Rogelio Martínez Furé:

“Debemos recuperar no solo la memoria, sino también el olvido”

Onaisys Fonticoba Gener • La Habana, Cuba

 ¿Qué significa para Lázaro Ros ser reconocido por el pueblo?”, le preguntaron al akpwón en una de las últimas entrevistas que concedió. A la edad de 76 años —pocos antes de morir, en el 2005— contestó que, sencillamente, le hacía sentir que había hecho un “trabajo requetebueno”.

“Yo nunca pensé que esto me llegaría” —dijo entonces—. El amor que yo le tengo a mi canto, a mi religión y a mi país, ese mismo amor me ha dado mi pueblo”.

Imagen: La Jiribilla

Tal vez por la humildad que le caracterizaba, Ross no agregó que era reconocido como el akpwón mayor de la música afrocubana en Cuba o que había llevado sus melodías a más de 50 países; o como explicó el folclorista Rogelio Martínez Furé, que había contribuido a la nacionalización e internacionalización de la música cubana de origen yoruba como ningún otro.

“Creo que su mayor aporte fue el amor a su patrimonio cultural y haber tenido la grandeza de ánimo, espiritual, para compartir esa sabiduría con el pueblo cubano y con el resto del mundo”, agregó el fundador del Conjunto Folclórico Nacional.

“He trabajado con akpwones que tenían más conocimiento que él en cantos, porque he tenido la suerte de coincidir con los clásicos: Eugenio de la Rosa, Pedro Saavedra, Felipe Alfonso, Lázaro Galarraga, Amelita Pedroso… una pléyade de grandes maestros. Y puede que alguno tuviera mayor repertorio, pero no se abrían con la espontaneidad de Lázaro para compartir su sabiduría, y es por eso que se convirtió en el akpwón más popular”.

Al recordar los más de 30 años que trabajó con el cantante, Martínez Furé se remontó a las sesiones que realizaba con los principales akpwones, en las que cada uno interpretaba sus variantes, porque la cultura —comentó— es como un río de aguas siempre renovadas.

“Lázaro, sin egoísmo, asumió esa responsabilidad de compartir su conocimiento. Los otros no lo hicieron tanto, eran más reacios, menos comunicativos. Él no, esa era su grandeza mayor, aparte de ser un cantante extraordinario. Digo que es el que más colaboró a la nacionalización e internacionalización de la música cubana de origen yoruba”.

Sin embargo, es una figura que no siempre se recuerda en su justa medida…

Considero que hay muchas figuras importantes en la cultura cubana que son olvidadas y otras que no son recordadas con la plenitud que se merecen. En el caso de Lázaro, ya hace diez años que falleció, creo que merece un recordatorio importante por ser el akpwón, el cantante de la tradición cubana de origen lucumí o yoruba que más ha contribuido a hacer internacional esa hermosa tradición nuestra de cánticos rituales que nos llegaron de Nigeria y que nuestros antepasados y contemporáneos, que tienen una conciencia de su identidad más raigal, han conservado hasta el presente.

Hay personalidades que no pueden ser olvidadas porque forman parte de la identidad más raigal de nuestro pueblo

 

El otro caso que considero no se ha recordado como merece es Jesús Pérez, uno de los más importantes tocadores de tambor batá de Cuba. Desde los 23 años empezó a contribuir a la nacionalización de esa tradición musical de la que todos hablan y utilizan en la música popular, pero no recuerdan que él fue una de las personas que tocó por primera vez los sacros tambores batá en público, en una conferencia que ofreció Don Fernando Ortiz en el teatro Campoamor en 1937.

Hay personalidades que no pueden ser olvidadas porque forman parte de la identidad más raigal de nuestro pueblo, y puede ocurrir que le hagan homenajes en el extranjero y después digan que nos están robando a tal figura, y no nos están robando, estamos dejando que nos la roben. Por eso digo que hay una tendencia a olvidar, y como refiero en uno de mis libros: debemos recuperar no solo la memoria, sino también el olvido.

En una ocasión Lázaro Ros refirió que todavía había gente que no aceptaba su arte. Diez años después de su muerte, ¿cree que aún persista esa situación?

Hay mucha gente que nació en Cuba pero sigue padeciendo el síndrome de creerse europeo en el exilio, por tanto no me extraña que haya quienes no acepten la música de origen africano  y contenido ritual porque tampoco aceptan el punto guajiro. Espiritualmente, psicológicamente… son simples epígonos del eurocentrismo. A mí no me sorprende que suceda. Por supuesto, hay muchas otras que darían cualquier cosa por haber nacido aquí.

Hay mucha gente que nació en Cuba pero sigue padeciendo el síndrome de creerse europeo en el exilio, por tanto no me extraña que haya quienes no acepten la música de origen africano  y contenido ritual porque tampoco aceptan el punto guajiro. Espiritualmente, psicológicamente… son simples epígonos del eurocentrismo.

Usted mismo ha hecho varios llamados a dejar de vernos como consumidores de culturas foráneas

 

Vengo luchando desde principios de la década del 60 porque todo nuestro pueblo asuma su verdadero rostro cultural, todas sus tradiciones, no importa el origen de ellas, lo que heredamos de nuestros antepasados indocubanos como lo que nos legaron de Europa, África o Asia, sin chovinismo ni xenofobia.

Asumir lo que somos: herederos de un patrimonio extraordinario que hunde sus raíces en todas las culturas del mundo. He llamado la atención para que no olvidemos nuestros orígenes, porque como dice un proverbio africano: el futuro está lleno de muchos imprevistos.

Se ha hecho mucho pero no lo suficiente, porque hay bandazos, a veces se avanza un metro y se retrocede un kilómetro. Creo que todavía no se asume lo raigalmente cubano como debería ser: nuestro verdadero rostro cultural sin caer en el espejismo de convertirnos en paisaje exótico para entretenimiento de turistas ociosos.

Abunda como un marabuzal mucho pseudofolclor, jineterismo pseudocultural y pseudo-religioso. Hay una verdadera pandemia de “negrólogos” y “rumbólogos”, y a veces los llamados “bailes campesinos” que vemos por televisión son vergonzosos; porque tenemos una manía de modernizar, desarrollar… pero cuidado, para desarrollar una manifestación cultural, sobre todo de carácter tradicional, hay que conocerla profundamente para hacer elaboraciones, adaptar o integrar a esas tradiciones como proyecciones escénicas de inspiración folclórica.

Creo que todavía no se asume lo raigalmente cubano como debería ser: nuestro verdadero rostro cultural sin caer en el espejismo de convertirnos en paisaje exótico para entretenimiento de turistas ociosos.

 

No somos simples consumidores de un patrimonio que heredamos, sino que conservamos y creamos a partir de él. Lázaro Ros contribuyó a ello, y cuando se le escucha en un canto de una ceremonia religiosa se está lo más cercano a la raíz; pero cuando se le escucha con Síntesis o con Mezcla, hay un discurso que usa elementos de las últimas décadas del siglo XX o XXI pero continúan los demás, porque es una tradición que está viva.

Precisamente, usted ha descrito el Conjunto Folclórico Nacional —en el que coincidieron y del que fueron fundadores— como una institución que iba a completar la visión de la cultura cubana y a devolver a nuestros pueblos la memoria de algunos de sus componentes raigales. ¿Cree que lo logró?

Todas las instituciones tienen momentos de luces y de sombras. Creo que cuando fue fundado, año 62, no se puede hablar de las artes plásticas cubanas, música de concierto, teatro o poesía sin tomar en cuenta que el Conjunto contribuyó a nacionalizar expresiones de la música tradicional nuestra, algunas conocidas regionalmente o localmente, pero que después se volvieron nacionales e internacionales, creo que ahí sí hemos contribuido a algo.

Pero recuerde que nuestra historia cultural no ha sido un lecho de rosas, ha tenido muchos conflictos, altibajos, periodos dolorosos. El Conjunto ha tenido momentos de luz, de menos luz, pero sigue, que es lo importante, sigue luchando y eso prueba que está vivo.

¿Existe algún momento que recuerde con especial agrado del tiempo que trabajaron juntos?

Cuando fuimos a Bagdad en 1988. Era una ciudad preciosa. Estábamos almorzando en el Ishtar Sheraton, un hotel de lujo, y empieza a sonar el Concierto de Aranjuez. Lázaro se desconectó de una forma que dejó de comer, se fue de momento, se quedó y desapareció su espíritu atrás de la música. Y yo pensaba: si te viera la gente que cree que tú nada más eres cantor de santería y de tambor batá… Qué tonta es la mayoría que no profundiza en las identidades.

Era un hombre de un desarrollo espiritual, artístico… extraordinario, y un lector incansable. Desde aquellas primeras lecturas que eran novelitas de cowboy, Rodolfo Pérez y yo comenzamos a prestarle libros de poetas y novelas y se convirtió en un lector que terminó escribiendo. 

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