Un akpwón sincero y auténtico

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
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¿Qué hizo grande a Lázaro Ros? ¿Por qué una década después de su muerte sigue siendo la voz icónica de los cantos folclóricos cubanos de origen africano? ¿Acaso será un fenómeno demasiado singular como para no se ramifique en otras voces?

Imagen: La Jiribilla

Una respuesta se halla en el propio testimonio sonoro legado por ese habanero de timbre áspero y grave, afinado y profundo, que comenzó a desarrollarse profesionalmente a raíz de la fundación del Conjunto Folclórico Nacional (CFN) en 1962.

Ciertamente cantó desde mucho antes, desde que en el barrio de Santos Suárez primero y luego en las fiestas de los iniciados en la Regla de Ocha aprendió y reprodujo las oraciones de la liturgia lucumí, y se fue adentrando en la naturaleza de los mitos guiado por una matancera llamada Otilia Mantecón.

Con la entrada al CFN fue que Lázaro no solo se convirtió en una figura que llegó a ser imprescindible, sino se sintió dignificado como intérprete y pudo proyectar su creación a ámbitos insospechados dentro y fuera de Cuba.

“Se trataba —como ha dicho el maestro Rogelio Martínez Furé, uno de los fundadores del conjunto— de un empeño mayor, porque se propuso que el pueblo de Cuba se diera cuenta de la riqueza de su patrimonio, legado por nuestros ancestros, sin chovinismos ni xenofobias, sin autoexotismo. Era esencial que dejáramos de vernos como simples consumidores de culturas que nos llegaban de afuera, y tomáramos en consideración que nuestros valores culturales tenían una connotación tan universal como cualquier otro de cualquier otro pueblo”.

Con la entrada al CFN fue que Lázaro no solo se convirtió en una figura que llegó a ser imprescindible, sino se sintió dignificado como intérprete y pudo proyectar su creación a ámbitos insospechados dentro y fuera de Cuba.

 

Era una auténtica confluencia de caminos en las que gente de pueblo, portadores folclóricos de enorme sabiduría, como Trinidad Torregosa, Jesús Pérez, Nieves Fresneda, Manuela Alonso, José Oriol, Emilio O’Farrill, y el propio Lázaro, hallaron una plataforma para encauzar escénica y musicalmente talentos que de otra manera hubieran sido minimizados.

Sin lugar a dudas, la herencia fundamental de Lázaro está en la fabulosa colección de discos de Producciones Abdala donde registró las versiones originales de los cantos que aprendió. Fue la culminación de una vida. Hay que escuchar la serie (OsaínChangó, Eggun, Oggun, Oyá,Ochún, Obatalá, Babalú Ayé, Argayu Sola, Yemayá, y Korikoto-Dadá-Yewúa-Obba) para darse cuenta que no solo estamos ante un recorrido único, sino estupendamente interpretado.

La imagen acompañó a la voz en el cine, con sus contribuciones a Historia de un ballet, de José Massip; el musical Obataleo, de Humberto Solás; el todavía no muy valorado audiovisual de Gloria RolandoUn eterno presente y a las bandas sonoras de María Antonia, de Sergio Giral, y Guantanamera, de Tomás Gutiérrez Alea.

Pero a ese costado, por decirlo de algún modo, puramente folclórico, Lázaro añadió otro por el que también se le recuerda: su inserción en los proyectos de afro-rock del grupo Síntesis y de Mezcla de Pablo Menéndez.

En todos los casos apostó por la sinceridad y defendió la autenticidad, lección suprema que tendrán que seguir los apkwones de nuestros días, muchas veces más ocupados en ir a los extremos —la reproducción mimética o la invención descabellada— que a las esencias.

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