Remolá, con quien interpretó la música para el ballet El río y el bosque del repertorio del Ballet Nacional de Cuba o con representantes de la música más contemporáneas como son los discos grabados: Cantos con el grupo Mezcla, en 1980; Ancestros con el grupo Síntesis, en 1981; Antigua, en 1996 con Gonzalo Rubalcaba y el CD Babalú Ayé en 1997 con Chucho Valdés y el grupo Irakere.

Este sencillo hombre, de gigantesca cultura popular, que ponía el grito en el cielo cuando alguien lo llamaba por teléfono interrumpiéndole su novela o su tanda de muñequitos, y que actuaba como niño cuando se burlaba de los demás o paraba un concierto para rectificar un baile o una nota mal dada por alguien del coro; este humilde hombre diariamente iniciaba su jornada, con libreta, lápiz en mano y su memoria trabajando, pues siempre dijo que antes de “irse a donde está el bien”, quería dejar escritos o grabados los más de mil cantos, en lenguas africanas, que sabía. Cualquier otro hombre andaría presumiendo; pero este caballero aprendió, a la altura de sus años, algo que muchos olvidan: el hombre paciente se hace rey del mundo.

El primero de sus discos, junto a su grupo Olorun, lo graba en 1996 y hasta hoy ha dejado grabadas piezas memorables, como el doble volumen dedicado Olorun; el dedicado a los arará, Asoyi y la colección Orisha Ayé, compuesta de 13 discos calificados por los críticos como el más abarcador registro fonográfico del ciclo yoruba.

Nuestro Lázaro fue una mezcla de valores y sentimientos, muy difícil de resumir en un cuerpo frágil y delgado como el suyo. Por suerte, con su potente voz y su cadencia, supo trasmitirnos sus más preciadas virtudes: amor, amistad, melodía y también, esa ingenua picardía con que miraba a su atento y cómplice público. Es por ello que debemos seguir manteniendo viva la memoria y la voz de este gran hombre para que nunca se silencie.

- No soy ni maestro, ni universitario. No estudie música ni canto y no soy licenciado. Pero bailo, sufro y lloro con mis cantos que son lo que más quiero. Estoy muy contento porque, a pesar de no ser ni filósofo ni doctor, tengo el orgullo y la tranquilidad de haber alcanzado lo que soñé.

El día 8 de febrero del año 2005, partió la voz por excelencia, salida del corazón de la selva nigeriana, porque Lázaro prefirió partir al lugar del bien, y no apagar el canto del akpwón henchido al aire, viajante infatigable de la cosmogonía mística, vibrante escuela de esta lengua ancestral, de esta música, de esta religión; su voz continúa llenando con matices variados el sol errante; cantos que abrazan con fortaleza el universo de la potencialidad cubana para legarnos su más rica tradición.

Hoy, a sus 90 años, corroboro las palabras que pronuncié el día en que lo dejé de ver: Afortunado será quien, al llevarse la mano al corazón, escuche con el latir, el clamor de los tambores que siempre acompañaran el canto del maestro, la melodía del akpwón, la voz del rey.

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