Un gran clásico para bailar

Pedro Ángel • La Habana, Cuba
Fotos: Nancy Reyes

Se cumplieron cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y el Ballet Nacional de Cuba lo celebró con una temporada dedicada a su versión del ballet Don Quijote, uno de los caballos de batalla de la compañía en el último cuarto de siglo.

Imagen: La Jiribilla

Es evidente que, a la hora de seleccionar el material para la obra, Marius Petipá y sus colaboradores se hayan visto conquistados por el pasaje de Las bodas de Camacho (Capítulos XIX al XXI), dadas las danzas que se describen en estos capítulos y por prestarse, de forma sencilla e ingeniosa, para contar una historia de amor, condimentada con sus correspondientes intrigas. De especial interés son las descripciones de bailes con cuchillos que, sin dudas, inspiraron la conocida danza de los toreros:

      De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta veinticuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de delgado y blanco lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varios colores de fina seda; y al que guiaba, que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los danzarines.

     — Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie; todos vamos sanos.

Y luego comenzaron a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y con tanta destreza, que aunque Don Quijote estaba hecho a ver semejantes danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquella.

 

Otra danza descrita a continuación, y que fue  de interés para los creadores,  tanto que, de algún modo emerge ante nosotros entre el baile de las dríadas en la segunda escena del Segundo acto:

      Tras esta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era de ocho ninfas  repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquel, adornado de alas, arco, aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.

Toros y toreros

En la gran novela de Cervantes no se menciona el arte de la tauromaquia. Lo que encontramos en el ballet es el gusto por lo exótico heredado del universo romántico, en este caso por lo español, asociado con el toreo. Anteriormente, durante su etapa española, Petipá había concebido dos coreografías de temática taurina: Camino a la corrida de toros y Carmen y su torero. Este gusto por los toros explica que los danzarines— así los nombra Cervantes— se trasmuten en toreros, al aparecer sobre las tablas.

Otra de las infidelidades a la novela que aparecen en el ballet, de nuevo en busca de lo exótico español,  resulta la danza de los gitanos, introducida en la versión de Goleizovski1 de 1940. Los gitanos llegados a Europa entre los siglos XV y XVI, disfrutaron en España de grandes libertades en tiempo de los árabes pero a partir de la expulsión de los mismos en 1942, lo monarcas españoles dictaron más de una decena de edictos y disposiciones para reprimir sus danzas y música, sus vestuarios y costumbres así como el empleo de su lengua, con el fin de asimilarlos culturalmente. La inserción  de lo gitano vino aparentemente a reforzar lo español pero desde una mirada foránea y diacrónica.

En cuanto, a las Bodas de Camacho, si bien se respeta la idea de la ingeniosa treta de Basilio, clave de la trama y tan propicia para la pantomima; el espíritu del resto de la creación cambia hasta en la psicología de algunos personajes, como el propio Camacho, el rico.

 

¿Un sueño en la cueva de Montesinos?

Muchos indicios apuntan a que la escena del sueño de Don Quijote parece estar inspirada en la aventura de la Cueva de Montesinos, de la que el Caballero de la triste figura es rescatado dormido y en sus sueños ha vivido no pocas visiones, algunas de ellas relacionadas con Dulcinea.  No debe ello considerarse una casualidad pues justamente el pasaje de la Cueva sigue en el orden de la novela al de Las Bodas de Camacho.  Uno tras el otro.

El ingenioso hidalgo es no sólo una cadena de aventuras, desafíos y tránsitos, no es solo por ventas que Don Quijote crea castillos, sino que también cuenta con toda una serie de relatos, noveletas y hasta obras de teatro insertadas. Pero también es un texto engañoso. El autor juega todo el tiempo con los subtextos que pone en la palabra y la acción de su personaje. Precisamente, la historia que se nos presenta en el ballet comienza, si miramos la novela, casi con el capítulo XIX de la Segunda parte, Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos. El pastor es nuestro conocido Basilio, el pobre y su amada, Quiteria, la bella, a punto de contraer nupcias con Camacho, el rico.

Imagen: La Jiribilla

Traslaciones en la danza

La historia, entonces, se reduce a los capítulos relacionados con las cuitas del joven Basilio y las Bodas con todas sus peripecias. Es una narración cuyo eje gira entorno a pasiones amorosas que hacen cambiar el tema de la obra, que ahora resulta ser el amor por lo que la locura del hidalgo pasa a ser sólo un motivo más.  

El protagonismo de la obra pasa del andante caballero, tal y como es en la novela, a los amantes Basilio y Quiteria.

Es curioso como los personajes son reelaborados para llevarlos a la escena. Así describe Cervantes a los novios: … la novia, a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama Camacho, el rico, ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos, ambos para uno. En todas las versiones del ballet Don Quijote que he podido conocer hasta hoy, Camacho aparece afeado, como hombre de más edad, mezquino, con matices ridículos, caricaturesco e incluso cobarde.  En tanto, en la novela, Camacho termina consolándose, toma la ofensa por el lado más suave y aunque engañado, no se siente agraviado a partir de la sabia idea, muy al gusto del Cervantes de la Segunda parte, de que si Quiteria quería bien a Basilio doncella, también le quisiera casada y que debía dar gracias al cielo más por habérsela quitado que por habérsela dado.

Resulta llamativo que los nombres rusos de los personajes cervantinos se hayan impuesto de una manera tan rotunda en el mundo del ballet, incluso en naciones de habla española. No es extraño encontrar en los programas de mano de las presentaciones de Don Quijote nombres como Gamach (por Camacho) y Vasili o Basil (por Basilio). 

Imagen: La Jiribilla

Una versión contemporánea

Cuando el Ballet Nacional de Cuba presentó la versión de Alicia Alonso, tras un arduo trabajo de investigación (1988), las notas al programa presentaban en buen romance los nombres cervantinos y nombraban a la protagonista como Quiteria.  Sin embargo, al paso de algunos años los programas comenzaron a presentar a la protagonista como Kitri. Durante mucho tiempo consideré que se trataba de un acto de  incorrección y  falta de fidelidad a la cultura hispánica.  Hoy me asaltan dudas acerca de la validez de un nombre que se ha lexicalizado en el ámbito internacional de la danza aunque sigo pensando que Quiteria, dada nuestra cultura latina, es nombre que goza de una mayor propiedad.

Ninguna versión cubana de los grandes clásicos ha sido tan debatida como Don Quijote.  Aun recuerdo la polémica que generó en su momento un trabajo del desaparecido colega argentino Ángel Fumagalli en Juventud Rebelde, en los días del Festival de Ballet de 1988, luego de su primer encuentro con la visión cubana de este clásico.  Él creía ver esencias políticas en el ballet y llamados a la rebelión. No lograba comprender, a la vez, el fuerte papel jugado por el escenógrafo2, también libretista, dueño de todo un afán goyesco que resulta totalmente válido.

Pero el más logrado aporte de la versión cubana de 1988 es que se trata de un clásico para bailar. La pantomima, que tanto peso ha llevado en otras visiones, se redujo a la mínima expresión y con ello se dinamizó fuertemente la entrega artística, trayéndonos una creación muy contemporánea en sus esencias y conceptos.

Tremenda es la impresión que ofrece sobre el escenario el grupo de varones de nuestra compañía grande. Tal vez la escena de los toreros sea el momento culminante de esta expresión y muestra clara del poderío de la danza masculina cubana.  

Ligeros ajustes realizados en la obra han ayudado a hacerla más grácil, sobre todo en el acto segundo que, con dos zonas de distensión, se tornaba el espacio más endeble de su dramaturgia. 

Una mirada, veintiséis años más tarde, al Don Quijote del Ballet Nacional de Cuba aun nos permite disfrutar una entrega asentada y madura, que ha logrado establecerse internacionalmente, y en la que para disfrute del público se baila intensamente, mucho más que en cualquier otra versión de las que podamos apreciar en estos tiempos.



1 Kassián Goleizovski (Moscú, 1892 -1970)  Bailarín, corógrafo y maestro de ballet.
2 Salvador Fernández. Notable diseñador escénico cubano. Subdirector artístico del Ballet Nacional de Cuba.

 

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