Remembranzas desde el Conjunto Folclórico Nacional

Más que el akpwón mayor: el hombre

Mayra García Cardentey • La Habana, Cuba
Foto inédita: Cortesía de Leonor Mendoza, maître de la compañía.

Si se pensara en Lázaro Ros como el conocido intérprete de cantos yoruba, sería necesario escribir que el akpwon mayor de la música de origen africano en Cuba, poseía unos registros de voz exclusivos y una profunda vocación artística y pedagógica.

Imagen: La Jiribilla

Se diría también, que fue fundador del Conjunto Folclórico Nacional; grabó varios discos incluidas sendas producciones con los grupos Síntesis y Mezcla; obtuvo par de nominaciones al Grammy Latino y llevó su arte a más de 50 países.

Pero Ros u Osha Niwe (Santo de la Manigua) resultó más. Así lo reseñan múltiples artículos como aquella entrevista de Manuel González Bello publicada en mayo de 2005 por esta publicación, en la que desnuda al ser humano que fue. «Con su sonrisa permanente y una bondad inocultable, Lázaro Ros está ajeno a toda la vanidad a la que pudo haberlo conducido la gloria proporcionada por el arte. Hay una ética y una actitud ante la vida que pudiera inferirse de sus palabras: “A mí me dijeron los santos cuando tenía 25 años que con mi arte iba a recorrer el mundo y eso se cumplió. Me dijeron que siempre debía ser humilde y yo les he cumplido”».

Hoy, a 20 años de aquellas declaraciones, de similar forma todavía lo recuerdan colegas, compañeros y estudiantes que continúan su legado en el Folclórico. “Gran hombre”, “excelente persona”, “amigo incondicional”, repiten sus rasgos.  

“A mí me dijeron los santos cuando tenía 25 años que con mi arte iba a recorrer el mundo y eso se cumplió. Me dijeron que siempre debía ser humilde y yo les he cumplido”

 

Porque para Ros cantar desde niño, le trajo sus ventajas, complementadas junto a las enseñanzas de los mayores. Ya de grande, sus constantes viajes a Calimete, Perico, Colón, Jagüey Grande, Carlos Rojas y otros pueblos de Matanzas, le nutrieron aún más en pos de dominar “el difícil dialecto”, como declaró en cierta ocasión. “Para aprender a cantar yoruba hay que tener corazón y querer el canto. Y tener un oído muy fino”, siempre decía.

Y así se convirtió en “uno de los principales intérpretes de las letras yoruba de Cuba”, explica Manolo Micler, director general y artístico del Conjunto Folclórico Nacional.

“Era una biblioteca viviente. Formó parte de ese grupo de hombres y mujeres, profundos conocedores de nuestra tradición folclórica más raigal” insiste, en la remembranza, el también coreógrafo de la compañía.

Las verdades de Ros

Como hombre humilde, existían pocas certezas que Ros pudiera dar por sentadas. Pero solo una era irrefutable para él: “Nací para cantar”. En ese afán por mantener la música afrocubana desde la autenticidad y la pureza de las tradiciones, bebió de múltiples fuentes. “Los viejos se llevaron muchos secretos, pero en mí confiaron y me entregaron muchas verdades”.

Él confío también, y durante sus más de 30 años de carrera artística compartió sus sabidurías con las nuevas generaciones. “Desde que comenzamos a trabajar Lázaro nos tendió la mano. Con su sencillez, fue muy dado a compartir los conocimientos que tenía”, recuerda Micler.

“A su hermosa voz, casi única, por sus registros, por su manera de interpretar, se le sumó su dedicada personalidad. Era muy estudioso, le gustaba investigar mucho; independientemente de no poseer una formación académica, tenía mucho interés por su superación personal. Siempre estaba leyendo, no solo las teorías de origen yoruba sino otras manifestaciones folclóricas”, señala su discípulo.

Ros lo supo en vida: “Como buen hijo de Oggún, gran parte de mi éxito se lo debo al esfuerzo personal, a mi empeño”.

Aunque,  su mayor verdad, resultó el carácter jovial que le acompañó siempre. “Más allá de su profesionalidad era un gran colega de trabajo, un hombre excepcional. Con él estaba siempre el consejo sabio, el amigo, el compañero, más allá del gran artista que siempre fue”, insiste Micler.

De similar forma lo afirma Leonor Mendoza, primera bailarina en los tiempos de Ros y hoy maître del grupo. “Era un cubano de pura cepa, y como tal era dicharachero, compartidor. Ayudaba mucho a todos tanto en el canto, como los coros, las letras, los bailes”, recuerda emocionada.

“No olvido nunca cuando hice mi primer protagónico. Fue de casualidad. Tuve que cubrir por otra artista. Yo era cuerpo de baile, así que en un día debía aprender todo el rol. Lázaro fue una inmensa ayuda. (Risas). Imagina que fue una función en el Mella y para que no se me olvidara nada, me puso papelitos en diferentes patas de la sala. Cada uno decía el canto que venía después, por dónde debía girar. Él, cada vez que le pasaba cerca, me soplaba algunas cosas”, cuenta Mendoza.

“Porque Ros era artista por él y para los demás”, culmina el relato.  

El templo de Osha Niwe

“Ir a la casa de un santero es ir a un templo”, decía Ross. Pudiera sentirse semejante sensación, —claro está, con sus diferencias— al acudir al enclave actual del Conjunto Folclórico Nacional en la Calle 4, en pleno Vedado.

A las tres de la tarde de cualquier día en la semana, el ajetreo de cantantes, bailarines, tambores confirman que Ros todavía anda por esos lares. Las nuevas y experimentadas generaciones le recuerdan en cada canto, en cada danza, en cada función.

La treintañera Adria Rodríguez Izquierdo lo corrobora. Si bien su madre Miriam