Literatura

De Las criadas de La Habana

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El escritor cubano radicado en Inglaterra Pedro Pérez Sarduy, nos permite una curiosa revisitación de Cuba a través de Las criadas de La Habana (Ediciones Extramuros, 2014), en cuyo lanzamiento estuvo presente. Fue en uno de los actos de presentación de la novela (afortunadamente hubo varios), donde le escuché decir de viva voz que había basado el libro en testimonios de su madre, en conversaciones con ella, y en memorias propias de su infancia. Hijo de una trabajadora de las llamadas “domésticas” nacida en el centro de la Isla, una mujer que llegó a la capital en busca de trabajo para mantener a sus hijos, el autor se adentra en un mundo donde prima la discriminación racial, clasista, y de género.

Su madre: negra, sirvienta, divorciada, es una rebelde orgullosa que transita por al menos siete hogares de familias blancas, ricas, habaneras, que pueden darse el lujo de mantener económicamente a una “sirvienta”, una “manejadora”, una “cocinera” o peor aún, “una muchacha”, a la que visten de uniforme, y tratan como a un ser inferior que sabe cocinar, lavar y “atender” una casa. Es el tema racial lo que  domina la narración de principio a fin, ya sea en la Cuba de los 50 o en la actualidad miamense: “aquí no se discrimina solamente por el color de la piel […] en definitiva este país es más negro de lo que realmente quisiera ser”.[1] “Hay muchos negros y guaposos que forman líos por cualquier cosa […]ocurrió lo del Mariel, donde se coló el negrerío” [2], nos dice la voz narradora, refiriéndose grosso modo a estas dos ubicaciones.

A la vez, las referencias al “mundo blanco” contienen cargas similares de tono despectivo, cuestión que acompaña a la discriminación de los no negros hacia la africanidad (por decirlo de alguna manera). Así, en esta suerte de desprecio entre ambos grupos sociales o étnicos, aparecen frases que implican en su significado la cuota de desdén que han recibido quienes las pronuncian: “!De lo más mona la blanquita¡”. [3] “!Cómo saben estos blancos¡ Se las saben toditas” [4]; hasta llegar al diálogo entre dos criadas que se rencuentran luego de varios años: “¡Niña, qué bien estás! ¿Cómo te trata tu blanca?” [5]

Las criadas de La Habana, sin embargo, no se limita al tema de la racialidad, aunque sea éste su primordial objeto de  denuncia. La Historia de Cuba desde los años 50 hasta la mitad de la década de los 90 del siglo está plasmada como excusa referencial, supeditada a la trama central.

En la medida en que la criada va desplazándose de hogar en hogar (ajenos siempre, se entiende, hasta el cuartucho del solar que llega a habitar), ocurren profundas transformaciones en el país, que son recibidas por ella y por sus “empleadores” desde distinta óptica, como corresponde a los estratos sociales clásicos de explotadores y explotados. Este oleaje de eventos históricos permanece constantemente como telón de fondo a los avatares personales de la protagonista: están narrados el sadismo de la tiranía batistiana, el asesinato de José Antonio Echeverría, el triunfo de la Revolución, la alfabetización y la liberación de la mujer hasta entonces relegada, la siniestra Operación Peter Pan, la invasión a Playa Girón, la guerra de Angola, lo que se conoce como “los sucesos del Mariel”, sin olvidar el complicado contexto del año 1994, con todo lo que ello implica. La insubordinación y el desorden social del 5 de agosto de ese año, ya descrita en obras anteriores, es plasmada desde la visión de una mujer que sigue siendo pobre, obviamente negra, ya no empleada doméstica sino peluquera para amigas (negras), y que vive en una zona marginal del Cerro.

Varios aspectos resaltan en este amplio recorrido histórico (demasiado, quizá, para una novela de 300 páginas) que ofrece, como ya dije, una mirada renovadora. En otras palabras: la Historia es vista en Las criadas de La Habana por alguien apaleado sin piedad, que no encuentra respiro ni aún con las modificaciones legales, ni el ofrecimiento de nuevas posibilidades que trajo el derrocamiento de las tiranías que desangraron a Cuba antes de 1959. Seccionada en tres grandes acápites (“Uno”; “Intermedio” y “Dos”), el diario que lleva  quien narra, sufre los altibajos que cabe esperarse cuando se escribe —y se lee— una vida fragmentada. Al final, como si no bastara el confesionario al que acude esta mujer, es traspolado el mismo énfasis de contar desdichas hacia otras voces: Una amiga y su hija se encargan de cerrar la suerte de “historia de la discriminación en la Cuba inmediata” que constituye la novela toda. Sustituida la voz primigenia del diario (insisto: una mujer negra, semianalfabeta, que se dedica siempre a servir a los demás) una nueva hornada de mujer mestiza pero ahora instruida, ofrece sus puntos de vista no solo del país donde nació (de madre similar a la protagonista), sino del lugar donde se establece por propia voluntad: Estados Unidos. Las diferencias abismales entre los dos países son analizadas según la capacidad intelectual de la joven, muy superior a la de su progenitora y a la de su amiga. Y una vez más el racismo hace estragos, menoscaba autoestimas, margina, y lacera. Una especie de círculo macabro que no parece tener fin entre las mujeres negras (afrodescendientes, afrocubanas, como quiera llamárseles), predestinadas a un plano denigrante estén donde estén, sean analfabetas o científicas, solteras o divorciadas, brillantes o simples, se presenta como conclusión de la novela, donde quizá lo más doloroso sea la renuencia de la muchacha que simboliza el pequeño avance que se ha logrado (al menos ostenta un título universitario, y estudió en Europa) a incorporarse en la batalla por sus derechos elementales en la región del mundo donde le tocó nacer.

Las criadas de La Habana es un eficaz modo de atrincherarse junto a seres humanos despreciados por varias condiciones estigmáticas; es una (otra) visión histórica de nuestro país; es un manifiesto movilizador hacia todo el escabroso camino que falta por desbridar, pero es, sobre todo, la crónica social  que nunca antes había escrito una mujer de la naturaleza de la voz narradora. Las criadas no suelen disponer de tiempo para contarnos cómo son sus vidas, ni las de sus amos, ni la de sus pobres hijos. Mucho menos si se trata de la nieta de Eduviges, una negra gangá de nación, casada con un valiente insurrecto del 68, que trabajó duramente para pagar el vientre libre como esta que nos habla en su largo y meticuloso diario. Ojalá encuentre esta novela el público analítico y desgarrado que merece.

Notas
  1. Pedro Pérez Sarduy. Las criadas de La Habana, Editorial Extramuros, 2014, p.150  
  2. Ibíd., p.194
  3. Ibíd., p. 103
  4. Ibíd., p.172
  5. Ibíd.,  p.105

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